Leamos "La casa de arena", cuento de Juan Carlos Onetti

¡Buenos dĂ­as, lectores! Hoy nos sumergimos en la literatura de Onetti para conocer una excelente historia sobre un doctor contemplativo y su experiencia junto al mar. TratarĂ© de subir mĂĄs cuentos de este genial escritor uruguayo que tambiĂ©n se ha ganado un lugar en la historia de las letras ¡Disfruta tu lectura!

"La casa de arena", cuento de Juan Carlos Onetti
Imagen tomada de Pinterest: Majid Arvari an Iranian realistic painter (figurative & landscape) 


LA CASA DE ARENA



Cuando DĂ­az Grey aceptĂł con indiferencia haber quedado solo, iniciĂł el juego de reconocerse en el Ășnico recuerdo que quiso permanecer en Ă©l, cambiante, ya sin fecha. VeĂ­a las imĂĄgenes del recuerdo y se veĂ­a a sĂ­ mismo al transportarlo y corregirlo para evitar que muriera, reparando los desgastes de cada despertar, sosteniĂ©ndolo con imprevistas invenciones, mientras apoyaba la cabeza en la ventana del consultorio, mientras se quitaba la tĂșnica al anochecer, mientras se aburrĂ­a sonriente en las veladas del bar del hotel. Su vida, Ă©l mismo, no era ya mĂĄs que aquel recuerdo, el Ășnico digno de evocaciĂłn y de correcciones, de que fuera falsificado, una y otra vez, su sentido.

El mĂ©dico sospechaba que, con los años, terminarĂ­a por creer que la primera parte memorable de la historia anunciaba todo lo que, con variantes diversas, pasĂł despuĂ©s; terminarĂ­a por admitir que el perfume de la mujer —le habĂ­a estado llegando durante todo el viaje, desde el asiento delantero del automĂłvil— contenĂ­a y cifraba todos los sucesos posteriores, lo que ahora recordaba desmintiĂ©ndolo, lo que tal vez alcanzara su perfecciĂłn en dĂ­as de ancianidad. DescubrirĂ­a entonces que el Colorado, la escopeta, el violento sol, la leyenda del anillo enterrado, los premeditados desencuentros en el chalet carcomido, y aun la fogata final, estaban ya en aquel perfume de marca desconocida que ciertas noches, ahora, lograba oler en la superficie de las bebidas dulzonas.

Después del viaje junto a la costa, en el principio del recuerdo, el coche salió del camino y fue trepando, lento e inseguro, hasta que Quinteros lo detuvo y apagó los faros. Díaz Grey no quiso enterarse del paisaje; sabía que la casa estaba rodeada de årboles, muy alta sobre el río, aislada entre las dunas. La mujer no dejó el asiento; ellos se apartaron. Quinteros le pasó las llaves y los billetes doblados. Tal vez la luz del encendedor que ella acercó al cigarrillo les tocase, fugaz, los perfiles.

—No te muevas y no te impacientes. Por la playa, hacia la derecha, se llega al pueblo —dijo Quinteros—. Sobre todo, no hagas nada. Ya veremos quĂ© se resuelve. No trates de verme ni de llamarme. ¿De acuerdo?

DĂ­az Grey subiĂł hacia la casa, simulĂł tratar de esconder su traje blanco mientras zigzagueaba entre los ĂĄrboles. El coche llegĂł al camino y fue aumentando su velocidad hasta mezclar el ruido del motor con el del mar, hasta dejarlo solo escuchando el mar, los ojos cerrados, repitiĂ©ndose con tenacidad que vivĂ­a en un mes del otoño, recordando las Ășltimas semanas empleadas casi exclusivamente en firmar recetas para morfina en el flamante consultorio de Quinteros, en mirar con disimulo a la inglesa amante de Quinteros —Dolly o Molly—, que las guardaba en su bolso y extendĂ­a billetes de diez pesos en una esquina de la mesa, sin entregĂĄrselos directamente, sin hablarle nunca, sin mostrar siquiera que lo veĂ­a y estaba siguiendo atenta el movimiento rĂĄpido y obediente de la mano de DĂ­az Grey sobre el recetario.

