-No podemos creerlo, señora Bantry -dijo el doctor Lloyd meneando su cabeza de grises cabellos con incredulidad.
La anciana señorita Marple dijo con su dulce voz:
-Seguramente, querida…
La señora Bantry continuó insistiendo obstinadamente.
-Ustedes no saben lo monĂłtona que es mi vida. Entre las dificultades del servicio, ir a la ciudad de compras, al dentista y a Ascot (lo que por cierto odia Arthur), y luego el jardĂn…
-¡Ah! -dijo el doctor Lloyd-. El jardĂn. Ya sabemos todos dĂłnde tiene usted puesto su corazĂłn, señora Bantry.
-Debe de ser muy bonito tener un jardĂn -dijo Jane Helier, la hermosa y joven actriz-. Es decir, cuando no hay que cavar y ensuciarse las manos. ¡Me gustan tanto las flores!
-El jardĂn -exclamĂł don Henry-. ¿No podrĂamos tomarlo como punto de partida? Vamos, señora. ¡El bulbo envenenado, los narcisos de la muerte, la hierba mortal!
-Pues nada mås -contestó la señora Bantry-, eso es todo.
Todos se quedaron sorprendidos. Aunque ya habĂan sido advertidos, no esperaban una brevedad semejante.
-Pero, mi querida señora -insistió don Henry-, tiene que haber algo mås. Lo que usted acaba de contarnos es un caso trågico, pero no tiene nada de problema.
Y mirando desafiadoramente a los reunidos les dijo con sencillez:
-Ya les dije que yo no sabĂa adornar las cosas y convertirlas en una verdadera historia.
-¡Aja! -exclamĂł don Henry ajustĂĄndose las gafas-. ¿Sabe, Scherezade, que es muy ingenioso su modo de desafiar nuestro ingenio? No estoy seguro de que no lo haya hecho a propĂłsito para estimular nuestra curiosidad. Propongo una ronda de preguntas. Señorita Marple, ¿quiere usted empezar?
-Me gustarĂa saber algo de la cocinera -dijo la señorita Marple-. DebĂa de ser una mujer muy tonta o muy inexperta.
-Ahora me toca a mà -dijo don Henry-, puesto que estoy sentado junto a la señorita Helier. Y quiero saber muchas cosas. Quiero que nos haga una breve descripción, señora Bantry, de todos los personajes.
-Bien -dijo don Henry-. Ya conozco a don Ambrose. Ahora pasemos a Sylvia. ¿CĂłmo dijo que se llamaba?
-Sylvia Keene. Era muy bonita, mucho. Rubia y con un cutis precioso. Tal vez no muy inteligente, mejor dicho, bastante estĂșpida.
-¡Oh, vamos, Dolly! -protestĂł su esposo.
-Es natural que Arthur no piense asĂ -dijo la señora Bantry en tono seco-. Pero era estĂșpida. En realidad nunca decĂa nada que valiera la pena escuchar.
-Era una de las criaturas mĂĄs agraciadas que he visto nunca -dijo el coronel Bantry acaloradamente-. Si la hubiesen visto jugando al tenis: encantadora, realmente encantadora. Y rebosaba simpatĂa. Era divertidĂsima y muy bonita. Apuesto a que todos los jĂłvenes pensaban asĂ.
-AhĂ es donde te equivocas -dijo la señora Bantry-. Las jĂłvenes asĂ no tienen encanto para los muchachos de hoy en dĂa. SĂłlo a los viejos chapados a la antigua como tĂș, Arthur, les gustan las chicas jĂłvenes.
-Ser joven no lo es todo -intervino Jane-. Hay que tener C.S.
-¡Oh! Yo dirĂa que unos cuarenta años. Llevaba algĂșn tiempo en la casa, creo que desde que Sylvia tenĂa once años. Era una persona de mucho tacto. Una de esas viudas que quedan en una situaciĂłn econĂłmica delicada, con muchos parientes aristĂłcratas, pero sin dinero. A mĂ no me gustaba mucho, pues nunca me han gustado las personas de manos blancas y largas, ni tampoco los gatos.
Don Henry contemplĂł a la anciana con curiosidad y al cabo dijo pensativo:
-De modo que esa joven pareja estaba prometida. ¿HacĂa mucho tiempo que eran novios?
-Cosa de un año. Don Ambrose se habĂa opuesto a su noviazgo pretextando que Sylvia era demasiado joven. Pero tras un año de relaciones se prometieron y la boda debĂa haberse celebrado muy pronto.
-¡Ah! ¿TenĂa alguna propiedad esa joven?
-Casi nada, sólo unas cien o doscientas libras al año.
-AhĂ no hay gato encerrado, Clithering -dijo el coronel Bantry riendo.
-Ahora le toca preguntar al doctor -dijo don Henry-. Yo me reservo por ahora.
