¡Buenas noches, lectores! Hoy nos encontramos nuevamente con Lovecraft y un fascinante relato en primera persona para contarnos los pensamientos de un navegante y una de sus incre铆bles historias en una noche de luna llena ¡Disfruta tu lectura!
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Image n tomada de George Fagan Bradshaw - 贸leo sobre lienzo - 118 x 169 cm |
EL BARCO BLANCO
Soy Basil Elton, guardafaro de North Point, como fueron antes que yo mi padre y mi abuelo. Lejos de la costa, se yergue el faro gris sobre limosos arrecifes sumergidos que aparecen cuando baja la marea; sin embargo, son invisibles si est谩 alta. Desde hace un siglo han pasado frente al faro los barcos majestuosos de los siete mares. Fueron muchos en tiempos de mi abuelo; no tantos en los de mi padre y ahora son tan pocos que hay veces en que me siento extra帽amente solo; como si pensara que soy el 煤ltimo hombre sobre nuestro planeta.
Esos antiguos nav铆os, de tripulantes blancos, vinieron de lejanas costas con valiosos cargamentos; ven铆an de costas m谩s lejanas que las del Este, donde tibios soles brillan y permanecen en raros jardines y festivos templos. Vinieron del mar con frecuencia viejos capitanes que contaron a mi abuelo lo que 茅l a su vez cont贸 a mi padre y lo que mi padre me cont贸 en las largas tardes de oto帽o. Y le铆 cosas parecidas en los libros que me dieron aquellos hombres cuando era joven y me alimentaba de prodigios.
Sin embargo, m谩s fascinante a煤n que el saber de los ancianos y la ciencia de los libros, es la sabidur铆a secreta del oc茅ano. Azul, verde, gris, blanco o negro; terso, encrespado o monta帽oso; el oc茅ano no calla. Todos mis d铆as lo he escuchado y contemplado. Y lo conozco bien. Primero, s贸lo me contaba historias vulgares de bah铆as en calma y cercanos puertos; creci贸 su amistad con los a帽os y me habl贸 de otras cosas, de cosas m谩s extra帽as y lejanas en el tiempo y el espacio. Algunas veces, al atardecer, las grises nieblas del horizonte me han dejado percibir los caminos del m谩s all谩; y algunas veces, por la noche, las aguas profundas del mar aumentaron su fosforescencia y claridad para que viera los caminos abismales. Igualmente, he mirado los caminos que fueron y los que pueden ser. Y tambi茅n los caminos que son; porque el oc茅ano es m谩s antiguo que las monta帽as y asombra con los sue帽os y memorias del tiempo.
Cuando la luna se deslizaba suave y silenciosa sobre el oc茅ano, acostumbraba llegar del Sur el Barco Manco. Y mientras el mar estaba en calma o agitado, y aunque estuviera en contra el viento o a favor, pod铆a siempre deslizarse con suavidad. Navegaba distante, lejano, y sus largas filas de remeros se mov铆an r铆tmicamente. Una noche descubr铆 sobre cubierta a un hombre barbado y togado que parec铆a invitarme a embarcar con 茅l rumbo a lejanas, desconocidas costas. Con frecuencia, lo volv铆 a ver, despu茅s, bajo la luna llena. Y me llamaba siempre.
Muy brillante resplandec铆a la luna la noche que respond铆 a su llamado; y anduve sobre las aguas hasta el Barco Blanco sobre un puente de rayos de luna. El hombre que me hab铆a invitado me dio la bienvenida en un lenguaje suave; parec铆a conocerme bien. Y las horas se llenaron con las canciones suaves de los remeros, mientras nos desliz谩bamos dentro de un Sur dorado por el luciente brillo de esa suave luna llena.
