Leamos "El pantano de la luna", cuento de H.P. Lovecraft

¡Buenos dĂ­as, queridos lectores! Muchos pedĂ­an en los comentarios los relatos del maestro de terror y suspenso H. P. Lovecraft. Es por esta razĂłn que hoy comparto contigo el primer cuento en el Blog, de este genial autor que poco a poco se irĂĄ posicionando entre los mĂĄs leĂ­dos. Esta breve historia apela a mucho de su estilo ¡Disfruta tu lectura! 


"El pantano de la luna", cuento de H.P. Lovecraft
Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/10vc9NV


EL PANTANO DE LA LUNA


Denys Barry se ha esfumado en alguna parte, en alguna regiĂłn espantosa y remota de la que nada sĂ©. Estaba con Ă©l la Ășltima noche que pasĂł entre los hombres, y escuchĂ© sus gritos cuando el ser lo atacĂł; pero, ni todos los campesinos y policĂ­as del condado de Meath pudieron encontrarlo, ni a Ă©l ni a los otros, aunque los buscaron por todas partes. Y ahora me estremezco cuando oigo croar a las ranas en los pantanos o veo la luna en lugares solitarios.



Había intimado con Denys Barry en Estados Unidos, donde éste se había hecho rico, y lo felicité cuando recompró el viejo castillo junto al pantano, en el somnoliento Kilderry. De Kilderry procedía su padre, y allí era donde quería disfrutar de su riqueza, entre parajes ancestrales. Los de su estirpe antaño se enseñoreaban sobre Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero aquellos días ya resultaban remotos, así que durante generaciones el castillo había permanecido vacío y arruinado. Tras volver a Irlanda, Barry me escribía a menudo contåndome cómo, mediante sus cuidados, el castillo gris veía alzarse una torre tras otra sobre sus restaurados muros, tal como se alzaran ya tantos siglos antes, y cómo los campesinos lo bendecían por devolver los antiguos días con su oro de ultramar. Pero después surgieron problemas y los campesinos dejaron de bendecirlo y lo rehuyeron como a una maldición. Y entonces me envió una carta pidiéndome que lo visitase, ya que se había quedado solo en el castillo, sin nadie con quien hablar fuera de los nuevos criados y peones contratados en el norte.

La fuente de todos los problemas era la ciĂ©naga, segĂșn me contĂł Barry la noche de mi llegada al castillo. AlcancĂ© Kilderry en el ocaso veraniego, mientras el oro de los cielos iluminaba el verde de las colinas y arboledas y el azul de la ciĂ©naga, donde, sobre un lejano islote, unas extrañas ruinas antiguas resplandecĂ­an de forma espectral. El crepĂșsculo resultaba verdaderamente grato, pero los campesinos de Ballylough me habĂ­an puesto en guardia y decĂ­an que Kilderry estaba maldita, por lo que casi me estremecĂ­ al ver los altos torreones dorados por el resplandor. El coche de Barry me habĂ­a recogido en la estaciĂłn de Ballylough, ya que el tren no pasa por Kilderry. Los aldeanos habĂ­an esquivado al coche y su conductor, que procedĂ­a del norte, pero a mĂ­ me habĂ­an susurrado cosas, empalideciendo al saber que iba a Kilderry. Y esa noche, tras nuestro encuentro, Barry me contĂł por quĂ©.

Los campesinos habían abandonado Kilderry porque Denys Barry iba a desecar la gran ciénaga. A pesar de su gran amor por Irlanda, Estados Unidos no lo había dejado intacto y odiaba ver abandonada la amplia y hermosa extensión de la que podía extraer turba y desecar las tierras. Las leyendas y supersticiones de Kilderry no lograron conmoverlo y se burló cuando los aldeanos primero rehusaron ayudarle y mås tarde, viéndolo decidido, lo maldijeron marchåndose a Ballylough con sus escasas pertenencias. En su lugar contrató trabajadores del norte y cuando los criados lo abandonaron también los reemplazó. Pero Barry se encontraba solo entre forasteros, así que me pidió que lo visitara.

