Leamos "La luz del mundo", cuento de Ernest Hemingway

¡Hola, lectores! Los cuentos de Hemingway tienen una carga emocional casi realista y esta historia no es la excepciรณn. El cuento retrata un ambiente hostil y opresivo en un pequeรฑo pueblo al que los protagonistas, el narrador y su amigo Tom, llegan durante la noche. ¡Leamos! 

"La luz del mundo", cuento de Ernest Hemingway
Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/7yXqt9fHC

LA LUZ DEL MUNDO

 
Cuando nos vio franquear la puerta, el cantinero levantรณ la vista, tomรณ la tapa de cristal y cubriรณ con ella las dos vasijas de los aperitivos gratuitos.


—Dame una cerveza —dije.

El cantinero sirviรณ un vaso, cortรณ la espuma desbordante con la espรกtula y luego quedรณ aguardando con el vaso en la mano. Puse la moneda de cinco centavos sobre el mostrador y solo entonces deslizรณ el vaso de cerveza hacia mรญ.

—¿Y tรบ? —preguntรณ a Tom.

—Cerveza.

Sirviรณ, cortรณ la espuma y, cuando vio el dinero, empujรณ la cerveza hacia Tom.

—¿Quรฉ pasa? —preguntรณ Tom.

El cantinero no le contestรณ. Se limitรณ a mirar sobre nuestras cabezas y dijo a un hombre que acababa de entrar:

—Usted, ¿quรฉ quiere?

—Whisky —dijo el hombre.

El cantinero dejรณ sobre el mostrador una botella, un vaso y una jarra de agua.

Tom extendiรณ el brazo y quitรณ la tapa a una de las vasijas de aperitivos. Contenรญa patitas de cerdo encurtidas sobre las cuales descansaba una tijera de madera cuyas puntas eran dos tenedores que se cerraban para trinchar.

—No —dijo el cantinero, y volviรณ a colocar la tapa en la vasija. Tom tenรญa en la mano la tijera de madera

—Vuelve a poner eso en su lugar —dijo el cantinero.

—Sabes dรณnde te lo voy a poner —dijo Tom.

El cantinero metiรณ la mano debajo del mostrador sin quitarnos la vista de encima. Puse cincuenta centavos sobre el mostrador y el cantinero se enderezรณ.

—¿Quรฉ te sirvo? —me preguntรณ.

—Cerveza –dije, y antes de servirme la cerveza, destapรณ dos fuentes.

—¡Tus patitas de cerdo apestan! –exclamรณ Tom y escupiรณ lo que tenรญa en la boca.

El cantinero no dijo nada. El hombre que habรญa tomado whisky pagรณ y saliรณ sin volverse.

—¡Tรบ eres el que apestas! –dijo el cantinero a Tom—. Todos los tipos como tรบ son unos apestosos.

—Dice que somos apestosos —me dijo Tom.

—Oye —le pedรญ—. Vรกmonos de aquรญ.

—¡Salgan enseguida de aquรญ, par de vagos! —gritรณ el cantinero.

—Ya dije que nos รญbamos —respondรญ—. Eso no fue idea tuya.

—Pero volveremos —dijo Tom.

—¡Cuidado con volver a pisar este lugar!

—Dile lo equivocado que estรก —Tom se volviรณ en mi direcciรณn.

—Vรกmonos.

Afuera era noche cerrada.

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—¿Quรฉ clase de sitio es este pueblo? –preguntรณ Tom.

—¡Que sรฉ yo! –le dije—. Vamos a la estaciรณn.

Habรญamos entrado al pueblo por un extremo y nos dirigรญamos hacia el otro para salir de รฉl. Olรญa a cueros curtidos y aserrรญn. Oscurecรญa cuando entramos y ahora que era de noche comenzaba a hacer frรญo: los charcos en el camino se helaban alrededor de los bordes.

En la estaciรณn habรญa cinco putas esperando la llegada del tren, y seis hombres blancos y cuatro indios. La sala de espera estaba llena de gente y de humo rancio. La estufa estaba encendida y hacรญa calor. Cuando entramos nadie hablaba y la taquilla estaba cerrada.

—¡Cierren la puerta, no! –exclamรณ alguien.

Busquรฉ con la vista al que habรญa dicho esas palabras. Era uno de los hombres blancos. Vestรญa pantalones gastados, botas de goma de leรฑador y una camisa a cuadros como los demรกs, pero no llevaba sombrero, su rostro era blanco, y sus manos blancas y finas.

—¿No la vas a cerrar?

—Claro que sรญ —dije, y la cerrรฉ.

—Gracias —dijo el hombre.

