Leamos "El collar", cuento de Guy de Maupassant

¡Buenas noches, amigos y amigas! Hoy cerramos la jornada con este magn铆fico cuento del maestro Guy de Maupassant. Al leerlo me record贸 bastante a Madame Bovary, pero la historia de un giro importante en torno a un art铆culo y las exigencias que la pobreza pone en el camino ¡Disfruta tu lectura! 

"El collar", cuento de Guy de Maupassant
Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/7IlUK8b


EL COLLAR

Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carec铆a de dote, y no ten铆a esperanzas de cambiar de posici贸n; no dispon铆a de ning煤n medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y acept贸 entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucci贸n P煤blica.

No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de esp铆ritu son para ellas la 煤nica jerarqu铆a, que iguala a las hijas del pueblo con las m谩s grandes se帽oras.

Sufr铆a constantemente, sinti茅ndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufr铆a contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habr铆a reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignaci贸n.

La vista de la muchacha bretona que les serv铆a de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensue帽os. Pensaba en las antec谩maras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas l谩mparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calz贸n corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos m谩s 铆ntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.

Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de tres d铆as, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacci贸n: “¡Ah! ¡Qu茅 buen caldo! ¡No hay nada para m铆 tan excelente como esto!”, pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extra帽as dentro de un bosque fant谩stico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanter铆as murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un al贸n de fais谩n.

No pose铆a galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y s贸lo aquello de que carec铆a le gustaba; no se sent铆a formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cu谩nto habr铆a dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!

Ten铆a una amiga rica, una compa帽era de colegio a la cual no quer铆a ir a ver con frecuencia, porque sufr铆a m谩s al regresar a su casa. D铆as y d铆as pasaba despu茅s llorando de pena, de pesar, de desesperaci贸n.

Una ma帽ana el marido volvi贸 a su casa con expresi贸n triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.

-Mira, mujer -dijo-, aqu铆 tienes una cosa para ti.

Ella rompi贸 vivamente la envoltura y sac贸 un pliego impreso que dec铆a:

“El ministro de Instrucci贸n P煤blica y se帽ora ruegan al se帽or y la se帽ora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio.”

En lugar de enloquecer de alegr铆a, como pensaba su esposo, tir贸 la invitaci贸n sobre la mesa, murmurando con desprecio:

-¿Qu茅 har茅 yo con eso?

-Cre铆, mujercita m铆a, que con ello te procuraba una gran satisfacci贸n. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasi贸n que hoy se te presenta!… Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitaci贸n. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Ver谩s all铆 a todo el mundo oficial.


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Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:

-¿Qu茅 quieres que me ponga para ir all谩?

No se hab铆a preocupado 茅l de semejante cosa, y balbuci贸:

-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito…

Se call贸, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas l谩grimas se desprend铆an de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.

El hombre murmur贸:

-¿Qu茅 te sucede? Pero ¿qu茅 te sucede?

Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, hab铆a vencido su pena y respondi贸 con tranquila voz, enjugando sus h煤medas mejillas:

-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitaci贸n a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.

脡l estaba desolado, y dijo:

-Vamos a ver, Matilde. ¿Cu谩nto te costar铆a un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones, un traje sencillito?

Ella medit贸 unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que pod铆a pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamaci贸n de asombro del empleadillo.

Respondi贸, al fin, titubeando:

-No lo s茅 con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglar铆a.

El marido palideci贸, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que sal铆an a tirar a las alondras los domingos.

Dijo, no obstante:

-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo m谩s posible, ya que hacemos el sacrificio.

El d铆a de la fiesta se acercaba y la se帽ora de Loisel parec铆a triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:

-¿Qu茅 te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres d铆as.

Y ella respondi贸:

-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Parecer茅, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustar铆a m谩s no ir a ese baile.

-Ponte unas cuantas flores naturales -replic贸 茅l-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrar谩s dos o tres rosas magn铆ficas.

Ella no quer铆a convencerse.

-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.

Pero su marido exclam贸:

-¡Qu茅 tonta eres! Anda a ver a tu compa帽era de colegio, la se帽ora de Forestier, y ru茅gale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.

La mujer dej贸 escapar un grito de alegr铆a.

