Leamos "La bestia en la cueva", cuento de H.P. Lovecraft

¡Buenas noches, amigos de Mar de fondo! Cerramos esta jornada de jueves con un espeluznante relato del genio H.P. Lovecraft, historias que no dejar谩n pasmado y meditando los impresionantes desenlaces. como este donde un hombre desafortunado es preso de la oscuridad al acecho de una criatura. Una joya que sabr谩s disfrutar. 

"La bestia en la cueva", cuento de H.P. Lovecraft
 llustration for Arkady Saulski's book entitled "Serce Lodu"


LA BESTIA EN LA CUEVA


La horrible conclusi贸n que se hab铆a ido abriendo camino en mi esp铆ritu de manera gradual era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laber铆ntico recinto de la caverna de Mamut. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no pod铆a encontrar ning煤n objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No pod铆a mi raz贸n albergar la m谩s ligera esperanza de volver jam谩s a contemplar la bendita luz del d铆a, ni de pasear por los valles y las colinas agradables del hermoso mundo exterior. La esperanza se hab铆a desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entera de estudios filos贸ficos, obtuve una satisfacci贸n no peque帽a de mi conducta desapasionada; porque, aunque hab铆a le铆do con frecuencia sobre el salvaje frenes铆 en el que ca铆an las v铆ctimas de situaciones similares, no experiment茅 nada de esto, sino que permanec铆 tranquilo tan pronto como comprend铆 que estaba perdido.


Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado hasta m谩s all谩 de los l铆mites en los que se me buscar铆a. Si hab铆a de morir -reflexion茅-, aquella caverna terrible pero majestuosa ser铆a un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; hab铆a en esta concepci贸n una dosis mayor de tranquilidad que de desesperaci贸n.

Mi destino final ser铆a perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sab铆a que algunos se hab铆an vuelto locos en circunstancias como esta, pero no acabar铆a yo as铆. Yo solo era el causante de mi desgracia: me hab铆a separado del grupo de visitantes sin que el gu铆a lo advirtiera; y, despu茅s de vagar durante una hora aproximadamente por las galer铆as prohibidas de la caverna, me encontr茅 incapaz de volver atr谩s por los mismos vericuetos tortuosos que hab铆a seguido desde que abandon茅 a mis compa帽eros.

Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estar铆a envuelto en la negrura total y casi palpable de las entra帽as de la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medit茅 sobre las circunstancias exactas en las que se producir铆a mi pr贸ximo fin. Record茅 los relatos que hab铆a escuchado sobre la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas tit谩nicas, por ver de encontrar la salud en el aire sano, al parecer, del mundo subterr谩neo, cuya temperatura era uniforme, para su atm贸sfera e impregnado su 谩mbito de una apacible quietud; en vez de la salud, hab铆an encontrado una muerte extra帽a y horrible. Yo hab铆a visto las tristes ruinas de sus viviendas defectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me hab铆a preguntado qu茅 clase de influencia ejerc铆a sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con l贸brego humor, hab铆a llegado mi oportunidad de comprobarlo; si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi salida de este mundo.

Resolv铆 no dejar piedra sin remover, ni desde帽ar ning煤n medio posible de escape, en tanto que se desvanec铆an en la oscuridad los 煤ltimos rayos espasm贸dicos de mi antorcha; de modo que -apelando a toda la fuerza de mis pulmones- profer铆 una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atenci贸n del gu铆a. Sin embargo, pens茅 mientras gritaba que mis llamadas no ten铆an objeto y que mi voz -aunque magnificada y reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba- no alcanzar铆a m谩s o铆dos que los m铆os propios.

Al mismo tiempo, sin embargo, mi atenci贸n qued贸 fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba el suave ruido de pasos aproxim谩ndose sobre el rocoso pavimento de la caverna.

¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habr铆an sido entonces vanas todas mis horribles aprensiones? ¿Se habr铆a dado cuenta el gu铆a de mi ausencia no autorizada del grupo y seguir铆a mi rastro por el laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginaci贸n, me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi deleite se convirti贸 en horror a medida que escuchaba: mi o铆do, que siempre hab铆a sido agudo, y que estaba ahora mucho m谩s agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confusa mente la noci贸n temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspond铆an a ning煤n ser humano mortal. Los pasos del gu铆a, que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella regi贸n subterr谩nea como una serie de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las garras de un felino. Adem谩s, al escuchar con atenci贸n me pareci贸 distinguir las pisadas de cuatro patas, en lugar de dos pies.

