¡Hola, lectores! El cuento de hoy llega gracias a la maestra del misterio Agatha Christie, quien nos narra la historia de cuatro hombres que se encuentran en un vag贸n de tren, donde uno de ellos es psiquiatra y comienza a hablar sobre la fascinante vida de una paciente con trastorno de personalidad m煤ltiple ¡Simplemente cautivador!
EL CUARTO HOMBRE
El can贸nigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus a帽os. Su figura ya no era lo que fue y con la p茅rdida de su esbelta silueta hab铆a ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio can贸nigo sol铆a explicar con dignidad diciendo “¡Es el coraz贸n!”
Exhalando un suspiro de alivio se dej贸 caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacci贸n le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Adem谩s era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.
Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el can贸nigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la m谩s alejada le sonre铆a con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burl贸n y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesi贸n era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.
-Vaya, Parfitt -comenz贸 con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?
-Y con lo malo que es para mi coraz贸n -repuso el can贸nigo-. Qu茅 casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?
-Hasta Newcastle -replic贸 don Jorge-. A prop贸sito -a帽adi贸-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?
Y el caballero sentado en el mismo lado que el can贸nigo inclin贸 la cabeza complacido.
-Nos encontramos en la estaci贸n -continu贸 el abogado-. Otra coincidencia.
El can贸nigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran inter茅s. Hab铆a o铆do aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los m茅dicos especialistas en enfermedades mentales, y su 煤ltimo libro, El problema del subconsciente, hab铆a sido la obra m谩s discutida del a帽o.
El can贸nigo Parfitt vio una mand铆bula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clare谩ndose r谩pidamente. Asimismo tuvo la impresi贸n de hallarse ante una vigorosa personalidad.
Debido a una l贸gica asociaci贸n de ideas, el can贸nigo mir贸 el asiento situado frente al suyo esperando encontrar all铆 otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento result贸 ser totalmente extra帽o… tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parec铆a dormir.
-¿Es usted el can贸nigo Parfitt de Bradchester? -pregunt贸 el doctor Clark con voz agradable.
El can贸nigo pareci贸 halagado. Aquellos “sermones cient铆ficos” hab铆an sido un gran acierto… especialmente desde que la prensa se hab铆a ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia… modernizarse.
-He le铆do su libro con gran inter茅s, doctor Campbell Clark -le dijo-. Aunque es demasiado t茅cnico para m铆, y me resulta dif铆cil seguir algunas de sus partes.
Durand intervino.
-¿Prefiere hablar o dormir, can贸nigo? -le pregunt贸-. Confieso que sufro de insomnio y, por lo tanto, me inclino en favor de lo primero.
-¡Oh, desde luego! De todas maneras -explic贸 el can贸nigo-, yo casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el libro que he tra铆do es muy aburrido.
-Realmente formamos una reuni贸n muy interesante -observ贸 el doctor con una sonrisa-. La Iglesia, la Ley y la profesi贸n m茅dica.
-Es dif铆cil que no podamos formar opini贸n entre los tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de la Iglesia, el m铆o puramente legal y mundano, y el suyo, doctor, que abarca el mayor campo, desde lo puramente patol贸gico a lo… superpsicol贸gico. Entre los tres podr铆amos cubrir cualquier terreno por completo.
-No tanto como usted imagina -dijo el doctor Clark-. Hay otro punto de vista que ha pasado usted por alto y que es en este aspecto muy importante.
-¿A cu谩l se refiere? -quiso saber el abogado.
-Al punto de vista del hombre de la calle.
-¿Es tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?
-¡Oh, casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda opini贸n experta… el punto de vista personal. Ya sabe que no puede prescindir de las relaciones personales. Lo he descubierto en mi profesi贸n. Por cada paciente que acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir felizmente con los inquilinos que habitan en la misma casa. Lo llaman de mil maneras… desde “rodilla de fregona” a “calambre de escribiente”, pero es todo lo mismo: asperezas producidas por el roce diario de una mentalidad con otra.
-Tendr谩 usted much铆simos pacientes con “nervios”, supongo -comenz贸 el can贸nigo, cuyos nervios eran excelentes.
-Ah, ¿qu茅 es lo que quiere usted decir con eso? -El doctor se volvi贸 hacia 茅l con gesto r谩pido e impulsivo-. ¡Nervios! La gente suele emplear esa palabra y re铆rse despu茅s, como ha hecho usted. “Esto no tiene importancia -dicen- ¡S贸lo son nervios!” ¡Dios m铆o!, ah铆 tiene usted el quid de todo. Se puede contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta la fecha se sabe poco m谩s de las oscuras causas de las ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que se sab铆a… bueno… durante el reinado de la reina Isabel.
