Leamos "El barranco", José María Arguedas

La sensibilidad de Arguedas cautiva

Este es uno de los relatos breves que escribiese Arguedas en 1938 en  pleno auge de la corriente indigenista de los años 30. Forma parte del libro "Amor mundo y todos los cuentos de José María Arguedas", editado por 'Paco' Moncloa también conocido del 'flaco' Ribeyro. De lujo. 

José María Arguedas
Imagen tomada de: https://pin.it/4TK6fBi

EL BARRANCO

En el barranco de K'ello-k'ello se encontraron, la tropa de caballos de don Garayar y los becerros de la señora Grimalda. Nicacha y Pablucha gritaron desde la entrada del barranco:

-¡Sujetaychis! ¡Sujetaychis! (¡Sujetad!)

Pero la piara atropelló. En el camino que cruza el barranco, se revolvieron los becerros, llorando.

-¡Sujetaychis! -Los mak'tillos Nicacha y Pablucha subieron, camino arriba, arañando la tierra.

Las mulas se animaron en el camino, sacudiendo sus cabezas; resoplando las narices, entraron a carrera en la quebrada; las madrineras atropellaron por delante. Ato-rándose con el polvo, los becerritos se arrimaron al cerro; algunos pudieron volverse y corrieron entre la piara. La mula nazqueña de don Garayar levantó sus dos patas y clavó sus cascos en la frente del "Pringo". El "Pringo" cayó al barranco, rebotó varias veces entre los peñascos y llegó hasta el fondo del abismo. Boqueando sangre murió a la orilla del riachuelo.

La piara siguió, quebrada adentro, levantando polvo.

-¡Antes, uno nomás ha muerto! ¡Hubieran gritado, pues, más fuerte! Hablando, el mulero de don Garayar se agachó en el canto del camino para mirar el barranco.

-¡Ay señorcito! ¡La señora nos latigueará; seguro nos colgará en el trojal!

-¡Pringuchallaya! ¡Pringucha!

Mirando el barranco, los mak'tillos llamaron a gritos al becerrito muerto.

La Ene, madre del "Pringo", era la vaca más lechera de la señora Grimalda. Un balde lleno le ordeñaban todos los días. La llamaban Ene, porque sobre el lomo negro tenía dibujada una letra N, en piel blanca. La Ene era alta y robusta; ya había dado a la patrona varios novillos grandes y varias lecheras. La patrona la miraba todos los días, contenta:

-¡Es mi vaca! ¡Mi mamacha! (¡Mi madrecita!).

Le hacía cariño, palmeándola en el cuello.

Esta vez, su cría era el "Pringo". La vaquera lo bautizó con ese nombre desde el primer día. "El Pringo", porque era blanco entero. El Mayordomo quería llamarlo "Misti" porque era el más fino y el más grande de todas las crías de su edad.

_Parece extranjero -decía.

Pero todos los concertados de la señora, los becerre-ros y la gente del pueblo lo llamaron "Pringo". Es un nombre más cariñoso, más de indios, por eso quedó.

+

Los becerros entraron llorando a la casa de la señora.

Doña Grimalda salió al corredor para saber. Entonces los becerreros subieron las gradas, atropellándose; se arrodillaron en el suelo del corredor; y, sin decir nada todavía, besaron el traje de la patrona; se taparon la cara con la falda de su dueña, y gimieron, atorándose con su saliva y con sus lágrimas.

;Mamitay!

-¡No pues! ¡Mamitay!

Doña Grimalda gritó, empujando con los pies a los muchachos.

-¡Caray! ¿Qué pasa?

-"Pringo" pues, mamitay. En K'ello-k'ello, empujando

mulas de don Garayar.

- "Pringo" pues! ¡Muriendo ya, mamitay!

_ Así he hecho yo también, mamita, en mi chaora de las punas -le dijo.

Y la señora aceptó.

Rayando la aurora, don Fermín clavo dos estacas en el patio de ordeñar, y sobre las estacas un palo de lam-bras. Después trajo al patio el cuero del "Pringo", lo tendió sobre el palo, estirándolo y ajustando las puntas con clavos, sobre la tierra.

A la salida del sol, las vacas lecheras estaban ya en el calleión llamando a sus crías. La Ene se paraba frente al zaguán; y desde allí bramaba sin descanso, hasta que le abrían la puerta. Gritando todavía pasaba el patio y entraba al corral de ordeñar.

Esa mañana, la Ene llegó apurada; rozando su hocico en el zaguán, llamó a su "Pringo". El mismo don Fermín le abrió la puerta. La vaca pasó corriendo el patio. La señora se había levantado ya, y estaba sentada en las gradas del corredor.

La Ene entró al corral. Estirando el cuello, bramando despacito, se acercó donde su "Pringo"; empezó a lamerle, como todas las mañanas. Grande le lamía, su lengua áspera señalaba el cuero del becerrito. La vaquera le maniató bien; ordeñándole un poquito humedeció los pe-zones, para empezar. La leche hacía ruido sobre el balde.

-¡Mamaya! ¡Y'astá mamaya! - llamando a gritos pasó del corral al patio, el Pablucha.

La señora entró al corral, y vió a su vaca. Estaba lamiendo el cuerito del "Pringo', mirándolo tranquila, com sus ojos dulces.

Así fue, todas las mañanas; hasta que la vaquera y el Mayordomo, se cansaron de clavar y desclavar el cuero del "Pringo". Cuando la leche de la Ene empezó a secarse, tiraban nomás el cuerito sobre un montón de pie dras que había en el corral, al pie del muro. La vaca corría hasta el extremo del corral, buscando a su hijo; se paraba junto al cerco, mirando el cuero del becerrito.

Todas las mañanas lavaba con su lengua el cuero del

"Pringo". Y la vaquera la ordeñaba, hasta la última gota.

Como todas las vacas, la Ene también, acabado el ordeño, empezaba a rumiar; después se echaba en el suelo, junto al cuerito seco del "Pringo", y seguía, con los ojos medio cerrados. Mientras, el sol alto despejaba las nubes, alumbraba fuerte y caldeaba la gran quebrada.


1938

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