Mario Benedetti y un relato sobre la soledad, la aceptación y la búsqueda del amor más allá de la apariencia.
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| La noche de los feos, una historia de amor y aceptación. |
¡Hola, lectores! 😀Mario Benedetti es uno de los escritores más importantes de la literatura latinoamericana del siglo XX. Poeta, narrador, ensayista y periodista uruguayo, construyó una obra profundamente humana que explora temas como el amor, la soledad, la identidad y la condición social. Su estilo directo y emotivo ha convertido sus textos en lecturas imprescindibles para varias generaciones de lectores.
La noche de los feos, publicado originalmente en el libro La muerte y otras sorpresas (1968), es uno de sus cuentos más conocidos. A través del encuentro entre dos personas marcadas por cicatrices físicas, Benedetti reflexiona sobre la exclusión, el deseo de ser aceptado y la necesidad de encontrar una conexión auténtica en un mundo dominado por las apariencias.
Más de medio siglo después de su publicación, este relato sigue siendo vigente porque cuestiona los estándares de belleza y nos invita a reflexionar sobre la dignidad humana, la empatía y el amor.
Otro cuento cautivador de Mario Benedetti es: "Datos para El viudo"
¿De qué trata "La noche de los feos" de Mario Benedetti?
El cuento narra el encuentro entre un hombre y una mujer que se consideran físicamente feos debido a las marcas que llevan en sus rostros. Ambos cargan con la experiencia cotidiana del rechazo y la mirada ajena. A partir de una conversación sincera, descubren una afinidad inesperada que los lleva a compartir una noche decisiva.
Lejos de centrarse únicamente en la apariencia física, el relato explora temas como la vulnerabilidad, la aceptación mutua y la posibilidad de encontrar comprensión en otro ser humano que ha experimentado sufrimientos similares.
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Lectura completa del cuento
1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
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Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo cómo qué?”
“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
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Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN
Análisis literario de "La noche de los feos"
Este relato es una de las muestras más representativas de la sensibilidad narrativa de Mario Benedetti. Bajo una aparente sencillez argumental, el autor desarrolla una profunda reflexión sobre la identidad, la autoestima y la necesidad de ser reconocido más allá de la apariencia física.
Temas principales
- La exclusión social.
- La belleza y los estándares físicos.
- La soledad.
- La búsqueda de aceptación.
- La vulnerabilidad emocional.
- La empatía y el reconocimiento mutuo.
- La dignidad humana.
Personajes y función simbólica
El narrador: representa a quienes han sido definidos por la mirada social y han interiorizado el rechazo.
La mujer: simboliza la posibilidad de encontrar comprensión y humanidad en medio de la exclusión.
La sociedad: aparece de forma indirecta a través de las miradas, los gestos y los prejuicios que pesan sobre ambos personajes.
Estilo y contexto
Benedetti utiliza un lenguaje sencillo, preciso y profundamente emocional. El relato está narrado en primera persona, lo que permite al lector acceder a la intimidad psicológica del protagonista. La economía de recursos narrativos potencia la fuerza simbólica de la historia.
El cuento fue publicado durante una etapa de gran madurez creativa del autor, en un contexto latinoamericano marcado por profundas transformaciones sociales y culturales. Sin embargo, su mensaje trasciende el momento histórico y conserva plena vigencia.
Otro cuento asociado a. la belleza es El collar, cuento de Guy de Maupassant.
¿Por qué leer "La noche de los feos" hoy?
En una época dominada por las redes sociales, los filtros digitales y la presión por responder a determinados estándares estéticos, este cuento resulta especialmente actual. Benedetti nos recuerda que la verdadera conexión humana no depende de la perfección física, sino de la capacidad de reconocer y aceptar la fragilidad del otro.
La historia sigue interpelando a los lectores porque plantea preguntas fundamentales sobre la identidad, la autoestima y el modo en que construimos nuestras relaciones personales.
Recomendaciones para seguir leyendo a Mario Benedetti
Una historia que sigue emocionando a nuevas generaciones
La noche de los feos demuestra la capacidad de Mario Benedetti para encontrar belleza literaria en los rincones más dolorosos de la experiencia humana. Su lectura continúa invitándonos a reflexionar sobre la aceptación, la empatía y la necesidad de mirar más allá de las apariencias.
¿Ya habías leído este cuento? Cuéntanos en los comentarios qué interpretación le das al final de la historia y qué reflexión te dejó esta obra de Mario Benedetti.
Excelente cuento. Interesante
ResponderEliminarSiempre el maestro, Mario!
EliminarUna belleza este relato
ResponderEliminarconmovedor!! saludos
EliminarBelleza, fealdad, miedo a ser, frente a la exposición al qué dirán.
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