¡HOLA, queridos lectores! Es un placer para mĂ dirigirme a ustedes como cada jornada para compartir un relato inolvidable. En esta oportunidad viajamos a Alemania para leer un cautivador relato del Nobel Hermann Hesse. Aprovecho para recordarte que estos tiempos nos invita a leer su novela "Demian", altamente recomendada. Pero ahora, disfrutemos de este cuento ¡Leamos!
LA LEYENDA DEL REY INDIO
En la antigua India de los dioses, muchos siglos antes del advenimiento de Gotama Buda el excelso, sucedió que los brahmanes ungieron a un nuevo rey. Este joven monarca gozó de la confianza y las enseñanzas de dos sabios varones que le enseñaron a purificarse mediante el ayuno, a someter a la voluntad los impulsos tormentosos de su sangre y a preparar su mente para el entendimiento del Todo y Uno.
En efecto, por esta Ă©poca habĂan estallado entre los brahmanes ardorosas polĂ©micas sobre los atributos de los dioses, sobre las relaciones de unas divinidades con otras y sobre las de Ă©stas con el Todo y Uno. Algunos pensadores empezaban a negar la existencia de mĂșltiples divinidades, y postulaban que los nombres de Ă©stas no eran mĂĄs que denominaciones de los aspectos sensibles del Uno invisible. Otros negaban con apasionamiento estas doctrinas y se aferraban a las viejas divinidades, sus nombres y sus imĂĄgenes; ellos precisamente no creĂan que el Todo y Uno fuese un ser concreto, sino sĂłlo un nombre aplicado al conjunto de todas las divinidades. De manera similar, para unos las palabras sagradas de los himnos eran creaciones temporales, y por consiguiente mudables, mientras otros las tenĂan por primigenias y la Ășnica cosa autĂ©nticamente inmutable. En estos aspectos del conocimiento de lo sagrado, lo mismo que en los de… se manifestaba el afĂĄn de llegar a conocer las verdades Ășltimas, y por eso dudaban y discutĂan sin descanso de quĂ© fuese el EspĂritu mismo, o sĂłlo su nombre, otros rechazaban esta distinciĂłn entre el EspĂritu y la palabra, considerando que el ser y su imagen eran entidades inseparables. Casi dos mil años mĂĄs tarde los mejores ingenios de la Edad Media occidental discutirĂan casi exactamente los mismos puntos. Y aquende como allende hubo pensadores serios y luchadores desinteresados, pero tambiĂ©n hubo prebendados desprovistos de espĂritu y de caridad a quienes preocupaba Ășnicamente que tales discusiones no redundasen en el desprestigio del culto o del templo, ni que la libertad de pensamiento o de discusiĂłn sobre la naturaleza de las divinidades fuese a mermar, por ventura, el poderĂo ni las rentas de la casta sacerdotal. Lo que ellos querĂan era seguir viviendo como parĂĄsitos del pueblo; cuando el hijo o la vaca de alguno caĂan enfermos, los sacerdotes se le metĂan en casa durante semanas y le chupaban toda la hacienda en forma de ofrendas y de sacrificios.
Y tambiĂ©n aquellos dos brahmanes de cuyas enseñanzas disfrutaba el rey, siempre ĂĄvido de saber, estaban reñidos en cuanto a las verdades Ășltimas. Pero como ambos tenĂan fama de gran sabidurĂa, el rey, entristecido por tal desavenencia, solĂa decirse: «Si ni siquiera estos dos sabios consiguen ponerse de acuerdo en cuando a la verdad, ¿cĂłmo podrĂ© conocerla nunca yo, con mi flaco entendimiento? No dudo de que debe existir una verdad Ășnica e indivisible, pero me temo que ni siquiera los brahmanes puedan llegar a conocerla con seguridad».
Cuando los interrogaba al respecto, sus dos preceptores contestaban:
-Muchos son los caminos, pero el destino es Ășnico. Ayuna, mortifica las pasiones de tu corazĂłn, recita las estrofas sagradas y medita acerca de ellas.
El rey hizo de buena gana lo que le aconsejaban, y realizĂł grandes progresos en la sabidurĂa, pero sin alcanzar nunca su meta de poder contemplar la verdad Ășltima. Cierto que logrĂł superar las pasiones de la sangre, asĂ como aborrecer los deseos y los placeres animales. E incluso para comer y beber tomaba solamente lo indispensable (un plĂĄtano al dĂa y unos granos de arroz). AsĂ se purificaba de cuerpo y espĂritu, y enfocaba al objetivo definitivo todas sus fuerzas e impulsos de su alma. Las palabras sagradas, cuyas sĂlabas antes le parecĂan monĂłtonas y vacĂas, desplegaban ahora para Ă©l todos los encantos de su magia y le dispensaban consuelo Ăntimo. En estos torneos y ejercicios de la razĂłn iba conquistando premio tras premio. Pero siguiĂł sin hallar la clave del secreto final y de todos los misterios del ser, y eso lo tenĂa triste y cariacontecido.
