Leamos "La dama caliente", cuento de Charles Bukowski

¡QuĂ© tal, lectores y lectoras! En el miĂ©rcoles de Bukowski tenemos una historia muy al estilo del poeta americano. Un bar, una fĂ©mina, un hombre y un mensaje que iremos conociendo lĂ­nea tras lĂ­nea ¡Disfruta tu lectura! 

"La dama caliente", cuento de Charles Bukowski
Original Art Acrylic Painting, measuring: 50W x 40H x 2D cm, by: Munir Alubaidi (Germany)



LA DAMA CALIENTE

Monk entrĂł. Aquello parecĂ­a mĂĄs polvoriento y oscuro que los bares de siempre. Se dirigiĂł al extremo mĂĄs alejado de la barra y se sentĂł junto a una rubia grande que estaba fumaba un cigarrillo y bebĂ­a una Hamm’s. Cuando Monk se sentĂł, ella se tirĂł un pedo.

—Buenas noches —dijo Ă©l—. Me llamo Monk.

—Yo, Mud —dijo ella, lo que revelaba su edad de inmediato.

Cuando Monk se sentĂł, surgiĂł un esqueleto de detrĂĄs de la barra, donde habĂ­a estado sentado en un taburete. El esqueleto se acercĂł a Monk. Monk pidiĂł un whisky con hielo y el esqueleto estirĂł los brazos y empezĂł a prepararlo. DerramĂł un poquito de whisky en la barra, pero logrĂł servir lo que habĂ­a pedido Monk y coger el dinero de este, meterlo en la caja y devolver el cambio justo.

—¿QuĂ© pasa? —preguntĂł Monk a la dama—. ¿Es que aquĂ­ no pueden permitirse gente del sindicato?

—QuĂ© carajo —dijo la dama—, ese es un truco de Billy. ¿No ves los jodidos cables? Dirige ese chisme con cables. Le parece muy divertido.

—Curioso lugar —dijo Monk—. Apesta a muerte.

—La muerte no apesta —dijo la dama—. Solo lo vivo apesta, solo lo que agoniza, solo lo que se
pudre apesta. La muerte no apesta.

Una araña descendió de pronto entre ellos. Colgó de un hilo invisible e hizo un leve giro. Era dorada, en aquella penumbra. Luego, corrió de nuevo hilo arriba y desapareció.

—En mi vida habĂ­a visto una araña en un bar —dijo Monk.

—Vive de las moscas del bar —dijo la dama.

—Dios santo, este sitio estĂĄ lleno de chistes malos.

La dama se tirĂł un pedo.

—Un beso, para ti —dijo.

—Gracias —dijo Monk.

Un borracho, que estaba al otro extremo de la barra, metiĂł dinero en la mĂĄquina de discos y el esqueleto saliĂł de detrĂĄs de la barra y caminĂł hasta la dama e hizo una reverencia. La dama se levantĂł y bailĂł con el esqueleto. Dieron vueltas y vueltas. No se veĂ­a en el bar mĂĄs gente que la dama, el esqueleto, el borracho y Monk. Era una noche de poco ajetreo. Monk encendiĂł un Pall Mall y siguiĂł bebiendo. TerminĂł la pieza y el esqueleto volviĂł detrĂĄs de la barra y la dama volviĂł a sentarse al lado de Monk.

—AĂșn recuerdo —dijo la dama— cuando venĂ­an aquĂ­ todas las celebridades, Bing Crosby, Amos y Andy, los Tres Chiflados. Este sitio estaba muy bien.

—Me gusta mĂĄs de esta manera —dijo Monk.

La mĂĄquina de discos volviĂł a ponerse en marcha.

—¿Le apetece un baile? —preguntĂł la dama.

—¿Por quĂ© no? —dijo Monk.

Se levantaron y empezaron a bailar. La dama llevaba un vestido color lavanda. OlĂ­a a lilas. Pero era muy gorda y tenĂ­a la piel anaranjada y la dentadura postiza parecĂ­a masticar quedamente un ratĂłn muerto.

—Este sitio me recuerda a Herbert Hoover —dijo Monk.

—Hoover fue un gran hombre —dijo la dama.

—Mierda —dijo Monk—. Si no hubiera llegado Franky D. nos habrĂ­amos muerto de hambre.

