“La muerte de un funcionario” de Anton Chéjov, un clásico sobre el miedo, el absurdo y la obsesión social.

La muerte de un funcionario, cuento de Antón Chéjov.
¡Hola, lectores! 😀 Hoy retomamos a uno de los grandes maestros del cuento universal: Anton Chéjov, escritor ruso cuya capacidad para retratar las debilidades humanas sigue sorprendiendo incluso más de un siglo después de su muerte.
En esta oportunidad, nos acercamos a “La muerte de un funcionario”, uno de sus relatos más conocidos y estudiados. En apenas unas páginas, Chéjov construye una historia donde el absurdo, la ansiedad social y la obsesión psicológica terminan apoderándose por completo de un hombre común.
Este cuento no solo destaca por su ironía y humor negro, sino también porque retrata con enorme precisión cómo el miedo al poder, la vergüenza y la culpa pueden destruir a una persona desde dentro. Por eso, sigue siendo un texto vigente, incómodo y profundamente humano.
¿De qué trata “La muerte de un funcionario” de Anton Chéjov?
“La muerte de un funcionario” cuenta la historia de Iván Dmitrievitch Tcherviakof, un humilde funcionario que, mientras asiste al teatro, estornuda accidentalmente sobre un consejero del Estado.
Aunque el incidente parece insignificante, Tcherviakof empieza a obsesionarse con la idea de haber ofendido a un hombre importante. Lo que sigue es una cadena de disculpas cada vez más incómodas, humillantes y desesperadas.
Con un estilo sencillo pero demoledor, Anton Chéjov transforma un hecho cotidiano en una crítica feroz a la burocracia, el servilismo y el miedo social. El cuento también explora cómo una idea obsesiva puede crecer hasta destruir completamente la tranquilidad de una persona.
Lectura completa de “La muerte de un funcionario”
LA MUERTE DE UN FUNCIONARIO
El gallardo alguacil Iván Dmitrievitch Tcherviakof se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville. Miraba y se sentía del todo feliz…, cuando, de repente… —en los cuentos ocurre muy a menudo el «de repente»; los autores tienen razón: la vida está llena de imprevistos—, de repente su cara se contrajo, guiñó los ojos, su respiración se detuvo…, apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y… ¡pchi!, estornudó. Como usted sabe, todo esto no está vedado a nadie en ningún lugar.
Los aldeanos, los jefes de Policía y hasta los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan…, a consecuencia de lo cual Tcherviakof no hubo de turbarse; secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que es, miró en derredor suyo, para enterarse de si había molestado a alguien con su estornudo. Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que un viejecito, sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba cuidadosamente el cuello y la calva con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Tcherviakof reconoció al consejero del Estado Brischalof, que servía en el Ministerio de Comunicaciones.
—Le he salpicado probablemente —pensó Tcherviakof—; no es mi jefe; pero de todos modos resulta un fastidio…; hay que excusarse.
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Tcherviakof tosió, se echó hacia delante y cuchicheó en la oreja del consejero:
—Dispénseme, excelencia, le he salpicado…; fue involuntariamente…
—No es nada…, no es nada…
—¡Por amor de Dios! Dispénseme. Es que yo…; yo no me lo esperaba…
—Esté usted quieto. ¡Déjeme escuchar!
Tcherviakof, avergonzado, sonrió ingenuamente y fijó sus miradas en la escena. Miraba; pero no sentía ya la misma felicidad: estaba molesto e intranquilo. En el entreacto se acercó a Brischalof, se paseó un ratito al lado suyo y, por fin, dominando su timidez, murmuró:
—Excelencia, le he salpicado… Hágame el favor de perdonarme… Fue involuntariamente.
—¡No siga usted! Lo he olvidado, y usted siempre vuelve a lo mismo —contestó su excelencia moviendo con impaciencia los hombros.
“Lo ha olvidado; mas en sus ojos se lee la molestia —pensó Tcherviakof mirando al general con desconfianza—; no quiere ni hablarme… Hay que explicarle que fue involuntariamente…, que es la ley de la Naturaleza; si no, pensará que lo hice a propósito, que escupí. ¡Si no lo piensa ahora, lo puede pensar algún día!…”
Al volver a casa, Tcherviakof refirió a su mujer su descortesía. Mas le pareció que su esposa tomó el acontecimiento con demasiada ligereza; desde luego, ella se asustó; pero cuando supo que Brischalof no era su «jefe», se calmó y dijo:
—Lo mejor es que vayas a presentarle tus excusas; si no, puede pensar que no conoces el trato social.
—¡Precisamente! Yo le pedí perdón; pero lo acogió de un modo tan extraño…; no dijo ni una palabra razonable…; es que, en realidad, no había ni tiempo para ello.
Al día siguiente, Tcherviakof vistió su nuevo uniforme, se cortó el pelo y se fue a casa de Brischalof a disculparse de lo ocurrido. Entrando en la sala de espera, vio muchos solicitantes y al propio consejero que personalmente recibía las peticiones. Después de haber interrogado a varios de los visitantes, se acercó a Tcherviakof.