-Tienes raz贸n, no hab铆a pensado en ello.

Al siguiente d铆a fue a casa de su amiga y le cont贸 su apuro.

La se帽ora de Forestier fue a un armario de espejo, cogi贸 un cofrecillo, lo sac贸, lo abri贸 y dijo a la se帽ora de Loisel:

-Escoge, querida.

Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrer铆a primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:

-¿No tienes ninguna otra?

-S铆, mujer. Dime qu茅 quieres. No s茅 lo que a ti te agradar铆a.

De repente descubri贸, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su coraz贸n empez贸 a latir de un modo inmoderado.

Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con 茅l su cuello, y permaneci贸 en 茅xtasis contemplando su imagen.

Luego pregunt贸, vacilante, llena de angustia:

-¿Quieres prest谩rmelo? No quisiera llevar otra joya.

-S铆, mujer.

Abraz贸 y bes贸 a su amiga con entusiasmo, y luego escap贸 con su tesoro.

Lleg贸 el d铆a de la fiesta. La se帽ora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era m谩s bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegr铆a. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales quer铆an bailar con ella. El ministro repar贸 en su hermosura.

Ella bailaba con embriaguez, con pasi贸n, inundada de alegr铆a, no pensando ya en nada m谩s que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recib铆a, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.

Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dorm铆a en un saloncito vac铆o, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divert铆an mucho.

脡l le ech贸 sobre los hombros el abrigo que hab铆a llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extra帽amente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sinti贸 y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolv铆an en ricas pieles.

Loisel la retuvo diciendo:

-Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Ir茅 a buscar un coche.

Pero ella no le o铆a, y baj贸 r谩pidamente la escalera.

Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que ve铆an pasar a lo lejos.

Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que s贸lo aparecen en las calles de Par铆s cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el d铆a.

Los llev贸 hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los M谩rtires, y entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez hab铆a de ir a la oficina.

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La mujer se quit贸 el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse a煤n una vez m谩s ricamente alhajada. Pero de repente dej贸 escapar un grito.

Su esposo, ya medio desnudo, le pregunt贸:

-¿Qu茅 tienes?

Ella se volvi贸 hacia 茅l, acongojada.

-Tengo…, tengo… -balbuci贸 – que no encuentro el collar de la se帽ora de Forestier.

脡l se irgui贸, sobrecogido:

-¿Eh?… ¿c贸mo? ¡No es posible!

Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.

脡l preguntaba:

-¿Est谩s segura de que lo llevabas al salir del baile?

-S铆, lo toqu茅 al cruzar el vest铆bulo del Ministerio.

-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habr铆amos o铆do caer.

-Debe estar en el coche.

-S铆. Es probable. ¿Te fijaste qu茅 n煤mero ten铆a?

-No. Y t煤, ¿no lo miraste?

-No.

Se contemplaron aterrados. Loisel se visti贸 por fin.

-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.

Y sali贸. Ella permaneci贸 en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi est煤pida.

Su marido volvi贸 hacia las siete. No hab铆a encontrado nada.

Fue a la Prefectura de Polic铆a, a las redacciones de los peri贸dicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificaci贸n por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde pod铆a ofrec茅rsele alguna esperanza.

Ella le aguard贸 todo el d铆a, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.

Loisel regres贸 por la noche con el rostro demacrado, p谩lido; no hab铆a podido averiguar nada.

-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga enter谩ndola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. As铆 ganaremos tiempo.

Ella escribi贸 lo que su marido le dec铆a.

Al cabo de una semana perdieron hasta la 煤ltima esperanza.

Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco a帽os, manifest贸:

-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.

Al d铆a siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se le铆a en su interior.

El comerciante, despu茅s de consultar sus libros, respondi贸:

-Se帽ora, no sali贸 de mi casa collar alguno en este estuche, que vend铆 vac铆o para complacer a un cliente.

Anduvieron de joyer铆a en joyer铆a, buscando una alhaja semejante a la perdida, record谩ndola, describi茅ndola, tristes y angustiosos.

Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareci贸 id茅ntico al que buscaban. Val铆a cuarenta mil francos, y regate谩ndolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.

Rogaron al joyero que se los reservase por tres d铆as, poniendo por condici贸n que les dar铆a por 茅l treinta y cuatro mil francos si se lo devolv铆an, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.