Los días de sol que se repitieron en la playa antes de que llegara el Colorado se transformaron en el recuerdo en uno solo, de longitud normal, pero en el que cabían todos los sucesos: un día de otoño, casi caluroso, en el que hubieran podido entrar, ademås, su propia infancia y multitud de deseos que no se cumplieron nunca. No necesitaba agregar un solo minuto para verse conversar con los pescadores en la extremidad izquierda de la playa, desmembrar cangrejos para las carnadas; verse recorriendo la orilla en dirección al pueblo, al almacén donde compraba la comida y se emborrachaba apenas, dando un monosílabo por cada frase afirmativa del patrón. Estaba, en el mismo día casi ardiente, bañåndose en la completa soledad de la playa, inventando, entre tantas otras cosas, un madero carcomido balanceado por las olas y un terceto de gaviotas chillando encima. Estaba trepando y resbalando en las dunas, persiguiendo insectos entre las barbas de los arbustos, presintiendo el lugar donde sería enterrado el anillo.

Y, ademĂĄs, mientras esto sucedĂ­a, DĂ­az Grey bostezaba en el corredor del chalet, estirado en la silla de playa, una botella a un lado, una revista vieja sobre las piernas; herrumbrada, inĂștil y vertical contra el tronco de la enredadera, la escopeta descubierta en el galpĂłn.

DĂ­az Grey estaba con la botella, su desencanto, la revista y la escopeta cuando el Colorado saliĂł de entre los ĂĄrboles y fue trepando hacia la casa, el saco colgado de un hombro, la gran espalda doblada. DĂ­az Grey esperĂł a que la sombra del otro le tocara las piernas; alzĂł entonces la cabeza y mirĂł el pelo revuelto, las mejillas flacas y pecosas; se llenĂł con una mezcla de piedad y repulsiĂłn que habrĂ­a de conservarse inalterada en el recuerdo, mĂĄs fuerte que toda voluntad de la memoria o la imaginaciĂłn.

—Me manda el doctor Quinteros. Soy el Colorado —anunciĂł con una sonrisa; con un brazo apoyado en la rodilla estuvo esperando las modificaciones asombrosas que su nombre impondrĂ­a al paisaje, a la mañana que empezaba a declinar, al mismo DĂ­az Grey y su pasado. Era mucho mĂĄs corpulento que el mĂ©dico, aun asĂ­, encogido, construyendo su prematura joroba. Apenas hablaron; el Colorado mostrĂł el filo de los dientes diminutos, como de un niño, tartamudeĂł y fue desviando los ojos hacia el rĂ­o.

Díaz Grey pudo continuar inmóvil, tan solitario como si el otro no hubiera llegado, como si no alargara el brazo y abriera la mano para dejar caer el saco, como si no se fuera acuclillando hasta quedar sentado en la galería, las piernas colgantes, excesivamente doblado el torso en dirección a la playa. El médico recordó la historia clínica del Colorado, la ampulosa descripción de su manía incendiaria escrita por Quinteros, en la que este semi-idiota pelirrojo, manejador de fósforos y latas de petróleo en las provincias del norte, aparecía tratando de identificarse con el sol y oponiéndose a su inmolación en las tinieblas maternales. Tal vez ahora, mirando los reflejos en el agua y en la arena, evocara, poetizadas e imperiosas, las fogatas que había confesado a Quinteros.

—¿No se come? —preguntĂł el Colorado al atardecer. Entonces DĂ­az Grey recordĂł que el otro estaba ahĂ­, doblado, la cabeza redonda tendida hacia la arena que comenzaba a levantar los remolinos de viento. Lo hizo entrar en la casa y comieron, tratĂł de emborracharlo para averiguar algo que no le interesaba: si habĂ­a venido a esconderse o a vigilarlo. Pero el Colorado apenas conversĂł mientras comĂ­a; bebiĂł todos los vasos que le ofrecieron y fue a tenderse, descalzo, a un costado de la casa.

Entonces se iniciaron los dĂ­as de lluvia, un perĂ­odo de nieblas que se enredaban y colgaban, velozmente marchitas, de los ĂĄrboles, borrando a veces y haciendo revivir otras, los colores de las hojas aplastadas en la arena.

