¡Buenos d铆as, lectores! Hoy empezamos la jornada de s谩bado con este insuperable cuento del maestro Borges, que dicho sea de paso inspir贸 aquel libro "Borges, el memorioso", del cual habl茅 la otra vez con una entrevista que se hizo al maestro y donde se refiri贸 a su madre, pero mientras tanto ¡Disfrutemos la lectura!
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Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/6dgE0Fg |
FUNES EL MEMORIOSO
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, solo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, vi茅ndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crep煤sculo del d铆a hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detr谩s del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. M谩s de tres veces no lo vi; la 煤ltima, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre 茅l; mi testimonio ser谩 acaso el m谩s breve y sin duda el m谩s pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editar谩n ustedes. Mi deplorable condici贸n de argentino me impedir谩 incurrir en el ditirambo —g茅nero obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porte帽o: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para 茅l esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarr贸n y vern谩culo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era tambi茅n un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del a帽o ochenta y cuatro. Mi padre, ese a帽o, me hab铆a llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volv铆a con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volv铆amos cantando, a caballo, y esa no era la 煤nica circunstancia de mi felicidad. Despu茅s de un d铆a bochornoso, una enorme tormenta color pizarra hab铆a escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquec铆an los 谩rboles; yo ten铆a el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callej贸n que se ahondaba entre dos veredas alt铆simas de ladrillo. Hab铆a oscurecido de golpe; o铆 r谩pidos y casi secretos pasos en lo alto; alc茅 los ojos y vi un muchacho que corr铆a por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarr贸n ya sin l铆mites. Bernardo le grit贸 imprevisiblemente: ¿Qu茅 horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondi贸: Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distra铆do que el di谩logo que acabo de referir no me hubiera llamado la atenci贸n si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la r茅plica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callej贸n era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agreg贸 que era hijo de una planchadora del pueblo, Mar铆a Clementina Funes, y que algunos dec铆an que su padre era un m茅dico del saladero, un ingl茅s O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Viv铆a con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los a帽os ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volv铆 a Fray Bentos. Pregunt茅, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronom茅trico Funes”. Me contestaron que lo hab铆a volteado un redom贸n en la estancia de San Francisco, y que hab铆a quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresi贸n de inc贸moda magia que la noticia me produjo: la 煤nica vez que yo lo vi, ven铆amos a caballo de San Francisco y 茅l andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, ten铆a mucho de sue帽o elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se mov铆a del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telara帽a. En los atardeceres, permit铆a que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era ben茅fico el golpe que lo hab铆a fulminado… Dos veces lo vi atr谩s de la reja, que burdamente recalcaba su condici贸n de eterno prisionero: una, inm贸vil, con los ojos cerrados; otra, inm贸vil tambi茅n, absorto en la contemplaci贸n de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo hab铆a iniciado en aquel tiempo el estudio met贸dico del lat铆n. Mi valija inclu铆a el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio C茅sar y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que exced铆a (y sigue excediendo) mis m贸dicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tard贸 en enterarse del arribo de esos libros an贸malos. Me dirigi贸 una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del d铆a siete de febrero del a帽o ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi t铆o, finado ese mismo a帽o, “hab铆a prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaing贸”, y me solicitaba el pr茅stamo de cualquiera de los vol煤menes, acompa帽ado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todav铆a ignoro el lat铆n”. Promet铆a devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortograf铆a, del tipo que Andr茅s Bello preconiz贸: i por y, j por g. Al principio, tem铆 naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo lat铆n no requer铆a m谩s instrumento que un diccionario; para desenga帽arlo con plenitud le mand茅 el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio.