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Y cuando el d铆a, rosa y luciente, clareaba, contempl茅 la verde costa de lejanas tierras, bellas y brillantes y desconocidas para m铆. Por encima del mar se alzaban se帽oriales, arboladas terrazas de verdura donde se mostraban, aqu铆 y all谩, los blancos tejados brillantes y las columnatas de extra帽os templos. Conforme nos acerc谩bamos a la verde costa, el hombre barbado me contaba de esa tierra, la tierra de Zar, donde habitan todos los sue帽os y pensamientos, bellos y olvidados, de los hombres. Y cuando mir茅 de nuevo sobre de las terrazas, comprob茅 que era cierto lo que dec铆a; porque entre los paisajes que contemplaba estaban muchas de las cosas que vi, alguna vez, entre la niebla m谩s all谩 del horizonte y en las fosforescentes profundidades del oc茅ano. Ah铆 estaban tambi茅n formas y fantas铆as m谩s espl茅ndidas que las que nadie haya conocido jam谩s: visiones de j贸venes poetas muertos en la indigencia antes que el mundo conociera sus visiones y sus sue帽os. Mas no pusimos pie en las inclinadas llanuras de Zar, porque cuentan que el que pisa esa tierra jam谩s ve de nuevo su costa natal.
Conforme el Barco Blanco navegaba silencioso a lo largo de las templadas terrazas de Zar, contemplamos, m谩s all谩 del distante horizonte, las c煤pulas de una enorme ciudad: Y el hombre barbado me dijo: “Esta es Thalarion, la ciudad de las mil maravillas, en ella se guardan todos los misterios que el hombre vanamente se ha esforzado en alcanzar”. Y acerc谩ndome, mir茅 de nuevo y vi que la ciudad era mucho m谩s grande que cualquier otra so帽ada o conocida anteriormente. Los domos de sus templos llegaban hasta los cielos, por lo que ning煤n hombre puede contemplar sus c煤spides. Y m谩s lejanas que el horizonte se extend铆an sus torvas murallas grises; sobre ellas apenas se vislumbraban algunos tejados horripilantes y ominosos, adornados a煤n con ricos frescos y esculturas seductoras. Ansiaba entrar en la fascinante y repulsiva ciudad. Y le supliqu茅 al hombre barbado que me desembarcara en el muelle reluciente al que conduce el colosal puente tallado de Akariel; pero 茅l, con gentileza, rechaz贸 mi petici贸n dici茅ndome: “En Thalarion, la ciudad de las mil maravillas, muchos entraron, ninguno regres贸. S贸lo deambulan en su interior demonios y alucinantes cosas que han dejado de ser hombres. Y blancas son sus calles por los huesos sin reposo de aqu茅llos que miraron a Lath铆, el 铆dolo que gobierna la ciudad”. As铆, el Barco Blanco dej贸 atr谩s las murallas del Thalarion y sigui贸, durante varias jornadas, al ave emigrante del mediod铆a cuyo luciente plumaje era del color del cielo del que lleg贸.
Arribamos entonces a una agradable costa alegrada por radiantes 谩rboles bajo el sol meridional y por nacientes flores que se extend铆an sobre el paisaje entero en hermosos vergeles de todos los colores. Desde las enramadas, m谩s all谩 de nuestra vista, proven铆an arrebatadores c谩nticos de l铆rica armon铆a entremezclados con d茅biles risas, tan deliciosas que, en mi avidez, apresur茅 a los remeros para que nos acercaran a buscar la escena. Y el hombre barbado no habl贸; simplemente me observaba conforme nos acerc谩bamos a la costa bordeada de lilas. De pronto, un viento nacido en las praderas florecientes y en los frondosos bosques, trajo un olor que me hizo estremecer. Aumentaba el viento y el aire estaba lleno de un h谩lito letal, era un olor carnal de plaga viva, de ciudades y cementerios descubiertos. Y conforme naveg谩bamos alucinados, alej谩ndonos de la perversa costa, el hombre barbado habl贸 por fin diciendo: “Esta es Xura, la tierra de los placeres inalcanzables”.
As铆, el Barco Blanco sigui贸 al ave celestial sobre tibios y benditos mares donde soplaban arom谩ticas brisas acariciadoras. Infatigables, navegamos d铆as y noches. Y cuando la luna estaba llena, pod铆amos escuchar las suaves canciones de los remeros, tan dulces como hab铆an sido aquella noche distante en que part铆 lejos de mi tierra natal. Y por 煤ltimo, anclamos bajo los rayos de luna en el puerto de Sona Nyl, al que protegen dos promontorios cristalinos que forman sobre el oc茅ano un arco resplandeciente. Esta es la tierra de la fantas铆a. Y caminamos hasta la verde costa sobre un dorado puente de rayos de luna.