—Franky D. nos metiĂł en la guerra —dijo la dama.

—Bueno —dijo Monk—, tenĂ­a que protegernos de las hordas fascistas.

—No me hables de las hordas fascistas —dijo la dama—. Mi hermano muriĂł luchando contra Franco en España.

—¿Brigada Abraham Lincoln? —preguntĂł Monk.

—Brigada Abraham Lincoln —dijo la dama.

Bailaban muy juntos, y de pronto la dama le metiĂł a Monk la lengua en la boca. Él la expulsĂł de un lengĂŒetazo. La lengua de aquella dama sabĂ­a a sellos de correos viejos y a ratĂłn muerto. TerminĂł la pieza. Volvieron a la barra y se sentaron.


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El esqueleto se acercĂł. Llevaba un vodka con naranjada en una mano. Se plantĂł frente a Monk y le tirĂł el vodka con naranjada por la cara. Luego se fue.

—¿Pero quĂ© le pasa? —preguntĂł Monk.

—Es celosĂ­simo —dijo la dama—. Vio que te besaba.

—¿Llamas a eso un beso?

—He besado a algunos de los hombres mĂĄs grandes de todos los tiempos.

—Me lo imagino… A NapoleĂłn, a Enrique VIII y a Julio CĂ©sar…

La mujer pedĂł.

—Un beso para ti —dijo.

—Gracias —dijo Monk.

—Creo que me estoy haciendo vieja —dijo la dama—. Hablamos de prejuicios pero nunca hablamos del prejuicio que tienen todos contra los viejos.

—SĂ­ —dijo Monk.

—Pero en realidad no soy vieja —dijo la dama.

—No —dijo Monk.

—AĂșn tengo la regla —dijo la dama.

Monk hizo una seña al esqueleto pidiendo otros dos tragos. La dama pasó a tomar también whisky
con hielo. Los dos tomaron lo mismo. El esqueleto volviĂł y se sentĂł.

—Sabes —dijo la dama—, yo estaba allĂ­ cuando Baby Ruth tenĂ­a “strikes” y apuntĂł a la pared con el dedo y bateĂł la siguiente pelota por encima de la pared.

—CreĂ­ que eso era un mito —dijo Monk.

—Ninguna mierda de mito —dijo la dama—. Yo estaba allĂ­ y lo vi todo.

—Sabes —dijo Monk—, es maravilloso. Es la gente excepcional la que hace girar el mundo. Es como si hicieran los milagros por nosotros, mientras nosotros no hacemos un carajo.

—SĂ­ —dijo la dama.

Se sentaron y bebieron. Fuera se oía el tråfico subir y bajar por Hollywood Boulevard. El rumor era persistente, como la marea, como las olas, casi como un océano; y era un océano: allå fuera había tiburones y barracudas y medusas y pulpos y rémoras y ballenas y moluscos y esponjas y lisas, la tira de peces. Allí dentro parecía mås bien una pecera.

—Yo estaba allĂ­ —dijo la dama— cuando Dempsey estuvo a punto de matar a Willard. Jack salĂ­a
directo del furgón, furioso como un tigre hambriento. Nunca se vio cosa igual, ni antes ni después.

—¿Y dices que aĂșn tienes la regla?

—AsĂ­ es —dijo la dama.

—Dicen que Dempsey tenĂ­a cemento o yeso en los guantes, dicen que los empapĂł en agua y dejĂł
que se endurecieran; que por eso liquidĂł a Willard como lo hizo —dijo Monk.

—Eso es una cochina mentira —dijo la dama—. Yo estaba allĂ­, yo vi aquellos guantes.

—Me parece que estĂĄs loca —dijo Monk.

—TambiĂ©n lo dicen de Juana de Arco —dijo la dama.

—Supongo que viste a Juana de Arco en la hoguera —dijo Monk.

—Yo estaba allĂ­ —dijo la dama—. Yo lo vi.

—Mentira.

—ArdiĂł. Yo la vi arder. Fue tan horrible y tan bello.

—¿QuĂ© tenĂ­a de bello?