$ads={2}
-Dios m铆o -exclam贸 el can贸nigo Parfitt un tanto asombrado por su salida-. ¿Es cierto?
-Y creo que es un signo de gracia -continu贸 el doctor Campbell-. Antiguamente consider谩bamos al hombre como un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que daba m谩s importancia que a nada.
-Inteligencia, cuerpo y alma -corrigi贸 el cl茅rigo con suavidad.
-¿Alma? -El doctor sonri贸 de un modo extra帽o-. ¿Qu茅 quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy claro, ya sabe. A trav茅s de todas las 茅pocas no se han atrevido ustedes a dar una definici贸n exacta.
El can贸nigo aclar贸 su garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su disgusto, no le dieron oportunidad, ya que el m茅dico continu贸:
-¿Est谩 seguro de que la palabra es alma… y no puede ser almas?
-¿Almas? -pregunt贸 don Jorge Durand enarcando las cejas con expresi贸n divertida.
-S铆 -Campbell Clark dirigi贸 su atenci贸n hacia 茅l inclin谩ndose hacia delante para tocarle en el pecho-. ¿Est谩 usted seguro -dijo en tono grave-, que hay un solo ocupante en esta estructura… porque esto es lo que es, ya sabe… envidiable residencia que no se alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un a帽os… los que sean? Y al final el inquilino traslada sus cosas… poco a poco… y luego se marcha de la casa de golpe… y 茅sta se viene abajo convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted es el due帽o de la casa, admitamos eso, pero nunca se percata de la presencia de los dem谩s… criados de pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el trabajo que realizan… trabajo que usted no tiene conciencia de haber hecho. O amigos… estados de 谩nimo que se apoderan de uno y le hacen ser un “hombre distinto”, como se dice vulgarmente. Usted es el rey del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de que all铆 est谩 tambi茅n instalado tranquilamente el “pillastre redomado”.
-Mi querido Clark -replic贸 el abogado-, me hace usted sentirme realmente inc贸modo. ¿Es que mi interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas personalidades? ¿Es la 煤ltima palabra de la ciencia?
Ahora fue el m茅dico quien se encogi贸 de hombros.
-Su cuerpo lo es -dijo en tono seco-. ¿Por qu茅 no puede serlo tambi茅n la mente?
-Muy interesante -exclam贸 el can贸nico Parfitt-. ¡Ah铆 Maravillosa ciencia… maravillosa ciencia!
Y para sus adentros agreg贸:
-Puedo preparar un serm贸n muy atrayente basado en esta idea.
Mas el doctor Campbell Clark se hab铆a vuelto a reclinar en su asiento una vez pasada su excitaci贸n moment谩nea.
-A decir verdad -observ贸 con su aire profesional-, es un caso de doble personalidad el que me lleva esta noche a Newcastle. Un caso interesant铆simo. Un individuo neur贸tico, desde luego, pero un caso aut茅ntico.
-Doble personalidad -repiti贸 don Jorge Durand pensativo-. No es tan raro seg煤n tengo entendido. Existe tambi茅n la p茅rdida de memoria, ¿no es cierto? El otro d铆a surgi贸 un caso as铆 ante el Tribunal de Testamentarias.
El doctor Clark asinti贸.
-Desde luego, el caso cl谩sico fue el de Felisa Bault. ¿No recuerda haberlo o铆do?
-Claro que s铆 -expuso el can贸nigo Parfitt-. Recuerdo haberlo le铆do en los peri贸dicos… pero de eso hace mucho tiempo… por lo menos siete a帽os.
El doctor Campbell asinti贸.
-Esa muchacha se convirti贸 en una de las figuras m谩s c茅lebres de Francia, y acudieron a verla cient铆ficos de todo el mundo. Ten铆a cuatro personalidades nada menos, y se las conoc铆a por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.
-¿Y no cab铆a la posibilidad de que fuera un truco premeditado? -pregunt贸 don Jorge.
-Las personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrec铆an algunas dudas -admito el m茅dico-. Pero el hecho principal persiste. Felisa Bault era una campesina de Breta帽a. Era la tercera de cinco hermanos, hija de un padre borracho y de una madre retrasada mental. En uno de sus ataques de alcoholismo el padre estrangul贸 a su mujer, siendo, si no recuerdo mal, desterrado por vida. Felisa ten铆a entonces cinco a帽os. Unas personas caritativas se interesaron por la criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama inglesa que ten铆a una especie de hogar para ni帽os desvalidos. Aunque consigui贸 muy poco de Felisa, la describe como una ni帽a anormal, lenta y est煤pida, que aprendi贸 a leer y escribir s贸lo con gran dificultad y cuyas manos eran torpes. Esa dama, la se帽ora Slater, intent贸 prepararla para el servicio dom茅stico y le busc贸 varias casas donde trabajar cuando tuvo la edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su estupidez y profunda pereza.