«Ă‰l no estĂĄ», pensaba DĂ­az Grey mirando el cuerpo encogido y silencioso del Colorado, viĂ©ndolo andar descalzo, empujar la humedad con los hombros, estremecerse como un perro mojado.

Con un brazo a medias tendido, con una sonrisa que reveló la larga espera de un milagro imposible, el Colorado se apoderó de la escopeta. Empezó a doblarse por las noches encima de ella, junto a la låmpara, para manejar y engrasar, caviloso y torpe, tornillos y resortes; por las mañanas se introducía en la neblina con el arma al hombro o colgando contra una pierna.

El mĂ©dico estuvo buscando restos de cajones, papeles, trapos, alzĂł algunas ramas casi secas, y una noche encendiĂł la chimenea. Las llamas iluminaron las manos que se doblaban sobre la escopeta abierta; el Colorado levantĂł por fin la cabeza y mirĂł el fuego, fijamente, sin nada mĂĄs que la expresiĂłn distraĂ­da de quien se ayuda a soñar con la oscilaciĂłn de la luz, la suave sorpresa de las chispas. DespuĂ©s se levantĂł para corregir la posiciĂłn de los troncos, manejĂĄndolos sin cuidado; volviĂł a sentarse en la pequeña silla de cocina que habĂ­a elegido y recuperĂł la escopeta. Mucho antes de que el fuego se apagara, saliĂł para inspeccionar la noche, donde la niebla se estaba transformando en llovizna y sonaba ya sobre el techo. RegresĂł sacudiĂ©ndose el frĂ­o, y el mĂ©dico pudo verlo pasar con indiferencia junto al resplandor de las brasas que le enrojeciĂł la cara empapada, tirarse en la cama para dormir en seguida, la cara contra la pared, abrazado a la escopeta. DĂ­az Grey le echĂł un trapo sobre los pies embarrados, le acariciĂł, palmeteĂĄndola, la cabeza, y lo dejĂł dormir, transformado en perro, sintiĂ©ndose nuevamente solo durante otros dĂ­as y noches, hasta que hubo una mañana con sol intermitente. Entonces bajaron hasta la playa —el Colorado lo vio salir y lo siguiĂł, deteniĂ©ndose a veces para apuntar con la escopeta a los pocos pĂĄjaros que era capaz de imaginar, trotando despuĂ©s hasta casi alcanzarlo— y recorrieron la orilla hacia el pueblo. Con una bolsa de playa llena de alimentos y botellas regresaron bajo un cielo ya huraño; el mĂ©dico pudo ver los anchos pies descalzos del Colorado hollando los diversos sitios en que serĂ­a enterrado el anillo.

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LloviĂł todo el dĂ­a, y DĂ­az Grey se levantĂł para encender la lĂĄmpara un minuto antes de oĂ­r el ruido del motor en el camino. AquĂ­ se inician los momentos que alimentan al resto del recuerdo y le otorgan un sentido variable; y asĂ­ como los dĂ­as y las noches anteriores a la llegada del Colorado se convirtieron en un solo dĂ­a de sol, este pedazo del recuerdo se extendiĂł y se fue renovando en un atardecer lluvioso, vivido en el interior de la casa.

Los oyó conversar mientras subían hacia el chalet, reconoció la voz de Quinteros, adivinó que la mujer que se detenía para reír era la misma; miró al Colorado, inmóvil y mudo, abrazåndose las rodillas en la sillita; colocó la låmpara sobre la mesa, encendida entre los que iban a entrar y él.

—Hola, hola —dijo Quinteros. SonreĂ­a, exageraba su contento; tocĂł el hombro hĂșmedo de la mujer, como guiĂĄndola para que saludara—. Creo que se conocen, ¿eh?

Ella le dio la mano y mencionĂł en una pregunta el aburrimiento y la soledad. DĂ­az Grey reconociĂł el perfume, supo que ella se llamaba Molly.

—Las cosas estĂĄn casi arregladas —dijo Quinteros—. Pronto volverĂĄs al algodĂłn y al yodo, con un diploma inmaculado. No tuve mĂĄs remedio que mandarte a este animal; espero que no te moleste, que puedas soportarlo. No pude arreglar de otro modo; cuidado con los fĂłsforos.