Cuando supe quĂ© temores habĂ­an expulsado a la gente de Kilderry, me reĂ­ tanto como mi amigo, ya que tales miedos eran de la clase mĂĄs indeterminada, estrafalaria y absurda. TenĂ­an que ver con alguna absurda leyenda tocante a la ciĂ©naga, y con un espantoso espĂ­ritu guardiĂĄn que habitaba las extrañas ruinas antiguas del lejano islote que divisara al ocaso. Cuentos de luces danzantes en la penumbra lunar y vientos helados que soplaban cuando la noche era cĂĄlida; de fantasmas blancos merodeando sobre las aguas y de una supuesta ciudad de piedra sumergida bajo la superficie pantanosa. Pero descollando sobre todas esas locas fantasĂ­as, Ășnica en ser unĂĄnimemente repetida, estaba el que la maldiciĂłn caerĂ­a sobre quien osase tocar o drenar el inmenso pantano rojizo. HabĂ­a secretos, decĂ­an los campesinos, que no debĂ­an desvelarse; secretos que permanecĂ­an ocultos desde que la plaga exterminase a los hijos de Partholan, en los fabulosos años previos a la historia. En el Libro de los invasores se cuenta que esos retoños de los griegos fueron todos enterrados en Tallaght, pero los viejos de Kilderry hablan de una ciudad protegida por su diosa de la luna tutelar, asĂ­ como de los montes boscosos que la ampararon cuando los hombres de Nemed llegaron de Escitia con sus treinta barcos.

Tales eran los absurdos cuentos que habĂ­an conducido a los aldeanos al abandono de Kilderry, y al oĂ­rlos no me resultĂł extraño que Denys Barry no hubiera querido prestarles atenciĂłn. SentĂ­a, no obstante, gran interĂ©s por las antigĂŒedades, y estaba dispuesto a explorar a fondo el pantano en cuanto lo desecasen. HabĂ­a ido con frecuencia a las ruinas blancas del islote pero, aunque evidentemente muy antiguas y su estilo guardaba muy poca relaciĂłn con la mayorĂ­a de las ruinas irlandesas, se encontraba demasiado deteriorado para ofrecer una idea de su Ă©poca de gloria. Ahora se estaba a punto de comenzar los trabajos de drenaje, y los trabajadores del norte pronto despojarĂ­an a la ciĂ©naga prohibida del musgo verde y del brezo rojo, y aniquilarĂ­an los pequeños regatos sembrados de conchas y los tranquilos estanques azules bordeados de juncos.

Me sentĂ­ muy somnoliento cuando Barry me hubo contado todo aquello, ya que el viaje durante el dĂ­a habĂ­a resultado fatigoso y mi anfitriĂłn habĂ­a estado hablando hasta bien entrada la noche. Un criado me condujo a mi alcoba, que se hallaba en una torre lejana, dominando la aldea y la llanura que habĂ­a al pie del pantano, asĂ­ como la propia ciĂ©naga, por lo que, a la luz lunar, pude ver desde la ventana las silenciosas moradas abandonadas por los campesinos, y que ahora alojaban a los trabajadores del norte, y tambiĂ©n columbrĂ© la iglesia parroquial con su antiguo capitel, y a lo lejos, en la ciĂ©naga que parecĂ­a al acecho, las remotas’ ruinas antiguas, resplandeciendo de forma blanca y espectral sobre el islote. Al tumbarme, creĂ­ escuchar dĂ©biles sonidos en la distancia, sones extraños y medio musicales que me provocaron una rara excitaciĂłn que tiñeron mis sueños. Pero la mañana siguiente, al despertar, sentĂ­ que todo habĂ­a sido un sueño, ya que las visiones que tuve resultaban mĂĄs maravillosas que cualquier sonido de flautas salvajes en la noche. Influida por la leyenda que me habĂ­a contado Barry, mi mente habĂ­a merodeado en sueños en torno a una imponente ciudad, ubicada en un valle verde cuyas calles y estatuas de mĂĄrmol, villas y templos, frisos e inscripciones, evocaban de diversas maneras la gloria de Grecia. Cuando compartĂ­ ese sueño con Barry, nos echamos a reĂ­r juntos; pero yo me reĂ­a mĂĄs, porque Ă©l se sentĂ­a perplejo ante la actitud de sus trabajadores norteños. Por sexta vez se habĂ­an quedado dormidos, despertando de una forma muy lenta y aturdidos, actuando como si no hubieran descansado, aun cuando se habĂ­an acostado temprano la noche antes.

