¡Buenas noches, lectores! Arrancamos la semana con un hilarante cuento de Charles Bukowski, con el indiscutible sello del escritor estadounidense.
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DELICADEZA DE LANGOSTA
—¡QuĂ© cojones! —dijo Ă©l—. Estoy harto de pintar. VĂĄmonos por ahĂ. Estoy harto del olor de la pintura, estoy harto de ser grande. Estoy harto de esperar la muerte. VĂĄmonos por ahĂ.
—¿Por ahĂ, adĂłnde? —preguntĂł ella.
—A cualquier sitio. A comer, a beber, a ver.
—Jorg —dijo ella—. ¿QuĂ© harĂ© cuando mueras?
—Comer, dormir, coger, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahĂ y putear.
—Yo necesito seguridad.
—Todos la necesitamos.
—Escucha, no estamos casados. No podrĂ© cobrar tu seguro.
—No hay problema, no te preocupes. AdemĂĄs, Arlene, tĂș no crees en el matrimonio.
Arlene estaba sentada en el sillĂłn rosa, leyendo el periĂłdico de la tarde.
—Dices que hay cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿QuĂ© pinto yo en la lista?
—TĂș eres la cinco mil una.
—¿Crees que no podrĂa conseguir otro hombre?
—No tendrĂas ningĂșn problema. PodrĂas conseguir un hombre en tres minutos.
—¿Crees que necesito un gran pintor?
—No, nada de eso. BastarĂa con un buen compañero.
—SĂ, siempre que me amase.
—Por supuesto. Ponte el abrigo. Vamos.
Bajaron las escaleras desde la Ășltima planta. Todas eran viviendas baratas, llenas de cucarachas; pero, al parecer, nadie se morĂa de hambre; parecĂa haber siempre comida cocinĂĄndose en grandes cacerolas y gente sentada por ahĂ fumando, limpiĂĄndose las uñas, bebiendo cerveza o compartiendo una alargada botella azul de vino blanco, discutiendo a voces, o riĂ©ndose, cociĂ©ndose a pedos, eructando, rascĂĄndose o dormitando delante de la televisiĂłn. En el mundo son muy pocos los que tienen muchĂsimo, pero cuanto menos dinero tenĂa la gente, mejor parecĂa vivir. Las Ășnicas necesidades eran dormir, sĂĄbanas limpias, comida, bebida y pomada para las hemorroides. Y siempre dejaban las puertas entreabiertas.
—Idiotas —dijo Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician sus vidas parloteando y me joden la mĂa.
—Oh, Jorg —dijo Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?
Jorg la mirĂł arqueando una ceja y no contestĂł. La reacciĂłn de Arlene ante aquellos sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma: como si no querer a la gente revelase un defecto imperdonable del alma. Pero la muchacha cogĂa como una experta y resultaba agradable tenerla a mano… casi siempre.
Llegaron al bulevar y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpĂșreas, los ojos asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastĂłn blanco de marfil. Cuando peor se sentĂa, era cuando mejor se sentĂa.
—Mierda —dijo—, todo caga hasta que se muere.
Arlene caminaba meneando el trasero, sin el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la acera con el bastĂłn, y hasta el sol parecĂa mirar hacia abajo y exclamar: jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio cochambroso donde vivĂa Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero hasta fechas muy recientes sus obras no se habĂan vendido un carajo. Los dos habĂan pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno por su lado. Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a subir las escaleras. En los rellanos olĂa a yodo y pollo frito. En una de las viviendas alguien estaba cogiendo a grito pelado. Subieron hasta la Ășltima planta y Arlene llamĂł a la puerta.
La puerta se abriĂł de golpe y allĂ estaba Serge.
—¡Te pillĂ©! —dijo; luego se ruborizĂł—. Oh, perdĂłn… pasen.
—¿Pero quĂ© demonios te pasa? —preguntĂł Jorg.
—SiĂ©ntense. CreĂ que era Lila…
—¿Juegas al escondite con Lila?
—No, no…
—Serge, tienes que librarte de esa chica, te estĂĄ volviendo loco.
—Me afila los lĂĄpices.
—Serge, es demasiado joven para ti.
—Tiene treinta años.
—Y tĂș sesenta. Son treinta años.
—¿Treinta años es demasiado?
—Pues claro.
—¿Y veinte? —preguntĂł Serge, mirando a Arlene.
—Veinte años es aceptable. Treinta es indecente.
—¿Por quĂ© no se buscan los dos mujeres de sus edades? —preguntĂł Arlene.
Ambos la miraron.
—Le gusta hacer chistecitos —dijo Jorg.
—SĂ —dijo Serge—. Es muy simpĂĄtica. Ven, mira, te enseñarĂ© lo que estoy haciendo…
Lo siguieron hasta el dormitorio. Se quitĂł los zapatos y se tumbĂł en la cama.
—¿Ves? ¿Te das cuenta? Todas las comodidades.
Serge tenĂa los pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al techo.
—Es por la espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. AsĂ puedo pintar horas.
—¿QuiĂ©n te mezcla los colores?
—Lila. Le digo: «Ăntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien. Creo que con el tiempo tambiĂ©n podrĂ© dejar de manejar los pinceles. Yo me dedicarĂ© a estar por ahĂ tumbado, leyendo revistas.
Oyeron a Lila que subĂa las escaleras. AbriĂł la puerta. CruzĂł el recibidor y pasĂł al dormitorio.
—Vaya —dijo—, el viejo asqueroso estĂĄ pintando.
—SĂ —dijo Jorg—, dice que le destrozas la espalda.
—Yo no dije eso.
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—Vamos por ahĂ a comer algo —dijo Arlene.