Uno de los hombres blancos soltรณ una estรบpida risita.

—¿Nunca has tenido algo que ver con un cocinero? —preguntรณ.

—No.

—Puedes hacer de este lo que te dรฉ la gana. A รฉl le gusta —dijo el hombre mirando al cocinero.

El cocinero volviรณ la cabeza apartando la vista del hombre con los labios apretados.

—Se pone jugo de limรณn en las manos —riรณ el hombre—. Y por nada del mundo las mete en el agua de los platos. Mire lo blancas que las tiene.

Una de las putas soltรณ una risotada. Era la puta mรกs grande que jamรกs habรญa visto en mi vida y tambiรฉn la mujer mรกs grande. Llevaba puesto uno de esos vestidos de seda de colores tornasolados. Habรญa otras dos putas casi tan grandes como ella, pero ella debรญa pesar unas trescientas cincuenta libras. Al mirarla no se podรญa creer que existiera realmente. Las tres putas iban vestidas iguales, con esa tela de colores cambiantes. Estaban sentadas en el banco una al lado de la otra. Eran enormes. Las otras putas tenรญan aspecto ordinario. Eran rubias oxigenadas.

—Mirale las manos —el hombre seรฑalรณ con la cabeza al cocinero.

La puta riรณ de nuevo y su cuerpo se sacudiรณ. El cocinero se volviรณ hacia ella y le dijo rรกpidamente:

—¡Eres una montaรฑa de carne asquerosa!

—¡Ay, Dios mรญo! —dijo, sin dejar de reรญrse y sacudirse. Tenรญa una voz hermosa—. Oh, dulce Cristo.

Las otras dos putas, las grandes, se comportaban con mucho aplomo y buena disposiciรณn de รกnimo, como si no se dieran cuenta de lo que ocurrรญa: pero eran grandes, casi tanto como la mรกs grande de todas. Pesaban bien sus doscientas cincuenta libras por cabeza. Las otras dos putas se daban aires de dignidad.

De los hombres, ademรกs del cocinero y del que habรญa hablado, habรญa otros dos que eran leรฑadores: uno de ellos escuchaba interesado, pero debรญa de ser un poco tรญmido. El otro parecรญa como si se dispusiera a hablar. Ademรกs habรญa dos suecos. Dos de los indios estaban sentados en uno de los extremos del banco; otro, de pie, recargaba el cuerpo contra la pared.

El hombre que se disponรญa a decir algo, me hablรณ en voz queda:

—Serรญa lo mismo que encaramarte en una montaรฑa de heno.

Yo reรญ y le dije a Tom lo que me habรญa dicho el hombre.

—¡Por Dios que nunca he estado en un lugar como este! —dijo Tom—. Mira a esas tres.

Entonces hablรณ el cocinero:

—¿Quรฉ edad tienen ustedes, muchachos?

—Yo tengo noventa y seis y รฉl sesenta y nueve —dijo Tom.

—¡Jo, jo, jo! —riรณ la puta grande sacudiรฉndose.

Tenรญa una voz verdaderamente hermosa, las otras putas no se rieron.

—¿No pueden darme una respuesta normal? —preguntรณ el cocinero—. Hice la pregunta solo por ser cordial.

—Tenemos diecisiete y diecinueve aรฑos —dije yo.

—¿Por quรฉ lo has dicho? —dijo Tommy volviรฉndose a mรญ.

—Estรก bien. No te preocupes.

—Pueden llamarme Alice —dijo la puta mรกs grande y luego empezรณ a sacudirse de nuevo.

—¿Ese es tu nombre? —preguntรณ Tommy.

—Claro —dijo— Alice es mi nombre. ¿No es verdad? —y se volviรณ hacia el hombre que estaba sentado al lado del cocinero.

—Alice: asรญ se llama ella.

—Desde luego que tenรญas que llamarte Alice —dijo el cocinero.

—Es mi verdadero nombre —dijo Alice.

—¿Cรณmo se llaman las otras muchachas? —pregunto Tom.

—Hazel y Ethel —dijo Alice.

Hazel y Ethel sonrieron. No eran muy inteligentes que digamos.

—¿Cรณmo te llamas? —preguntรฉ a una de las rubias.

—Frances —replicรณ.

—¿Frances, quรฉ?

Frances Willson. ¿Y a ti quรฉ te importa?

—¿Y tรบ cรณmo te llamas? —preguntรฉ a la otra rubia.

—No seas tan confiado —dijo.

—Solo quiere hacerse amigo nuestro —dijo el hombre que habรญa hablado—. ¿No quieres que todos seamos amigos?