—CĂłmo ardĂ­a. EmpezĂł por los pies. Era como un nido de serpientes rojas que se le enroscaban en las piernas y subĂ­an, y luego era como una cortina roja llameante; tenĂ­a la cara alzada hacĂ­a arriba, y notabas el olor de la carne quemada y aĂșn estaba viva pero no lanzĂł ni un chillido, ni un grito. MovĂ­a los labios y rezaba, pero no gritĂł.

—Monsergas —dijo Monk—. CĂłmo no iba a gritar.

—No —dijo la dama—. Hay gente que es distinta.

—La carne es carne y el dolor, dolor —dijo Monk.

—Subestimas el espĂ­ritu humano —dijo la dama.

—SĂ­ —dijo Monk.

La dama abriĂł el bolso.

—Mira, te voy a enseñar algo.

SacĂł una caja de fĂłsforos, encendiĂł uno y extendiĂł la palma de la mano abierta. Puso el fĂłsforo debajo de la palma y la dejĂł allĂ­ hasta que se apagĂł. BrotĂł un aroma dulzĂłn a carne quemada.

—Estuvo muy bien —dijo Monk—. Pero no es todo el cuerpo.

—No importa —dijo la dama—. El principio es el mismo.

—No —dijo Monk—. No es lo mismo.

—Cojones —dijo la dama.

Se levantĂł y colocĂł un fĂłsforo encendido en el dobladillo de su vestido lavanda. Era una tela fina, como gasa, y las llamas empezaron a lamerle las piernas y empezaron a subirle hacia la cintura.

—¡Dios santo! —dijo Monk—. ¿Pero quĂ© coño haces?

—Demostrarte un principio —dijo la dama.

Las llamas se elevaron mĂĄs. Monk saltĂł del taburete y derribĂł a la dama. La hizo rodar por el suelo una y otra vez, apagando las llamas del vestido con las manos. Por fin el fuego se extinguiĂł. La dama volviĂł al taburete y se sentĂł. Monk se sentĂł a su lado, temblando. El camarero se acercĂł. Llevaba una camisa blanca limpia, chaleco negro, pajarita, pantalones a rayas azules y blancas.

—Lo siento, Maude —le dijo a la dama—. Pero tienes que irte. Ya has tenido bastante por esta noche.

—EstĂĄ bien, Billy —dijo la dama; vaciĂł su vaso, se levantĂł y se encaminĂł hacia la puerta. Antes de salir, dio las buenas noches al borracho que habĂ­a al otro extremo de la barra.

—Dios santo —dijo Monk—, esta mujer es demasiado.

—VolviĂł a hacer el nĂșmero de Juana de Arco, ¿verdad? —preguntĂł el camarero.

—¡QuĂ© coño! Usted lo vio, ¿no?

—No, yo estaba hablando con Louie —señalĂł al borracho del otro extremo de la barra.

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—CreĂ­ que usted estaba arriba manejando esos cables.

—¿QuĂ© cables?

—Los cables del esqueleto.

—¿QuĂ© esqueleto? —preguntĂł el camarero.

—Vamos, hombre, no joda conmigo —dijo Monk.

—¿Pero de quĂ© me estĂĄ hablando?

—HabĂ­a aquĂ­ sirviendo un esqueleto. Si hasta bailĂł con Maude y todo.

—Oiga, amigo, yo he estado aquĂ­ toda la noche —dijo el camarero.

—Ya le dije que no joda conmigo.

—No estoy jodiendo —dijo el camarero.

Luego se volviĂł al borracho que estaba al extremo de la barra:

—Oye, Louie, ¿has visto aquĂ­ un esqueleto?

—¿Un esqueleto? —preguntĂł Louie—. ¿De quĂ© hablas?

—ExplĂ­cale a este individuo que yo he estado aquĂ­ detrĂĄs de la barra toda la noche —dijo el
camarero.

—SĂ­, amigo, Billy ha estado aquĂ­ toda la noche y ninguno de los dos hemos visto ningĂșn esqueleto.

—PĂłngame otro whisky con hielo —dijo Monk—. Tengo que salir de aquĂ­.

El camarero le sirviĂł el whisky con hielo. Monk se lo bebiĂł y luego saliĂł de allĂ­.

FIN 

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Mar de fondo

đ”đ‘Ÿđ‘Šđ‘Žđ‘› 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. EstudiĂ© Comunicaciones, SociologĂ­a y soy autor del libro "Las vidas que tomĂ© prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑱𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

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