10 cuentos de León Tolstói con valores para niños y adultos

10 cuentos de León Tolstói para niños y adultos: relatos completos para leer en familia

Niño leyendo cuentos de León Tolstói para niños y adultos
9 cuentos de Tolstói para niños y adultos 

¡Queridos, lectores! 😀León Tolstói no solo escribió obras monumentales como Guerra y paz o Ana Karenina. También dejó una serie de cuentos breves, profundos y llenos de humanidad que pueden ser leídos tanto por niños como por adultos.

En esta selección encontrarás cuentos de León Tolstói completos, ideales para leer en familia, conversar sobre valores y acercar a los más pequeños al mundo de la literatura rusa. Sus relatos hablan de la amistad, la compasión, la felicidad, el egoísmo, el miedo y la naturaleza humana con una sencillez conmovedora.

Si buscas cuentos clásicos para niños, relatos con moraleja o lecturas breves para compartir con tus hijos, esta recopilación puede ser una excelente puerta de entrada al universo de Tolstói.

¿Quién fue León Tolstói?

León Tolstói fue uno de los escritores más importantes de la literatura universal. Nació en Rusia en 1828 y es reconocido por novelas fundamentales como Guerra y paz y Ana Karenina. Sin embargo, su obra no se limitó a la gran novela: también escribió ensayos, textos filosóficos, fábulas y cuentos breves.

Muchos de sus relatos estaban pensados para enseñar, conmover y hacer reflexionar. Tolstói creía que la literatura podía ser una herramienta moral y educativa. Por eso, varios de sus cuentos tienen una estructura sencilla, personajes reconocibles y una enseñanza final que invita al lector a pensar.

El nivel de sensibilidad de este autor era admirable; así lo demuestra aquí, en la carta de despedida que escribió para su esposa Sofía. 

El aporte de León Tolstói a la literatura infantil

Aunque muchas personas conocen a Tolstói por sus grandes novelas, el escritor ruso también tuvo un profundo interés por la educación de los niños. Fundó una escuela para campesinos en su tierra natal y escribió textos pensados para enseñar a leer y escribir.

Algunos de estos relatos formaron parte de materiales educativos como su famoso Abecedario. En ellos, Tolstói buscaba transmitir ideas complejas con palabras simples. Esa es una de las razones por las que sus cuentos siguen siendo leídos por niños, jóvenes y adultos.

¿Por qué leer cuentos clásicos con los hijos?

Fortalece el vínculo emocional

Leer con los hijos crea momentos de cercanía, cariño y conversación. Una historia compartida puede convertirse en un recuerdo familiar duradero.

Estimula la imaginación

Los cuentos permiten imaginar otros mundos, otros personajes y otras formas de vivir. En el caso de Tolstói, cada relato abre una pequeña ventana hacia dilemas humanos profundos.

Mejora el vocabulario y la comprensión lectora

La lectura compartida ayuda a los niños a descubrir nuevas palabras, comprender mejor las frases y desarrollar una relación más natural con los libros.

Transmite valores sin imponerlos

Los cuentos de Tolstói no predican de manera pesada. Más bien, muestran situaciones donde el lector puede descubrir por sí mismo una enseñanza.

Índice de cuentos de León Tolstói incluidos en este artículo

9 cuentos de León Tolstói para niños y adultos

A continuación, compartimos una selección de cuentos completos de León Tolstói. Son relatos breves, pero de enorme profundidad moral y literaria.

El león y el perrito, cuento de León Tolstói

Un conmovedor relato sobre la amistad, la lealtad y el dolor de la pérdida. Este cuento muestra cómo incluso una fiera puede sentir ternura y afecto.

En un jardín zoológico de Londres se mostraban las fieras al público a cambio de dinero o de perros y gatos que servían para alimentarlas. Un hombre que deseaba verlas y que no tenía dinero para pagar la entrada, atrapó al primer perrito callejero que encontró y lo llevó a la Casa de Fieras. Le dejaron pasar e inmediatamente echaron al perro a la jaula del león para que este se lo comiera.