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Entonces decidiĂł disciplinarse por medio de una gran penitencia. Para lo cual se encerrĂł durante cuarenta dĂas en la mĂĄs apartada de sus estancias sin probar bocado y durmiendo en el suelo, sin manta ni almohada. Su cuerpo enflaquecido exhalaba un aroma de pureza, su rostro delgado relucĂa de un brillo interior y su mirada avergonzaba a los brahmanes por la ecuanimidad purĂsima que traslucĂa. Superada esta prueba de cuarenta dĂas, convocĂł a todos los brahmanes en el atrio del templo para que ejercitasen su ingenio en la resoluciĂłn de las cuestiones mĂĄs difĂciles. Y mandĂł traer vacas blancas con las frentes adornadas de cadenas de oro, como premio para los vencedores del concurso.
Los sacerdotes y los sabios acudieron, tomaron asiento y se enzarzaron sin demora en la batalla de las ideas y de las palabras. Paso a paso demostraron la exacta correspondencia entre los dos mundos, el sensible y el del espĂritu, afilaron sus inteligencias en la interpretaciĂłn de los versĂculos sagrados y disertaron sobre el Brahma y el Atman. El ser elemental de cien brazos fue comparado con el viento, con el fuego, con el agua, con la sal disuelta en el agua, con la uniĂłn del hombre y la mujer. TambiĂ©n idearon parĂĄbolas e imĂĄgenes para describir el Brahma creador de dioses que son mĂĄs grandes que el mismo Brahma, y distinguieron entre el Brahma creador y el que encierra en sĂ lo creado, de manera que procuraban compararlo consigo mismo. Y argumentaron brillantemente sobre si el Atman es anterior a su nombre, o si su nombre es idĂ©ntico a su esencia o sĂłlo una creaciĂłn de Ă©sta.
Una y otra vez intervino el rey proponiendo temas para nuevos interrogantes. Sin embargo, cuanto mĂĄs prodigaban los brahmanes sus respuestas y sus explicaciones, mĂĄs solo y abandonado se hallaba entre ellos el rey. Cuando mĂĄs preguntaba y asentĂa al escuchar las respuestas, y mandaban que fuesen premiadas las mĂĄs ingeniosas, mĂĄs ardĂa en su anterior el anhelo de la verdad misma. Pues bien se daba cuenta de que todos aquellos discursos y anĂĄlisis no servĂan sino para dar vueltas alrededor de ella, pero sin tocarla nunca. Nadie lograba entrar en el cĂrculo interior. De manera que, conforme iba proponiendo preguntas y repartĂa honores, se veĂa a sĂ mismo como un niño dedicado junto con otros niños a una especie de juego. Hermoso, sĂ, pero de los que provocan sonrisas indulgentes por parte de los hombres adultos.
Por eso el rey fue ensimismĂĄndose cada vez mĂĄs, pese a hallarse en medio de la gran asamblea. CerrĂł todos los sentidos y dirigiĂł su voluntad ardiente a ese foco, la verdad, pues sabĂa que todos los seres participan de ella y duerme en el interior de cada uno, tambiĂ©n en el de los reyes. Y como era un ser puro, en cuyo interior no subsistĂa ninguna escoria, fue encontrando suficiencia y claridad dentro de sĂ mismo. Cuanto mĂĄs se sumĂa en sĂ, mayor era la luz que percibĂa, como el que camina dentro de una caverna y cada paso le lleva mĂĄs y mĂĄs cerca del resplandor de la salida.
Mientras tanto, los brahmanes continuaron largo rato hablando y discutiendo, sin darse cuenta de que el rey estaba como sordo y mudo. Se exaltaban, alzaban las voces cada vez mĂĄs, y no pocos manifestaban asĂ la envidia por las vacas que habĂan correspondido a otros.
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Hasta que, por fin, uno de ellos reparĂł en la distracciĂłn del monarca. Interrumpiendo su discurso, levantĂł la mano y lo señalĂł con el dedo, y su interlocutor callĂł e hizo lo mismo, y el vecino de Ă©ste tambiĂ©n. Al fondo del atrio algunos grupos alborotaban y charlaban todavĂa, pero la mayorĂa guardaba un silencio sepulcral. Hasta que callaron todos, sentados sin decir nada y mirando al rey, que se mantenĂa erguido, el semblante impasible, la vista dirigida al infinito. Y su rostro irradiaba una luz frĂa y clara como la de una estrella. Entonces todos los brahmanes se inclinaron ante su Ă©xtasis y comprendieron que cuanto estaban haciendo era sĂłlo un juego de niños, mientras que el personaje real estaba habitado por Dios mismo, el epĂtome de todos los dioses.
Pero el rey, cuyos sentidos estaban fundidos en la unidad y vueltos hacia lo interior, seguĂa contemplando la verdad misma, indivisible, en forma de luz pura que infundĂa en su interior una certeza dulcĂsima, a la manera en que un rayo de sol cuando atraviesa una piedra preciosa la convierte en luz y sol, con lo que criatura y creador se hacen uno.
Luego volviĂł en sĂ, y cuando mirĂł a su alrededor, sus ojos reĂan y su frente brillaba como un lucero. DespojĂĄndose de sus ropas, saliĂł del templo, saliĂł de la ciudad y del reino, y se adentrĂł desnudo en la selva, donde desapareciĂł para siempre.
FIN
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