Molly fue hasta el rincĂłn donde el Colorado hacĂ­a gemir el asiento, hamacĂĄndose. Le tocĂł la cabeza y se agachĂł para hacerle preguntas inĂștiles, dar ella misma las respuestas obvias. DĂ­az Grey comprendiĂł, emocionado, que ella habĂ­a sido capaz de descubrir, con una sola mirada, tal vez por el olor, que el Colorado habĂ­a sido transformado en perro. Se inclinĂł, maniobrando con la mecha de la lĂĄmpara, para esconder la cara a Quinteros.

—Lo estoy pasando muy bien. Las mejores vacaciones de mi vida. Y el Colorado no me molesta; no habla, estĂĄ enamorado de la escopeta. Puedo seguir asĂ­ indefinidamente. Si quieren comer algo…

—Gracias —dijo Quinteros—. Solo unos pocos dĂ­as mĂĄs, todo se estĂĄ arreglando —ella continuaba empequeñecida junto a la sonrisa del Colorado, el impermeable barriendo el suelo—. Pero creo que te voy a estropear las vacaciones. ¿Hay algĂșn inconveniente en que Molly se quede aquĂ­ un par de dĂ­as? Es bueno retirarla de la circulaciĂłn.

—No por mĂ­ —repuso DĂ­az; apartĂł rĂĄpidamente de la lĂĄmpara el temblor de su mano—. Pero ella, vivir aquĂ­…

Se alejó de la mesa, señalando las paredes de la habitación con los brazos, entró y salió de la zona de perfume.

—Se arreglarĂĄ —dijo Quinteros—. ¿No es cierto que te arreglarĂĄs? Dos o tres dĂ­as.

Ella alzĂł la cabeza para mirar a Quinteros.

—Tengo al Colorado para que me cante.

—Ella te explicarĂĄ, si quiere —dijo Quinteros.

Se despidiĂł casi en seguida y los dos descendieron abrazados, lentamente, a pesar de que la lluvia mojaba y estiraba el pelo de la mujer.

Ahora Quinteros desaparece hasta el final del recuerdo; en el inmĂłvil, Ășnico atardecer lluvioso, ella elige el rincĂłn donde colocarĂĄ su cama, guĂ­a al Colorado en la tarea de vaciar el pequeño cuarto que da al oeste. Cuando el dormitorio estĂĄ preparado, la mujer se quita el impermeable, se calza unas zapatillas de playa; modifica la posiciĂłn de la lĂĄmpara sobre la mesa, impone un nuevo estilo de vida, sirve vino en tres vasos, reparte los naipes y trata de explicarlo todo sin otro medio que una sonrisa, mientras se alisa el pelo humedecido. Juegan una mano y otra; el mĂ©dico empieza a comprender la cara de Molly, los ojos azules e inquietos, lo que hay de dureza en su mandĂ­bula ancha, en la facilidad con que puede alegrar su boca y hacerla inexpresiva de inmediato. Comen algo y vuelven a beber; ella se despide para acostarse; el Colorado arrastra su cama cerca de la puerta del dormitorio de la mujer y se tiende, la escopeta sobre el pecho, un talĂłn rozando el suelo para que DĂ­az Grey sepa que no duerme.

Vuelven a jugar a los naipes hasta aquel momento en que ella bebe demasiado y deja caer los que acaba de pasarle el Colorado, con solo abrir los dedos, de manera mĂĄs definitiva que si los arrojara con violencia contra la mesa, estableciendo asĂ­ que no volverĂĄn a jugar.

El Colorado se levanta, recoge los naipes y los va tirando en el fuego de la chimenea. Solo resta, piensa el médico, acariciar a Molly o hablarle; encontrar y decir una frase limpia pero que aluda al amor. Alarga el brazo y le toca el pelo, lo aparta de la oreja, lo suelta, vuelve a levantarlo. El Colorado pone sobre la mesa la sombra de la escopeta, tomada ahora por el caño. Díaz Grey levanta el pelo y lo suelta, imaginando cada vez el suave golpe que debe ella sentir contra la oreja.

