¡Buenos d铆as, lectores! Hoy nos sumergimos en la literatura de Onetti para conocer una excelente historia sobre un doctor contemplativo y su experiencia junto al mar. Tratar茅 de subir m谩s cuentos de este genial escritor uruguayo que tambi茅n se ha ganado un lugar en la historia de las letras ¡Disfruta tu lectura!
![]() |
Imagen tomada de Pinterest: Majid Arvari an Iranian realistic painter (figurative & landscape) |
LA CASA DE ARENA
Cuando D铆az Grey acept贸 con indiferencia haber quedado solo, inici贸 el juego de reconocerse en el 煤nico recuerdo que quiso permanecer en 茅l, cambiante, ya sin fecha. Ve铆a las im谩genes del recuerdo y se ve铆a a s铆 mismo al transportarlo y corregirlo para evitar que muriera, reparando los desgastes de cada despertar, sosteni茅ndolo con imprevistas invenciones, mientras apoyaba la cabeza en la ventana del consultorio, mientras se quitaba la t煤nica al anochecer, mientras se aburr铆a sonriente en las veladas del bar del hotel. Su vida, 茅l mismo, no era ya m谩s que aquel recuerdo, el 煤nico digno de evocaci贸n y de correcciones, de que fuera falsificado, una y otra vez, su sentido.
El m茅dico sospechaba que, con los a帽os, terminar铆a por creer que la primera parte memorable de la historia anunciaba todo lo que, con variantes diversas, pas贸 despu茅s; terminar铆a por admitir que el perfume de la mujer —le hab铆a estado llegando durante todo el viaje, desde el asiento delantero del autom贸vil— conten铆a y cifraba todos los sucesos posteriores, lo que ahora recordaba desminti茅ndolo, lo que tal vez alcanzara su perfecci贸n en d铆as de ancianidad. Descubrir铆a entonces que el Colorado, la escopeta, el violento sol, la leyenda del anillo enterrado, los premeditados desencuentros en el chalet carcomido, y aun la fogata final, estaban ya en aquel perfume de marca desconocida que ciertas noches, ahora, lograba oler en la superficie de las bebidas dulzonas.
Despu茅s del viaje junto a la costa, en el principio del recuerdo, el coche sali贸 del camino y fue trepando, lento e inseguro, hasta que Quinteros lo detuvo y apag贸 los faros. D铆az Grey no quiso enterarse del paisaje; sab铆a que la casa estaba rodeada de 谩rboles, muy alta sobre el r铆o, aislada entre las dunas. La mujer no dej贸 el asiento; ellos se apartaron. Quinteros le pas贸 las llaves y los billetes doblados. Tal vez la luz del encendedor que ella acerc贸 al cigarrillo les tocase, fugaz, los perfiles.
—No te muevas y no te impacientes. Por la playa, hacia la derecha, se llega al pueblo —dijo Quinteros—. Sobre todo, no hagas nada. Ya veremos qu茅 se resuelve. No trates de verme ni de llamarme. ¿De acuerdo?
D铆az Grey subi贸 hacia la casa, simul贸 tratar de esconder su traje blanco mientras zigzagueaba entre los 谩rboles. El coche lleg贸 al camino y fue aumentando su velocidad hasta mezclar el ruido del motor con el del mar, hasta dejarlo solo escuchando el mar, los ojos cerrados, repiti茅ndose con tenacidad que viv铆a en un mes del oto帽o, recordando las 煤ltimas semanas empleadas casi exclusivamente en firmar recetas para morfina en el flamante consultorio de Quinteros, en mirar con disimulo a la inglesa amante de Quinteros —Dolly o Molly—, que las guardaba en su bolso y extend铆a billetes de diez pesos en una esquina de la mesa, sin entreg谩rselos directamente, sin hablarle nunca, sin mostrar siquiera que lo ve铆a y estaba siguiendo atenta el movimiento r谩pido y obediente de la mano de D铆az Grey sobre el recetario.