Loisel pose铆a dieciocho mil que le hab铆a dejado su padre. Pedir铆a prestado el resto.

Y, efectivamente, tom贸 mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aqu铆, tres all谩. Hizo pagar茅s, adquiri贸 compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometi贸 para toda la vida, firm贸 sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones f铆sicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.

Cuando la se帽ora de Loisel devolvi贸 la joya a su amiga, 茅sta le dijo un tanto displicente:

-Debiste devolv茅rmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.

No abri贸 siquiera el estuche, y eso lo juzg贸 la otra una suerte. Si notara la sustituci贸n, ¿qu茅 supondr铆a? ¿No era posible que imaginara que lo hab铆an cambiado de intento?

La se帽ora de Loisel conoci贸 la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energ铆a para adoptar una resoluci贸n inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que deb铆an… Despidieron a la criada, buscaron una habitaci贸n m谩s econ贸mica, una buhardilla.

Conoci贸 los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Freg贸 los platos, desgastando sus u帽itas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabon贸 la ropa sucia, las camisas y los pa帽os, que pon铆a a secar en una cuerda; baj贸 a la calle todas las ma帽anas la basura y subi贸 el agua, deteni茅ndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condici贸n, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defend铆a c茅ntimo a c茅ntimo su dinero escas铆simo.

Era necesario mensualmente recoger unos pagar茅s, renovar otros, ganar tiempo.

El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escrib铆a a veinticinco c茅ntimos la hoja.

Y vivieron as铆 diez a帽os.

Al cabo de dicho tiempo lo hab铆an ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.

La se帽ora Loisel parec铆a entonces una vieja. Se hab铆a transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fr铆a. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde luci贸 tanto y donde fue tan festejada.

¿Cu谩l ser铆a su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Qui茅n sabe! ¡Qui茅n sabe! ¡Qu茅 mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qu茅 poco hace falta para perderse o para salvarse!

Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos El铆seos para descansar de las fatigas de la semana, repar贸 de pronto en una se帽ora que pasaba con un ni帽o cogido de la mano.

Era su antigua compa帽era de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sinti贸 un escalofr铆o. ¿Se decidir铆a a detenerla y saludarla? ¿Por qu茅 no? Hab铆茅ndolo pagado ya todo, pod铆a confesar, casi con orgullo, su desdicha.

Se puso frente a ella y dijo:

-Buenos d铆as, Juana.

La otra no la reconoci贸, admir谩ndose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbuci贸:

-Pero…, ¡se帽ora!.., no s茅… Usted debe de confundirse…

-No. Soy Matilde Loisel.

Su amiga lanz贸 un grito de sorpresa.

-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qu茅 cambiada est谩s!…

-¡S铆; muy malos d铆as he pasado desde que no te veo, y adem谩s bastantes miserias… todo por ti…

-¿Por m铆? ¿C贸mo es eso?

-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?

-¡S铆, pero…

-Pues bien: lo perd铆…

-¡C贸mo! ¡Si me lo devolviste!

-Te devolv铆 otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez a帽os para pagarlo. Comprender谩s que representaba una fortuna para nosotros, que s贸lo ten铆amos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.

La se帽ora de Forestier se hab铆a detenido.

-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al m铆o?

-S铆. No lo habr谩s notado, ¿eh? Casi eran id茅nticos.

Y al decir esto, sonre铆a orgullosa de su noble sencillez. La se帽ora de Forestier, sumamente impresionada, le cogi贸 ambas manos:

-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te prest茅 era de piedras falsas!… ¡Val铆a quinientos francos a lo sumo!…

FIN


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Mar de fondo

饾惖饾憻饾懄饾憥饾憶 饾憠饾憱饾憴饾憴饾憥饾憪饾憻饾憭饾懅 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudi茅 Comunicaciones, Sociolog铆a y soy autor del libro "Las vidas que tom茅 prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "饾憟饾憶 饾憫饾憱́饾憥 饾憴饾憭饾憱́饾憫饾憸 饾憶饾憸 饾憭饾憼 饾憿饾憶 饾憫饾憱́饾憥 饾憹饾憭饾憻饾憫饾憱饾憫饾憸."

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