Diario literario: El día que conocí a un Ribeyro

La tarde de junio de 2014 Ribeyro y yo nos dimos la mano

Cuando Julio Ramón Ribeyro murió el 4 de diciembre de 1994 yo tenía 4 años. Nos sería hasta dos años después que nos conoceríamos por primera vez en el colegio a través del cuento “Por las azoteas”. Lamentablemente era demasiado tarde, quien estaba destinado a convertirse en mi autor favorito y fuente de inspiración de mis textos había muerto y no pude estrechar su mano. 

Julio Ramón Ribeyro
Doña 'Meche' firmando mi libro de Ribeyro. 

Por mucho tiempo nos distanciamos, la vida me llevó por otros textos, pero nos encontrábamos intermitentemente en algunos cuentos del plan lector como “Los Gallinazos sin plumas” o “El banquete”. Pero éramos como aquellos amigos que una vez que se conocen no se separan nunca, por más que la distancia física diga lo contrario. Sin embargo, no fue sino hasta la universidad que el profesor León nos hizo leer “Los merengues” y entonces nos volvimos a encontrar, pero esta vez para siempre. 

Mi admiración por Julio Ramón creció enormemente, se desbordaba ante cada cuento leído, quería emularlo cual iluso e igualado, aún sabiendo que es imposible ser como él, tener su sensibilidad y su estilo. Pero sobre todo quería conocerlo y nuevamente volvía a mi la realidad: era imposible, estaba muerto físicamente (pero no literariamente).

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Resignado me dediqué a cultivar en mí el universo ribeyriano y es así como un día de junio de 2014 me enteré de que la Casa de la Literatura Peruana inauguró la exposición “El eterno forastero” en honor al ‘flaco’ de oro por conmemorarse 20 años de su fallecimiento. Me dirigí hacia el centro de Lima junto con otros compañeros de la universidad, esperanzado en encontrar a un familiar que me permita acércame más a ese autor que tanto admiro y que cronológicamente no pude conocer. 

Fue allí que, después de escuchar un largo discurso y dar paso a la reunión social vi a una simpática dama ya entrada en años con el perfil inconfundible de un Ribeyro, el espíritu de Julio Ramón se había depositado aquel día en aquella figura; se trataba de Doña ‘Meche’, Mercedes Ribeyro Zúñiga, hermana de sangre de Julio Ramón y personaje infaltable en sus cuentos de infancia. Había sido invitada, cómo no, para presenciar el evento.

Me acerqué hacia doña ‘Meche’ recuerdo, y le pedí que por favor me firme mi segundo tomo de “La palabra del mudo”. 

-Doña Mercedes, buenas, soy admirador de Julio Ramón ¿podría por favor, usted que es su hermana, firmar mi libro? 

-Claro que sí ¿cómo te llamas? 

-Mar de fondo 

Le extendí emocionado y tembloroso la primera página de mi libro y ella escribió:

“Para Mar de fondo admirador y lector de Julio Ramón, Mercedes Ribeyro”.

-Muchas gracias, Doña Mercedes -dije emocionado. 

Eso fue todo, tuvieron que pasar 20 años para un encuentro de este tipo. Es lo más cercano que he estado a un Ribeyro de la primera generación. Lamentablemente por cosas de la vida, ya Doña ‘Meche’ dejó de existir y partió a reunirse con Julio Ramón, seguramente a retomar los juegos de infancia. Mientras tanto me quedo con el recuerdo de aquella tarde de invierno cuando al estrechar de agradecimiento esos dedos delgados pude decir que Ribeyro y yo nos dimos la mano.

Comentarios

(1)
  1. RECORDADO ESCRITOR QUE EN VARIOS DE SUS CUENTOS, NARRA PASAJES DE SUS VIVENCIAS EN EL DISTRITO DE MIRAFLORES. GRANDE JULIO RAMÓN

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