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Qued茅 entonces convencido de que mis gritos hab铆an despertado y atra铆do a alguna bestia feroz, quiz谩s a un puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Consider茅 que era posible que el Todopoderoso hubiese elegido para m铆 una muerte m谩s r谩pida y piadosa que la que me sobrevendr铆a por hambre; sin embargo, el instinto de conservaci贸n, que nunca duerme del todo, se agit贸 en mi seno; y aunque el escapar del peligro que se aproximaba no servir铆a sino para preservarme para un fin m谩s duro y prolongado, determin茅 a pesar de todo vender mi vida lo m谩s cara posible. Por muy extra帽o que pueda parecer, no pod铆a mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me qued茅 muy quieto, con la esperanza de que la bestia -al no escuchar ning煤n sonido que le sirviera de gu铆a- perdiese el rumbo, como me hab铆a sucedido a m铆, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los extra帽os pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sent铆a mi olor, que sin duda pod铆a seguirse desde una gran distancia en una atm贸sfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran distraerlo.

Me di cuenta, por tanto, de que deb铆a estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tante茅 a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban esparcidos por todas partes en el suelo de la caverna, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato, esper茅 con resignaci贸n el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se aproximaban. En verdad, era extra帽a en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las pisadas parec铆an ser las de un cuadr煤pedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, pero -a intervalos breves y frecuentes- me parec铆a que tan solo dos patas realizaban el proceso de locomoci贸n. Me preguntaba cu谩l ser铆a la especie de animal que iba a enfrentarse conmigo; deb铆a tratarse, pens茅, de alguna bestia desafortunada que hab铆a pagado la curiosidad que la llev贸 a investigar una de las entradas de la temible gruta con un confinamiento de por vida en sus recintos interminables. Sin duda le servir铆an de alimento los peces ciegos, murci茅lagos y ratas de la caverna, as铆 como alguno de los peces que son arrastrados a su interior cada crecida del R铆o Verde, que comunica de cierta manera oculta con las aguas subterr谩neas. Ocup茅 mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podr铆a haber producido la vida en la caverna sobre la estructura f铆sica del animal; recordaba la terrible apariencia que atribu铆a la tradici贸n local a los tuberculosos que all铆 murieron tras una larga residencia en las profundidades. Entonces record茅 con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplar铆a su forma, ya que mi antorcha se hab铆a extinguido hac铆a tiempo y yo estaba por completo desprovisto de f贸sforos. La tensi贸n de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantas铆a dislocada hizo surgir formas terribles y terror铆ficas de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parec铆a verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo. Parec铆a yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para hacer tal cosa, a duras penas habr铆a respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me encontraba. Dudaba que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase el momento crucial. Ahora el decidido “pat, pat” de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy cerca. Pod铆a escuchar la trabajosa respiraci贸n del animal y, aunque estaba paralizado por el terror, comprend铆 que deb铆a de haber recorrido una distancia considerable y que estaba correspondientemente fatigado. De pronto se rompi贸 el hechizo; mi mano, guiada por mi sentido del o铆do -siempre digno de confianza- lanz贸 con todas sus fuerzas la piedra afilada hacia el punto en la oscuridad de donde proced铆a la fuerte respiraci贸n, y puedo informar con alegr铆a que casi alcanz贸 su objetivo: escuch茅 c贸mo la cosa saltaba y volv铆a a caer a cierta distancia; all铆 pareci贸 detenerse.

Despu茅s de reajustar la punter铆a, descargu茅 el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuch茅 caer la criatura, vencida por completo, y permaneci贸 yaciente e inm贸vil. Casi agobiado por el alivio que me invadi贸, me apoy茅 en la pared. La respiraci贸n de la bestia se segu铆a oyendo, en forma de jadeantes y pesadas inhalaciones y exhalaciones; deduje de ello que no hab铆a hecho m谩s que herirla. Y entonces perd铆 todo deseo de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se hab铆a manifestado en mi cerebro, y no me acerqu茅 al cuerpo ni continu茅 arroj谩ndole piedras para completar la extinci贸n de su vida. En lugar de esto, corr铆 a toda velocidad en lo que era -tan aproximadamente como pude juzgarlo en mi condici贸n de frenes铆- la direcci贸n por la que hab铆a llegado hasta all铆. De pronto escuch茅 un sonido, o m谩s bien una sucesi贸n regular de sonidos. Al momento siguiente se hab铆an convertido en una serie de agudos chasquidos met谩licos. Esta vez no hab铆a duda: era el gu铆a. Entonces grit茅, aull茅, re铆 incluso de alegr铆a al contemplar en el techo abovedado el d茅bil fulgor que sab铆a era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corr铆 al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender por completo lo que hab铆a ocurrido, estaba postrado a los pies del gu铆a y besaba sus botas mientras balbuceaba -a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en m铆- explicaciones sin sentido, como un idiota. Contaba con frenes铆 mi terrible historia; y, al mismo tiempo, abrumaba a quien me escuchaba con protestas de gratitud. Volv铆 por 煤ltimo a algo parecido a mi estado normal de conciencia. El gu铆a hab铆a advertido mi ausencia al regresar el grupo a la entrada de la caverna y -guiado por su propio sentido intuitivo de la orientaci贸n- se hab铆a dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extend铆an m谩s all谩 del lugar en el que hab铆a hablado conmigo por 煤ltima vez; y localiz贸 mi posici贸n tras una b煤squeda de m谩s de tres horas.

