Convertirse en fantasma. cuento de Guillermo Fernández

Con una prosa íntima y melancólica, el cuento nos conduce hacia un territorio donde lo cotidiano empieza a confundirse con lo fantasmal.

Fotógrafo frente al Sanatorio Durán durante la noche
Frente al sanatorio Durán. 

¡𝐇𝐨𝐥𝐚, 𝐥𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬! 𝐡𝐨𝐲 𝐥𝐞𝐬 𝐭𝐫𝐚𝐢𝐠𝐨 😁una lectura más que interesante. Un fotógrafo envejecido, desplazado por la tecnología y atrapado en una vida que parece apagarse lentamente, recorre las calles de Cartago mientras enfrenta el fracaso, la soledad y el miedo al olvido. En este relato, la nostalgia y la decadencia se mezclan con la atmósfera inquietante del Sanatorio Durán.

CONVERTIRSE EN FANTASMA

Solía llevar un caballito de madera forrado en cuero, adornado con colitas multicolores, para ganarme unos pesos los domingos en el Parque Morazán. No quería admitir que hacía meses a nadie le interesaba mi presencia y, por supuesto, tampoco mi negocio. Ni siquiera a esos enamorados que a veces se tomaban fotos sobre una banca, abrazados, poniendo esa cara de ternura contagiosa.

Recuerdo haberme quedado unas pocas horas en ese parque, tan lindo en verano, observando al caballito de madera. Tenía unos ojos amistosos, como los de un personaje de cuento infantil. Lo miraba como quien contempla el objeto más trágico del universo, como si la sonrisa inocente del caballito fuese también la sonrisa de la burla, de eso que es la vida en el fondo: pura mofa.

Llegué antes de oscurecer a mi casa en Oreamuno de Cartago, donde convivía con mi vieja madre, una enfermera pensionada que se pasaba el tiempo en la iglesia. Para mi sorpresa, la encontré en casa.

—Venís temprano —me dijo, sin una gota de asombro. Era evidente que esperaba que aquello sucediera tarde o temprano.

—Hoy no había trabajo —respondí, sentándome en el sillón suave de la sala. Todo olía a limpio, a protección.

—¿Y el caballito? —preguntó ella.

Su pregunta no revelaba interés por el caballito, sino por mi cara de tristeza.

Al oírla, comprobé que había olvidado el caballito en el parque. Sentí primero el temor de haber perdido el “machete de trabajo”, como se decía en el pueblo. Me sobresalté y me levanté del sofá. Luego comprendí que estaba preocupado por nada.

—Lo perdí —dije, volviendo a sentarme.

—¿Lo has perdido?

—No exactamente. Creo que nuestra relación ha terminado. Así de sencillo, mamá.

—Te lo he dicho.

Fue espantosa esa sentencia: “Te lo he dicho”. Porque, en efecto, siempre me lo había dicho y yo nunca la había escuchado. Mi madre no sabía nada de tecnología, pero le sobraba sentido común.

—¿No fuiste a la iglesia? —pregunté, tratando de cambiar de conversación. Necesitaba olvidarme del asunto. Estaba considerando largarme para el billar, donde encontraría a los amigos de siempre, hablando de posibilidades imposibles, como en La isla de Gilligan.

—No me he sentido bien.

—¿Por qué? —fue mi estúpida respuesta.

Mi madre era fuerte, imbatible. Jamás había mostrado una fisura en su salud.

—Hoy fue el día, Humberto. Me voy a dormir… o a ver televisión. Pero la televisión es tan mala. Y eso de la fotografía…

—¿Qué?

—Date cuenta de que se acabó. Hoy todo el mundo es fotógrafo. ¿Hace cuánto no te pagan por un trabajo?

—No recuerdo.

—Sí lo sabés. Mirá, hijo, te dejé una buena sopa de pollo en la cocina.

Mi madre me dio la espalda y se fue a su cuarto. Pensé por un instante que ya estaba vieja y que probablemente no sería la primera vez que se sintiera afectada. Pensé también en su pensión y en que, gracias a ella, no pasábamos necesidades. Yo ya tenía cincuenta y ocho años. Solo había sido fotógrafo. Ella bordeaba los ochenta. Se me había olvidado que no había padecido una sola necesidad gracias a su esmerada protección.

Mientras yo trabajaba como fotógrafo profesional, tomando fotos un día sí y otro no, era ella quien llevaba la batuta de la casa. No le importaba si yo aportaba un peso. Nunca me exigía nada. Lo que ganaba lo gastaba en tonterías: apuestas de billar, lances sin compromiso, porque odiaba los compromisos. Les tenía pavor a las mujeres enormes, estructuradas, capaces de medir el tiempo y ordenar el mundo a su antojo. Y solo esas me salían.