Esa mañana y tarde deambulĂ© a solas por la aldea bañada por el sol, hablando aquĂ­ y allĂĄ con los fatigados trabajadores, ya que Barry estaba ocupado con los planes finales para comenzar su trabajo de desecaciĂłn. Los peones no estaban tan contentos como debieran, ya que la mayorĂ­a parecĂ­a desasosegada por culpa de algĂșn sueño, aunque intentaban en vano recordarlo. Les contĂ© el mĂ­o, pero no se interesaron por Ă©l hasta que no mencionĂ© los extraños sonidos que creĂ­ oĂ­r. Entonces me miraron de forma rara y dijeron que ellos tambiĂ©n creĂ­an recordar sonidos extraños.

Al anochecer, Barry cenó conmigo y me comunicó que comenzaría el drenaje en dos días. Me alegré, ya que aunque me disgustaba ver el musgo y el brezo y los pequeños regatos y lagos desaparecer, sentía un creciente deseo de posar los ojos sobre los arcaicos secretos que la prieta turba pudiera ocultar. Y esa noche el sonido de resonantes flautas y peristilos de mårmol tuvo un final brusco e inquietante, ya que vi caer sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego la espantosa avalancha de las laderas boscosas que cubrieron los cuerpos muertos en las calles y dejaron expuesto tan sólo el templo de Artemisa en lo alto, donde Cleis, la anciana sacerdotisa de la luna, yacía fría y silenciosa con una corona de marfil sobre sus sienes de plata.

He dicho que despertĂ© de repente y alarmado. Por un instante no fui capaz de determinar si me encontraba despierto o dormido; pero cuando vi sobre el suelo el helado resplandor lunar y los perfiles de una ventana gĂłtica enrejada, decidĂ­ que debĂ­a estar despierto y en el castillo de Kilderry. Entonces escuchĂ© un reloj en algĂșn lejano descansillo de abajo tocando las dos y supe que estaba despierto. Pero aĂșn me llegaba el monĂłtono toque de flauta a lo lejos; aires extraños, salvajes, que me hacĂ­an pensar en alguna danza de faunos en el remoto Menalo. No me dejaba dormir y me levantĂ© impaciente, recorriendo la estancia. SĂłlo por casualidad lleguĂ© a la ventana norte y oteĂ© la silenciosa aldea, asĂ­ como la llanura al pie de la ciĂ©naga. No querĂ­a mirar, ya que lo que deseaba era dormir; pero las flautas me atormentaban y tenĂ­a que hacer o mirar algo. ¿CĂłmo sospechar lo que estaba a punto de contemplar?

