Leamos "El manuscrito hallado en una botella", cuento de Edgar Allan Poe

¡Hola, lectores de Mar de fondo! El cuento de hoy llega con el sello de Edgar Allan Poe, y se trata de uno de los primeros cuentos de misterio y terror escritos por el autor. Asรญ que prepรกrate porque estรกs por sumergirte en un relato fascinante al igual que el personaje de esta historia ¡Disfruta tu lectura!


cuento  El manuscrito hallado en una botella de Edgar Allan Poe
Imagen: Dreamstime. 

EL MANUSCRITO HALLADO EN UNA BOTELLA


Sobre mi paรญs y mi familia tengo poco que decir. Un trato injusto y el paso de los aรฑos me han alejado de uno y malquistado con la otra. Mi patrimonio me permitiรณ recibir una educaciรณn poco comรบn y una inclinaciรณn contemplativa permitiรณ que convirtiera en metรณdicos los conocimientos diligentemente adquiridos en tempranos estudios. Pero por sobre todas las cosas me proporcionaba gran placer el estudio de los moralistas alemanes; no por una desatinada admiraciรณn a su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis rรญgidos hรกbitos mentales me permitรญan detectar sus falsedades. A menudo se me ha reprochado la aridez de mi talento; la falta de imaginaciรณn se me ha imputado como un crimen; y el escepticismo de mis opiniones me ha hecho notorio en todo momento. En realidad, temo que una fuerte inclinaciรณn por la filosofรญa fรญsica haya teรฑido mi mente con un error muy comรบn en esta รฉpoca: hablo de la costumbre de referir sucesos, aun los menos susceptibles de dicha referencia, a los principios de esa disciplina. En definitiva, no creo que nadie haya menos propenso que yo a alejarse de los severos lรญmites de la verdad, dejรกndose llevar por el ignes fatui de la supersticiรณn. Me ha parecido conveniente sentar esta premisa, para que la historia increรญble que debo narrar no sea considerada el desvarรญo de una imaginaciรณn desbocada, sino la experiencia autรฉntica de una mente para quien los ensueรฑos de la fantasรญa han sido letra muerta y nulidad.

Despuรฉs de muchos aรฑos de viajar por el extranjero, en el aรฑo 18… me embarquรฉ en el puerto de Batavia, en la prรณspera y populosa isla de Java, en un crucero por el archipiรฉlago de las islas Sonda. Iba en calidad de pasajero, sรณlo inducido por una especie de nerviosa inquietud que me acosaba como un espรญritu malรฉvolo.

Nuestro hermoso navรญo, de unas cuatrocientas toneladas, habรญa sido construido en Bombay en madera de teca de Malabar con remaches de cobre. Transportaba una carga de algodรณn en rama y aceite, de las islas Laquevidas. Tambiรฉn llevรกbamos a bordo fibra de corteza de coco, azรบcar morena de las Islas Orientales, manteca clarificada de leche de bรบfalo, granos de cacao y algunos cajones de opio. La carga habรญa sido mal estibada y el barco escoraba.

Zarpamos apenas impulsados por una leve brisa, y durante muchos dรญas permanecimos cerca de la costa oriental de Java, sin otro incidente que quebrara la monotonรญa de nuestro curso que el ocasional encuentro con los pequeรฑos barquitos de dos mรกstiles del archipiรฉlago al que nos dirigรญamos.