Los d铆as de sol que se repitieron en la playa antes de que llegara el Colorado se transformaron en el recuerdo en uno solo, de longitud normal, pero en el que cab铆an todos los sucesos: un d铆a de oto帽o, casi caluroso, en el que hubieran podido entrar, adem谩s, su propia infancia y multitud de deseos que no se cumplieron nunca. No necesitaba agregar un solo minuto para verse conversar con los pescadores en la extremidad izquierda de la playa, desmembrar cangrejos para las carnadas; verse recorriendo la orilla en direcci贸n al pueblo, al almac茅n donde compraba la comida y se emborrachaba apenas, dando un monos铆labo por cada frase afirmativa del patr贸n. Estaba, en el mismo d铆a casi ardiente, ba帽谩ndose en la completa soledad de la playa, inventando, entre tantas otras cosas, un madero carcomido balanceado por las olas y un terceto de gaviotas chillando encima. Estaba trepando y resbalando en las dunas, persiguiendo insectos entre las barbas de los arbustos, presintiendo el lugar donde ser铆a enterrado el anillo.
Y, adem谩s, mientras esto suced铆a, D铆az Grey bostezaba en el corredor del chalet, estirado en la silla de playa, una botella a un lado, una revista vieja sobre las piernas; herrumbrada, in煤til y vertical contra el tronco de la enredadera, la escopeta descubierta en el galp贸n.
D铆az Grey estaba con la botella, su desencanto, la revista y la escopeta cuando el Colorado sali贸 de entre los 谩rboles y fue trepando hacia la casa, el saco colgado de un hombro, la gran espalda doblada. D铆az Grey esper贸 a que la sombra del otro le tocara las piernas; alz贸 entonces la cabeza y mir贸 el pelo revuelto, las mejillas flacas y pecosas; se llen贸 con una mezcla de piedad y repulsi贸n que habr铆a de conservarse inalterada en el recuerdo, m谩s fuerte que toda voluntad de la memoria o la imaginaci贸n.
—Me manda el doctor Quinteros. Soy el Colorado —anunci贸 con una sonrisa; con un brazo apoyado en la rodilla estuvo esperando las modificaciones asombrosas que su nombre impondr铆a al paisaje, a la ma帽ana que empezaba a declinar, al mismo D铆az Grey y su pasado. Era mucho m谩s corpulento que el m茅dico, aun as铆, encogido, construyendo su prematura joroba. Apenas hablaron; el Colorado mostr贸 el filo de los dientes diminutos, como de un ni帽o, tartamude贸 y fue desviando los ojos hacia el r铆o.
D铆az Grey pudo continuar inm贸vil, tan solitario como si el otro no hubiera llegado, como si no alargara el brazo y abriera la mano para dejar caer el saco, como si no se fuera acuclillando hasta quedar sentado en la galer铆a, las piernas colgantes, excesivamente doblado el torso en direcci贸n a la playa. El m茅dico record贸 la historia cl铆nica del Colorado, la ampulosa descripci贸n de su man铆a incendiaria escrita por Quinteros, en la que este semi-idiota pelirrojo, manejador de f贸sforos y latas de petr贸leo en las provincias del norte, aparec铆a tratando de identificarse con el sol y oponi茅ndose a su inmolaci贸n en las tinieblas maternales. Tal vez ahora, mirando los reflejos en el agua y en la arena, evocara, poetizadas e imperiosas, las fogatas que hab铆a confesado a Quinteros.
—¿No se come? —pregunt贸 el Colorado al atardecer. Entonces D铆az Grey record贸 que el otro estaba ah铆, doblado, la cabeza redonda tendida hacia la arena que comenzaba a levantar los remolinos de viento. Lo hizo entrar en la casa y comieron, trat贸 de emborracharlo para averiguar algo que no le interesaba: si hab铆a venido a esconderse o a vigilarlo. Pero el Colorado apenas convers贸 mientras com铆a; bebi贸 todos los vasos que le ofrecieron y fue a tenderse, descalzo, a un costado de la casa.
Entonces se iniciaron los d铆as de lluvia, un per铆odo de nieblas que se enredaban y colgaban, velozmente marchitas, de los 谩rboles, borrando a veces y haciendo revivir otras, los colores de las hojas aplastadas en la arena.