Ese día no solo había “olvidado” el caballito en el Parque Morazán, aquel que me había servido para tomarles fotos a los niños los domingos. También estaba a las puertas de algo más desconocido: la desaparición de mi madre y mi transformación en un indigente, de esos que uno suele ver en cualquier esquina, costrosos, corridos de tejas, hambrientos, avergonzados o llenos de orgullo.

Salí a la calle y empecé a caminar con mi cámara, llevando una idea fija en la mente. Estaba decepcionado, enfurecido. La tecnología había convertido a cada idiota del mundo en fotógrafo y yo había creído que seguiría siendo un profesional digno. Además, no había querido abrir los ojos.

Era un dolor del alma —más que una derrota económica, que ya venía rodando hacia mí como una bola de nieve— lo que me exigía destruir aquello que me había acompañado durante tantos años: mi preciosa Canon. Había en mí un odio justificado, ese que solo nace del cariño auténtico y de la costumbre.

Era noche cerrada en esa parte del camino de tierra, entre laderas musgosas y pinos inquisitivos. El frío persistía, aunque algunos dicen que ya no hace tanto como antes, cuando la temperatura descendía hasta cero grados.

Me detuve en un mirador frecuentado, ahora desierto, desde donde se podía ver todo el Valle Central. Con el mismo desprecio con que la vida parecía despreciarme a mí, levanté la cámara y quise arrojarla al vacío.

Pero me quedé inmóvil, sosteniéndola con la mano en alto.

No pude hacerlo. No tuve el valor necesario para actuar. Aún me unían a ella el fracaso… o el amor que se le tiene a una mascota.

Caminé unos pasos más, sin dirección, turbado, hasta llegar a las puertas del Sanatorio Durán. Como quien no llega por casualidad a una edificación que algunos consideran fantasmagórica.

Vivía tan cerca del viejo inmueble que me parecía una pieza habitual del paisaje, como la cancha de fútbol abandonada por la municipalidad o los santos de mirada moribunda de la iglesia, que no se mueren solo para seguir asustando a la gente.

Jamás lo había visto de noche con esa perspectiva. Tenía realmente la forma de algo detenido en el tiempo. Había leído en los periódicos que incluso se habían filmado películas de mala calidad en sus instalaciones y que se organizaban incursiones para que los ilusos revivieran las leyendas del lugar.

Para los lugareños como yo, el Sanatorio era solo una ruina. Nos sorprendía el afán con que era visitado por turistas fascinados con cualquier cosa puesta de moda.

Así estaba yo: casi convertido en pieza de museo.

Y nadie iba a visitarme como visitaban al Sanatorio Durán. Nadie iba a rodar una película de misterio sobre mí. Sin embargo, también yo iba a formar parte de los anticuarios. Algún día alguien contaría que, en el pasado, existían fotógrafos que llevaban caballitos de madera a los parques para ganarse unos pesos los domingos; que perdían horas esperando clientes; que tenían vicios como todo el mundo y que quizá apreciaban ese oficio porque no tenían otra cosa que hacer.

Le cobré una repentina simpatía al inmueble, esa complicidad que suele nacer entre desventurados, y le tomé una fotografía por aquí y otra por allá.

No tenía idea de qué haría con esas fotos. Sentía que mi mundo como fotógrafo ya era historia, igual que el propio Sanatorio, igual que la tristeza atrapada entre sus paredes y que cualquiera podía percibir, porque el dolor permanece.

Me puse de pronto muy poético. Yo, que jamás lo había sido.

Y fue entonces cuando me oí decir con absoluta claridad, desde lo más hondo de mi ser, quizá la frase más verdadera de mi vida:

—Hoy me siento un fantasma como vos.

Quise volver sobre mis pasos, regresar a casa y probar esa sopa de pollo que todavía debía seguir tibia. Todavía había tiempo, me lo susurró otra voz, tal vez la voz de la fe, esa que siempre recompone un poco lo deshecho durante el día.

Sin embargo, algo me impulsó a seguir caminando hasta la entrada del Sanatorio.

Supuse que el guarda debía andar por algún lugar, pues era un sitio protegido. Aunque quizás se había quedado dormido.

Abrí las grandes puertas sin dificultad.

Me gustó enfrentar aquella reducida luz mortecina que se colaba desde el techo del lobby y observar las sombras húmedas en las paredes. No había señales de que alguien hubiese alterado la estructura original, pese a todas las restauraciones fabulosas de las que se hablaba.

Olía a moho. O quizá a algo más intenso que el simple moho.

Nunca había visto tanta belleza en unas paredes desconchadas ni en unos ventanales quebrados que, vistos desde afuera, parecían cristalinos.

Tomé otra foto y luego otra más, perdiéndome paso a paso hacia el interior de aquella soledad, donde aún intento encontrar, sin desesperación, la salida.


Mar de fondo

𝐵𝑟𝑦𝑎𝑛 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudié Comunicaciones, Sociología y soy autor del libro "Las vidas que tomé prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

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