Leamos "Retrato de familia", cuento de Rosa Montero

Un relato conmovedor sobre el amor, la muerte y la fugacidad de la existencia, a partir de una foto del Voyager y una tarde cualquiera en la playa.

"Retrato de familia", cuento de Rosa Montero
Imagen generada con AI. 

En Retrato de familia, Rosa Montero entrelaza lo c贸smico y lo 铆ntimo en una escena aparentemente cotidiana: una pareja de ancianos toma el sol en la playa cuando, de pronto, 茅l sufre un colapso. 

Mientras Isabel contempla una fotograf铆a del Voyager que muestra la Tierra como un punto diminuto en el universo, presencia el posible final de la vida de su esposo Antonio. 

En medio del calor abrasador, la multitud de curiosos y los pensamientos que viajan entre recuerdos y galaxias, la narraci贸n se convierte en una profunda meditaci贸n sobre la fragilidad humana, el paso del tiempo y el lugar diminuto que ocupamos en la vastedad del cosmos.

RETRATO DE FAMILIA


Isabel se ajust贸 las gafas y contempl贸 la fotograf铆a admirativamente. Ocupaba las p谩ginas centrales de la revista y centelleaba como una joya oscura. A la derecha, un sol incandescente; a la izquierda, la vastedad inimaginable del espacio.

Y ah铆, perdidos entre el polvo estelar, estaban Venus y la Tierra, dos menudencias apenas visibles flotando en la negrura chisporroteante. Era una imagen conseguida por el Voyager, la primera foto del sistema solar, el primer retrato de familia. La mujer suspir贸. Antonio se incorpor贸 con brusquedad, una mano arrugando el borde de la toalla y la otra sujet谩ndose ansiosamente el pecho.

—Me siento mal —dijo.

Y se dej贸 caer sobre la felpa a rayas.

—Eso es el sol. Te dije que te taparas la cabeza

—le reconvino Isabel en tono distra铆do y sin abandonar la lectura. Antonio jade贸. La mujer baj贸 la revista y le observ贸 con mayor atenci贸n. El hombre permanec铆a muy quieto y su rostro ten铆a una expresi贸n blanda y descompuesta, como si fuera a quebrarse en un sollozo.

—¿Qu茅 te pasa? —se inquiet贸 Isabel.

—Me siento mal —repiti贸 茅l en un ronco susurro, con los ojos desencajados y prendidos en el cielo sin nubes.

Transpiraba. La calva del hombre se hab铆a perlado s煤bitamente de brillantes gotitas. Claro, que hac铆a mucho calor. M谩s abajo, los profundos pliegues de la sotabarba eran peque帽os r铆os, y, m谩s abajo a煤n, el pecho cubierto de canosos vellos y el prominente est贸mago reluc铆an alegremente en una espesa mezcla de sudor y ung眉entos achicharrantes.

Pero las gotas de la calva eran distintas, tan duras, claras y esf茅ricas como si fueran de cristal. L谩grimas de vidrio para una frente de m谩rmol. Porque estaba poni茅ndose muy p谩lido.

—Pero, Antonio, ¿qu茅 sientes, qu茅 te duele?

—se angusti贸 ella.

—Tengo miedo —dijo el hombre con voz clara.

Tiene miedo, se repiti贸 Isabel confusamente.

La mano se crispaba sobre su pecho. La mujer se la cogi贸: estaba fr铆a y h煤meda. Le alis贸 los dedos con delicadeza, como quien alisa un papel arrugado.

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Esos dedos moteados por la edad. Esa carne blanda y conocida. Apret贸 suavemente la mano de su marido, como hac铆a a veces, por las noches, justo antes de dormirse, cuando se sent铆a caer en el agujero de los sue帽os. Pero Antonio segu铆a contemplando el cielo fijamente, como si estuviera enfadado con ella.

—Ya han ido a buscar al m茅dico —dijo alguien i su lado.

Isabel alz贸 el rostro. Estaba rodeada por un muro de piernas desnudas. Piernas peludas, piernas adiposas, piernas rectas como varas, piernas satinadas y aceitosas, atent铆simas piernas de ba帽istas curiosos. Entre muslo y muslo, en una esquina, vio la l铆nea espumeante y rizada del mar.

—Gracias.

El muro de mirones la asfixiaba. Baj贸 la cabeza y descubri贸 la revista, medio enterrada junto a sus rodillas, a煤n abierta por la p谩gina del Voyager.