«脡l no est谩», pensaba D铆az Grey mirando el cuerpo encogido y silencioso del Colorado, vi茅ndolo andar descalzo, empujar la humedad con los hombros, estremecerse como un perro mojado.
Con un brazo a medias tendido, con una sonrisa que revel贸 la larga espera de un milagro imposible, el Colorado se apoder贸 de la escopeta. Empez贸 a doblarse por las noches encima de ella, junto a la l谩mpara, para manejar y engrasar, caviloso y torpe, tornillos y resortes; por las ma帽anas se introduc铆a en la neblina con el arma al hombro o colgando contra una pierna.
El m茅dico estuvo buscando restos de cajones, papeles, trapos, alz贸 algunas ramas casi secas, y una noche encendi贸 la chimenea. Las llamas iluminaron las manos que se doblaban sobre la escopeta abierta; el Colorado levant贸 por fin la cabeza y mir贸 el fuego, fijamente, sin nada m谩s que la expresi贸n distra铆da de quien se ayuda a so帽ar con la oscilaci贸n de la luz, la suave sorpresa de las chispas. Despu茅s se levant贸 para corregir la posici贸n de los troncos, manej谩ndolos sin cuidado; volvi贸 a sentarse en la peque帽a silla de cocina que hab铆a elegido y recuper贸 la escopeta. Mucho antes de que el fuego se apagara, sali贸 para inspeccionar la noche, donde la niebla se estaba transformando en llovizna y sonaba ya sobre el techo. Regres贸 sacudi茅ndose el fr铆o, y el m茅dico pudo verlo pasar con indiferencia junto al resplandor de las brasas que le enrojeci贸 la cara empapada, tirarse en la cama para dormir en seguida, la cara contra la pared, abrazado a la escopeta. D铆az Grey le ech贸 un trapo sobre los pies embarrados, le acarici贸, palmete谩ndola, la cabeza, y lo dej贸 dormir, transformado en perro, sinti茅ndose nuevamente solo durante otros d铆as y noches, hasta que hubo una ma帽ana con sol intermitente. Entonces bajaron hasta la playa —el Colorado lo vio salir y lo sigui贸, deteni茅ndose a veces para apuntar con la escopeta a los pocos p谩jaros que era capaz de imaginar, trotando despu茅s hasta casi alcanzarlo— y recorrieron la orilla hacia el pueblo. Con una bolsa de playa llena de alimentos y botellas regresaron bajo un cielo ya hura帽o; el m茅dico pudo ver los anchos pies descalzos del Colorado hollando los diversos sitios en que ser铆a enterrado el anillo.
$ads={2}
Llovi贸 todo el d铆a, y D铆az Grey se levant贸 para encender la l谩mpara un minuto antes de o铆r el ruido del motor en el camino. Aqu铆 se inician los momentos que alimentan al resto del recuerdo y le otorgan un sentido variable; y as铆 como los d铆as y las noches anteriores a la llegada del Colorado se convirtieron en un solo d铆a de sol, este pedazo del recuerdo se extendi贸 y se fue renovando en un atardecer lluvioso, vivido en el interior de la casa.
Los oy贸 conversar mientras sub铆an hacia el chalet, reconoci贸 la voz de Quinteros, adivin贸 que la mujer que se deten铆a para re铆r era la misma; mir贸 al Colorado, inm贸vil y mudo, abraz谩ndose las rodillas en la sillita; coloc贸 la l谩mpara sobre la mesa, encendida entre los que iban a entrar y 茅l.
—Hola, hola —dijo Quinteros. Sonre铆a, exageraba su contento; toc贸 el hombro h煤medo de la mujer, como gui谩ndola para que saludara—. Creo que se conocen, ¿eh?
Ella le dio la mano y mencion贸 en una pregunta el aburrimiento y la soledad. D铆az Grey reconoci贸 el perfume, supo que ella se llamaba Molly.
—Las cosas est谩n casi arregladas —dijo Quinteros—. Pronto volver谩s al algod贸n y al yodo, con un diploma inmaculado. No tuve m谩s remedio que mandarte a este animal; espero que no te moleste, que puedas soportarlo. No pude arreglar de otro modo; cuidado con los f贸sforos.