El doctor hizo una pausa, y el can贸nigo, mientras se arropaba a煤n m谩s en su manta de viaje, se dio cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a 茅l se hab铆a movido ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y en ellos brillaba una expresi贸n indescifrable que sobresalt贸 al cl茅rigo. Era como si hubiese estado regocij谩ndose interiormente por lo que oyera.
-Existe una fotograf铆a de Felisa Bault tomada cuando ten铆a diecisiete a帽os -prosigui贸 el m茅dico-. Y en ella aparece como una burda campesina de recia constituci贸n, sin nada que indique que pronto iba a ser una de las personas m谩s famosas de Francia.
“Cinco a帽os m谩s tarde, cuando contaba veintid贸s, Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y al reponerse empezaron a manifestarse los extra帽os fen贸menos. Lo que sigue a continuaci贸n son hechos atestiguados por much铆simos cient铆ficos eminentes. La personalidad llamada Felisa Primera era completamente distinta a la Felisa Bault de los 煤ltimos a帽os. Felisa Primera escrib铆a apenas el franc茅s, no hablaba ning煤n otro idioma, y no sab铆a tocar el piano. Felisa Segunda, por el contrario, hablaba correctamente el italiano y algo de alem谩n. Su letra era distinta por completo de la de Felisa Primera, y escrib铆a y se expresaba a la perfecci贸n en franc茅s. Pod铆a discutir de pol铆tica, arte y era muy aficionada a tocar el piano. Felisa Tercera ten铆a muchos puntos en com煤n con Felisa Segunda. Era inteligente y al parecer bien educada, pero en la parte moral era un contraste absoluto. Aparec铆a como una criatura depravada… pero en un sentido parisiense, no provinciano. Conoc铆a todo el argot de Par铆s, y las expresiones del demi monde elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la religi贸n y la “gente buena” en los t茅rminos m谩s blasfemos. Y por fin surgi贸 la Felisa Cuarta… una criatura so帽adora piadosa y clarividente, pero esta cuarta personalidad fue poco satisfactoria y duradera, y se la consider贸 un truco deliberado por parte de Felisa Tercera… una especie de broma que le gastaba al p煤blico cr茅dulo. Debo decir que, aparte de la posible excepci贸n de la Felisa Cuarta, cada personalidad era distinta y separada y no ten铆a conocimiento de las otras. Felisa Segunda fue sin duda la m谩s predominante y algunas veces duraba hasta quince d铆as, luego Felisa Primera aparec铆a bruscamente por espacio de uno o dos d铆as. Despu茅s, tal vez la Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos 煤ltimas rara vez denominaban m谩s de unas pocas horas. Cada cambio iba acompa帽ado de un fuerte dolor de cabeza y sue帽o profundo, y en cada caso sufr铆a la p茅rdida completa de la memoria de los otros estados, y la personalidad en cuesti贸n tomaba vida a partir del momento en que la hab铆a abandonado, inconsciente del tiempo.
-Muy notable -murmur贸 el can贸nigo-. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de las maravillas del universo.
-Sabemos que hay algunos impostores muy astutos -observ贸 el abogado en tono seco.
-El caso de Felisa Bault fue investigado por abogados, as铆 como por m茅dicos y cient铆ficos -replic贸 el doctor Campbell con presteza-. Recuerde que Maitre Quimbellier llev贸 a cabo la investigaci贸n m谩s profunda y confirm贸 la opini贸n de los cient铆ficos. Y al fin y al cabo, ¿por qu茅 hemos de sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los pl谩tanos gemelos? ¿Por qu茅 no ha de poder darse el caso de la doble personalidad… o en este caso, la cu谩druple personalidad… en un solo cuerpo?
-¿La doble personalidad? -protest贸 el can贸nigo.
El doctor Campbell Clark volvi贸 sus penetrantes ojos azules hacia 茅l.
-¿C贸mo podr铆amos llamarle si no?
-Menos mal que estas cosas son 煤nicamente un capricho de la naturaleza -observ贸 don Jorge-. Si el caso fuera corriente se presentar铆an muchas complicaciones.
-Desde luego, son casos muy anormales -convino el m茅dico-. Fue una l谩stima que no pudiera efectuarse otro estudio m谩s prolongado, pero puso fin a todo la inesperada muerte de Felisa.