El Colorado estĂĄ hablando sobre sus cabezas, agita la escopeta y su sombra; repite el nombre de Quinteros, termina y vuelve a comenzar la misma frase, dĂĄndole un sentido mĂĄs transparente o confuso, segĂșn Molly lo mire o baje los ojos. La escopeta golpea la muñeca de DĂ­az Grey y la empuja contra la mesa.

—No se puede hacer —grita el Colorado.

Díaz Grey vuelve a separar el pelo de la oreja con dedos que apenas puede estirar; Molly alza las manos y las une encima de su bostezo. Entonces Díaz Grey siente el dolor en la muñeca y piensa, ya sin compensaciones, que puede estar rota. Ella coloca una mano sobre el pecho de cada uno. El Colorado vuelve a sentarse en la sillita, junto a la chimenea apagada, y Díaz Grey se acaricia el dolor que sube por el brazo, empuja la mano dolorida contra la boca de Molly, que retrocede, se resiste y se abre. Entonces llega el momento en que el médico resuelve matar al Colorado y desciende a la humillación de esconder el cuchillo de limpiar pescado entre la camisa y el vientre y pasearse frente al otro hasta que la hoja fría se entibia, hasta que Molly avanza, desde la puerta, desde alternados rincones de la habitación, extiende los brazos y se acusa a sí misma, alude a una fatalidad imprecisa y personal.

El médico, desembarazado del cuchillo, estå tendido en la cama, fumando; escucha el golpeteo de la llovizna en el techo, en la superficie de la tarde inmóvil. El Colorado se pasea ante la puerta de Molly, la escopeta inservible al hombro, cuatro pasos, vuelta, cuatro pasos.

El ruido del agua se hace furioso en el techo y en el follaje, se gasta; ahora ellos andan en el silencio expectante, escudriñando el paisaje gris desde las puertas y las ventanas, remedando ademanes de estatua en la galería, un brazo estirado, todos los sentidos juntos en el dorso de la mano. Por lo menos ella y Díaz Grey. El Colorado presiente la desgracia y se pasea en círculos, dentro de la habitación; arrastra un gemido y la culata del arma contra el piso. El médico espera a que la velocidad de su marcha aumente, se haga frenética, asuste a Molly, amaine.

Cuando DĂ­az Grey inicia sus viajes entre el galpĂłn y la chimenea, cargando todo lo que pueda ser quemado, el otro continĂșa paseĂĄndose, jadeante, ensaya una canciĂłn que ella no quiere oĂ­r pero que finge acompañar con movimiento de la cabeza. Apoyada en el marco de la puerta, parece a la vez mĂĄs alta y mĂĄs dĂ©bil, con los pantalones de playa y la tricota de marinero. El Colorado arrastra los pies y canta; ella balancea la cabeza con astucia y esperanza, mientras DĂ­az Grey enciende los fĂłsforos, mientras la llamarada se alza y suena en el aire. Sin mirar hacia atrĂĄs, sin intentar saber quĂ© pasa, DĂ­az Grey entra en la habitaciĂłn de Molly. Tendido en la cama, repite a media voz la canciĂłn que cantaba el Colorado, mira los dedos de Molly en la hebilla del cinturĂłn, calla al adivinar que el celestinaje corresponde al silencio. Vuelve a resonar la lluvia y las nubes se desgarran, sostienen la luz triste de la eterna tarde de mal tiempo. Mejilla contra mejilla en la ventana, ven alejarse al Colorado, cruzar diagonalmente la playa hasta pisar la orilla, la franja de arena y agua que limita una lĂ­nea de espuma endurecida.

—Molly —dice DĂ­az Grey.

Sabe que es necesario suprimir las palabras para que cada uno pueda engañarse a sí mismo, creer en la importancia de lo que estån haciendo y atraer hasta ellos la sensación, ya reacia, de lo perdurable. Pero Díaz Grey no puede evitar nombrarla.

—Molly —repite, inclinado sobre su Ășltimo olor—. Molly.