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicci贸n entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentaci贸n de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, not茅 que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al d铆a siguiente, por la ma帽ana; esa noche, despu茅s de cenar, me encamin茅 a casa de Funes. Me asombr贸 que la noche fuera no menos pesada que el d铆a.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibi贸. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extra帽ara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sab铆a pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atraves茅 el patio de baldosa, el corredorcito; llegu茅 al segundo patio. Hab铆a una parra; la oscuridad pudo parecerme total. O铆 de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en lat铆n; esa voz (que ven铆a de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantaci贸n. Resonaron las s铆labas romanas en el patio de tierra; mi temor las cre铆a indescifrables, interminables; despu茅s, en el enorme di谩logo de esa noche, supe que formaban el primer p谩rrafo del vig茅simocuarto cap铆tulo del libro s茅ptimo de la Naturalis historia. La materia de ese cap铆tulo es la memoria; las palabras 煤ltimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
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Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua moment谩nea del cigarrillo. La pieza ol铆a vagamente a humedad. Me sent茅; repet铆 la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al m谩s dif铆cil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese di谩logo de hace ya medio siglo. No tratar茅 de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y d茅bil; yo s茅 que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados per铆odos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empez贸 por enumerar, en lat铆n y espa帽ol, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sab铆a llamar por su nombre a todos los soldados de sus ej茅rcitos; Mitr铆dates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Sim贸nides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravill贸 de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volte贸 el azulejo, 茅l hab铆a sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Trat茅 de recordarle su percepci贸n exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve a帽os hab铆a vivido como quien sue帽a: miraba sin ver, o铆a sin o铆r, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdi贸 el conocimiento; cuando lo recobr贸, el presente era casi intolerable de tan rico y tan n铆tido, y tambi茅n las memorias m谩s antiguas y m谩s triviales. Poco despu茅s averigu贸 que estaba tullido. El hecho apenas le interes贸. Razon贸 (sinti贸) que la inmovilidad era un precio m铆nimo. Ahora su percepci贸n y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los v谩stagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sab铆a las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y pod铆a compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta espa帽ola que solo hab铆a mirado una vez y con las l铆neas de la espuma que un remo levant贸 en el R铆o Negro la v铆spera de la acci贸n del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, t茅rmicas, etc. Pod铆a reconstruir todos los sue帽os, todos los entresue帽os. Dos o tres veces hab铆a reconstruido un d铆a entero; no hab铆a dudado nunca, pero cada reconstrucci贸n hab铆a requerido un d铆a entero. Me dijo: M谩s recuerdos tengo yo solo que los que habr谩n tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y tambi茅n: Mis sue帽os son como 1a vigilia de ustedes. Y tambi茅n, hacia el alba: Mi memor铆a, se帽or, es como vac铆adero de basuras. Una circunferencia en un pizarr贸n, un tri谩ngulo rect谩ngulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No s茅 cu谩ntas estrellas ve铆a en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni despu茅s las he puesto en duda. En aquel tiempo no hab铆a cinemat贸grafos ni fon贸grafos; es, sin embargo, inveros铆mil y hasta incre铆ble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre har谩 todas las cosas y sabr谩 todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, segu铆a hablando.
Me dijo que hacia 1886 hab铆a discurrido un sistema original de numeraci贸n y que en muy pocos d铆as hab铆a rebasado el veinticuatro mil. No lo hab铆a escrito, porque lo pensado una sola vez ya no pod铆a borr谩rsele. Su primer est铆mulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplic贸 luego ese disparatado principio a los otros n煤meros. En lugar de siete mil trece, dec铆a (por ejemplo) M谩ximo P茅rez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros n煤meros eran Luis Meli谩n Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, la caldera, Napole贸n, Agust铆n Vedia. En lugar de quinientos, dec铆a nueve. Cada palabra ten铆a un signo particular, una especie marca; las 煤ltimas muy complicadas… Yo trat茅 de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema numeraci贸n. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades; an谩lisis no existe en los “n煤meros” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendi贸 o no quiso entenderme.
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Locke, en el siglo XVII, postul贸 (y reprob贸) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada p谩jaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyect贸 alguna vez un idioma an谩logo, pero lo desech贸 por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no solo recordaba cada hoja de cada 谩rbol de cada monte, sino cada una de las veces que la hab铆a percibido o imaginado. Resolvi贸 reducir cada una de sus jornadas pret茅ritas a unos setenta mil recuerdos, que definir铆a luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era in煤til. Pens贸 que en la hora de la muerte no habr铆a acabado a煤n de clasificar todos los recuerdos de la ni帽ez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los n煤meros, un in煤til cat谩logo mental de todas las im谩genes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Este, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, plat贸nicas. No solo le costaba comprender que el s铆mbolo gen茅rico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tama帽os y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprend铆an cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discern铆a el movimiento del minutero; Funes discern铆a continuamente los tranquilos avances de la corrupci贸n, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y l煤cido espectador de un mundo multiforme, instant谩neo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginaci贸n de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presi贸n de una realidad tan infatigable como la que d铆a y noche converg铆a sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy dif铆cil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era m谩s minucioso y m谩s vivo que nuestra percepci贸n de un goce f铆sico o de un tormento f铆sico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, hab铆a casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homog茅nea; en esa direcci贸n volv铆a la cara para dormir. Tambi茅n sol铆a imaginarse en el fondo del r铆o, mecido y anulado por la corriente.
Hab铆a aprendido sin esfuerzo el ingl茅s, el franc茅s, el portugu茅s, el lat铆n. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no hab铆a sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entr贸 por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche hab铆a hablado. Ireneo ten铆a diecinueve a帽os; hab铆a nacido en 1868; me pareci贸 monumental como el bronce, m谩s antiguo que Egipto, anterior a las profec铆as y a las pir谩mides. Pens茅 que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perdurar铆a en su implacable memoria; me entorpeci贸 el temor de multiplicar ademanes in煤tiles.
Ireneo Funes muri贸 en 1889, de una congesti贸n pulmonar.
FIN
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