El perrito, asustado, se hizo un ovillo en un rincón de la jaula y el león se acercó para olfatearlo. Entonces el perro se puso patas arriba y empezó a menear la cola. El león lo tocó ligeramente con la garra y el perrito se levantó, se sentó sobre sus patas traseras y lo miró. El león lo examinó, moviendo su enorme cabeza, y se alejó de él sin hacerle el menor daño.

Al ver que el león no se comía al perrito, el guardián de la jaula le echó un pedazo de carne. El león apartó un trozo y se lo dio al perro. Al llegar la noche, el león se echó en el suelo para dormir y el perro se acomodó a su lado, colocando su cabeza sobre la pata de la fiera.

A partir de entonces, los dos animales vivieron en la misma jaula. El león no le hacía ningún daño al perrito, dormía a su lado y, a veces, incluso jugaba con él.

Cierto día, un señor visitó la Casa de Fieras y reconoció al perrito, que se le había extraviado. Fue a pedirle al director que se lo devolvieran, pues ese animal era de su propiedad. Pero cuando trataron de sacarlo de la jaula para dárselo, el león se enfureció y no hubo forma de conseguirlo.

Así, el león y el perrito vivieron en la misma jaula durante un año entero. Al cabo del año, el perro enfermó y murió.

El león no quiso comer, se puso triste y olfateaba al perrito, lo lamía y lo acariciaba con la pata. Al comprender que su amigo había muerto, se enfureció, empezó a rugir y a mover la cola con rabia, tirándose contra los barrotes de la jaula, como si quisiera destrozarla.

Así se pasó todo el día. Luego se echó al lado del perrito y permaneció herido y quieto, sin permitir que nadie se llevara de la jaula el cuerpo sin vida de su amigo.

El guardián creyó que el león olvidaría al perrito si le metía a otro en la jaula, y así lo hizo, pero, ante su asombro, vio cómo el león lo mataba en el acto y lo devoraba.

Luego, se echó nuevamente, abrazando al perrito muerto, y permaneció así durante cinco días. Al sexto día, el león también murió.

El campesino y los pepinos, cuento de León Tolstói

Un cuento breve y divertido sobre la ambición, la imaginación descontrolada y las consecuencias de dejarse llevar por fantasías antes de actuar con honestidad.

Una vez, un campesino fue a robar pepinos a una huerta. Mientras se deslizaba hacia el sembrado, pensaba:

“Si consigo llevarme un saco entero de pepinos, los venderé y con ese dinero compraré una gallina. La gallina pondrá huevos, los empollará y nacerán muchos pollitos. Criaré los pollitos, los venderé y compraré una lechoncita. Cuando crezca, tendrá una buena cría. Venderé los lechoncitos y me compraré una yegua, que me dará potros. Los alimentaré, los venderé y después me compraré una casa y haré una huerta. Sembraré pepinos en ella, pero no permitiré que me los roben. Pondré unos guardias muy severos, para que me vigilen los pepinos. Y, de cuando en cuando, me daré una vueltecita por allí y les gritaré: ‘¡Eh, amigos, vigilen con más atención!’”.

Sin darse cuenta, el campesino se olvidó de que estaba en un huerto ajeno y dijo esas palabras en voz muy alta. Los guardianes de la huerta, al escuchar su llamada de atención, se abalanzaron sobre él y le dieron una buena paliza.

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El zar y la camisa, cuento de León Tolstói

Este relato reflexiona sobre la felicidad verdadera. Tolstói muestra, con ironía y sencillez, que la dicha no siempre depende de la riqueza ni del poder.

El zar estaba muy enfermo y dijo:

“¡Daré la mitad de mi reino a quien me cure!”.

Entonces todos los sabios se reunieron para tratar de curarlo, pero ninguno supo cómo hacerlo.

Uno de ellos, muy viejo, dijo cómo el zar podía recuperar la salud:

“Si se encuentra un hombre feliz sobre la tierra y le ponen su camisa al zar, este se curará”.

El zar ordenó que buscaran a un hombre feliz por todo el mundo. Sus enviados recorrieron todos los países, pero no hallaron lo que buscaban. No había ni un solo hombre que estuviera contento con su vida.

Uno era rico, pero enfermo; otro estaba sano, pero era pobre. Y el rico y sano se quejaba de su mujer o de sus hijos. Todos deseaban algo más y no eran felices.