Una tarde, apoyado sobre el pasamanos de la borda de popa, vi hacia el noroeste una nube muy singular y aislada. Era notable, no sรณlo por su color, sino por ser la primera que veรญamos desde nuestra partida de Batavia. La observรฉ con atenciรณn hasta la puesta del sol, cuando de repente se extendiรณ hacia este y oeste, ciรฑendo el horizonte con una angosta franja de vapor y adquiriendo la forma de una larga lรญnea de playa. Pronto atrajo mi atenciรณn la coloraciรณn de un tono rojo oscuro de la luna, y la extraรฑa apariencia del mar. ร‰ste sufrรญa una rรกpida transformaciรณn y el agua parecรญa mรกs transparente que de costumbre. Pese a que alcanzaba a ver claramente el fondo, al echar la sonda comprobรฉ que el barco navegaba a quince brazas de profundidad. Entonces el aire se puso intolerablemente caluroso y cargado de exhalaciones en espiral, similares a las que surgen del hierro al rojo. A medida que fue cayendo la noche, desapareciรณ todo vestigio de brisa y resultaba imposible concebir una calma mayor. Sobre la toldilla ardรญa la llama de una vela sin el mรกs imperceptible movimiento, y un largo cabello, sostenido entre dos dedos, colgaba sin que se advirtiera la menor vibraciรณn. Sin embargo, el capitรกn dijo que no percibรญa indicaciรณn alguna de peligro, pero como navegรกbamos a la deriva en direcciรณn a la costa, ordenรณ arriar las velas y echar el ancla. No apostรณ vigรญas y la tripulaciรณn, compuesta en su mayorรญa por malayos, se tendiรณ deliberadamente sobre cubierta. Yo bajรฉ… sobrecogido por un mal presentimiento. En verdad, todas las apariencias me advertรญan la inminencia de un simรบn. Transmitรญ mis temores al capitรกn, pero รฉl no prestรณ atenciรณn a mis palabras y se alejรณ sin dignarse a responderme. Sin embargo, mi inquietud me impedรญa dormir y alrededor de medianoche subรญ a cubierta. Al apoyar el pie sobre el รบltimo peldaรฑo de la escalera de cรกmara me sobresaltรณ un ruido fuerte e intenso, semejante al producido por el giro veloz de la rueda de un molino, y antes de que pudiera averiguar su significado, percibรญ una vibraciรณn en el centro del barco. Instantes despuรฉs se desplomรณ sobre nosotros un furioso mar de espuma que, pasando por sobre el puente, barriรณ la cubierta de proa a popa.

La extrema violencia de la rรกfaga fue, en gran medida, la salvaciรณn del barco. Aunque totalmente cubierto por el agua, como sus mรกstiles habรญan volado por la borda, despuรฉs de un minuto se enderezรณ pesadamente, saliรณ a la superficie, y luego de vacilar algunos instantes bajo la presiรณn de la tempestad, se enderezรณ por fin.