Molly fue hasta el rinc贸n donde el Colorado hac铆a gemir el asiento, hamac谩ndose. Le toc贸 la cabeza y se agach贸 para hacerle preguntas in煤tiles, dar ella misma las respuestas obvias. D铆az Grey comprendi贸, emocionado, que ella hab铆a sido capaz de descubrir, con una sola mirada, tal vez por el olor, que el Colorado hab铆a sido transformado en perro. Se inclin贸, maniobrando con la mecha de la l谩mpara, para esconder la cara a Quinteros.
—Lo estoy pasando muy bien. Las mejores vacaciones de mi vida. Y el Colorado no me molesta; no habla, est谩 enamorado de la escopeta. Puedo seguir as铆 indefinidamente. Si quieren comer algo…
—Gracias —dijo Quinteros—. Solo unos pocos d铆as m谩s, todo se est谩 arreglando —ella continuaba empeque帽ecida junto a la sonrisa del Colorado, el impermeable barriendo el suelo—. Pero creo que te voy a estropear las vacaciones. ¿Hay alg煤n inconveniente en que Molly se quede aqu铆 un par de d铆as? Es bueno retirarla de la circulaci贸n.
—No por m铆 —repuso D铆az; apart贸 r谩pidamente de la l谩mpara el temblor de su mano—. Pero ella, vivir aqu铆…
Se alej贸 de la mesa, se帽alando las paredes de la habitaci贸n con los brazos, entr贸 y sali贸 de la zona de perfume.
—Se arreglar谩 —dijo Quinteros—. ¿No es cierto que te arreglar谩s? Dos o tres d铆as.
Ella alz贸 la cabeza para mirar a Quinteros.
—Tengo al Colorado para que me cante.
—Ella te explicar谩, si quiere —dijo Quinteros.
Se despidi贸 casi en seguida y los dos descendieron abrazados, lentamente, a pesar de que la lluvia mojaba y estiraba el pelo de la mujer.
Ahora Quinteros desaparece hasta el final del recuerdo; en el inm贸vil, 煤nico atardecer lluvioso, ella elige el rinc贸n donde colocar谩 su cama, gu铆a al Colorado en la tarea de vaciar el peque帽o cuarto que da al oeste. Cuando el dormitorio est谩 preparado, la mujer se quita el impermeable, se calza unas zapatillas de playa; modifica la posici贸n de la l谩mpara sobre la mesa, impone un nuevo estilo de vida, sirve vino en tres vasos, reparte los naipes y trata de explicarlo todo sin otro medio que una sonrisa, mientras se alisa el pelo humedecido. Juegan una mano y otra; el m茅dico empieza a comprender la cara de Molly, los ojos azules e inquietos, lo que hay de dureza en su mand铆bula ancha, en la facilidad con que puede alegrar su boca y hacerla inexpresiva de inmediato. Comen algo y vuelven a beber; ella se despide para acostarse; el Colorado arrastra su cama cerca de la puerta del dormitorio de la mujer y se tiende, la escopeta sobre el pecho, un tal贸n rozando el suelo para que D铆az Grey sepa que no duerme.
Vuelven a jugar a los naipes hasta aquel momento en que ella bebe demasiado y deja caer los que acaba de pasarle el Colorado, con solo abrir los dedos, de manera m谩s definitiva que si los arrojara con violencia contra la mesa, estableciendo as铆 que no volver谩n a jugar.
El Colorado se levanta, recoge los naipes y los va tirando en el fuego de la chimenea. Solo resta, piensa el m茅dico, acariciar a Molly o hablarle; encontrar y decir una frase limpia pero que aluda al amor. Alarga el brazo y le toca el pelo, lo aparta de la oreja, lo suelta, vuelve a levantarlo. El Colorado pone sobre la mesa la sombra de la escopeta, tomada ahora por el ca帽o. D铆az Grey levanta el pelo y lo suelta, imaginando cada vez el suave golpe que debe ella sentir contra la oreja.