Serge se incorporĂł con un gemido.
—Es la verdad —dijo Lila—. Se pasa la vida acostado como un sapo enfermo.
—Necesito un trago —dijo Serge—. Me repondrĂ© en seguida.
Bajaron juntos a la calle, se dirigieron a La Garrapata de la Oveja. Dos jóvenes de unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban suéteres de cuello alto.
—Hola, son Jorg Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?
—¡Largo! —dijo Serge.
Jorg blandiĂł el bastĂłn de marfil. AlcanzĂł al mĂĄs bajo de los jĂłvenes justo en la rodilla.
—Mierda —dijo el joven—. ¡Me has roto la pierna!
—OjalĂĄ —dijo Jorg—. ¡A ver si asĂ aprendes un poco de urbanidad, cojones!
Siguieron hacia La Garrapata de la Oveja. Cuando entraron en el local, de entre los comensales se alzĂł un murmullo. El camarero jefe se precipitĂł hacia ellos haciendo reverencias, esgrimiendo el menĂș y soltando gentilezas en italiano, ruso y francĂ©s.
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—¿Has visto ese pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—. ¡Es realmente asqueroso!
—SĂ —dijo Jorg, y gritĂł al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!
—¡Traiga cinco botellas del mejor vino que tengan! —gritĂł Serge, mientras se sentaban a la mejor mesa.
El jefe de camareros se evaporĂł.
—Ustedes son un par de pendejos —dijo Lila.
Jorg le empezĂł a subir la mano por la pierna.
—A dos inmortales todavĂa vivos se les permiten ciertas impertinencias.
—QuĂtame la mano de la vulva, Jorg.
—No es tu crica. Es propiedad de Serge.
—Pues quita la mano de la vulva de Serge o empiezo a gritar.
—Mi voluntad es muy dĂ©bil.
Ella gritĂł. Jorg retirĂł la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia ellos con el carro y el cubo de las botellas. AcercĂł el carrito a la mesa, hizo una inclinaciĂłn y descorchĂł una botella. LlenĂł el vaso de Jorg. Jorg lo vaciĂł.
—Es una mierda, pero vale. ¡Abra las botellas!
—¿Todas?
—Todas, sĂ, pendejo. ¡Y rĂĄpido!
—Es torpe —dijo Serge—. MĂralo. ¿Cenamos?
—¿Cenar? —dijo Arlene—. Ustedes lo Ășnico que hacen es beber. No creo que los haya visto comer nunca mĂĄs de un huevo pasado por agua.
—¡Fuera de mi vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.
El camarero se esfumĂł.
—No deben hablarle asĂ a la gente, muchachos —dijo Lila.
—Hemos pagado con nuestro pellejo —dijo Serge.
—Eso no les da ningĂșn derecho —dijo Arlene.
—Supongo que no —dijo Jorg—, pero es interesante.
—La gente no tiene por quĂ© aguantalos —dijo Lila.
—La gente aguanta lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.
—Lo que la gente quiere es las pinturas de ustedes, nada mĂĄs —dijo Arlene.
—Nosotros somos nuestros cuadros —dijo Serge.
—Las mujeres son tontas —dijo Jorg.
—Ten cuidado —dijo Serge—. TambiĂ©n son capaces de terribles venganzas…
Se pasaron allĂ sentados dos horas bebiendo vino.
—El hombre es menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.
—El hombre es la cloaca del universo —dijo Serge.
—Ustedes son pendejos genuinos —dijo Lila.
—Desde luego —dijo Arlene.
—Vamos a cambiar de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tĂș a la mĂa.
—Oh, no —dijo Arlene—, de eso nada.
—Nada de eso —dijo Lila.
—Ahora tengo ganas de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.
—Yo tambiĂ©n tengo ganas de pintar —dijo Serge.
—LarguĂ©monos de aquĂ —dijo Jorg.
—Esperen —dijo Lila—, no han pagado la cuenta.
—¿Cuenta? —gritĂł Serge—. ¿No creerĂĄs que vamos a pagar dinero por esta mierda de vino?
—Venga, vamos —dijo Jorg.
Cuando se levantaron, apareciĂł el jefe de camareros con la cuenta.
—Este vino es asqueroso —chillĂł Serge, dando saltos—. ¡Yo jamĂĄs me atreverĂa a pedirle a nadie que pagase por semejante mierda! ¡La prueba estĂĄ en los orines!
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Serge cogiĂł una botella de vino aĂșn a mitad, le abriĂł al camarero la camisa de un tirĂłn y le vertiĂł el vino por el pecho. Jorg sostenĂa el bastĂłn de marfil a modo de espada. El jefe de camareros los miraba desconcertado. Era un buen mozo, de largas uñas, que vivĂa en un departamento de lujo. Estudiaba quĂmica y habĂa ganado en una ocasiĂłn el segundo premio en un concurso de Ăłpera. Jorg blandiĂł el bastĂłn y lo golpeĂł, con fuerza, justo bajo la oreja izquierda. El camarero se puso muy pĂĄlido y se tambaleĂł. Jorg lo golpeĂł otras tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomĂł.
Se dirigieron a la salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los cuatro estaban borrachos, pero tenĂan una cierta elegancia, habĂa en ellos algo Ășnico. Llegaron a la puerta y salieron.
En una mesa prĂłxima a la puerta habĂa una joven pareja que lo habĂa presenciado todo. El joven parecĂa inteligente; solo una verruga bastante grande que tenĂa casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica era gorda, pero muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro tiempo habĂa querido ser monja.
—¿Estuvieron magnĂficos, verdad? —dijo el joven.
—Son dos pendejos —dijo la joven.
El joven hizo una seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche difĂcil.
FIN
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