Umberto Eco y su infancia en la guerra: columna completa y análisis de “Renazco, renazco en 1940”
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| La memoria de la guerra en Umberto Eco. |
¡Hola, lectores! 😀 La obra de Umberto Eco no solo deslumbra por su inteligencia narrativa, sino también por su capacidad para pensar la historia, la cultura y la memoria desde una mirada profundamente humana.
En esta ocasión, vale la pena detenernos en un texto breve, pero poderosísimo: “Renazco, renazco en 1940”, una columna donde el autor italiano recuerda su niñez en plena guerra y reflexiona sobre cómo el pasado puede regresar con nuevos disfraces.
Más que una evocación íntima, esta página de Eco es una advertencia. En ella aparecen la escasez, el miedo, el toque de queda, la propaganda y el peso del fascismo en la vida cotidiana. Pero también aparece algo más inquietante: la sospecha de que la historia nunca termina de irse del todo.
Si te interesa la literatura de ideas, la memoria histórica o la obra del autor de El nombre de la rosa, este texto merece una lectura atenta. A continuación, compartimos la columna completa y luego un análisis para entender por qué sigue siendo tan actual.
¿De qué trata la columna “Renazco, renazco en 1940” de Umberto Eco?
En esta columna, Umberto Eco recuerda su infancia durante la Segunda Guerra Mundial en Italia. Lo hace desde una mezcla de nostalgia, ironía y alarma política. Por un lado, recupera escenas de su niñez: los refugios antiaéreos, la oscuridad de las ciudades, el hambre, el frío y la presencia constante de soldados. Por otro, conecta esos recuerdos con señales contemporáneas que le hacen sentir que algo del pasado vuelve a asomar.
Ese es uno de los mayores aciertos del texto: no se limita a contar una experiencia infantil, sino que muestra cómo ciertos discursos, miedos y mecanismos de exclusión pueden repetirse bajo nuevas formas. Por eso esta columna no solo tiene valor testimonial, sino también político y cultural.
Lectura completa de “Renazco, renazco en 1940”
Renazco, renazco en 1940
La vida no es más que una lenta rememoración de la infancia. De acuerdo. Pero lo que convierte en dulce ese recuerdo es que desde la lejanía de la nostalgia nos parecen bellos hasta los momentos que entonces nos resultaban dolorosos, incluso cuando resbalabas en la acequia, te dislocabas un pie y tenías que quedarte quince días en casa enyesado con gasa empapada en clara de huevo. Recuerdo con ternura las noches pasadas en el refugio antiaéreo; nos despertaban en medio del sueño más profundo y nos arrastraban vestidos con pijama y abrigo hasta un subterráneo húmedo, hecho de hormigón armado e iluminado por bombillas de luz mortecina, donde jugábamos a perseguirnos mientras sobre nuestras cabezas se oían ruidos amortiguados de explosiones que no sabíamos si procedían de la artillería antiaérea o de las bombas. Nuestras madres temblaban de frío y de miedo, pero para nosotros era una extraña aventura. Así es la nostalgia. Estamos dispuestos a aceptar todo lo que nos recuerde los horribles años cuarenta, y ese es el tributo que pagamos por nuestra vejez.
¿Cómo eran las ciudades en aquella época? Tenebrosas de noche, cuando la oscuridad obligaba a los escasos transeúntes a utilizar lamparitas no de pilas sino de dinamo, como el faro de la bicicleta que se cargaba por fricción, accionando espasmódicamente con la mano una especie de gatillo. Más tarde se impuso el toque de queda y ya no se podía andar por la calle.