El Colorado est谩 hablando sobre sus cabezas, agita la escopeta y su sombra; repite el nombre de Quinteros, termina y vuelve a comenzar la misma frase, d谩ndole un sentido m谩s transparente o confuso, seg煤n Molly lo mire o baje los ojos. La escopeta golpea la mu帽eca de D铆az Grey y la empuja contra la mesa.
—No se puede hacer —grita el Colorado.
D铆az Grey vuelve a separar el pelo de la oreja con dedos que apenas puede estirar; Molly alza las manos y las une encima de su bostezo. Entonces D铆az Grey siente el dolor en la mu帽eca y piensa, ya sin compensaciones, que puede estar rota. Ella coloca una mano sobre el pecho de cada uno. El Colorado vuelve a sentarse en la sillita, junto a la chimenea apagada, y D铆az Grey se acaricia el dolor que sube por el brazo, empuja la mano dolorida contra la boca de Molly, que retrocede, se resiste y se abre. Entonces llega el momento en que el m茅dico resuelve matar al Colorado y desciende a la humillaci贸n de esconder el cuchillo de limpiar pescado entre la camisa y el vientre y pasearse frente al otro hasta que la hoja fr铆a se entibia, hasta que Molly avanza, desde la puerta, desde alternados rincones de la habitaci贸n, extiende los brazos y se acusa a s铆 misma, alude a una fatalidad imprecisa y personal.
El m茅dico, desembarazado del cuchillo, est谩 tendido en la cama, fumando; escucha el golpeteo de la llovizna en el techo, en la superficie de la tarde inm贸vil. El Colorado se pasea ante la puerta de Molly, la escopeta inservible al hombro, cuatro pasos, vuelta, cuatro pasos.
El ruido del agua se hace furioso en el techo y en el follaje, se gasta; ahora ellos andan en el silencio expectante, escudri帽ando el paisaje gris desde las puertas y las ventanas, remedando ademanes de estatua en la galer铆a, un brazo estirado, todos los sentidos juntos en el dorso de la mano. Por lo menos ella y D铆az Grey. El Colorado presiente la desgracia y se pasea en c铆rculos, dentro de la habitaci贸n; arrastra un gemido y la culata del arma contra el piso. El m茅dico espera a que la velocidad de su marcha aumente, se haga fren茅tica, asuste a Molly, amaine.
Cuando D铆az Grey inicia sus viajes entre el galp贸n y la chimenea, cargando todo lo que pueda ser quemado, el otro contin煤a pase谩ndose, jadeante, ensaya una canci贸n que ella no quiere o铆r pero que finge acompa帽ar con movimiento de la cabeza. Apoyada en el marco de la puerta, parece a la vez m谩s alta y m谩s d茅bil, con los pantalones de playa y la tricota de marinero. El Colorado arrastra los pies y canta; ella balancea la cabeza con astucia y esperanza, mientras D铆az Grey enciende los f贸sforos, mientras la llamarada se alza y suena en el aire. Sin mirar hacia atr谩s, sin intentar saber qu茅 pasa, D铆az Grey entra en la habitaci贸n de Molly. Tendido en la cama, repite a media voz la canci贸n que cantaba el Colorado, mira los dedos de Molly en la hebilla del cintur贸n, calla al adivinar que el celestinaje corresponde al silencio. Vuelve a resonar la lluvia y las nubes se desgarran, sostienen la luz triste de la eterna tarde de mal tiempo. Mejilla contra mejilla en la ventana, ven alejarse al Colorado, cruzar diagonalmente la playa hasta pisar la orilla, la franja de arena y agua que limita una l铆nea de espuma endurecida.
—Molly —dice D铆az Grey.
Sabe que es necesario suprimir las palabras para que cada uno pueda enga帽arse a s铆 mismo, creer en la importancia de lo que est谩n haciendo y atraer hasta ellos la sensaci贸n, ya reacia, de lo perdurable. Pero D铆az Grey no puede evitar nombrarla.
—Molly —repite, inclinado sobre su 煤ltimo olor—. Molly.