-Hubo algo raro si no recuerdo mal -dijo el abogado despacio.
El doctor Campbell Clark asinti贸.
-Fue algo inesperado. Una ma帽ana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Hab铆a sido estrangulada, pero ante la estupefacci贸n de todos, demostr贸 sin lugar a dudas que se hab铆a estrangulado ella misma. Las se帽ales de su cuello eran las de sus dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es f铆sicamente imposible, requiere una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana. Nunca se supo lo que la hab铆a impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio mental siempre hab铆a sido insuficiente. Sin embargo, ah铆 tiene. Se ha corrido para siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.
Fue entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina se ech贸 a re铆r.
Los otros tres hombres saltaron como si hubieran o铆do un disparo. Hab铆an olvidado por completo la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde se hallaba sentado y todav铆a arrebujado en su abrigo, ri贸 de nuevo.
-Deben perdonarme, caballeros -dijo en perfecto ingl茅s, aunque con un ligero acento extranjero, y se incorpor贸 mostrando un rostro p谩lido con un peque帽o bigotillo-. S铆, deben ustedes perdonarme -dijo con una c贸moda inclinaci贸n de cabeza-. Pero la verdad: ¿es que la ciencia dice alguna vez la 煤ltima palabra?
-¿Sabe algo del caso que est谩bamos discutiendo? -le pregunt贸 el doctor cort茅smente.
-¿Del caso? No. Pero la conoc铆.
-¿A Felisa Bault?
-S铆. Y a Annette Ravel tambi茅n. No han o铆do hablar de Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la historia de una es la historia de la otra. Cr茅ame, no sabr谩n nada de Felisa Bault si no conocen tambi茅n la historia de Annette Ravel.
Sac贸 un reloj para consultar la hora.
-Falta media hora hasta la pr贸xima parada. Tengo tiempo de contarles la historia… es decir, si a ustedes les interesa escucharla.
-Cu茅ntela, por favor -dijo el m茅dico.
-Me encantar铆a o铆rla -exclam贸 el pastor.
Don Jorge Durand se limit贸 a adoptar una actitud de atenta escucha.
-Mi nombre, caballeros -coment贸 el extra帽o compa帽ero de viaje- es Ra煤l Latardeau. Usted acaba de mencionar a una dama inglesa, la se帽orita Slater, que se ocupa en obras de caridad. Yo la conoc铆 en Breta帽a, en un pueblecito pesquero, y cuando mis padres fallecieron v铆ctimas de un accidente ferroviario, fue la se帽orita Slater quien vino a rescatarme y me salv贸 de algo equivalente a los reformatorios ingleses. Ten铆a unos veinte chiquillos a su cuidado… ni帽os y ni帽as. Entre 茅stas se encontraban Felisa Ba煤l y Annette Ravel. Si no consigo hacerles comprender la personalidad de Annette, caballeros, no comprender谩n nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie de joie que hab铆a muerto tuberculosa abandonada por su amante. La madre fue bailarina y Annette tambi茅n ten铆a el deseo de bailar. Cuando la vi por primera vez ten铆a once a帽os, y era una ni帽a vivaracha de ojos brillantes y prometedores… una criatura todo fuego y vida. Y en seguida, en seguida… me convirti贸 en su esclavo. “Ra煤l, haz esto; Ra煤l, haz lo otro…”, y yo obedec铆a. Yo la idolatraba y ella lo sab铆a.
“Sol铆amos ir a la playa… los tres… ya que Felisa ven铆a con nosotros. Y all铆 Annette, quit谩ndose los zapatos y las medias, bailaba sobre la arena, y luego, cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que quer铆a llegar a ser.
“-Ver谩n, yo ser茅 famosa. S铆, muy famosa. Tendr茅 cientos y miles de medias de seda… de la seda m谩s fina, y vivir茅 en un departamento maravilloso. Todos mis adoradores ser谩n j贸venes, guapos y ricos; cuando yo baile, todo Par铆s ir谩 a verme. Gritar谩n y se volver谩n locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailar茅. Ir茅 al sur a gozar del sol. All铆 hay pueblecitos con naranjos, y comer茅 naranjas. Y en cuanto a ti, Ra煤l, nunca te olvidar茅 por muy rica que sea. Te proteger茅 para que estudies una carrera. Felisa ser谩 mi doncella… no, sus manos son demasiado torpes. M铆ralas qu茅 grandes y toscas.
“Felisa se pon铆a furiosa al o铆r esto, y entonces Annette continuaba pinch谩ndola.
“-Es tan fina, Felisa… tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada… ja, ja.
“-Mi padre y mi madre estaban casados, y los tuyos no -replicaba Felisa con rencor.