De día recorrían la ciudad unidades del ejército, al menos hasta 1943, mientras en ella estuvo acuartelado el Ejército Real, y con mayor intensidad en tiempos de la República de Salò, cuando circulaban continuamente por las ciudades manípulos y patrullas de marinos de la San Marco o de las Brigadas Negras, y por los pueblos más bien grupos de partisanos, armados unos y otros hasta los dientes. En esta ciudad militarizada en ciertas ocasiones se prohibían las reuniones, no obstante pululaban grupos de Balillas, Pequeñas Italianas de uniforme y escolares con delantales negros que salían de la escuela al mediodía, mientras las madres iban a comprar lo poco que se podía encontrar en las tiendas de alimentación; y si querías comer pan, no digo blanco sino que no fuera repugnante y hecho de serrín, tenías que pagar sumas considerables en el mercado negro. En casa la luz era débil, por no hablar de la calefacción, limitada a la cocina. Por la noche dormíamos con un ladrillo caliente en la cama y recuerdo con ternura hasta los sabañones. Hoy no puedo decir que todo esto haya regresado, desde luego no de manera íntegra. Pero comienzo a percibir su perfume. Para empezar, hay fascistas en el gobierno. No solo ellos: no son exactamente fascistas, pero qué más da, ya se sabe que la historia se repite dos veces, la primera en forma de tragedia y la segunda en forma de farsa. En aquellos tiempos aparecían en los muros manifiestos en los que se veía a un negro estadounidense repugnante (y ebrio) que tendía su mano ganchuda hacia una blanca Venus de Milo. Hoy veo por televisión rostros amenazantes de negros enflaquecidos que están invadiendo a miles nuestras tierras y, francamente, la gente a mi alrededor está más asustada que entonces.
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Está volviendo el delantal negro en las escuelas, y no tengo nada en su contra, es mejor que la camiseta con la firma de algún pretencioso, pero empiezo a percibir un sabor a magdalena embebida en tila y, como Gozzano, tengo ganas de decir «renazco, renazco, en 1940». Acabo de leer en un periódico que el alcalde de Novara, de la Liga Norte, ha prohibido que de noche se reúnan en el parque más de tres personas. Estoy a la espera, con un estremecimiento proustiano, del retorno del toque de queda. Nuestros soldados están peleando en Asia (por desgracia, ya no en África) contra rebeldes de rostro coloreado más o menos orientales. Pero también veo unidades del ejército bien armadas y con camuflaje en las aceras de nuestras ciudades. El ejército, como entonces, no combate solo en las fronteras, sino que desempeña tareas policiales. Tengo la impresión de estar de nuevo en Roma, ciudad abierta. Leo artículos y escucho discursos bastante similares a aquellos que leía entonces en La Difesa della Razza, que atacaban no solo a los judíos sino también a los gitanos, marroquíes y extranjeros en general. El pan está cada vez más caro. Nos advierten de que deberemos ahorrar en petróleo, limitar el derroche de energía, apagar los escaparates de noche. Disminuyen los automóviles y reaparecen los ladrones de bicicletas. Como toque de originalidad, en breve el agua será racionada. Todavía no tenemos un gobierno en el Sur y otro en el Norte, pero hay quien está trabajando en esa dirección. Me falta un capo que abrace y bese castamente en la mejilla a las esplendorosas esposas campesinas, pero cada uno tiene sus gustos.
[2008]
Análisis de la columna de Umberto Eco
1. La infancia como memoria ambigua
Uno de los grandes temas del texto es la forma en que recordamos la niñez. Eco sugiere que incluso los momentos duros pueden adquirir una pátina de ternura con el paso del tiempo. El refugio antiaéreo, que para los adultos era miedo puro, para los niños podía sentirse como una aventura. Esa diferencia entre experiencia y recuerdo sostiene buena parte de la fuerza del texto.
2. La guerra vista desde lo cotidiano
Otro acierto de la columna es que no habla de la guerra desde las grandes batallas, sino desde los detalles mínimos: el pan malo, la oscuridad de las ciudades, el frío en la cama, el mercado negro, los uniformes escolares, los soldados en las calles. Gracias a ello, la historia deja de ser una abstracción y se convierte en algo vivido en el cuerpo y en la rutina.
3. El pasado como advertencia política
La columna no se queda en la evocación sentimental. Umberto Eco conecta los años cuarenta con su presente y advierte que ciertas lógicas de exclusión, miedo y control pueden reaparecer. Esa famosa idea de que la historia se repite en forma de tragedia y luego de farsa funciona aquí como una alarma ética. El pasado, en Eco, nunca está del todo muerto.