Ahora el Colorado est谩 erguido, r铆gido junto a la chimenea enfriada, con la escopeta apoyada en los dedos de un pie. Ella se sienta a la mesa y bebe; D铆az Grey vigila al Colorado sin dejar de ver los dientes de Molly, manchados por el vino, exhibidos en una mueca reiterada que no intenta nunca ser una sonrisa. Ella deja el vaso, se estremece, habla en ingl茅s a nadie. El Colorado contin煤a haciendo guardia al fuego muerto cuando ella reclama un l谩piz y escribe versos, obliga a D铆az Grey a mirarlos y guardarlos para siempre, pase lo que pase. Hay tanta desesperaci贸n en la parte de la cara de la mujer que 茅l se anima a mirar, que D铆az Grey mueve los labios como si leyera los versos y guarda con cuidado el papel mientras ella fluct煤a entre el ardor y el llanto.
—Lo escrib铆 yo, es m铆o —miente ella—. Es m铆o y es tuyo. Quiero explicarte lo que dice, quiero que lo aprendas de memoria.
Paciente y enternecida, lo obliga a repetir, lo corrige, le da 谩nimos:
Here is that sleeping place,
Long resting place
No stretching place,
That never-get-up-no-more
Place
Is here.
Salen a buscar al Colorado. Tomados del brazo, siguen el camino que le vieron hacer antes, en otro momento de la tarde desapacible; bajan, molest谩ndose, paso a paso; caminan en diagonal hasta la orilla y contin煤an pis谩ndola hasta el pueblo, el almac茅n. D铆az Grey pide un vaso de vino y se apoya en el mostrador; ella desaparece dentro del negocio, grita y murmura en el rinc贸n del tel茅fono. Trae, al regresar, una sonrisa nueva, una sonrisa que dar铆a miedo al m茅dico si la sorprendiera dirigida a otro hombre.
Desandan el camino bajo la menuda llovizna que reaparece para enfrentarlos. Ella se detiene.
—No encontramos al Colorado —dice sin mirarlo. Levanta la boca para que D铆az Grey la bese y le deja un anillo en la mano al separarse—. Con esto podemos vivir meses, en cualquier parte. Vamos a recoger mis cosas.
Mientras apresuran el paso por la orilla, D铆az Grey busca en vano la frase y el tipo de mirada que quisiera dejar al Colorado. Ahora s铆 hay, cerca de la costa, un madero podrido que las olas alzan y hunden; hay un terceto de gaviotas y su esc谩ndalo revoloteando en el cielo.
Ella ve el autom贸vil antes que D铆az Grey y se echa a correr, resbalando en la arena. El m茅dico la ve subir a una duna, los brazos abiertos, perder pie y desaparecer; queda solo ante el peque帽o desierto de la playa, los ojos lastimados por el viento. Gira para protegerlos y termina por sentarse. Entonces —a veces en el final de la tarde, otras en su mitad— cava un pozo en la arena, tira el anillo y lo cubre; lo hace ocho veces, en los lugares que pis贸 el Colorado, en los que 茅l mismo hab铆a se帽alado con una sola mirada. Ocho veces, bajo la lluvia entierra el anillo, y se aleja; camina hasta el agua, trata de equivocar sus ojos mirando los m茅danos, los 谩rboles raqu铆ticos, el techo de la casa, el autom贸vil en el declive. Pero vuelve siempre, en l铆nea recta, sin vacilaciones, hasta el sitio exacto del enterramiento; hunde los dedos en la arena y toca el anillo. Tumbado cara al cielo, descansa, se hace mojar por la lluvia y se despreocupa; lentamente inicia el camino hasta la casa.
El Colorado est谩 extendido junto a la chimenea apagada, mascando con lentitud; tiene un vaso de vino en la mano. Ella y Quinteros, murmuran velozmente, cara contra cara, hasta que D铆az Grey avanza, hasta que es imposible, negar que oyen sus pasos.
TE RECOMIENDO, LECTOR: Las impresionantes predicciones futuristas en la obra de Julio Verne
—Hola —dice Quinteros, y le sonr铆e, le alarga un brazo; todav铆a tiene el sombrero puesto, desacomodado.