Me resultarรญa imposible explicar quรฉ milagro me salvรณ de la destrucciรณn. Aturdido por el choque del agua, al volver en mรญ me encontrรฉ estrujado entre el mรกstil de popa y el timรณn. Me puse de pie con gran dificultad y, al mirar, mareado, a mi alrededor, mi primera impresiรณn fue que nos encontrรกbamos entre arrecifes, tan tremendo e inimaginable era el remolino de olas enormes y llenas de espuma en que estรกbamos sumidos. Instantes despuรฉs oรญ la voz de un anciano sueco que habรญa embarcado poco antes de que el barco zarpara. Lo llamรฉ con todas mis fuerzas y al rato se me acercรณ tambaleante. No tardamos en descubrir que รฉramos los รบnicos sobrevivientes. Con excepciรณn de nosotros, las olas acababan de barrer con todo lo que se hallaba en cubierta; el capitรกn y los oficiales debรญan haber muerto mientras dormรญan, porque los camarotes estaban totalmente anegados. Sin ayuda era poco lo que podรญamos hacer por la seguridad del barco y nos paralizรณ la convicciรณn de que no tardarรญamos en zozobrar. Por cierto que el primer embate del huracรกn destrozรณ el cable del ancla, porque de no ser asรญ nos habrรญamos hundido instantรกneamente. Navegรกbamos a una velocidad tremenda, y las olas rompรญan sobre nosotros. El maderamen de popa estaba hecho aรฑicos y todo el barco habรญa sufrido gravรญsimas averรญas; pero comprobamos con jรบbilo que las bombas no estaban atascadas y que el lastre no parecรญa haberse descentrado. La primera rรกfaga habรญa amainado, y la violencia del viento ya no entraรฑaba gran peligro; pero la posibilidad de que cesara por completo nos aterrorizaba, convencidos de que, en medio del oleaje siguiente, sin duda, morirรญamos. Pero no parecรญa probable que el justificado temor se convirtiera en una pronta realidad. Durante cinco dรญas y noches completos -en los cuales nuestro รบnico alimento consistiรณ en una pequeรฑa cantidad de melaza que trabajosamente logramos procurarnos en el castillo de proa- la carcasa del barco avanzรณ a una velocidad imposible de calcular, impulsada por sucesivas rรกfagas que, sin igualar la violencia del primitivo Simรบn, eran mรกs aterrorizantes que cualquier otra tempestad vivida por mรญ en el pasado. Con pequeรฑas variantes, durante los primeros cuatro dรญas nuestro curso fue sudeste, y debimos haber costeado Nueva Holanda. Al quinto dรญa el frรญo era intenso, pese a que el viento habรญa girado un punto hacia el norte. El sol nacรญa con una enfermiza coloraciรณn amarillenta y trepaba apenas unos grados sobre el horizonte, sin irradiar una decidida luminosidad. No habรญa nubes a la vista, y sin embargo el viento arreciaba y soplaba con furia despareja e irregular. Alrededor de mediodรญa -aproximadamente, porque sรณlo podรญamos adivinar la hora- volviรณ a llamarnos la atenciรณn la apariencia del sol. No irradiaba lo que con propiedad podrรญamos llamar luz, sino un resplandor opaco y lรบgubre, sin reflejos, como si todos sus rayos estuvieran polarizados. Justo antes de hundirse en el mar turgente su fuego central se apagรณ de modo abrupto, como por obra de un poder inexplicable. Quedรณ sรณlo reducido a un aro plateado y pรกlido que se sumergรญa de prisa en el mar insondable.

Esperamos en vano la llegada del sexto dรญa -ese dรญa que para mรญ no ha llegado y que para el sueco no llegรณ nunca. A partir de aquel momento quedamos sumidos en una profunda oscuridad, a tal punto que no hubiรฉramos podido ver un objeto a veinte pasos del barco. La noche eterna continuรณ envolviรฉndonos, ni siquiera atenuada por la fosforescencia brillante del mar a la que nos habรญamos acostumbrado en los trรณpicos. Tambiรฉn observamos que, aunque la tempestad continuaba rugiendo con interminable violencia, ya no conservaba su apariencia habitual de olas ni de espuma con las que antes nos envolvรญa. A nuestro alrededor todo era espanto, profunda oscuridad y un negro y sofocante desierto de รฉbano. Un terror supersticioso fue creciendo en el espรญritu del viejo sueco, y mi propia alma estaba envuelta en un silencioso asombro. Abandonarnos todo intento de atender el barco, por considerarlo inรบtil, y nos aseguramos lo mejor posible a la base del palo de mesana, clavando con amargura la mirada en el ocรฉano inmenso. No habrรญa manera de calcular el tiempo ni de prever nuestra posiciรณn. Sin embargo tenรญamos plena conciencia de haber avanzado mรกs hacia el sur que cualquier otro navegante anterior y nos asombrรณ no encontrar los habituales impedimentos de hielo. Mientras tanto, cada instante amenazaba con ser el รบltimo de nuestras vidas… olas enormes, como montaรฑas se precipitaban para abatirnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo hubiera imaginado, y fue un milagro que no zozobrรกramos instantรกneamente. Mi acompaรฑante hablaba de la liviandad de nuestro cargamento y me recordaba las excelentes cualidades de nuestro barco; pero yo no podรญa menos que sentir la absoluta inutilidad de la esperanza misma, y me preparaba melancรณlicamente para una muerte que, en mi opiniรณn, nada podรญa demorar ya mรกs de una hora, porque con cada nudo que el barco recorrรญa el mar negro y tenebroso adquirรญa mรกs violencia. Por momentos jadeรกbamos para respirar, elevados a una altura superior a la del albatros… y otras veces nos mareaba la velocidad de nuestro descenso a un infierno acuoso donde el aire se estancaba y ningรบn sonido turbaba el sopor del “kraken”.