Ahora el Colorado estĂĄ erguido, rĂ­gido junto a la chimenea enfriada, con la escopeta apoyada en los dedos de un pie. Ella se sienta a la mesa y bebe; DĂ­az Grey vigila al Colorado sin dejar de ver los dientes de Molly, manchados por el vino, exhibidos en una mueca reiterada que no intenta nunca ser una sonrisa. Ella deja el vaso, se estremece, habla en inglĂ©s a nadie. El Colorado continĂșa haciendo guardia al fuego muerto cuando ella reclama un lĂĄpiz y escribe versos, obliga a DĂ­az Grey a mirarlos y guardarlos para siempre, pase lo que pase. Hay tanta desesperaciĂłn en la parte de la cara de la mujer que Ă©l se anima a mirar, que DĂ­az Grey mueve los labios como si leyera los versos y guarda con cuidado el papel mientras ella fluctĂșa entre el ardor y el llanto.

—Lo escribĂ­ yo, es mĂ­o —miente ella—. Es mĂ­o y es tuyo. Quiero explicarte lo que dice, quiero que lo aprendas de memoria.

Paciente y enternecida, lo obliga a repetir, lo corrige, le da ĂĄnimos:



Here is that sleeping place,
Long resting place
No stretching place,
That never-get-up-no-more
Place
Is here.



Salen a buscar al Colorado. Tomados del brazo, siguen el camino que le vieron hacer antes, en otro momento de la tarde desapacible; bajan, molestĂĄndose, paso a paso; caminan en diagonal hasta la orilla y continĂșan pisĂĄndola hasta el pueblo, el almacĂ©n. DĂ­az Grey pide un vaso de vino y se apoya en el mostrador; ella desaparece dentro del negocio, grita y murmura en el rincĂłn del telĂ©fono. Trae, al regresar, una sonrisa nueva, una sonrisa que darĂ­a miedo al mĂ©dico si la sorprendiera dirigida a otro hombre.

Desandan el camino bajo la menuda llovizna que reaparece para enfrentarlos. Ella se detiene.

—No encontramos al Colorado —dice sin mirarlo. Levanta la boca para que DĂ­az Grey la bese y le deja un anillo en la mano al separarse—. Con esto podemos vivir meses, en cualquier parte. Vamos a recoger mis cosas.

Mientras apresuran el paso por la orilla, DĂ­az Grey busca en vano la frase y el tipo de mirada que quisiera dejar al Colorado. Ahora sĂ­ hay, cerca de la costa, un madero podrido que las olas alzan y hunden; hay un terceto de gaviotas y su escĂĄndalo revoloteando en el cielo.

Ella ve el automĂłvil antes que DĂ­az Grey y se echa a correr, resbalando en la arena. El mĂ©dico la ve subir a una duna, los brazos abiertos, perder pie y desaparecer; queda solo ante el pequeño desierto de la playa, los ojos lastimados por el viento. Gira para protegerlos y termina por sentarse. Entonces —a veces en el final de la tarde, otras en su mitad— cava un pozo en la arena, tira el anillo y lo cubre; lo hace ocho veces, en los lugares que pisĂł el Colorado, en los que Ă©l mismo habĂ­a señalado con una sola mirada. Ocho veces, bajo la lluvia entierra el anillo, y se aleja; camina hasta el agua, trata de equivocar sus ojos mirando los mĂ©danos, los ĂĄrboles raquĂ­ticos, el techo de la casa, el automĂłvil en el declive. Pero vuelve siempre, en lĂ­nea recta, sin vacilaciones, hasta el sitio exacto del enterramiento; hunde los dedos en la arena y toca el anillo. Tumbado cara al cielo, descansa, se hace mojar por la lluvia y se despreocupa; lentamente inicia el camino hasta la casa.

El Colorado estĂĄ extendido junto a la chimenea apagada, mascando con lentitud; tiene un vaso de vino en la mano. Ella y Quinteros, murmuran velozmente, cara contra cara, hasta que DĂ­az Grey avanza, hasta que es imposible, negar que oyen sus pasos.

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—Hola —dice Quinteros, y le sonrĂ­e, le alarga un brazo; todavĂ­a tiene el sombrero puesto, desacomodado.