-Creo que lo recuerdo, mĂĄs o menos -replicĂł la señora Bantry-. Dijeron que la muerte fue debida a envenenamiento por digitalina. ¿Lo digo bien?
El doctor Lloyd asintiĂł.
-El principio activo de la dedalera, la digitalina, actĂșa sobre el corazĂłn. Por cierto, que es una droga muy valiosa para ciertas afecciones cardĂacas. Es un caso muy curioso. Nunca hubiera pensado que tomar una infusiĂłn de hojas de dedalera pudiera resultar fatal. Se han exagerado mucho los daños producidos por comer hojas venenosas y bayas. Muy pocas personas comprenden que el principio vital o alcaloide ha de ser extraĂdo con mucho cuidado y elaboraciĂłn.
-La señora McArthur enviĂł el otro dĂa unos bulbos especiales a la señora Toomie -explicĂł la señorita Marple-. La cocinera los tomĂł por cebollas y, al comerlos, toda la familia se puso enferma.
-Pero no muriĂł nadie -dijo convencido el doctor Lloyd
-No, no se murió nadie -admitió la señorita Marple.
-Una amiga mĂa muriĂł envenenada por alimentos en mal estado -dijo Jane Helier.
-Debemos continuar con nuestro crimen -intervino don Henry.
-¿Crimen? -exclamĂł Jane sobresaltada-. CreĂa que se trataba de un accidente.
-Eso es fĂĄcil de responder -dijo la señora Bantry-. Por lo menos la Ășltima parte de la pregunta. Fue la propia Sylvia quien las llevĂł a la cocina. Formaba parte de sus ocupaciones diarias recoger la ensalada, las hierbas, los manojos de zanahorias, todas esas cosas que los jardineros nunca escogen bien. No les gusta coger nada tierno, esperan hasta que maduran demasiado. Sylvia y la señora Carpenter solĂan ir a buscarlas ellas mismas, y habĂa una mata de dedalera entre las de salvia en una esquina y por ello la equivocaciĂłn era bastante natural.
-Pero ¿las cogiĂł la propia Sylvia?
-Eso nadie lo sabe, se dio por supuesto.
-Las suposiciones son siempre muy peligrosas -comentĂł don Henry.
-¡Oh! Scherezade, Scherezade -dijo don Henry-. ¡Y pensar en cĂłmo nos presentĂł su historia al principio! Nos dio los huesos pelados y hay que ver la carne que vamos encontrando ahora en ellos.
-No hable usted asĂ, no sea tan macabro -dijo la señora Bantry-. Y no emplee la palabra carne. Los vegetarianos siempre lo hacen. Dicen “yo nunca como carne” de un modo que le quitan a uno las ganas de comerse la chuleta que tiene delante. El señor Curie era vegetariano y solĂa desayunar una especie de mejunje parecido al salvado. Los ancianos encorvados que llevan barba suelen tener muchas manĂas y llevan ropa interior muy particular.
-Nada -replicó la señora Bantry muy digna-. Sólo lo imagino.
-Voy a rectificar mi declaraciĂłn -dijo don Henry-. Debo reconocer que los personajes de este drama son muy interesantes. Empiezo a conocerlos a todos. ¿Verdad, señorita Marple?
-La naturaleza humana es siempre interesante, don Henry. Y es curioso ver cĂłmo cierto tipo de personas tiende a actuar siempre del mismo modo.
-Lo que quiero decir es que quienquiera que planease el crimen lo hizo de un modo muy particular. O bien con una fe ciega en la casualidad o con un desprecio absoluto de la vida humana. Apenas puedo creer que exista un hombre capaz de envenenar deliberadamente a ocho personas con el objeto de suprimir a una de ellas.
-Ya veo por dĂłnde va -dijo don Henry pensativo-. Confieso que debiera haber pensado en esto.
-De modo que los Ășnicos que podĂan realmente beneficiarse de la muerte de don Ambrose eran un hijo que no estaba allĂ y la muchacha que falleciĂł -resumiĂł don Henry, pensativo-. No resulta muy prometedor.
-¿La otra mujer no heredĂł nada? -preguntĂł Jane-. Ăsa que la señora Bantry califica de “gata”.
-En el testamento no constaba su nombre -dijo la señora Bantry.
-Señorita Marple, no nos escucha usted -le dijo don Henry-, parece estar muy lejos.
Hubo una pausa, durante la cual don Henry miró fijamente a la señorita Marple, quien no apartó sus ojos azules e inteligentes hasta que Jane Helier rompió el silencio con una pregunta.
-¿La señora Carpenter era bien parecida? -preguntĂł.
-SĂ, pero sencilla, nada llamativa.
-TenĂa una voz muy agradable -dijo el coronel Bantry.
-Ronroneante, asĂ es como yo la llamo -intervino la señora Bantry-. ¡Ronroneante!
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