Nos encontrรกbamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compaรฑero resonรณ horriblemente en la noche. “¡Mire, mire!” exclamรณ, chillando junto a mi oรญdo, “¡Dios Todopoderoso! ¡Mire! ¡Mire!”. Mientras hablaba percibรญ el resplandor de una luz mortecina y rojiza que recorrรญa los costados del inmenso abismo en que nos encontrรกbamos, arrojando cierto brillo sobre nuestra cubierta. Al levantar la mirada, contemplรฉ un espectรกculo que me helรณ la sangre. A una altura tremenda, directamente encima de nosotros y al borde mismo del precipicio lรญquido, flotaba un gigantesco navรญo, de quizรกs cuatro mil toneladas. Pese a estar en la cresta de una ola que lo sobrepasaba mรกs de cien veces en altura, su tamaรฑo excedรญa el de cualquier barco de lรญnea o de la compaรฑรญa de Islas Orientales. Su enorme casco era de un negro profundo y sucio y no lo adornaban los acostumbrados mascarones de los navรญos. Una sola hilera de caรฑones de bronce asomaba por los portaรฑolas abiertas, y sus relucientes superficies reflejaban las luces de innumerables linternas de combate que se balanceaban de un lado al otro en las jarcias. Pero lo que mรกs asombro y estupefacciรณn nos provocรณ fue que en medio de ese mar sobrenatural y de ese huracรกn ingobernable, navegara con todas las velas desplegadas. Al verlo por primera vez sรณlo distinguimos su proa y poco a poco fue alzรกndose sobre el sombrรญo y horrible torbellino. Durante un momento de intenso terror se detuvo sobre el vertiginoso pinรกculo, como si contemplara su propia sublimidad, despuรฉs se estremeciรณ, vacilรณ y… se precipitรณ sobre nosotros.

En ese instante no sรฉ quรฉ repentino dominio de mรญ mismo surgiรณ de mi espรญritu. A los tropezones, retrocedรญ todo lo que pude hacia popa y allรญ esperรฉ sin temor la catรกstrofe. Nuestro propio barco habรญa abandonado por fin la lucha y se hundรญa de proa en el mar. En consecuencia, recibiรณ el impacto de la masa descendente en la parte ya sumergida de su estructura y el resultado inevitable fue que me vi lanzado con violencia irresistible contra los obenques del barco desconocido.


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En el momento en que caรญ, la nave virรณ y se escorรณ, y supuse que la consiguiente confusiรณn habรญa impedido que la tripulaciรณn reparara en mi presencia. Me dirigรญ sin dificultad y sin ser visto hasta la escotilla principal, que se encontraba parcialmente abierta, y pronto encontrรฉ la oportunidad de ocultarme en la bodega. No podrรญa explicar por quรฉ lo hice. Tal vez el principal motivo haya sido la indefinible sensaciรณn de temor que, desde el primer instante, me provocaron los tripulantes de ese navรญo. No estaba dispuesto a confiarme a personas que a primera vista me producรญan una vaga extraรฑeza, duda y aprensiรณn. Por lo tanto considerรฉ conveniente encontrar un escondite en la bodega. Lo logrรฉ moviendo una pequeรฑa porciรณn de la armazรณn, y asรญ me asegurรฉ un refugio conveniente entre las enormes cuadernas del buque.