—No —dijo la rubia oxigenada—. Por lo menos no quiero ser amiga tuya.

—Es una malgeniosa —dijo el hombre—. Respondona y malgeniosa.

Una rubia mirรณ a la otra y negรณ con la cabeza.

—Son unos pesados —dijo la rubia respondona.

Alice comenzรณ a reรญr de nuevo y a sacudirse.

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—Eso no tiene nada de gracioso —dijo el cocinero—. Todos ustedes se rรญen, pero nada de esto tiene gracia. Ustedes, muchachos, ¿para dรณnde van?

—¿A dรณnde vas tรบ? —preguntรณ Tom.

—Quiero ir a Cadillac —dijo el cocinero—. ¿Han estado ustedes allรญ alguna vez? Mi hermana vive allรญ.

—ร‰l mismo es una hermana —dijo el hombre empecinado en ridiculizar al cocinero.

—¿Por quรฉ no me sueltas? —inquiriรณ el cocinero—. ¿No podemos hablar de cosas edificantes?

—En Cadillac naciรณ Steve Ketchel y tambiรฉn Ad Wolgast —dijo el hombre tรญmido.

—Steve Ketchel —dijo una de las rubias con voz aguda y repentina, como si ese nombre hubiera apretado un gatillo dentro de ella—. Lo matรณ su propio padre. Sรญ, ¡por Dios!, su propio padre. Ya no hay hombres como Steve Ketchel.

—¿Su nombre no era Stanley Ketchel? –preguntรณ el cocinero.

—¡Ho! ¡Cรกllate! —dijo la rubia—. ¿Quรฉ sabes tรบ de Steve? ¿Stanley? No se llamaba Stanley. Steve Ketchel era el hombre mรกs fino y mรกs hermoso que jamรกs ha existido. Nunca conocรญ un hombre tan limpio y tan blanco como Steve Ketchel. Nunca hubo un hombre como รฉl. Se movรญa como un tigre y era el derrochador mรกs elegante y esplรฉndido que jamรกs ha existido.

—¿Tรบ lo conocรญas? —preguntรณ uno de los hombres

—¿Si lo conocรญa? ¿Si lo conocรญa? ¿Si lo amรฉ? ¿Y me lo preguntan? Lo conocรญa como no conocieron ustedes a nadie en el mundo, y lo amaba como se ama a Dios. Era el hombre mรกs grande, el mejor, el mรกs blanco y el mรกs hermoso que jamรกs ha existido. Steve Ketchel, sรญ seรฑor. Y su propio padre lo matรณ como a un perro.

—¿Estuviste en la costa con รฉl?

—No. Lo conocรญ antes. Fue el รบnico hombre que amรฉ en mi vida.

Todos miraban con respeto a la rubia oxigenada que habรญa dicho todo con tono teatral, pero Alice comenzรณ a sacudirse de nuevo. Me di cuenta porque estaba a su lado.

—Debiste haberte acostado con รฉl —dijo el cocinero.

—No quise arruinar su carrera —dijo la rubia oxigenada—. No querรญa convertirme en una carga para รฉl. No era una esposa lo que el necesitaba. ¡Oh, Dios! ¡Quรฉ hombre ese!

—Muy bien pensado —dijo el cocinero— ¿Pero no lo noqueรณ Jack Johnson?

—Fue una mala jugada —dijo la oxigenada—. Este perro negro lo cogiรณ de sorpresa. ร‰l acababa de derribarlo, cuando ese negro degenerado lo alcanzรณ de chiripa con un golpe, y lo noqueรณ.

La taquilla se abriรณ y los tres indios se dirigieron hacia ella a comprar sus boletos.

—Cuando Steve lo tumbรณ —dijo la oxigenada— se volviรณ hacia mรญ y me sonriรณ.

—Creรญ que dijiste que no habรญas estado en la costa con รฉl —dijo alguien.

—Fui solo para ver esa pelea. Steve se volviรณ para sonreรญrme y ese negro hijo de puta dio un salto desde el suelo y lo cogiรณ de sorpresa. Steve hubiera podido hacer morder el cordobรกn a cien hombres como ese negro degenerado.

—¡Era un gran boxeador! —dijo uno de los leรฑadores—.

—¡Por Dios que lo era! —dijo la oxigenada—. Y por Dios que ahora no hay boxeadores como รฉl. Era como un Dios. Tan blanco, limpio, hermoso y elegante, rรกpido como un tigre o como un relรกmpago.

—Vi la pelรญcula de la pelea —dijo Tom.

Todos nos sentรญamos conmovidos. Alice se sacudรญa, y al mirarla vi que estaba llorando. Los indios habรญan salidos al andรฉn.