“-S铆, y tu padre mat贸 a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.
“-Y el tuyo dej贸 morir a tu madre -era la contestaci贸n de Felisa.
“-Ah, s铆 -Annette se pon铆a pensativa-: Pauvre maman. Hay que conservarse fuerte y bien.
“-Yo soy fuerte como un caballo -presum铆a Felisa.
“Y desde luego lo era. Ten铆a dos veces la fuerza de cualquier ni帽a del Hogar y nunca estaba enferma.
“Pero era est煤pida, ¿comprenden?, est煤pida como una bestia bruta. A menudo me he preguntado por qu茅 segu铆a a Annette como lo hac铆a. Era una especie de fascinaci贸n. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extra帽ar, puesto que Annette no era amable con ella. Se burlaba de su lentitud y estupidez, provoc谩ndola delante de los dem谩s. Yo hab铆a visto a Felisa ponerse l铆vida de rabia. Algunas veces pens茅 que iba a rodear la garganta de Annette con sus dedos hasta acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para contestar a los improperios de Annette, pero con el tiempo aprendi贸 una respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza. Hab铆a aprendido lo que yo siempre supe: que Annette envidiaba su fortaleza f铆sica, y ella atacaba instintivamente el punto d茅bil de la armadura de su enemiga.
“Un d铆a Annette vino hacia m铆 muy contenta. “Ra煤l -dijo-, hoy vamos a divertirnos con esa est煤pida de Felisa.”
“-¿Qu茅 es lo que vas a hacer?
“-Ven detr谩s del cobertizo y te lo dir茅.
“Parece que Annette hab铆a encontrado cierto libro, parte del cual no entend铆a y, desde luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de las primeras obras de hipnotismo.
-Consegu铆 que un objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa lo mirase anoche. “M铆ralo fijamente -le dije-. No apartes los ojos de 茅l.” Y entonces lo hice girar, Ra煤l. Estaba asustada. Sus ojos ten铆an una expresi贸n tan extra帽a… tan extra帽a. “Felisa, t煤 har谩s siempre lo que yo diga”, le dije: “Har茅 siempre lo que t煤 digas, Annette”, me contest贸. Y luego… y luego… dije: “Ma帽ana llevar谩s un cabo de vela al patio y empezar谩s a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dir谩s que es la mejor galleta que has probado en tu vida.” ¡Oh, Ra煤l, imag铆nate!
“-Pero ella no har谩 una cosa as铆 -protest茅.
“-El libro dice que s铆. No es que yo lo crea del todo… ¡pero, oh, Ra煤l, si lo que dice el libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!
“A m铆 tambi茅n me pareci贸 divertido. Lo comunicamos a nuestros compa帽eros y a las doce est谩bamos todos en el patio. A la hora exacta apareci贸 Felisa con el cabo de la vela en la mano. ¿Y creer谩n ustedes, caballeros, que empez贸 a mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos desternill谩bamos de risa! De vez en cuando alguno de los ni帽os se acercaba a ella y le dec铆a muy serio: ¿Es bueno lo que comes, Felisa? Y ella respond铆a: “S铆, es una de las mejores galletas que he probado en mi vida.”
“Y entonces nos ahog谩bamos de risa. Al fin nos re铆mos tan fuerte que el ruido pareci贸 despertar a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpade贸 extra帽ada, mir贸 la vela y luego a todos, pas谩ndose la mano por la frente.
“-Pero, ¿qu茅 es lo que estoy haciendo aqu铆? -murmur贸.
“-Te est谩s comiendo una vela de sebo -le gritamos.
“-Yo te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer -exclam贸 Annette bailando a su alrededor.
“Felisa la mir贸 fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.
“-¿De modo que has sido t煤… has sido t煤 quien me puso en rid铆culo? Creo recordar. ¡Ah! Te matar茅 por esto.
“Habl贸 en tono tranquilo, pero Annette ech贸 a correr refugi谩ndose detr谩s de m铆.
“-¡S谩lvame, Ra煤l! Me da miedo Felisa. Ha sido s贸lo una broma, Felisa. S贸lo una broma ¿Comprendes?
“-No me gustan esta clase de bromas -replic贸 Felisa-. Te odio. Los odio a todos.
“Y ech谩ndose a llorar se march贸 corriendo.
“Yo creo que Annette estaba asustada por el resultado de su experimento, y no intent贸 repetirlo, pero a partir de aquel d铆a su ascendencia sobre Felisa se fue haciendo m谩s fuerte.
“Ahora creo que Felisa siempre la odi贸, pero sin embargo no pod铆a apartarse de su lado y sol铆a seguirla como un perro.