AllĂ­, a la luz de la luna que fluĂ­a sobre el espacioso llano, se desarrollaba un espectĂĄculo que ningĂșn mortal, habiĂ©ndolo presenciado, podrĂ­a nunca olvidar. Al son de flautas de caña que despertaban ecos sobre la ciĂ©naga, se deslizaba silenciosa y espeluznantemente una multitud entremezclada de oscilantes figuras, acometiendo una danza circular como las que los sicilianos debĂ­an ejecutar en honor a DemĂ©ter en los viejos dĂ­as, bajo la luna de cosecha, junto a Ciane. La amplia llanura, la dorada luz lunar, las siluetas bailando entre las sombras y, ante todo, el estridente y monĂłtono son de flautas producĂ­an un efecto que casi me paralizĂł, aunque a pesar de mi miedo notĂ© que la mitad de aquellos danzarines incansables y maquinales eran los peones que yo habĂ­a creĂ­do dormidos, mientras que la otra mitad eran extraños seres blancos y aĂ©reos, de naturaleza medio indeterminada, que sin embargo sugerĂ­an meditabundas y pĂĄlidas nĂĄyades de las amenazadas fuentes de la ciĂ©naga. No sĂ© cuĂĄnto estuve contemplando esa visiĂłn desde la ventana del solitario torreĂłn antes de derrumbarme bruscamente en un desmayo sin sueños del que me sacĂł el sol de la mañana, ya alto.

Mi primera intención al despertar fue comunicar a Denys Barry todos mis temores y observaciones, pero en cuanto vi el resplandor del sol a través de la enrejada ventana oriental me convencí de que lo que creía haber visto no era algo real. Soy propenso a extrañas fantasías, aunque no lo bastante débil como para creérmelas, por lo que en esta ocasión me limité a preguntar a los peones, que habían dormido hasta muy tarde y no recordaban nada de la noche anterior salvo brumosos sueños de sones estridentes. Este asunto del espectral toque de flauta me atormentaba de veras y me pregunté si los grillos de otoño habrían llegado antes de tiempo para fastidiar las noches y acosar las visiones de los hombres. Mås tarde encontré a Barry en la librería, absorto en los planos para la gran faena que iba a acometer al día siguiente, y por primera vez sentí el roce del mismo miedo que había ahuyentado a los campesinos. Por alguna desconocida razón sentía miedo ante la idea de turbar la antigua ciénaga y sus tenebrosos secretos, e imaginé terribles visiones yaciendo en la negrura bajo las insondables profundidades de la vieja turba. Me parecía locura que se sacase tales secretos a la luz y comencé a desear tener una excusa para abandonar el castillo y la aldea. Fui tan lejos como para mencionar de pasada el tema a Barry, pero no me atreví a proseguir cuando soltó una de sus resonantes risotadas. Así que guardé silencio cuando el sol se hundió llameante sobre las lejanas colinas y Kilderry se cubrió de rojo y oro en medio de un resplandor semejante a un prodigio.

Nunca sabré a ciencia cierta si los sucesos de esa noche fueron realidad o ilusión. En verdad trascienden a cualquier cosa que podamos suponer obra de la naturaleza o el universo, aunque no es posible dar una explicación natural a esas desapariciones que fueron conocidas tras su consumación. Me retiré temprano y lleno de temores, y durante largo tiempo me fue imposible conciliar el sueño en el extraordinario silencio de la noche. Estaba verdaderamente oscuro, ya que a pesar de que el cielo estaba despejado, la luna estaba casi en fase de nueva y no saldría hasta la madrugada. Mientras estaba tumbado pensé en Denys Barry, y en lo que podía ocurrir en esa ciénaga al llegar el alba, y me descubrí casi frenético por el impulso de correr en la oscuridad, coger el coche de Barry y conducir enloquecido hacia Ballylough, fuera de las tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores pudieran concretarse en acciones, me había dormido y atisbaba sueños sobre la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras espantosas.

