¡C贸mo est谩s, lector! Ayer publiqu茅 un cartel con una frase de Faulkner y se inici贸 el debate sobre si Hemingway era o no, mejor escritor de que su compatriota. Por eso, hoy comparto contigo este breve pero interesante relato del maestro de "El viejo y el mar", para compartir con toda la comunidad ¡Disfruta tu lectura!
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Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/yaDlt3ZTp |
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EL GATO BAJO LA LLUVIA
Solo dos norteamericanos paraban en el hotel. No conoc铆an a ninguna de las personas que sub铆an y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jard铆n p煤blico de grandes palmeras y verdes bancos.
Cuando hac铆a buen tiempo, no faltaba alg煤n pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos 谩rboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar.
Los italianos ven铆an de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandec铆a bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se romp铆an en una larga l铆nea y el mar se retiraba de la playa para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los autom贸viles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un caf茅, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.
La dama norteamericana lo observ贸 todo desde la ventana. En el suelo, justo debajo de la ventana, un gato se hab铆a acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que ca铆an a los lados de su refugio.
–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.
–Ir茅 yo, si quieres –se ofreci贸 su marido desde la cama.
–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!
El hombre continu贸 leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.
–No te mojes –le advirti贸.
La mujer baj贸 y el due帽o del hotel se levant贸 y le hizo una reverencia cuando ella pas贸 delante de su oficina, que ten铆a el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.
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–Il piove –expres贸 la norteamericana. El due帽o del hotel le resultaba simp谩tico.
–S铆, s铆 signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.
Cuando la norteamericana pas贸 frente a la oficina, el padrone se inclin贸 desde su escritorio. Ella experiment贸 una rara sensaci贸n. Se qued贸 detr谩s del escritorio, al fondo de la oscura habitaci贸n.
A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recib铆a cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempe帽ar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. Estaba pensando en aquello cuando abri贸 la puerta y asom贸 la cabeza. La lluvia hab铆a arreciado. Un hombre con un impermeable cruz贸 la plaza vac铆a y entr贸 en el caf茅. El gato ten铆a que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abri贸 detr谩s. Era la sirvienta encargada de su habitaci贸n, mandada, sin duda, por el hotelero.
–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.
Mientras la criada sosten铆a el paraguas a su lado, la norteamericana march贸 por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba all铆, brillando bajo la lluvia, pero el gato se hab铆a ido. La mujer se sinti贸 desilusionada. La criada la mir贸 con curiosidad.
–Ha perduto qualque cosa, signora?
–Hab铆a un gato aqu铆 –contest贸 la norteamericana.
–¿Un gato?
–S铆 il gatto.
–¿Un gato? –la sirvienta se ech贸 a re铆r– ¿Un gato bajo la lluvia?
–S铆; se hab铆a refugiado en el banco –y despu茅s– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quer铆a tener un gatito.
Cuando habl贸 en ingl茅s, la doncella se puso seria.
–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojar谩.
–Me lo imagino –dijo la extranjera.
Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la norteamericana pas贸 frente a la oficina, el padrone se inclin贸 desde su escritorio. Ella experiment贸 una rara sensaci贸n. El padrone la hac铆a sentirse muy peque帽a y, a la vez, importante. Tuvo la impresi贸n de tener una gran importancia. Despu茅s de subir por la escalera, abri贸 la puerta de su cuarto. George segu铆a leyendo en la cama.
–¿Y el gato? –pregunt贸, abandonando la lectura.
–Se ha ido.
–¿Y donde puede haberse ido? –dijo 茅l, descansando un poco la vista.
La mujer se sent贸 en la cama.
–¡Me gustaba tanto! No s茅 por qu茅 lo quer铆a tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo.
Su mujer se sent贸 frente al espejo del tocador y empez贸 a mirarse con el espejo de mano. Se estudi贸 el perfil, primero de un lado y despu茅s del otro, y por 煤ltimo se fij贸 en la nuca y en el cuello.
–¿No te parece que me convendr铆a dejarme crecer el pelo? –le pregunt贸, volviendo a mirarse de perfil.
George levant贸 la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.
–A m铆 me gusta como est谩.
–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.
George cambi贸 de posici贸n en la cama. No le hab铆a quitado la mirada de encima desde que ella empez贸 a hablar.
–¡Caramba! Si est谩s muy bonita –dijo.
La mujer dej贸 el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochec铆a ya.
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–Quisiera tener el pelo m谩s largo, para poder hacerme mo帽o. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y tambi茅n quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.
–¿S铆? –dijo George.
–Y adem谩s, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.
–¡Oh! ¿Por qu茅 no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.
Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todav铆a llov铆a a trav茅s de las palmeras.
–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.
George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se hab铆a encendido en la plaza. Alguien llam贸 a la puerta.
–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Tra铆a un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.
–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encarg贸 que trajera esto para la signora.
FIN
1925
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