4. Una prosa lúcida, irónica y profundamente culta
Incluso en un texto breve, aparece el estilo característico de Eco: referencias culturales, humor sutil, memoria histórica y una gran capacidad para enlazar experiencia personal con lectura crítica del mundo. Por eso esta columna resulta tan valiosa: combina emoción, inteligencia y una mirada incómoda sobre la realidad.
Frases e ideas que deja este texto de Umberto Eco
- La infancia no siempre se recuerda como fue, sino como la rehace la nostalgia.
- La guerra también se vive en los pequeños gestos de la vida diaria.
- Los discursos de odio pueden regresar con nuevos rostros.
- La memoria personal puede convertirse en una advertencia colectiva.
- La literatura también sirve para reconocer las señales del presente.
¿Por qué leer hoy esta columna de Umberto Eco?
Porque no es solo un recuerdo autobiográfico. Es un texto que ayuda a pensar cómo funcionan el miedo social, la propaganda, el prejuicio y la repetición de ciertas ideas autoritarias. En tiempos marcados por discursos polarizados, migración forzada, violencia simbólica y manipulación mediática, volver a Eco sigue siendo una experiencia reveladora.
Además, para quienes admiran novelas como El nombre de la rosa, este tipo de columna permite descubrir otra faceta del autor: la del intelectual que observa la historia desde la experiencia propia y la convierte en reflexión pública.
Preguntas frecuentes sobre Umberto Eco y “Renazco, renazco en 1940”
¿De qué trata “Renazco, renazco en 1940”?
Es una columna en la que Umberto Eco recuerda su infancia durante la Segunda Guerra Mundial y reflexiona sobre el regreso de ciertos discursos políticos y sociales que le evocan aquel tiempo.
¿Qué tema principal desarrolla Umberto Eco en este texto?
El tema central es la relación entre memoria, infancia, guerra y repetición histórica. Eco muestra cómo el pasado puede parecer lejano, pero reaparecer bajo nuevas formas.
¿Por qué este texto de Umberto Eco sigue siendo actual?
Porque plantea preguntas vigentes sobre autoritarismo, miedo social, racismo, propaganda y manipulación política. Su lectura sigue dialogando con problemas del presente.
¿Este texto ayuda a comprender mejor la obra de Umberto Eco?
Sí. Permite conocer su faceta ensayística y periodística, además de su mirada crítica sobre la historia, la cultura y la política.
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Leer a Umberto Eco siempre es una forma de pensar mejor. Y en esta columna, además, es una forma de mirar cómo la infancia, la guerra y la política pueden entrelazarse en una memoria que aún nos interpela. Si ya conocías este texto, cuéntame qué impresión te dejó. Y si es la primera vez que lo lees, dime qué frase se te quedó resonando.
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Grande, como siempre. Me recuerda Cesare Pavese, Vasco Prattolini, entre otros.
ResponderEliminarGracias por comentar, por favor vuelve pronto por aquí!
EliminarEstamos ante los mismos sistemas.Eco,equivale desde luego,el pensador obligado a releer en todos los tiempos.visionario en todo el esplendor de la palabra,gracias
ResponderEliminarno cabe duda que Eco era un visionario. Saludos
EliminarMuchas gracias por compartir. Saludos. RHCastro
ResponderEliminarSaludos para ti también :D. y vuelve pronto!
EliminarMUCHAS GRACIAS
ResponderEliminarde nada :D. vuelve pronto!
EliminarEn verdad, para nosotros los latinoamericanos nos es difícil entender en lo integro el pensamiento de un niño que ha vivido y visto la guerra, pero si es valedero asimilar las enseñanzas de ese y cualquier otro gran pensador y esperar que no se vuelvan a suceder situaciones como esas, que hagamos todo lo que esté en nuestras manos lo indecible para que nada de ello vuelva a repetirse.!
ResponderEliminarcreo que este tipo de testimonios sirven para reflexionar y evitar que se repita
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