Un día, el hijo del zar pasó por delante de una pobre choza y oyó que en su interior alguien exclamaba:

“Gracias a Dios he trabajado, he comido bien y ahora puedo acostarme a dormir. Soy feliz, ¿qué más puedo desear?”.

El hijo del zar se llenó de alegría e inmediatamente ordenó que le trajeran la camisa de aquel hombre, para llevársela a su padre, y que le dieran a cambio todo lo que quisiera.

Los servidores entraron a toda prisa en la choza del hombre feliz para quitarle la camisa, pero se sorprendieron al descubrir que el hombre era tan pobre que ni siquiera una camisa tenía.

La estufa grande, cuento de León Tolstói

Un cuento sobre la necedad, el orgullo y la incapacidad de escuchar buenos consejos. Tolstói convierte una situación doméstica en una poderosa metáfora.

Un hombre tenía una espaciosa casa en la que había una gran estufa; no obstante, la familia de ese hombre no era numerosa: sólo su mujer y él.

Cuando llegó el invierno, el hombre empezó a encender la estufa y al cabo de un mes ya había quemado toda la leña. Ya no tenía nada que quemar, y hacía frío.

Entonces el hombre se puso a arrancar la cerca del patio, y alimentaba la estufa con esa madera. Cuando quemó toda la cerca, en la casa, que ya no tenía ningún amparo contra el viento, hizo aún más frío, y ya no había nada que quemar.

Entonces se subió arriba, arrancó el tejado y empezó a encender la estufa con esa madera; en la casa hizo más frío aún, y también la leña del tejado se acabó.

Entonces el hombre empezó a desmontar el techo de la casa para alimentar la estufa.

Un vecino vio lo que estaba haciendo y le dijo:

—Pero ¿qué haces, vecino? ¿Te has vuelto loco? ¡Quitar el techo en pleno invierno! ¡Si lo haces os congelaréis los dos!

Pero el hombre dijo:

—No, amigo: estoy quitando el techo para encender la estufa. Tenemos una estufa que, cuanta más madera consume, más frío hace.

El vecino se echó a reír y dijo:

—Bueno, y cuando hayas quemado el techo, ¿derribarás la casa? Entonces ya no tendrás dónde vivir y sólo te quedará la estufa, que estará fría.

—Ésa es mi desgracia —dijo el hombre—. Todos los vecinos tienen leña suficiente para todo el invierno; yo, en cambio, he quemado la cerca y la mitad de la casa y ni siquiera eso ha bastado.

El vecino dijo:

—Lo único que tienes que hacer es reformar la estufa.

Pero el hombre dijo:

—Sé que tienes envidia de mi casa y de mi estufa porque son más grandes que las tuyas; por eso me aconsejas que no rompa nada.

No escuchó a su vecino y quemó el techo y luego la casa; y después se fue a vivir entre extraños.

Demasiado caro, cuento de León Tolstói

Este cuento satírico presenta una crítica al poder, la justicia y el absurdo burocrático. Tolstói usa el pequeño reino de Mónaco para hablar de grandes contradicciones humanas.

Existe un reino pequeñito, minúsculo, a orillas del Mediterráneo, entre Francia e Italia. Se llama Mónaco y cuenta con siete mil habitantes, menos que un pueblo grande. La superficie del reino es tan pequeña que ni siquiera tocan a una hectárea de tierra por persona. Pero, en cambio, tienen un auténtico reyecito, con su palacio, sus cortesanos, sus ministros, su obispo y su ejército.

Este es poco numeroso, en total unos sesenta hombres; pero no deja de ser un ejército. El reyecito tiene pocas rentas. Como por doquier, en ese reino hay impuestos para el tabaco, el vino y el alcohol y existe la decapitación.

Aunque se bebe y se fuma, el reyecito no tendría medios de mantener a sus cortesanos y a sus funcionarios, ni podría mantenerse él, a no ser por un recurso especial. Ese recurso se debe a una casa de juego, a una ruleta que hay en el reino. La gente juega y gana o pierde; pero el propietario siempre obtiene beneficios. Y paga buenas cantidades al reyecito.