—Usted recordará, excelencia, que ayer en el teatro de la Arcadia… —así empezó su relación el alguacil —yo estornudé y le salpiqué involuntariamente. Dispen…
—¡Qué sandez!… ¡Esto es increíble!… ¿Qué desea usted?
Y dicho esto, el consejero se volvió hacia la persona siguiente.
“¡No quiere hablarme! —pensó Tcherviakof palideciendo—. Es señal de que está enfadado… Esto no puede quedar así…; tengo que explicarle…”
Cuando el general acabó su recepción y pasó a su gabinete, Tcherviakof se adelantó otra vez y balbuceó:
—¡Excelencia! Me atrevo a molestarle otra vez; crea usted que me arrepiento infinito… No lo hice adrede; usted mismo lo comprenderá…
El consejero torció el gesto y con impaciencia añadió:
—¡Me parece que usted se burla de mí, señor mío!
Y con estas palabras desapareció detrás de la puerta.
“Burlarme yo? —pensó Tcherviakof, completamente aturdido—. ¿Dónde está la burla? ¡Con su consejero del Estado; no lo comprende aún! Si lo toma así, no pediré más excusas a este fanfarrón. ¡Que el demonio se lo lleve! ¡Le escribiré una carta, pero yo mismo no iré más! ¡Le juro que no iré a su casa!”
A tales reflexiones se entregaba tornando a su casa. Pero, a pesar de su decisión, no le escribió carta alguna al consejero. Por más que lo pensaba, no lograba redactarla a su satisfacción, y al otro día juzgó que tenía que ir personalmente de nuevo a darle explicaciones.
—Ayer vine a molestarle a vuecencia —balbuceó mientras el consejero dirigía hacia él una mirada interrogativa—; ayer vine, no en son de burla, como lo quiso vuecencia suponer. Me excusé porque estornudando hube de salpicarle… No fue por burla, créame… Y, además, ¿qué derecho tengo yo a burlarme de vuecencia? Si nos vamos a burlar todos, los unos de los otros, no habrá ningún respeto a las personas de consideración… No habrá…
—¡Fuera! ¡Vete ya! —gritó el consejero temblando de ira.
—¿Qué significa eso? —murmuró Tcherviakof inmóvil de terror.
—¡Fuera! ¡Te digo que te vayas! —repitió el consejero, pataleando de ira.
Tcherviakof sintió como si en el vientre algo se le estremeciera. Sin ver ni entender, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y volvió lentamente a su casa… Entrando, pasó maquinalmente a su cuarto, se acostó en el sofá, sin quitarse el uniforme, y… murió.
FIN
Análisis literario de “La muerte de un funcionario”
Anton Chéjov construye en este relato una sátira brillante sobre la burocracia y las jerarquías sociales de la Rusia imperial. Lo más impactante es que el conflicto nace de un hecho completamente insignificante: un estornudo.
Sin embargo, el verdadero drama no está en el incidente, sino en la mente del protagonista. Tcherviakof se obsesiona tanto con la idea de haber ofendido a una autoridad que termina destruyéndose emocionalmente.
El cuento también evidencia cómo el miedo, la inseguridad y el servilismo pueden deformar la percepción de la realidad. Chéjov transforma así una situación cotidiana en una tragedia absurda y profundamente humana.
Temas principales
- La obsesión psicológica.
- El miedo al poder y la autoridad.
- La humillación social.
- La burocracia y el servilismo.
- El absurdo de las relaciones jerárquicas.
- La ansiedad y la culpa.
Personajes y función simbólica
Iván Dmitrievitch Tcherviakof: representa al individuo pequeño, inseguro y sometido por las estructuras sociales. Su obsesión refleja cómo el miedo puede destruir la estabilidad mental.
Brischalof: simboliza la autoridad distante y burocrática. Aunque inicialmente minimiza el incidente, termina reaccionando violentamente ante la insistencia del protagonista.
La esposa de Tcherviakof: representa la normalización de las normas sociales y la necesidad constante de mantener las apariencias.
Estilo y contexto
El estilo de Anton Chéjov se caracteriza por la precisión, la economía narrativa y la ironía. En muy pocas páginas logra construir tensión psicológica y una crítica social poderosa.
Además, el autor evita los discursos largos y prefiere sugerir emociones a través de pequeños gestos, silencios y pensamientos internos. Esa sencillez aparente es precisamente una de las razones por las que Chéjov sigue siendo considerado uno de los grandes maestros del cuento moderno.
En el contexto de la Rusia zarista, el relato también funciona como una crítica a la rigidez burocrática y a la obsesión por el rango social.
¿Por qué leer “La muerte de un funcionario” hoy?
Porque seguimos viviendo en sociedades donde muchas personas sienten miedo frente a la autoridad, ansiedad ante el juicio ajeno y presión constante por “comportarse correctamente”.
El cuento de Chéjov sigue siendo actual porque retrata algo profundamente humano: cómo una idea obsesiva puede crecer hasta dominar nuestra vida.
Además, es una lectura ideal para quienes disfrutan los relatos breves con profundidad psicológica, ironía y finales memorables.
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Y tú, lector, ¿qué opinas de este cuento? ¿Crees que Tcherviakof exageró o piensas que el miedo social puede realmente destruir a una persona? Te leo en los comentarios.
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