No hay espacio ni tiempo en la tierra de Sona Nyl; nadie sufre, ni hay muerte. Y ah铆 viv铆 muchos eones. Son verdes sus huertos y pastizales; lucientes y fragantes son sus flores; azules las corrientes musicales; claros, frescos, sus arroyos; y augustos y solemnes son los templos, ciudades y castillos de Sona Nyl. No hay l铆mites en esa tierra. Donde termina una embelesadora visi贸n surge una m谩s bella. A trav茅s de sus campos y ciudades esplendorosas pasean sus habitantes conforme a sus deseos; gente dotada de alegr铆a pura y gracia sin l铆mite. Durante los eones que ah铆 viv铆, he caminado feliz por los jardines donde asoman extra帽as pagodas entre arbustos placenteros; donde capullos delicados cercan sus senderos. Escal茅 suaves colinas, contempl茅 desde sus cumbres fascinantes panoramas de hermosura con ciudades escarpadas que anidaban en florecientes valles. Y he visto refulgir, en el distante e infinito horizonte, las c煤pulas doradas de ciudades gigantescas. Y vi el centelleo del mar bajo la luna, las prominencias de cristal y el puerto so帽ador donde anclaba el Barco Blanco.
Fue de nuevo, bajo la luna llena en el a帽o inmemorial de Tharp, cuando vi lejana la silueta del ave celestial llam谩ndonos. Y sent铆 la primera excitaci贸n de la inquietud. Habl茅 entonces con el hombre barbado y le expres茅 mi ansia de partir hacia Cathuria, la remota, la que ning煤n hombre ha contemplado aunque todos creen que yace sostenida por los pilares de basalto del Oeste. Es la tierra del deseo y en ella resplandecen los perfectos ideales de todo lo que conocemos en todas partes; o, al menos, eso cuentan los hombres. Pero el hombre barbado me dijo: “Cu铆date de los peligrosos mares, de los que dicen los hombres que Cathuria yace. En Sona Nyl no hay dolor o muerte, pero ¿qui茅n puede decir qu茅 mentiras hay m谩s all谩 de los pilares de basalto del Oeste?”. Sin importarme, con la siguiente luna llena abord茅 el Barco Blanco. Y con el renuente hombre barbado dej茅 el alegre puerto con rumbo a inexplorados mares.
Y el ave celestial nos preced铆a en su vuelo y nos gui贸 hasta los pilares de basalto del Oeste; pero esta vez los remeros no cantaban sus c谩nticos bajo la luna llena. Con frecuencia quise imaginar la tierra de Cathuria con sus espl茅ndidos huertos y palacios y quise preguntarme qu茅 nuevos deleites me esperaban. “Cathuria —quise decirme— es la morada de los dioses; y la tierra de doradas ciudades incontables. Sus bosques son de s谩ndalo y 谩loe, dulces como los fragantes huertos de Camorin. Y los p谩jaros alegres trinan entre los 谩rboles sus arm贸nicas canciones. En las verdes y floreadas monta帽as de Cathuria, hay templos de rosado m谩rmol adornados con cuadros y esculturas deleitosas. En sus jardines murmuran frescas fuentes de plata con m煤sica encantada de las arom谩ticas aguas de los manantiales del r铆o Narg. Y, como sus avenidas, las ciudades de Cathuria est谩n rodeadas por murallas de oro. Extra帽as orqu铆deas florecen en los jardines de sus ciudades. Y de alabastro y coral son los lechos de sus perfumados lagos. En la noche, las calles y jardines son iluminados por alegres linternas construidas con valvas tricolores de tortugas, y resuenan las suaves notas del cantor y el la煤d. Y todas las casas de las ciudades de Cathuria son palacios, construidos, cada uno, sobre un fragante canal sobre las aguas del sagrado Narg. De p贸rfido y de m谩rmol son sus casas, techadas con oro reluciente que refleja los rayos del sol y aumenta el esplendor de sus ciudades, como si desde lejanas cumbres las contemplaran dioses felices. M谩s bello que ninguno es el palacio de Dorieb; de 茅l unos dicen que es un semidi贸s y otros que un dios. Alto es el palacio de Dorieb y numerosas las torres de m谩rmol sobre sus murallas. En sus altos salones se re煤nen multitudes y cuelgan los trofeos de las edades. El tejado es de oro puro, sostenido por altos pilares de azur y rub铆 con esculturas tales de h茅roes y de dioses que quien mira esas altas visiones cree que contempla el viviente Olimpo. Y el piso del palacio es de cristal, bajo 茅l fluyen las iluminadas aguas graciosas del Narg, alegradas con suntuosos peces desconocidos fuera de los l铆mites de la bella Cathuria.”