Probablemente fue el agudo son de flautas el que me despertó, aunque no fue eso lo primero que noté al abrir los ojos. Me encontraba tumbado de espaldas a la ventana este, desde la que se divisaba la ciénaga y por donde la luna menguante se alzaría, y por tanto yo esperaba ver incidir la luz sobre el muro opuesto, frente a mí; pero no había esperado ver lo que apareció. La luz, efectivamente, iluminaba los cristales del frente, pero no se trataba del resplandor que da la luna. Terrible y penetrante resultaba el raudal de roja refulgencia que fluía a través de la ventana gótica, y la estancia entera brillaba envuelta en un fulgor intenso y ultraterreno. Mis acciones inmediatas resultan peculiares para tal situación, pero tan sólo en las fåbulas los hombres hacen las cosas de forma dramåtica y previsible. En vez de mirar hacia la ciénaga, en busca de la fuente de esa nueva luz, aparté los ojos de la ventana, lleno de terror, y me vestí desmañadamente con la aturdida idea de huir. Me recuerdo tomando sombrero y revólver, pero antes de acabar había perdido ambos sin disparar el uno ni calarme el otro. Pasado un tiempo, la fascinación de la roja radiación venció en mí el miedo y me arrastré hasta la ventana oeste, mirando mientras el incesante y enloquecedor toque de flauta gemía y reverberaba a través del castillo y sobre la aldea.

Sobre la ciĂ©naga caĂ­a un diluvio de luz ardiente, escarlata y siniestra, que surgĂ­a de la extraña y arcaica ruina del lejano islote. No puedo describir el aspecto de esas ruinas… debĂ­ estar loco, ya que parecĂ­a alzarse majestuosa y pletĂłrica, esplĂ©ndida y circundada de columnas, y el reflejo de llamas sobre el mĂĄrmol de la construcciĂłn hendĂ­a el cielo como la cĂșspide de un templo en la cima de una montaña. Las flautas chirriaban y los tambores comenzaron a doblar, y mientras yo observaba lleno de espanto y terror creĂ­ ver oscuras formas saltarinas que se silueteaban grotescamente contra esa visiĂłn de mĂĄrmol y resplandores. El efecto resultaba titĂĄnico -completamente inimaginable- y podrĂ­a haber estado mirando eternamente de no ser que el sonido de flautas parecĂ­a crecer hacia la izquierda. TrĂ©mulo por un terror que se entremezclaba de forma extraña con el Ă©xtasis, crucĂ© la sala circular hacia la ventana norte, desde la que podĂ­a verse la aldea y el llano que se abrĂ­a al pie de la ciĂ©naga. Entonces mis ojos se desorbitaron ante un extraordinario prodigio aĂșn mĂĄs grande, como si no acabase de dar la espalda a una escena que desbordaba la naturaleza, ya que por la llanura espectralmente iluminada de rojo se desplazaba una procesiĂłn de seres con formas tales que no podĂ­an proceder sino de pesadillas.

Medio deslizĂĄndose, medio flotando por los aires, los fantasmas de la ciĂ©naga, ataviados de blanco, iban retirĂĄndose lentamente hacia las aguas tranquilas y las ruinas de la isla en fantĂĄsticas formaciones que sugerĂ­an alguna danza ceremonial y antigua. Sus brazos ondeantes y traslĂșcidos, al son de los detestables toques de aquellas flautas invisibles, reclamaban con extraordinario ritmo a una multitud de tambaleantes trabajadores que les seguĂ­an perrunamente con pasos ciegos e involuntarios, trastabillando como arrastrados por una voluntad demonĂ­aca, torpe pero irresistible. Cuando las nĂĄyades llegaban a la ciĂ©naga sin desviarse, una nueva fila de rezagados zigzagueaba tropezando como borrachos, abandonando el castillo por alguna puerta apartada de mi ventana; fueron dando tumbos de ciego por el patio y a travĂ©s de la parte interpuesta de aldea, y se unieron a la titubeante columna de peones en la llanura. A pesar de la altura, pude reconocerlos como los criados traĂ­dos del norte, ya que reconocĂ­ la silueta fea y gruesa del cocinero, cuyo absurdo aspecto ahora resultaba sumamente trĂĄgico. Las flautas sonaban de forma horrible y volvĂ­ a escuchar el batir de tambores procedente de las ruinas de la isla. Entonces, silenciosa y graciosamente, las nĂĄyades llegaron al agua y se fundieron una tras otra con la antigua ciĂ©naga, mientras la lĂ­nea de seguidores, sin medir sus pasos, chapoteaba desmañadamente tras ellas para acabar desapareciendo en un leve remolino de insalubres burbujas que apenas pude distinguir en la luz escarlata. Y mientras el Ășltimo y patĂ©tico rezagado, el obeso cocinero, desaparecĂ­a pesadamente de la vista en el sombrĂ­o estanque, las flautas y tambores enmudecieron, y los cegadores rayos de las ruinas se esfumaron al instante, dejando la aldea de la maldiciĂłn desolada y solitaria bajo los tenues rayos de una luna reciĂ©n acabada de salir.