“Poco despu茅s de esto, caballeros, me encontraron un empleo y s贸lo volv铆 al Hogar durante mis vacaciones. No se hab铆a tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina, pero su voz se hizo m谩s bonita a medida que iba creciendo, y la se帽orita Slater consinti贸 gustosamente en dejarla aprender canto.
“Annette no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin descanso, y la se帽orita Slater se vio obligada a impedir que se excediera, y en cierta ocasi贸n me habl贸 de ella.
“-T煤 siempre has apreciado mucho a Annette -me dijo-. Conv茅ncela para que no se esfuerce demasiado. 脷ltimamente tose de una manera que no me gusta.
“Mi trabajo me llev贸 lejos poco despu茅s de esta conversaci贸n. Recib铆 una o dos cartas de Annette al principio, pero luego silencio, los cinco a帽os que permanec铆 en el extranjero.
“Por pura casualidad, cuando regres茅 a Par铆s me llam贸 la atenci贸n un cartel-anuncio con el nombre de Annette Ravelli y su fotograf铆a. La reconoc铆 en seguida. Aquella noche fui al teatro en cuesti贸n. Annette cantaba en franc茅s e italiano, y en escena estaba maravillosa. Despu茅s fui a verla a su camerino y me recibi贸 en seguida.
“-Vaya, Ra煤l -exclam贸 tendi茅ndome las manos-. ¡Esto es maravilloso! ¿D贸nde has estado todos estos a帽os?
“Yo se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.
“-¡Ves, ya casi he llegado!
“Y con un gesto triunfal me se帽al贸 el camerino lleno de flores.
“-La se帽orita Slater debe estar orgullosa de tu 茅xito.
“-¿Esa vieja? No, por cierto. Ella me hab铆a destinado al Conservatorio… a los conciertos… pero yo soy una artista. Y es aqu铆, en los teatros de variedades, donde puedo expresar mi personalidad.
“En aquel momento entr贸 un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su comportamiento comprend铆 en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me mir贸 de soslayo y Annette le explic贸:
“-Es un amigo de la infancia. Est谩 de paso en Par铆s, ha visto mi retrato en un anuncio, et voil谩.
“Aquel hombre era muy amable y cort茅s, y delante de m铆 sac贸 una pulsera de brillantes y rub铆es que coloc贸 en la mu帽eca de Annette. Cuando me levant茅 para marcharme ella me dirigi贸 una mirada de triunfo dici茅ndome en un susurro:
“-He llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.
“Pero al salir del camerino la o铆 toser con una tos seca y dura. Sab铆a muy bien lo que significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.
“Volv铆 a verla dos a帽os m谩s tarde. Hab铆a ido a buscar refugio junto a la se帽orita Slater. Su carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que los m茅dicos dijeron que nada pod铆a hacerse.
“¡Ah! ¡Nunca olvidar茅 c贸mo la vi entonces! Estaba echada en una especie de cobertizo montado en el jard铆n. La ten铆an d铆a y noche al aire libre. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y febriles.
“Me salud贸 con tal desesperaci贸n que me qued茅 estupefacto.
“-Cu谩nto me alegro de verte, Ra煤l. ¿T煤 ya sabes bien lo que dicen… que no me pondr茅 bien? Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan de consolarme. ¡Pero no es cierto, Ra煤l, no es cierto! Yo no me dejar茅 morir. ¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante m铆? Es la voluntad de vivir lo que importa. Todos los grandes m茅dicos lo dicen. Yo no soy de esos seres d茅biles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor… much铆simo mejor, ¿oyes?
“Y se incorpor贸, apoy谩ndose sobre un codo para dar m谩s 茅nfasis a sus palabras, luego cay贸 hacia atr谩s, presa de un ataque de tos que estremeci贸 su delgado cuerpo.
“-La tos no es nada -consigui贸 decir-. Y las hemorragias no me asustan. Sorprender茅 a los m茅dicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Ra煤l, yo vivir茅.
“Era una pena. ¿Comprenden? Una pena.
“En aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando c贸mo lo beb铆a con expresi贸n que no pude descifrar… como con cierta satisfacci贸n.
“Annette tambi茅n capt贸 aquella mirada, y dej贸 caer el vaso, que se hizo pedazos.
TE RECOMIENDO, LECTOR:"El rey del tr茅bol", cuento de Agatha Christie
“-¿La has visto? As铆 es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir! S铆, disfruta. Ella es fuerte y sana. M铆rala… ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un solo d铆a! Y todo para nada. ¿De qu茅 le sirve ese corpach贸n? ¿Qu茅 va a sacar de 茅l?