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Despu茅s de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compa帽铆a, empec茅 a reflexionar sobre la extra帽a bestia a la que hab铆a herido a poca distancia de all铆, en la oscuridad, y suger铆 que averigu谩semos, con la ayuda de la antorcha, qu茅 clase de criatura hab铆a sido mi v铆ctima. Por consiguiente volv铆 sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Pronto descubrimos en el suelo un objeto blanco, m谩s blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simult谩nea exclamaci贸n de asombro. Porque 茅ste era el m谩s extra帽o de todos los monstruos extranaturales que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Result贸 tratarse de un mono antropoide de grandes proporciones, escapado quiz谩s de alg煤n zool贸gico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa que sin duda se deb铆a a la calcinadora acci贸n de una larga permanencia en el interior de los negros confines de las cavernas; y era tambi茅n sorprendentemente escaso, y estaba ausente en casi todo el cuerpo, salvo de la cabeza; era all铆 abundante y tan largo que ca铆a en profusi贸n sobre los hombros. Ten铆a la cara vuelta del lado opuesto a donde est谩bamos, y la criatura yac铆a casi directamente sobre ella. La inclinaci贸n de los miembros era singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo hab铆a advertido antes, por lo que la bestia avanzaba a veces a cuatro patas, y otras en s贸lo dos. De las puntas de sus dedos se extend铆an u帽as largas, como de rata. Los pies no eran prensiles, hecho que atribu铆 a la larga residencia en la caverna que, como ya he dicho antes, parec铆a tambi茅n la causa evidente de su blancura total y casi ultraterrena, tan caracter铆stica de toda su anatom铆a. Parec铆a carecer de cola.

La respiraci贸n se hab铆a debilitado mucho, y el gu铆a sac贸 su pistola con la clara intenci贸n de despachar a la criatura, cuando de s煤bito un sonido que 茅sta emiti贸 hizo que el arma se le cayera de las manos sin ser usada. Resulta dif铆cil describir la naturaleza de tal sonido. No ten铆a el tono normal de cualquier especie conocida de simios, y me pregunt茅 si su cualidad extranatural no ser铆a resultado de un silencio completo y continuado por largo tiempo, roto por la sensaci贸n de llegada de luz, que la bestia no deb铆a de haber visto desde que entr贸 por vez primera en la caverna. El sonido, que intentar茅 describir como una especie de parloteo en tono profundo, continu贸 d茅bilmente.

Al mismo tiempo, un fugaz espasmo de energ铆a pareci贸 conmover el cuerpo del animal. Las garras hicieron un movimiento convulsivo, y los miembros se contrajeron. Con una convulsi贸n del cuerpo rod贸 sobre s铆 mismo, de modo que la cara qued贸 vuelta hacia nosotros. Qued茅 por un momento tan petrificado de espanto por los ojos de esta manera revelados que no me apercib铆 de nada m谩s. Eran negros aquellos ojos; de una negrura profunda en horrible contraste con la piel y el cabello de n铆vea blancura. Como los de las otras especies cavern铆colas, estaban profundamente hundidos en sus 贸rbitas y por completo desprovistos de iris. Cuando mir茅 con mayor atenci贸n, vi que estaban enclavados en un rostro menos progn谩tico que el de los monos corrientes, e infinitamente menos velludo. La nariz era prominente. Mientras contempl谩bamos la enigm谩tica visi贸n que se representaba a nuestros ojos, los gruesos labios se abrieron y varios sonidos emanaron de ellos, tras lo cual la cosa se sumi贸 en el descanso de la muerte.

El gu铆a se aferr贸 a la manga de mi chaqueta y tembl贸 con tal violencia que la luz se estremeci贸 convulsivamente, proyectando en la pared fantasmag贸ricas sombras en movimiento.

Yo no me mov铆; me hab铆a quedado r铆gido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de m铆.

El miedo me abandon贸, y en su lugar se sucedieron los sentimientos de asombro, compasi贸n y respeto; los sonidos que murmur贸 la criatura abatida que yac铆a entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la criatura que yo hab铆a matado, la extra帽a bestia de la cueva maldita, era -o hab铆a sido alguna vez- ¡¡¡un hombre!!!

FIN

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Mar de fondo

饾惖饾憻饾懄饾憥饾憶 饾憠饾憱饾憴饾憴饾憥饾憪饾憻饾憭饾懅 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudi茅 Comunicaciones, Sociolog铆a y soy autor del libro "Las vidas que tom茅 prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "饾憟饾憶 饾憫饾憱́饾憥 饾憴饾憭饾憱́饾憫饾憸 饾憶饾憸 饾憭饾憼 饾憿饾憶 饾憫饾憱́饾憥 饾憹饾憭饾憻饾憫饾憱饾憫饾憸."

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