Las paga porque no queda ya en toda Europa una sola casa de juego de este tipo. Antes las hubo en los pequeños principados alemanes; pero hace cosa de diez años las prohibieron porque traían muchas desgracias. Llegaba un jugador, se ponía a jugar, se entusiasmaba, perdía todo su dinero y, a veces, incluso el de los demás. Y luego, en su desesperación, se arrojaba al agua o se pegaba un tiro.

Los alemanes prohibieron a sus príncipes que tuvieran casas de juego; pero no hay quien pueda prohibir esto al reyecito de Mónaco: por eso sólo allí queda una ruleta.

Desde entonces, todos los aficionados al juego van a Mónaco, pierden su dinero y el beneficio es para el rey. Por medio de un trabajo honrado no puede uno construirse palacios. El reyecito de Mónaco sabe que eso no está bien, pero ¿qué hacer? Es necesario vivir. No es mejor mantenerse de los impuestos sobre el alcohol o el tabaco.

Así es como vive ese reyecito. Reina, amasa dinero y gobierna, desde su palacio, lo mismo que los grandes reyes. Lo mismo que ellos, se corona, organiza desfiles y paradas, concede recompensas, ajusticia, indulta, celebra consejos, decreta y juzga. Gobierna como los auténticos reyes. La única diferencia es que en Mónaco todo es pequeño.

Una vez, hace cosa de cinco años, hubo un crimen en el reino. El pueblo de Mónaco es pacífico; y nunca había allí sucedido tal cosa.

Se reunieron los jueces para juzgar al asesino. En el tribunal había jueces, fiscales, abogados y jurados. Después de juzgarlo, lo condenaron, según la ley, a la última pena, a la decapitación.

Presentaron la sentencia al rey. Este la confirmó. No había más remedio que ajusticiar al criminal.

La única desgracia es que no hubiese en el reino guillotina ni verdugo. Después de pensarlo mucho, los ministros decidieron escribir al Gobierno francés, preguntándole si podía mandarles la máquina y el verdugo para cortar la cabeza al criminal. Al mismo tiempo, pidieron que los informase, a ser posible, de los gastos que esto supondría.

Al cabo de una semana recibieron la contestación: podían enviar la máquina y el verdugo; los gastos ascendían a dieciséis mil francos.

Se lo comunicaron al reyecito. Este meditó largo rato.

—¡Dieciséis mil francos! ¡Ese bribón no vale tanto dinero! ¿No se podría arreglar el asunto más económicamente? Para obtener esa cantidad, todos los habitantes del reino tendrían que pagar dos francos de impuesto. Les parecería mucho. Podrían sublevarse —dijo.

Celebraron consejo. ¿Cómo solucionar el problema? Se les ocurrió preguntar lo mismo al rey de Italia. Francia es una República, no respeta a los reyes; en cambio, como en Italia hay un rey, tal vez cobraría menos.

Escribieron. No tardaron en recibir contestación. El gobierno italiano les decía que con mucho gusto mandaría la máquina y el verdugo. El total de los gastos, con el viaje incluido, ascendería a doce mil francos.

Era más barato; pero no dejaba de ser una cantidad elevada. Aquel canalla no valía tanto dinero. Cada habitante tendría que pagar casi dos francos de impuesto.

Volvió a reunirse el Consejo. Pensaron en la manera de arreglar esto de una manera más económica. Quizá algún soldado quisiera cortar la cabeza al criminal, de un modo rudimentario. Llamaron al general.

—¿No habrá algún soldado que quiera decapitar al asesino? Sea como sea, cuando van a la guerra matan; y eso es lo que se les enseña.

El general habló con sus soldados. ¿Quería alguno cortar la cabeza al criminal? Todos se negaron.

“No, no sabemos hacer esto; no lo hemos aprendido”, dijeron.

¿Qué hacer? Meditaron mucho, nombraron un comité, una Comisión y una Subcomisión. Por fin hallaron el medio de arreglar el asunto. Había que conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua.

De este modo, el rey demostraría su misericordia y al mismo tiempo habría menos gasto. El reyecito se mostró de acuerdo; y resolvieron adoptar esa solución.