“Felisa se agach贸 para coger los pedazos de cristal.
“-No me importa lo que diga -comenz贸 con voz inexpresiva-. ¿A m铆 qu茅? Soy una chica respetable. Y en cuanto a ella, sabr谩 lo que es el Purgatorio dentro de poco. Yo soy cristiana y nada digo.
“-¡T煤 me odias! -exclam贸 Annette-. Siempre me has odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte. Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo pidiera sin ninguna duda te pondr铆as de rodillas ante m铆 encima de la hierba.
“-No seas absurda -dijo Felisa intranquila.
“-Pues s铆 que lo har谩s. Lo har谩s… para complacerme. Arrod铆llate. Yo, Annette, te lo pido. Arrod铆llate, Felisa.
“No s茅 si ser铆a por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo m谩s profundo, pero el caso es que Felisa obedeci贸. Se puso de rodillas lentamente, con los brazos extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando est煤pidamente al vac铆o.
“Annette, echando la cabeza hacia atr谩s, ri贸 con todas sus fuerzas.
“-¡Mira qu茅 cara m谩s est煤pida pone! ¡Qu茅 rid铆cula est谩! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias! Es in煤til que frunzas el ce帽o. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que yo diga.
“Se desplom贸 exhausta sobre las almohadas, y Felisa, recogiendo la bandeja, se alej贸 lentamente. Una vez se volvi贸 a mirar por encima del hombro, y el profundo resentimiento de su mirada me sobresalt贸.
“Yo no estaba all铆 cuando muri贸 Annette, pero, al parecer, fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperaci贸n, luchando contra la muerte como una posesa, y gritando: “No morir茅. Tengo que vivir… vivir…”
“Me lo cont贸 la se帽orita Slater, cuando seis meses m谩s tarde fui a verla. “Mi pobre Ra煤l -me dijo con tono amable-. T煤 la quer铆as, ¿verdad?”
“-Siempre la quise… siempre. Pero ¿de qu茅 hubiera podido servirle? No hablemos de eso. Ahora est谩 muerta… ella… tan alegre… y tan llena de vida.
“La se帽orita Slater era mujer comprensiva y se puso a hablar de otras cosas. Estaba preocupada por Felisa. La joven hab铆a sufrido una extra帽a crisis nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy extra帽o.
“-¿Sabes -me dijo la se帽orita Slater tras una ligera vacilaci贸n- que est谩 aprendiendo a tocar el piano?
“Yo lo ignoraba y me sorprendi贸 mucho. ¡Felisa… aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.
“-Dicen que tiene talento -continu贸 la se帽orita Slater-. No comprendo. Siempre la hab铆a considerado…, bueno, Ra煤l, t煤 mismo sabes que fue siempre una ni帽a est煤pida.
“Asent铆.
“-Su comportamiento es tan extra帽o que no s茅 qu茅 pensar.
“Pocos minutos despu茅s entr茅 en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano… la misma tonadilla que o铆 cantar a Annette en Par铆s. Comprendan, caballeros, que me qued茅 de una pieza. Y luego, al o铆rme, se interrumpi贸 de pronto volvi茅ndose a mirarme con ojos llenos de malicia e inteligencia. Por un momento pens茅…, bueno, no voy a decirles lo que pens茅 entonces.
“-Tiens! -exclam贸-. De manera que es usted… monsieur Ra煤l.
“No puedo describir c贸mo lo dijo. Para Annette nunca hab铆a dejado de ser Ra煤l, pero Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de mayores, siempre me llamaba monsieur Ra煤l. Mas entonces lo dijo de un modo distinto…, como si el monsieur fuera algo divertido.
“-Vaya, Felisa -le contest茅-, te veo muy cambiada.
“-¿S铆? -replic贸 pensativa-. Es curioso, pero no te pongas serio, Ra煤l…, decididamente te llamar茅 Ra煤l… ¿Acaso no jug谩bamos juntos cuando 茅ramos ni帽os…? La vida se ha hecho para re铆r. Hablemos de la pobre Annette… que est谩 muerta y enterrada. ¿Estar谩 en el Purgatorio o d贸nde?
“Y tarare贸 cierta canci贸n…, desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi atenci贸n.
“-¡Felisa! -exclam茅-. ¿Sabes italiano?
“-¿Por qu茅 no, Ra煤l? Yo no soy tan est煤pida como parec铆a -y se ri贸 de mi confusi贸n.
“-No comprendo… -comenc茅 a decir.
“-Pues yo te lo explicar茅. Soy una magn铆fica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo representar muchos papeles… y muy bien, por cierto.