Apenas habรญa completado mi trabajo cuando el sonido de pasos en la bodega me obligรณ a hacer uso de รฉl. Junto a mรญ escondite pasรณ un hombre que avanzaba con pasos dรฉbiles y andar inseguro. No alcancรฉ a verle el rostro, pero tuve oportunidad de observar su apariencia general. Todo en รฉl denotaba poca firmeza y una avanzada edad. Bajo el peso de los aรฑos le temblaban las rodillas, y su cuerpo parecรญa agobiado por una gran carga. Murmuraba en voz baja como hablando consigo mismo, pronunciaba palabras entrecortadas en un idioma que yo no comprendรญa y empezรณ a tantear una pila de instrumentos de aspecto singular y de viejas cartas de navegaciรณn que habรญa en un rincรณn. Su actitud era una extraรฑa mezcla de la terquedad de la segunda infancia y la solemne dignidad de un Dios. Por fin subiรณ nuevamente a cubierta y no lo volvรญ a ver.

* * *

Un sentimiento que no puedo definir se ha posesionado de mi alma; es una sensaciรณn que no admite anรกlisis, frente a la cual las experiencias de รฉpocas pasadas resultan inadecuadas y cuya clave, me temo, no me serรก ofrecida por el futuro. Para una mente como la mรญa, esta รบltima consideraciรณn es una tortura. Sรฉ que nunca, nunca, me darรฉ por satisfecho con respecto a la naturaleza de mis conceptos. Y sin embargo no debe asombrarme que esos conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su origen en fuentes totalmente nuevas. Un nuevo sentido… una nueva entidad se incorpora a mi alma.

* * *

Hace ya mucho tiempo que recorrรญ la cubierta de este barco terrible, y creo que los rayos de mi destino se estรกn concentrando en un foco. ¡Quรฉ hombres incomprensibles! Envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin percibir mi presencia. Ocultarme serรญa una locura, porque esta gente no quiere ver. Hace pocos minutos pasรฉ directamente frente a los ojos del segundo oficial; no hace mucho que me aventurรฉ a entrar a la cabina privada del capitรกn, donde tomรฉ los elementos con que ahora escribo y he escrito lo anterior. De vez en cuando continuarรฉ escribiendo este diario. Es posible que no pueda encontrar la oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero tratarรฉ de lograrlo. A รบltimo momento, introducirรฉ el mensaje en una botella y la arrojarรฉ al mar.

* * *

Ha ocurrido un incidente que me proporciona nuevos motivos de meditaciรณn. ¿Ocurren estas cosas por fuerza de un azar sin gobierno? Me habรญa aventurado a cubierta donde estaba tendido, sin llamar la atenciรณn, entre una pila de flechaduras y viejas velas, en el fondo de una balandra. Mientras meditaba en lo singular de mi destino, inadvertidamente tomรฉ un pincel mojado en brea y pintรฉ los bordes de una vela arrastradera cuidadosamente doblada sobre un barril, a mi lado. La vela ha sido izada y las marcas irreflexivas que hice con el pincel se despliegan formando la palabra descubrimiento.

รšltimamente he hecho muchas observaciones sobre la estructura del navรญo. Aunque bien armado, no creo que sea un barco de guerra. Sus jarcias, construcciรณn y equipo en general, contradicen una suposiciรณn semejante. Alcanzo a percibir con facilidad lo que el navรญo no es, pero me temo no poder afirmar lo que es. Ignoro por quรฉ, pero al observar su extraรฑo modelo y la forma singular de sus mรกstiles, su enorme tamaรฑo y su excesivo velamen, su proa severamente sencilla y su popa anticuada, de repente cruza por mi mente una sensaciรณn de cosas familiares y con esas sombras imprecisas del recuerdo siempre se mezcla la memoria de viejas crรณnicas extranjeras y de รฉpocas remotas.

He estado estudiando el maderamen de la nave. Ha sido construida con un material que me resulta desconocido. Las caracterรญsticas peculiares de la madera me dan la impresiรณn de que no es apropiada para el propรณsito al que se la aplicara. Me refiero a su extrema porosidad, independientemente considerada de los daรฑos ocasionados por los gusanos, que son una consecuencia de navegar por estos mares, y de la podredumbre provocada por los aรฑos. Tal vez la mรญa parezca una observaciรณn excesivamente insรณlita, pero esta madera posee todas las caracterรญsticas del roble espaรฑol, en el caso de que el roble espaรฑol fuera dilatado por medios artificiales.