La única desgracia era que no hubiese una prisión especial donde encerrar al criminal para toda la vida. Había pequeños calabozos en los que se encerraba temporalmente a los culpables; pero se carecía de una buena prisión.

Finalmente, encontraron un lugar. Encerraron al criminal y le pusieron un guardián.

Éste vigilaba al delincuente y le traía la comida de la cocina de palacio. Así transcurrieron doce meses.

A fin de año, el reyecito hizo el balance de los gastos y de los ingresos. Y se dio cuenta de que el criminal constituía un gasto bastante considerable. En un año había ascendido a seiscientos francos su comida y el sueldo del guardián.

El criminal era joven y sano; tal vez viviera aún cincuenta años. No era posible seguir así. El reyecito llamó a sus ministros:

—Busquen el medio de que este canalla nos cueste menos dinero. Así nos resulta demasiado caro —les dijo.

Los ministros se reunieron en Consejo y meditaron largo rato. Uno de ellos dijo:

—Señores, creo que hay que suprimir el guardián.

—El criminal se escaparía —replicó otro.

—Si se escapa, ¡al diablo!

Informaron al rey. Este se mostró de acuerdo. Suprimieron al guardián y esperaron a ver qué pasaría.

Al llegar la hora de comer el criminal buscó al guardián; y, al no encontrarlo, se dirigió en persona a la cocina de palacio en solicitud de la comida. Cogió lo que le dieron, volvió a la prisión y cerró la puerta tras de sí.

Salía a buscar la comida, pero no se escapaba.

¿Qué hacer? Pensaron que debían decirle que no se le necesitaba para nada, que podía irse. El ministro de Justicia lo llamó.

—¿Por qué no se va usted? Nadie lo vigila, puede marcharse libremente: al rey no le parecerá mal.

—Pero yo no tengo adónde ir. ¿Dónde quiere que vaya? Me han cubierto de oprobio con la sentencia; ahora nadie querrá tratarme. Me he apartado de todo. Ustedes proceden injustamente conmigo. Eso no se puede hacer. En primer lugar, si me han condenado a muerte, tenían que haberme matado. Aunque no lo han hecho, no he protestado. En segundo lugar, me condenaron a cadena perpetua y me pusieron un guardián para que me trajera la comida; pero no han tardado en quitármelo. Tampoco he protestado. He ido a buscarme la comida personalmente. Ahora me dicen que me vaya; pero esta vez, arréglenselas como quieran; no pienso irme —replicó el criminal.

De nuevo celebraron Consejo. ¿Qué hacer? ¿Qué solución tomar? El criminal no se iba. Después de pensarlo mucho, decidieron asignarle una pensión. Era la única manera de librarse de él.

Informaron al reyecito.

—¡Qué le hemos de hacer! Hay que terminar como sea —dijo éste.

Asignaron al criminal una pensión de seiscientos francos y así se lo comunicaron.

—Bueno; si me pagan puntualmente, me iré.

Así se decidió la cosa. Entregaron al criminal la tercera parte de la pensión por adelantado. Este se despidió de todos y abandonó el dominio del reyecito.

Viajó sólo un cuarto de hora por ferrocarril. Se instaló cerca del reino, compró una parcela de tierra, puso una huerta y un jardín y vive muy feliz.

En fechas determinadas, va a Mónaco a percibir su pensión. Después de cobrar, entra en la casa de juego y pone dos o tres francos. Algunas veces gana; otras pierde y vuelve a su casa. Vive apaciblemente.

Menos mal que no delinquió en un lugar donde no se repara en gastos para decapitar a un hombre ni para mantenerlo en la cárcel toda la vida.

El poder de la infancia, cuento de León Tolstói

Un relato intenso sobre la violencia colectiva, la piedad y la fuerza moral de la infancia. Tolstói muestra cómo la inocencia puede desarmar incluso al odio.

—¡Que lo maten! ¡Que lo fusilen! ¡Que fusilen inmediatamente a ese canalla…! ¡Que lo maten! ¡Que corten el cuello a ese criminal! ¡Que lo maten, que lo maten…! —gritaba una multitud de hombres y mujeres, que conducía, maniatado, a un hombre alto y erguido.