Los granos de arena que se hab铆an adherido al papel satinado parec铆an min煤sculos planetas en relieve. Estamos en la foto, se dijo Isabel con desmayo; lo incre铆ble es que estamos en la foto. Ah铆, en esa diminuta chispa de luz que era la Tierra, estaba la playa, y la toalla de rayas azules, y el bosque de piernas. Y Antonio jadeando. Aunque no, la foto hab铆a sido tomada tiempo antes, a saber qu茅 habr铆an estado haciendo ellos en ese momento. Quiz谩 el disparo de la c谩mara los pill贸 durmiendo, o jugando con los nietos, o cort谩ndose las u帽as. O quiz谩 sucediera el domingo pasado, cuando Antonio y ella fueron a bailar para festejar el comienzo de sus vacaciones. Era en una terraza del paseo Mar铆timo, con orquestina y todo; trotaron y giraron y rieron y bebieron lo suficiente como para ponerse las orejas al rojo y el coraz贸n ligero, y luego, a eso de las once, cay贸 un chaparr贸n. El aire ol铆a a tierra caliente y reci茅n mojada, ol铆a a otros veranos y otras lluvias, y regresaron al hotel dando un paseo, cogidos del brazo e inmersos en el aroma de los tiempos perdidos. S铆, 茅se tuvo que ser el momento justo de la foto, una peque帽a y c谩lida noche terrestre encerrada en la helada y colosal noche es telar. Antonio gimi贸 e hizo girar los ojos en sus 贸rbitas.

—Me estoy muriendo.

—No digas tonter铆as —contest贸 Isabel—.

Uno no puede morirse con el sol que hace.

Era verdad. ¿D贸nde se hab铆a visto una muerte a pleno sol, una muerte tan p煤blica, tan iluminada, tan imp煤dica? Isabel parpade贸, mareada. Hac铆a tanto calor que no se pod铆a pensar. Y la luz. Esa luz cegadora, irreal, como la de los sue帽os. Resta帽贸 el sudor de la frente de Antonio con la toalla de rayas azules y luego, tras doblarla primorosamente, se la coloc贸 bajo la nuca. Antonio se dejaba hacer, r铆gido y engarabitado. Ten铆a las mejillas blancas y los labios morados.

—Mam谩, ¿est谩 muerto ese se帽or? —pregunt贸 un ni帽o a voz en grito se帽al谩ndolos con un cucurucho de helado.

—Shhhh, calla, calla…

En el c铆rculo de piernas expectantes no corr铆a ni una brizna de aire; ol铆a a aceite bronceador y a salitre, a carne caliente y podredumbre marina.



Al ni帽o le goteaba la vainilla del helado por la mano. Tendr茅 que pasar por la cester铆a y anular el encargo del sill贸n, se dijo Isabel, abrumada por el sofoco, por el peso de la luz y el estupor. De la orilla llegaron las risas de un par de muchachos y el retumbar pasajero de una radio. La fr铆a mano de Antonio apret贸 t铆midamente la suya, como hac铆an, a veces, antes de dormirse; pero ahora el hombre jadeaba y contemplaba el cielo con los ojos muy abiertos, unos ojos oscurecidos por el p谩nico. Tan indefenso como un reci茅n nacido. Isabel sorbi贸 las l谩grimas y, por hacer algo, se puso a limpiar de arena el cuerpo de su marido.

—No te preocupes, el m茅dico debe de estar a punto de llegar.

Y tambi茅n ella mir贸 hacia arriba, intentando entrever, m谩s all谩 de la l谩mina de aire azul brillante, la gran noche del tiempo y del espacio.

Tomado de: Rosa Montero, Amantes y enemigos, Ed. Alfaguara.


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Mar de fondo

饾惖饾憻饾懄饾憥饾憶 饾憠饾憱饾憴饾憴饾憥饾憪饾憻饾憭饾懅 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudi茅 Comunicaciones, Sociolog铆a y soy autor del libro "Las vidas que tom茅 prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "饾憟饾憶 饾憫饾憱́饾憥 饾憴饾憭饾憱́饾憫饾憸 饾憶饾憸 饾憭饾憼 饾憿饾憶 饾憫饾憱́饾憥 饾憹饾憭饾憻饾憫饾憱饾憫饾憸."

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