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De este modo me quise hablar de Cathuria; pero el hombre barbado quiso convencerme siempre de volver atr谩s, a las costas felices de Sona Nyl; porque Sona Nyl es conocida de los hombres mientras que Cathuria jam谩s, por nadie, ha sido contemplada.
Y en el trig茅simo primer d铆a de la persecuci贸n del ave, admiramos los pilares de basalto del Oeste. La bruma los amortajaba; por eso ning煤n hombre puede mirar m谩s all谩 de ellos o contemplar sus cumbres —que, en verdad, algunos cuentan, llegan hasta los cielos—. Me implor贸 de nuevo el hombre barbado; ped铆a volver atr谩s, mas no hice caso; porque desde la bruma, m谩s all谩 de los pilares de basalto, imagin茅 que proven铆an las notas de la煤des y canciones m谩s dulces que los m谩s dulces c谩nticos de Sona Nyl. Y me parecieron alabanzas en mi nombre; alabanzas para m铆 que hab铆a vivido en la tierra de la fantas铆a y m谩s all谩 de la luna llena. As铆, buscando el origen de esta melod铆a, el Barco Blanco naveg贸 en la niebla entre los pilares de basalto del Oeste. Y cuando call贸 la m煤sica y desapareci贸 la bruma, no contemplamos la tierra de Cathuria, sino un r谩pido mar impetuoso que venc铆a nuestra indefensa barca y la lanzaba hacia un final desconocido. Pronto lleg贸 a nuestros o铆dos el trueno distante de una ca铆da de aguas y apareci贸 ante nuestros ojos, en el lejano horizonte, la tit谩nica pulverizaci贸n de una monstruosa catarata, donde los oc茅anos del mundo se precipitan en la nada abismal. Entonces, con lagrimas en sus mejillas, el hombre barbado me dijo: “Hemos renunciado a la hermosa tierra de Sona Nyl, nunca la volveremos a contemplar. M谩s grandes son los dioses que los hombres y ellos han vencido”. Y cerr茅 mis ojos antes de que ocurriera el choque que sab铆a inminente, negando la visi贸n del ave celestial que bat铆a sus azules y burlonas alas sobre el borde del torrente.
Despu茅s del choque, vino la oscuridad. Y escuch茅 el alarido de cosas que no eran humanas y de los hombres. Se levantaron vientos tempestuosos del Este que me congelaron mientras me acurrucaba en la saliente de una roca h煤meda aparecida bajo mis pies. Mientras o铆a un nuevo golpe, abr铆 los ojos y me contempl茅 sobre la plataforma de este faro del que part铆 hace muchos eones. Abajo, en la oscuridad, apareci贸 la enorme, borrosa silueta de un nav铆o quebr谩ndose contra las rocas. Y conforme miraba sobre la desolaci贸n vi que la luz se hab铆a extinguido, por vez primera, desde que mi abuelo se encarg贸 de su cuidado.
Y en los 煤ltimos desvelos de la noche, entr茅 a la torre y vi en la pared un calendario que permanec铆a como lo hab铆a dejado la fecha en que part铆. Con el alba, baj茅 de la torre y vi el naufragio en las rocas; s贸lo encontr茅 un extra帽o p谩jaro azul cielo, muerto, y un solitario casco de una blancura m谩s intensa que la de la espuma de las olas o que la de la nieve de las monta帽as, destruido.
Y desde entonces, el oc茅ano calla sus secretos y muchas veces la alta luna llena ha brillado en los cielos; pero el Barco Blanco del Sur jam谩s ha vuelto.
FIN
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