Éste avanzaba con paso firme y con la cabeza alta. Su hermoso rostro viril expresaba desprecio e ira hacia la gente que lo rodeaba.

Era uno de los que, durante la guerra civil, luchaban del lado de las autoridades. Acababan de prenderlo y lo iban a ejecutar.

“¡Qué le hemos de hacer! El poder no ha de estar siempre en nuestras manos. Ahora lo tienen ellos. Si ha llegado la hora de morir, moriremos. Por lo visto, tiene que ser así”, pensaba el hombre; y, encogiéndose de hombros, sonreía fríamente, en respuesta a los gritos de la multitud.

—Es un guardia. Esta misma mañana ha tirado contra nosotros —exclamó alguien.

Pero la muchedumbre no se detenía. Al llegar a una calle en que estaban aún los cadáveres de los que el ejército había matado la víspera, la gente fue invadida por una furia salvaje.

—¿Qué esperamos? Hay que matar a ese infame aquí mismo. ¿Para qué llevarlo más lejos?

El cautivo se limitó a fruncir el ceño y a levantar aún más la cabeza. Parecía odiar a la muchedumbre más de lo que ésta lo odiaba a él.

—¡Hay que matarlos a todos! ¡A los espías, a los reyes, a los sacerdotes y a esos canallas! Hay que acabar con ellos, en seguida, en seguida… —gritaban las mujeres.

Pero los cabecillas decidieron llevar al reo a la plaza.

Ya estaban cerca, cuando de pronto, en un momento de calma, se oyó una vocecita infantil, entre las últimas filas de la multitud.

—¡Papá! ¡Papá! —gritaba un chiquillo de seis años, llorando a lágrima viva, mientras se abría paso para llegar hasta el cautivo—. Papá, ¿qué te hacen? ¡Espera, espera! Llévame contigo, llévame…

Los clamores de la multitud se apaciguaron por el lado en que venía el chiquillo. Todos se apartaron de él, como ante una fuerza, dejándolo acercarse a su padre.

—¡Qué simpático es! —comentó una mujer.

—¿A quién buscas? —preguntó otra, inclinándose hacia el chiquillo.

—¡Papá! ¡Déjenme que vaya con papá! —lloriqueó el pequeño.

—¿Cuántos años tienes, niño?

—¿Qué van a hacer con papá?

—Vuelve a tu casa, niño, vuelve con tu madre —dijo un hombre.

El reo oía ya la voz del niño, así como las respuestas de la gente. Su cara se tornó aún más taciturna.

—¡No tiene madre! —exclamó, al oír las palabras del hombre.

El niño se fue abriendo paso hasta que logró llegar junto a su padre; y se abrazó a él.

La gente seguía gritando lo mismo que antes:

—¡Que lo maten! ¡Que lo ahorquen! ¡Que fusilen a ese canalla!

—¿Por qué has salido de casa? —preguntó el padre.

—¿Dónde te llevan?

—¿Sabes lo que vas a hacer?

—¿Qué?

—¿Sabes quién es Catalina?

—¿La vecina? ¡Claro!

—Bueno, pues…, ve a su casa y quédate ahí… hasta que yo… hasta que yo vuelva.

—¡No; no iré sin ti! —exclamó el niño, echándose a llorar.

—¿Por qué?

—Te van a matar.

—No. ¡Nada de eso! No me van a hacer nada malo.

Despidiéndose del niño, el reo se acercó al hombre que dirigía a la multitud.

—Escuche; máteme como quiera y donde le plazca; pero no lo haga delante de él —exclamó, indicando al niño—. Desáteme por un momento y cójame del brazo para que pueda decirle que estamos paseando, que es usted mi amigo. Así se marchará. Después…, después podrá matarme como se le antoje.

El cabecilla accedió. Entonces, el reo cogió al niño en brazos y le dijo:

—Sé bueno y ve a casa de Catalina.

—¿Y qué vas a hacer tú?

—Ya ves, estoy paseando con este amigo; vamos a dar una vuelta; luego iré a casa. Anda, vete, sé bueno.

El chiquillo se quedó mirando fijamente a su padre, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, y reflexionó.