DĂ­az Grey arrastra una silla y se sienta cerca del Colorado; le acaricia la cabeza y lo palmea, cada vez mĂĄs fuerte, esperando que se enfurezca para golpearle la mandĂ­bula. Pero el otro continĂșa mascando, apenas se vuelve para mirar; entonces DĂ­az Grey deja descansar su mano sobre el pelo rojizo y mira hacia ella y Quinteros.

—Todo estĂĄ arreglado —dice Quinteros—. El beneficio de la duda, para repetir las palabras del juez. Si estabas preocupado, espero que ahora… Aunque, naturalmente, pueden quedarse aquĂ­ cuanto quieran.

Se acerca y se inclina para darle otros billetes doblados. Cuando Molly termina de pintarse y abrocharse el impermeable hasta el cuello, DĂ­az Grey se incorpora y abre bajo la luz, bajo la cara de la mujer, la mano con el anillo en la palma. Sin palabras —y ahora es necesario aceptar que la escena estĂĄ situada en el final de la tarde— ella le toma los dedos y los va doblando, uno a uno, hasta esconder el anillo.

—Hasta cuando quieras —dice Quinteros desde la puerta.

DĂ­az Grey y el Colorado oyen el ruido del motor que se aleja, su silencio, el murmullo del mar.

AquĂ­ termina, en el recuerdo, la larga tarde lluviosa iniciada cuando Molly llegĂł a la casa en la arena; nuevamente el tiempo puede ser utilizado para medir.

Tan dramĂĄticamente como si quisiera convencer de que lo ha comprendido todo antes que DĂ­az Grey, el Colorado se incorpora y vuelve hacia la puerta, hacia la lluvia que cede, una cara humanizada por la sorpresa y la angustia. Toca al mĂ©dico por primera vez, le aferra un brazo y parece fortalecerse con el contacto; despuĂ©s se levanta y sale corriendo de la casa. DĂ­az Grey abre la mano, se acerca a la luz para mirar el anillo y soplar los granos de arena que se le han pegado; lo deja sobre la mesa, bebe lentamente un vaso de vino, como si fuera bueno, como si le quedaran cosas en quĂ© pensar. Hay tiempo, se dice; estĂĄ seguro de que el Colorado no necesita ayuda. Cuando se resuelve a salir encuentra, examina con indiferencia el Ășltimo momento que puede ser incorporado a la tarde brumosa: una franja de luz rojiza se estira muy alta sobre el rĂ­o. Enciende un cigarrillo y camina hacia el costado de la casa donde estĂĄ el galpĂłn; piensa con indolencia que terminĂł por guardarse el anillo, que dejĂł sobre la mesa el papel con los versos, que tal vez el deliberado cinismo baste para limpiarlo del remedo de la pasiĂłn y su ridĂ­culo.

Cuando DĂ­az Grey, en el consultorio frente a la plaza de la ciudad provinciana, se entrega al juego de conocerse a sĂ­ mismo mediante este recuerdo, el Ășnico, estĂĄ obligado a confundir la sensaciĂłn de su pasado en blanco con la de sus hombros dĂ©biles; la de la cabeza de pelo rubio y escaso, doblada contra el vidrio de la ventana, con la sensaciĂłn de la soledad admitida de pronto, cuando ya era insuperable. TambiĂ©n le es forzoso suponer que su vida meticulosa, su propio cuerpo privado de la lujuria, sus blandas creencias, son sĂ­mbolos de la cursilerĂ­a esencial del recuerdo que se empeña en mantener desde hace años.

En el final preferido para su recuerdo, DĂ­az Grey se deja caer a un costado de la casa, sobre la arena mojada. El frenesĂ­ del Colorado, que amontona ramas, papeles, tablas, pedazos de muebles contra la pared de madera del chalet, lo hace reĂ­r a carcajadas, toser y revolcarse; cuando respira el olor del kerosene inmoviliza al otro con un silbido imperioso y se le acerca, resbalando sobre la humedad y las hojas, saca del bolsillo la caja de fĂłsforos y la sacude junto a un oĂ­do mientras avanza y resbala.

FIN


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Mar de fondo

đ”đ‘Ÿđ‘Šđ‘Žđ‘› 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. EstudiĂ© Comunicaciones, SociologĂ­a y soy autor del libro "Las vidas que tomĂ© prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑱𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

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