Mi estado era ahora el de un indescriptible caos. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvé sólo merced a un piadoso embotamiento. Creo haber hecho cosas tan ridículas como rezar a Artemisa, Latona, Deméter, Perséfona y Plutón. Todo cuando podía recordar de mis días de estudios clåsicos de juventud me acudió a los labios mientras los horrores de la situación despertaban mis supersticiones mås arraigadas. Sentía que había presenciado la muerte de toda una aldea y sabía que estaba a solas en el castillo con Denys Barry, cuya audacia había desatado la maldición. Al pensar en él me acometieron nuevos terrores y me desplomé en el suelo, no inconsciente, pero sí físicamente incapacitado. Entonces sentí el helado soplo desde la ventana este, por donde se había alzado la luna, y comencé a escuchar los gritos en el castillo, abajo. Pronto tales gritos habían alcanzado una magnitud y cualidad que no quiero transcribir, y que me hacen enfermar al recordarlos. Todo cuanto puedo decir es que provenían de algo que yo conocí como amigo mío.

En cierto instante, durante ese periodo estremecedor, el viento frío y los gritos debieron hacerme levantar, ya que mi siguiente impresión es la de una enloquecida carrera por la estancia y a través de corredores negros como la tinta y, fuera, cruzando el patio para sumergirme en la espantosa noche. Al alba me descubrieron errando trastornado cerca de Ballylough, pero lo que me enloqueció por completo no fue ninguno de los terrores vistos u oídos antes. Lo que yo musitaba cuando volví lentamente de las sombras eran un par de incidentes acaecidos durante mi huida, incidente de poca monta, pero que me recomen sin cesar cuando estoy solo en ciertos lugares pantanosos o a la luz de la luna.

Mientras huĂ­a de ese castillo maldito por el borde de la ciĂ©naga, escuchĂ© un nuevo sonido; algo comĂșn, aunque no lo habĂ­a oĂ­do antes en Kilderry. Las aguas estancadas, Ășltimamente bastante despobladas de vida animal, ahora hervĂ­an de enormes ranas viscosas que croaban aguda e incesantemente en tonos que desentonaban de forma extraña con su tamaño. RelucĂ­an verdes e hinchadas bajo los rayos de luna, y parecĂ­an contemplar fijamente la fuente de luz. Yo seguĂ­ la mirada de una rana muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder el tino.

Tendido entre las extrañas ruinas antiguas y la luna menguante, mis ojos creyeron descubrir un rayo de débil y trémulo resplandor que no se reflejaba en las aguas de la ciénaga. Y ascendiendo por ese pålido camino mi mente febril imaginó una sombra leve que se debatía lentamente; una sombra vagamente perfilada que se retorcía como arrastrada por monstruos invisibles. Enloquecido como estaba, encontré en esa espantosa sombra un monstruoso parecido, una caricatura nauseabunda e increíble, una imagen blasfema del que fuera Denys Barry.

FIN

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Mar de fondo

đ”đ‘Ÿđ‘Šđ‘Žđ‘› 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. EstudiĂ© Comunicaciones, SociologĂ­a y soy autor del libro "Las vidas que tomĂ© prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑱𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

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