—Vete; ahora mismo iré yo también.

—¿De veras?

El pequeño obedeció. Una mujer lo sacó fuera de la multitud.

—Ahora estoy dispuesto; puede matarme —exclamó el reo, en cuanto el niño hubo desaparecido.

Pero, en aquel momento, sucedió algo incomprensible e inesperado. Un mismo sentimiento invadió a todos los que momentos antes se mostraron crueles, despiadados y llenos de odio.

—¿Saben lo que les digo? Deberían soltarlo —propuso una mujer.

—Es verdad. Es verdad —asintió alguien.

—¡Suéltenlo! ¡Suéltenlo! —rugió la multitud.

Entonces, el hombre orgulloso y despiadado que aborreciera a la muchedumbre hacía un instante, se echó a llorar; y, cubriéndose el rostro con las manos, pasó entre la gente, sin que nadie lo detuviera.

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El origen del mal, cuento de León Tolstói

Un cuento filosófico sobre las pasiones humanas. El hambre, el amor, la ira y el miedo aparecen como posibles causas del mal, hasta que el ermitaño ofrece una respuesta más profunda.

En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.

En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.

—El mal procede del hambre —declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema—. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.

El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.

—Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Mas ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella: “¿Habrá comido?”, nos preguntamos. “¿Tendrá bastante abrigo?”. Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.

—No; el mal no viene ni del hambre ni del amor —arguyó la serpiente—. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.

El ciervo no fue de este parecer.

—No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.

Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:

—No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

Los melocotones, cuento de León Tolstói

Un relato sobre la generosidad, la sensibilidad y la forma en que cada niño revela su carácter ante un mismo regalo.

El campesino Tikhon Kuzmich, al regresar de la ciudad, llamó a sus hijos.

—Mirad —les dijo— el regalo que el tío Ephim os envía.

Los niños acudieron: el padre deshizo un paquete.

—¡Qué lindas manzanas! —exclamó Vania, muchacho de seis años—. ¡Mira, María, qué rojas son!

—No, probable es que no sean manzanas —dijo Serguey, el hijo mayor—. Mira la corteza, que parece cubierta de vello.

—Son melocotones —dijo el padre—. No habíais visto antes fruta como ésta. El tío Ephim los ha cultivado en su invernadero, porque se dice que los melocotones sólo prosperan en los países cálidos, y que por aquí sólo pueden lograrse en invernaderos.

—¿Y qué es un invernadero? —dijo Volodia, el tercer hijo de Tikhon.

—Un invernadero es una casa cuyas paredes y techo son de vidrio. El tío Ephim me ha dicho que se construyen de este modo para que el sol pueda calentar las plantas. En invierno, por medio de una estufa especial, se mantiene allí la misma temperatura.

—He ahí para ti, mujer, el melocotón más grande; y estos cuatro para vosotros, hijos míos.

—Bueno —dijo Tikhon, por la noche—, ¿cómo halláis aquella fruta?

—Tiene un gusto tan fino, tan sabroso —dijo Serguey— que quiero plantar el hueso en un tiesto; quizá salga un árbol que se desarrollará en la isba.

—Probablemente serás un gran jardinero; ya piensas en hacer crecer los árboles —añadió el padre.

—Yo —prosiguió el pequeño Vania— hallé tan bueno el melocotón, que he pedido a mamá la mitad del suyo; ¡pero tiré el hueso!

—Tú eres aún muy joven —murmuró el padre.

—Vania tiró el hueso —dijo Vassili, el segundo hijo—; pero yo lo recogí y lo rompí. Estaba muy duro, y adentro tenía una cosa cuyo sabor se asemejaba al de la nuez, pero más amargo. En cuanto a mi melocotón, lo vendí en 10 kopeks; no podía valer más.

Tikhon movió la cabeza.

—Pronto empiezas a negociar. ¿Quieres ser comerciante? ¡Y tú, Volodia, no dices nada! ¿Por qué? —preguntó Tikhon a su tercer hijo, que permanecía aparte—. ¿Tenía buen gusto tu melocotón?

—¡No sé! —respondió Volodia.

—¿Cómo que no lo sabes? —replicó el padre—. ¿Acaso no lo comiste?