Al leer la frase anterior, viene a mi memoria el apotegma que un viejo lobo de mar holandรฉs repetรญa siempre que alguien ponรญa en duda su veracidad. «Tan seguro es, como que hay un mar donde el barco mismo crece en tamaรฑo, como el cuerpo viviente del marino.”

Hace una hora tuve la osadรญa de mezclarme con un grupo de tripulantes. No me prestaron la menor atenciรณn y, aunque estaba parado en medio de todos ellos, parecรญan absolutamente ignorantes de mi presencia. Lo mismo que el primero que vi en la bodega, todos daban seรฑales de tener una edad avanzada. Les temblaban las rodillas achacosas; la decrepitud les inclinaba los hombros; el viento estremecรญa sus pieles arrugadas; sus voces eran bajas, trรฉmulas y quebradas; en sus ojos brillaba el lagrimeo de la vejez y la tempestad agitaba terriblemente sus cabellos grises. Alrededor de ellos, por toda la cubierta, yacรญan desparramados instrumentos matemรกticos de la mรกs pintoresca y anticuada construcciรณn.

Hace un tiempo mencionรฉ que habรญa sido izada un ala del trinquete. Desde entonces, desbocado por el viento, el barco ha continuado su aterradora carrera hacia el sur, con todas las velas desplegadas desde la punta de los mรกstiles hasta los botalones inferiores, hundiendo a cada instante sus penoles en el mรกs espantoso infierno de agua que pueda concebir la mente de un hombre. Acabo de abandonar la cubierta, donde me resulta imposible mantenerme en pie, pese a que la tripulaciรณn parece experimentar pocos inconvenientes. Se me antoja un milagro de milagros que nuestra enorme masa no sea definitivamente devorada por el mar. Sin duda estamos condenados a flotar indefinidamente al borde de la eternidad sin precipitamos por fin en el abismo. Remontamos olas mil veces mรกs gigantescas que las que he visto en mi vida, por las que nos deslizamos con la facilidad de una gaviota; y las aguas colosales alzan su cabeza por sobre nosotros como demonios de las profundidades, pero como demonios limitados a la simple amenaza y a quienes les estรก prohibido destruir. Todo me lleva a atribuir esta continua huida del desastre a la รบnica causa natural que puede producir ese efecto. Debo suponer que el barco navega dentro de la influencia de una corriente poderosa, o de un impetuoso mar de fondo.

He visto al capitรกn cara a cara, en su propia cabina, pero, tal como esperaba, no me prestรณ la menor atenciรณn. Aunque para un observador casual no haya en su apariencia nada que puede diferenciarlo, en mรกs o en menos, de un hombre comรบn, al asombro con que lo contemplรฉ se mezclรณ un sentimiento de incontenible reverencia y de respeto. Tiene aproximadamente mi estatura, es decir cinco pies y ocho pulgadas. Su cuerpo es sรณlido y bien proporcionado, ni robusto ni particularmente notable en ningรบn sentido. Pero es la singularidad de la expresiรณn que reina en su rostro… es la intensa, la maravillosa, la emocionada evidencia de una vejez tan absoluta, tan extrema, lo que excita en mi espรญritu una sensaciรณn… un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco arrugada, parece soportar el sello de una mirรญada de aรฑos. Sus cabellos grises son una historia del pasado, y sus ojos, aรบn mรกs grises, son sibilas del futuro. El piso de la cabina estaba cubierto de extraรฑos pliegos de papel unidos entre sรญ por broches de hierro y de arruinados instrumentos cientรญficos y obsoletas cartas de navegaciรณn en desuso. Con la cabeza apoyada en las manos, el capitรกn contemplaba con mirada inquieta un papel que supuse serรญa una concesiรณn y que, en todo caso, llevaba la firma de un monarca. Murmuraba para sรญ, igual que el primer tripulante a quien vi en la bodega, sรญlabas obstinadas de un idioma extranjero, y aunque se encontraba muy cerca de mรญ, su voz parecรญa llegar a mis oรญdos desde una milla de distancia.