—Era para mรญ mรกs de lo que hubiera podido ser cualquier marido —dijo la rubia oxigenada—. Estรกbamos casados a los ojos de Dios. Le pertenecรญa y le pertenecerรฉ siempre. No me importa lo que pueda ocurrirle a mi cuerpo. Pueden tomarlo; pero mi alma pertenece a Steve Ketchel. ¡Por Dios que era un hombre de verdad!

Todos nos sentรญamos muy afectados. Estรกbamos tristes y turbados. Alice, que todavรญa estaba sacudiรฉndose, dijo en voz grave:

—Eres una maldita mentirosa. Nunca te has acostado con Steve Ketchel en tu vida y lo sabes muy bien.

—¿Cรณmo puedes decir eso? —preguntรณ con orgullo la rubia.

—Lo digo porque es verdad —Alice—. Soy la รบnica aquรญ que ha conocido a Steve Ketchel. Nacรญ en Mancelona y allรญ lo conocรญ. Esa es la pura verdad y tรบ sabes que lo es. ¡Que Dios me quite la vida aquรญ mismo, si no es cierto lo que digo!

—¡Que me la quite a mรญ tambiรฉn si he mentido!

—¡Es verdad, verdad, verdad! Y tรบ lo sabes. No es una mentira como esa que tรบ has tratado de hacernos creer. Y me acuerdo exactamente de lo que Steve Ketchel me dijo.

—¿Quรฉ te dijo? —preguntรณ al rubia, ufana.

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—Me dijo que yo estaba mรกs que buena. Eso fue lo que me dijo.

—¡Eso es una mentira! —dijo la oxigenada.

—Es verdad. Eso fue exactamente lo que me dijo.

—¡Es una mentira! —dijo la rubia con orgullo.

—¡Es la verdad! ¡La verdad! ¡Lo juro por Jesรบs, Marรญa y Josรฉ que es la verdad!

—Steve nunca podrรญa haber dicho eso. ร‰l no se expresaba asรญ —la rubia riendo feliz.

—Es la verdad —dijo Alice con su hermosa voz—. Y no me importa si me crees o no.

—Es imposible que Steve pueda haber dicho eso —declarรณ con รฉnfasis la rubia oxigenada.

—Lo dijo —Alice sonriรณ—. Y recuerdo que entonces yo estaba mรกs que buena, como รฉl decรญa. Incluso, ahora soy mejor hembra que tรบ. ¡Tรบ no eres mรกs que hueso y mala idea!

—¡No puedes insultarme! —dijo la rubia—. ¡Montaรฑa de pus! Yo tengo mis recuerdos.

—No –dijo Alice, con aquella dulce voz—. No tienes ningรบn recuerdo verdadero, como no sea cuando te ligaron las trompas y te metiste a puta. Todo lo demรกs lo has leรญdo en los periรณdicos. Yo soy limpia y tรบ lo sabes, y gusto a los hombres, aunque soy grande. Eso a ti te consta. Y nunca miento. Eso te consta tambiรฉn.

—Dรฉjame con mis recuerdos. Con mis verdaderos y maravillosos recuerdos.

Alice la mirรณ y luego nos mirรณ a nosotros y su rostro perdiรณ aquella expresiรณn agraviada. Sonriรณ. Su cara era casi la mรกs bonita que habรญa visto en mi vida. Tenรญa una piel suave y tersa, y una hermosa voz. Era muy agradable. Pero, ¡demonios!, ¡quรฉ grande era! ¡Era tan grande como tres mujeres juntas! Tom me vio mirarla y me dijo:

—Vamos.

—Adiรณs —dijo Alice.

Ciertamente tenรญa una hermosa voz.

—Adiรณs —dije yo.

—¿Dรณnde van, muchachos? —pregunto el cocinero.

—En direcciรณn contraria a la tuya —repuso Tom.

FIN

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Mar de fondo

๐ต๐‘Ÿ๐‘ฆ๐‘Ž๐‘› ๐‘‰๐‘–๐‘™๐‘™๐‘Ž๐‘๐‘Ÿ๐‘’๐‘ง (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudiรฉ Comunicaciones, Sociologรญa y soy autor del libro "Las vidas que tomรฉ prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "๐‘ˆ๐‘› ๐‘‘๐‘–́๐‘Ž ๐‘™๐‘’๐‘–́๐‘‘๐‘œ ๐‘›๐‘œ ๐‘’๐‘  ๐‘ข๐‘› ๐‘‘๐‘–́๐‘Ž ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘‘๐‘–๐‘‘๐‘œ."

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