—Lo he llevado a Gricha —respondió Volodia—. Está enfermo. Le conté lo que nos dijiste acerca de la fruta aquella, y no hacía más que contemplar mi melocotón; se lo di, pero él no quería tomarlo; entonces lo dejé junto a él y me marché.

El padre puso una mano sobre la cabeza de aquel niño y dijo:

—Dios te lo devolverá.

El perro muerto, cuento de León Tolstói

Un breve relato sobre la compasión y la capacidad de encontrar belleza incluso donde otros solo ven desprecio.

Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, se internó por las calles hasta la plaza del mercado.

Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, y se acercó para ver qué cosa podía llamarles la atención.

Era un perro, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura, se había ofrecido a los ojos de los hombres.

Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.

—Esto emponzoña el aire —dijo uno de los presentes.

—Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo —dijo otro.

—Mirad su piel —dijo un tercero—, no hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.

—Y sus orejas —exclamó un cuarto— son asquerosas y están llenas de sangre.

—Habrá sido ahorcado por ladrón —añadió otro.

Jesús les escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo, dijo:

—¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas!

Entonces el pueblo admirado volvióse hacia Él, exclamando:

—¿Quién es éste? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Sólo Él podía encontrar de qué condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto!

Y todos, avergonzados, siguieron su camino, prosternándose ante el Hijo de Dios.

¿Por qué los cuentos de León Tolstói siguen vigentes?

Los cuentos de León Tolstói siguen vigentes porque no dependen de modas ni de referencias pasajeras. Sus temas son profundamente humanos: la amistad, la codicia, la felicidad, la justicia, la inocencia, la compasión y la violencia.

Además, son relatos breves que pueden leerse en voz alta, comentarse en familia o usarse como punto de partida para una conversación con niños y jóvenes. Cada cuento deja una pregunta abierta: ¿qué significa ser bueno?, ¿qué es la felicidad?, ¿por qué actuamos mal?, ¿cómo se reconoce la verdadera compasión?

Más cuentos clásicos para leer en familia

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Preguntas frecuentes sobre los cuentos de León Tolstói

¿León Tolstói escribió cuentos para niños?

Sí. Además de sus grandes novelas, Tolstói escribió cuentos breves y textos educativos pensados para niños, especialmente vinculados a su interés por la enseñanza y la formación moral.

¿Cuáles son los cuentos más conocidos de León Tolstói?

Entre sus cuentos más conocidos se encuentran El león y el perrito, El zar y la camisa, Las tres preguntas, El poder de la infancia y Demasiado caro.

¿Qué enseñan los cuentos de Tolstói?

Los cuentos de Tolstói enseñan valores como la compasión, la humildad, la generosidad, la amistad, la sencillez y la búsqueda de una vida más justa.

¿Los cuentos de Tolstói son recomendables para leer con niños?

Sí, muchos de sus cuentos son adecuados para niños, aunque algunos pueden requerir la compañía de un adulto para conversar sobre sus temas más profundos.

¿Por qué leer cuentos clásicos en familia?

Porque la lectura compartida fortalece el vínculo emocional, mejora la comprensión lectora y permite conversar sobre temas importantes de una manera sencilla y cercana.

Tolstói también puede leerse desde la infancia

Leer a León Tolstói no tiene por qué empezar necesariamente con sus grandes novelas. Sus cuentos breves son una entrada hermosa, sencilla y profunda a su universo literario. Si quieres conocerlo más aquí te dejo 10 anécdotas cautivadores del escritor ruso. 

Estos relatos nos recuerdan que la literatura puede educar sin volverse pesada, emocionar sin exagerar y enseñar sin imponer. Por eso, los cuentos de León Tolstói para niños y adultos siguen siendo una excelente opción para leer en casa, en clase o en cualquier momento en que queramos volver a las historias que nos ayudan a mirar mejor la vida.

¿Cuál de estos cuentos fue tu favorito? Te leo en los comentarios.

FUENTE: Cuentos infantiles, León Tolstói. 

Mar de fondo

𝐵𝑟𝑦𝑎𝑛 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudié Comunicaciones, Sociología y soy autor del libro "Las vidas que tomé prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

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