D铆az Grey arrastra una silla y se sienta cerca del Colorado; le acaricia la cabeza y lo palmea, cada vez m谩s fuerte, esperando que se enfurezca para golpearle la mand铆bula. Pero el otro contin煤a mascando, apenas se vuelve para mirar; entonces D铆az Grey deja descansar su mano sobre el pelo rojizo y mira hacia ella y Quinteros.
—Todo est谩 arreglado —dice Quinteros—. El beneficio de la duda, para repetir las palabras del juez. Si estabas preocupado, espero que ahora… Aunque, naturalmente, pueden quedarse aqu铆 cuanto quieran.
Se acerca y se inclina para darle otros billetes doblados. Cuando Molly termina de pintarse y abrocharse el impermeable hasta el cuello, D铆az Grey se incorpora y abre bajo la luz, bajo la cara de la mujer, la mano con el anillo en la palma. Sin palabras —y ahora es necesario aceptar que la escena est谩 situada en el final de la tarde— ella le toma los dedos y los va doblando, uno a uno, hasta esconder el anillo.
—Hasta cuando quieras —dice Quinteros desde la puerta.
D铆az Grey y el Colorado oyen el ruido del motor que se aleja, su silencio, el murmullo del mar.
Aqu铆 termina, en el recuerdo, la larga tarde lluviosa iniciada cuando Molly lleg贸 a la casa en la arena; nuevamente el tiempo puede ser utilizado para medir.
Tan dram谩ticamente como si quisiera convencer de que lo ha comprendido todo antes que D铆az Grey, el Colorado se incorpora y vuelve hacia la puerta, hacia la lluvia que cede, una cara humanizada por la sorpresa y la angustia. Toca al m茅dico por primera vez, le aferra un brazo y parece fortalecerse con el contacto; despu茅s se levanta y sale corriendo de la casa. D铆az Grey abre la mano, se acerca a la luz para mirar el anillo y soplar los granos de arena que se le han pegado; lo deja sobre la mesa, bebe lentamente un vaso de vino, como si fuera bueno, como si le quedaran cosas en qu茅 pensar. Hay tiempo, se dice; est谩 seguro de que el Colorado no necesita ayuda. Cuando se resuelve a salir encuentra, examina con indiferencia el 煤ltimo momento que puede ser incorporado a la tarde brumosa: una franja de luz rojiza se estira muy alta sobre el r铆o. Enciende un cigarrillo y camina hacia el costado de la casa donde est谩 el galp贸n; piensa con indolencia que termin贸 por guardarse el anillo, que dej贸 sobre la mesa el papel con los versos, que tal vez el deliberado cinismo baste para limpiarlo del remedo de la pasi贸n y su rid铆culo.
Cuando D铆az Grey, en el consultorio frente a la plaza de la ciudad provinciana, se entrega al juego de conocerse a s铆 mismo mediante este recuerdo, el 煤nico, est谩 obligado a confundir la sensaci贸n de su pasado en blanco con la de sus hombros d茅biles; la de la cabeza de pelo rubio y escaso, doblada contra el vidrio de la ventana, con la sensaci贸n de la soledad admitida de pronto, cuando ya era insuperable. Tambi茅n le es forzoso suponer que su vida meticulosa, su propio cuerpo privado de la lujuria, sus blandas creencias, son s铆mbolos de la cursiler铆a esencial del recuerdo que se empe帽a en mantener desde hace a帽os.
En el final preferido para su recuerdo, D铆az Grey se deja caer a un costado de la casa, sobre la arena mojada. El frenes铆 del Colorado, que amontona ramas, papeles, tablas, pedazos de muebles contra la pared de madera del chalet, lo hace re铆r a carcajadas, toser y revolcarse; cuando respira el olor del kerosene inmoviliza al otro con un silbido imperioso y se le acerca, resbalando sobre la humedad y las hojas, saca del bolsillo la caja de f贸sforos y la sacude junto a un o铆do mientras avanza y resbala.
FIN
AVISO LEGAL: Los cuentos, poemas, fragmentos de novelas, ensayos y todo contenido literario que aparece en mardefondo podr铆an estar protegidos por los derechos de autor (copyright). Si por alguna raz贸n los propietarios no est谩n conformes con el uso de ellos por favor escribirnos y me encargar茅 de borrarlo inmediatamente.