El barco y todo su contenido estรก impregnado por el espรญritu de la Vejez. Los tripulantes se deslizan de aquรญ para allรก como fantasmas de siglos ya enterrados; sus miradas reflejan inquietud y ansiedad, y cuando el extraรฑo resplandor de las linternas de combate ilumina sus dedos, siento lo que no he sentido nunca, pese a haber comerciado la vida entera en antigรผedades y absorbido las sombras de columnas caรญdas en Baalbek, en Tadmor y en Persรฉpolis, hasta que mi propia alma se convirtiรณ en una ruina.

Al mirar a mi alrededor, me avergรผenzan mis anteriores aprensiones. Si temblรฉ ante la rรกfaga que nos ha perseguido hasta ahora, ¿cรณmo no horrorizarme ante un asalto de viento y mar para definir los cuales las palabras tornado y simรบn resultan triviales e ineficaces? En la vecindad inmediata del navรญo reina la negrura de la noche eterna y un caos de agua sin espuma; pero aproximadamente a una legua a cada lado de nosotros alcanzan a verse, oscuramente y a intervalos, imponentes murallas de hielo que se alzan hacia el cielo desolado y que parecen las paredes del universo.


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Como imaginaba, el barco sin duda estรก en una corriente; si asรญ se puede llamar con propiedad a una marea que aullando y chillando entre las blancas paredes de hielo se precipita hacia el sur con la velocidad con que cae una catarata.

Presumo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin embargo la curiosidad por penetrar en los misterios de estas regiones horribles predomina sobre mi desesperaciรณn y me reconciliarรก con las mรกs odiosa apariencia de la muerte. Es evidente que nos precipitamos hacia algรบn conocimiento apasionante, un secreto imposible de compartir, cuyo descubrimiento lleva en sรญ la destrucciรณn. Tal vez esta corriente nos conduzca hacia el mismo polo sur. Debo confesar que una suposiciรณn en apariencia tan extravagante tiene todas las probabilidades a su favor.

La tripulaciรณn recorre la cubierta con pasos inquietos y trรฉmulos; pero en sus semblantes la ansiedad de la esperanza supera a la apatรญa de la desesperaciรณn.

Mientras tanto, seguimos navegando con viento de popa y como llevamos todas las velas desplegadas, por momentos el barco se eleva por sobre el mar. ¡Oh, horror de horrores! De repente el hielo se abre a derecha e izquierda y giramos vertiginosamente en inmensos cรญrculos concรฉntricos, rodeando una y otra vez los bordes de un gigantesco anfiteatro, el รกpice de cuyas paredes se pierde en la oscuridad y la distancia. ¡Pero me queda poco tiempo para meditar en mi destino! Los cรญrculos se estrechan con rapidez… nos precipitamos furiosamente en la vorรกgine… y entre el rugir, el aullar y el atronar del ocรฉano y de la tempestad el barco trepida… ¡oh, Dios!… ¡y se hunde …!

FIN

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Mar de fondo

๐ต๐‘Ÿ๐‘ฆ๐‘Ž๐‘› ๐‘‰๐‘–๐‘™๐‘™๐‘Ž๐‘๐‘Ÿ๐‘’๐‘ง (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudiรฉ Comunicaciones, Sociologรญa y soy autor del libro "Las vidas que tomรฉ prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "๐‘ˆ๐‘› ๐‘‘๐‘–́๐‘Ž ๐‘™๐‘’๐‘–́๐‘‘๐‘œ ๐‘›๐‘œ ๐‘’๐‘  ๐‘ข๐‘› ๐‘‘๐‘–́๐‘Ž ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘‘๐‘–๐‘‘๐‘œ."

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