“Volvi贸 a re铆r y sali贸 corriendo de la habitaci贸n antes de que pudiera detenerla.
“La volv铆 a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sill贸n y roncaba pesadamente. La estuve mirando fascinado…, aunque me repel铆a. De pronto se despert贸 sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los m铆os.
“-Monsieur Ra煤l -murmur贸 mec谩nicamente.
“-S铆, Felisa. Yo me marcho. ¿Querr谩s tocar algo antes de que me vaya?
“-¿Yo? ¿Tocar? ¿Se est谩 riendo de m铆, monsieur Ra煤l?
“-¿No recuerdas que esta ma帽ana tocaste para m铆?
“Felisa mene贸 la cabeza.
“-¿Tocar yo? ¿C贸mo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?
“Hizo una pausa como si reflexionara, y luego se acerc贸 a m铆.
“-¡Monsieur Ra煤l, ocurren cosas extra帽as en esta casa! Le gastan a una bromas. Var铆an las horas del reloj. S铆, s铆, s茅 lo que digo. Y todo eso es obra de ella.
“-¿De qui茅n? -pregunt茅 sobresaltado.
“-De Annette, esta malvada. Cuando viv铆a siempre me estaba atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del otro mundo para seguir mortific谩ndome.
“La mir茅 fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos estaban a punto de salir de sus 贸rbitas.
“-Es mala. Le aseguro que es mala. Ser铆a capaz de quitar a cualquiera el pan de la boca, la ropa y el alma…
“De pronto se agarr贸 a m铆.
“-Tengo miedo, se lo aseguro…, miedo. Oigo su voz…, no en mis o铆dos… sino aqu铆… en mi cabeza -se toc贸 la frente-. Se me llevar谩 muy lejos… y entonces, ¿qu茅 har茅… qu茅 ser谩 de m铆?
“Su voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y vi en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.
“De pronto sonri贸…, fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo estremecer.
“-Si llegara eso, monsieur Ra煤l…, tengo mucha fuerza en mis manos…, tengo mucha fuerza en las manos.
“Nunca me hab铆a fijado particularmente en sus manos. Entonces las mir茅 y me estremec铆 a pesar m铆o. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa hab铆a dicho, extraordinariamente fuertes. No sabr铆a explicarles la sensaci贸n de n谩useas que me invadi贸. Con unas manos como aqu茅llas su padre debi贸 estrangular a su madre.
“Aqu茅lla fue la 煤ltima vez que vi a Felisa Bault. Inmediatamente despu茅s march茅 al extranjero…, a Sudam茅rica. Regres茅 dos a帽os despu茅s de su muerte. Algo hab铆a le铆do en los peri贸dicos de su vida y muerte repentina. Y esta noche me he enterado de m谩s detalles… por ustedes. Felisa Tercera y Felisa Cuarta… Me estoy preguntando si… ¡Era una buena actriz! ¿Saben?”
El tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irgui贸 para abrochar mejor su abrigo.
-¿Cu谩l es su teor铆a? -pregunt贸 el abogado.
-Apenas puedo creerlo… -comenz贸 a decir el can贸nigo Parfitt.
El m茅dico nada dijo, pero miraba fijamente a Ra煤l Letardeau.
-Es capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la ropa…, el alma… -repiti贸 el franc茅s poni茅ndose en pie-. Les aseguro, messieurs, que la historia de Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes no la conocieron, caballeros. Yo s铆… y amaba mucho la vida.
Con la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvi贸 de pronto, yendo a dar un golpecito en el pecho del can贸nigo.
-Monsieur le docteur acaba de decir que esto -le dio un golpe en el est贸mago y el pastor peg贸 un respingo- es s贸lo una coincidencia. D铆game, si encontrara un ladr贸n en su casa, ¿qu茅 har铆a? Pegarle un tiro, ¿no?
-No -exclam贸 el can贸nigo-. No…, quiero decir… que en este pa铆s, no.
Pero sus palabras se perdieron en el aire mientras la puerta del compartimiento se cerraba de golpe.
El cl茅rigo, el abogado y el m茅dico se hab铆an quedado solos. El cuarto asiento estaba vac铆o.
FIN
No olvides que puedes unirte aqu铆 al WhatsApp de Mar de fondo y aqu铆 tambi茅n al TikTok de Mar de fondo
AVISO LEGAL: Los cuentos, poemas, fragmentos de novelas, ensayos y todo contenido literario que aparece en Mardefondo podr铆an estar protegidos por los derechos de autor (copyright). Si por alguna raz贸n los propietarios no est谩n conformes con el uso de ellos, por favor escribirnos y nos encargaremos de borrarlos inmediatamente.
