Ernesto Sabato nos habla sobre el arte de "escribir poco" para no morir

¡Buenos días, lectores! Primero, gracias por unirse al WhatsApp de Mar de fondo, nos acercamos a los 100 mil seguidores y todo gracias a su pasión por los libros. En esta oportunidad, tuve contacto con una magistral conferencia del argentino Ernesto Sabato en el Centro de Bellas Artes en Madrid, allá por 1999. Los consejos que aquí expresan son ¡de lujo! 

Antes del fin libro de Ernesto Sabato
Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/79UZ1HwyS

Hace un par de meses terminamos de leer "El túnel" en nuestro grupo de WhatsApp de Mar de fondo. Una obra interesante y breve pero que es considerada la más influyente del escritor argentino. 

Ernesto Sabato nació en Rojas provincia de Buenos Aires, el 24 de junio de 1911 (el mismo año que el maestro Arguedas). Destacó como escritor y ensayista, pero también es cierto que los últimos años de su vida se dedicó con mucha más pasión a la pintura, por eso este texto habla también de ello, pues Sabato manifiesta el placer de alzarse temprano, de apreciar la belleza y de pintar sus cuadros hasta el final de sus días en 2011. 

También aprovecha para referirse al libro "Antes del fin" (1998), ya que la obra de Sabato es conocida por explorar temas existenciales y psicológicos, como 'El túnel', dónde se narra la historia de un pintor (Juan Pablo Castel)  obsesionado con una mujer (Maria Iribarne). 

Ahora sí, sin más preámbulo, te dejo con este magnífico texto de Sábato...

EL ARTE DE ESCRIBIR POCO


Siempre fui severo conmigo mismo. He tratado de evitar eso que podríamos llamar, en sentido un poco irónico, la literatura por la literatura, los juegos de palabras. De cualquier manera, hace tiempo que dejé de escribir. Fue en 1979, cuando quedé mal de la vista. Para entonces ya había publicado tres novelas, otras quedaron nonatas o fueron quemadas; desde chico fui medio incendiario, pirómano, me producía cierta satisfacción quemar todo. Cuando llegaron los problemas con la vista, como todas las cosas malas traen siempre su lado bueno, decidí que me iba a dedicar a la pintura, que fue siempre mi otra gran pasión.

La pintura me ha ayudado a vivir más; la estoy viviendo con mucha alegría, hasta el punto de que acabo de cumplir ochenta y seis años y me siento muy fuerte y contento pintando. La pintura -aunque sea expresionista y tenga mucho que ver también con el inconsciente, como la mía- es más sana que la literatura, puedo asegurarlo porque he hecho las dos cosas. Recomiendo pintar a la gente que está muy cansada; hombres de negocios, por ejemplo: que dejen los negocios y se ocupen de vivir más años. Hay una alegría en el color, y el inconsciente es tan útil como el sueño. He hecho algunos retratos de grandes escritores, tres o cuatro: Dostoievsky, Kafka… El de Dostoievsky me satisface bastante porque se aprecia un poco la criminalidad que había en él.De cualquier manera, volviendo a mi escritura, quedaron tres novelas y varios libros de ensayo que giran en torno a un solo problema: la deshumanización de la humanidad. Esta humanidad técnica y tecnócrata, el mundo con sus industrias y poluciones, trastornando los ríos y mares y las especies animales. La gente dice «vaya a tal parte, que se puede comer buen pejerrey», pero lo cierto es que no hay buen pejerrey en ninguna parte del mundo, están contaminando los mares con ácido sulfúrico, ácido nítrico, mercurio, plomo… Más bien habría que comer poco y tomar poco porque está todo arruinado, y desgraciadamente creo que es ya algo irreversible. Puede pensarse que peco de pesimismo, pero yo no lo creo. Lo cierto es que este mundo que ha deificado la técnica es terrible; quizá estemos a tiempo de parar el proceso, pero lo veo muy difícil.


He escrito desde chico y he escrito de grande para no morirme; es decir, creo que el arte es una gran ayuda para soportar muchas cosas crueles de la existencia, de uno mismo y de la humanidad en general. Mis libros son difíciles, duros, pero al mismo tiempo se encuentran sumergidos en una cierta atmósfera de optimismo. No es que deliberadamente me proponga ser optimista, creo que más bien el mundo actual es propenso al pesimismo e incluso al nihilismo, y son dos peculiaridades que no me gustan. Hay que luchar siempre contra viento y marea, y no dejarse arrastrar por el pesimismo.

Escribo lo indispensable, no creo en la cantidad. Creo que si un escritor no puede decir en uno, dos o tres libros todo lo que se refiere al bien y al mal, a la esperanza y a la desesperación, al destino de la humanidad, a los grandes problemas éticos y espirituales, no va a ganar nada escribiendo más y más libros como si fuesen papel moneda, depreciando el valor en oro de ese libro que podría ser único. Tenemos el ejemplo de los grandes escritores: lo que escribe Cervantes es El Quijote; lo demás son pequeñas obras que se hacen lateralmente. Dante escribió La Divina Comedia y punto. En latín escribe un tratado que se refiere a problemas teológicos, pero el libro que va a quedar, el que se va a leer siempre es La Divina Comedia, escrita en el buen romance, la lengua del pueblo.

Me fascinan los escritores que han conseguido decir en un solo libro cosas importantes y decisivas. San Juan de la Cruz lo ha dicho todo en muy pocas páginas. En el caso de un poeta, se pueden decir en veinte páginas cosas memorables. La novela es diferente, pero tampoco hay que excederse y escribir mil páginas. En definitiva, no creo en la cantidad: me parece que hay pocas cosas que decir y que hay que decirlas con las palabras más escuetas y menos pretenciosas, al alcance de cualquier ser humano.

Me levanto generalmente a las cinco de la mañana, a veces a las cuatro, veo amanecer, los árboles -vivo rodeado de árboles en una vieja quinta, y está lindo el amanecer-, todo ese tipo de cosas, los pájaros… Estoy tratando de terminar Antes del fin, que esalgo así como una memoria, pero no en el sentido de «día tal: me levanté, hice tal cosa…». Hay escritores a los que les gusta hacerlo así, pero yo no pertenezco a esa raza, me aburren mucho esas cosas. El título se presta a varias interpretaciones. ¿Antes del fin de qué? De esta civilización, de la deshumanización del hombre. ¿Luchar para qué? No sabemos si es posible detener este proceso de avance hacia lo mecanizado, hacia lo deshumanizado.

Desde luego, no creo que yo vaya a transformar el mundo, pero los libros se leen e influyen. Me da mucha alegría cuando voy por la calle y un hombre, una mujer o un muchacho me hablan sobre mis libros. Y las cartas que me escriben me han hecho meditar acerca de esta fantasía delirante y malévola que es el progreso, esos edificios cada vez más altos, cada vez más deshumanizados, que consiguen que la gente no se conozca entre sí. En palabras de Schopenhauer -que a su vez se basó en un razonamiento del gran filósofo italiano del siglo XVIII, Giambattista Vico- «hay épocas de la historia en que la reacción es progresista y el progreso es reaccionario». Es una gran frase, una gran verdad. Yo creo que en estos momentos es positivo ser reaccionario en el buen sentido de la palabra, no en el sentido de atrasado, o de enemigo de todo. Me estoy refiriendo a la necesidad de parar el progreso.

Antes del fin es y no es un texto autobiográfico: hay memorias, recuerdos, pero también sueños y momentos de gran soledad. Es un libro bastante raro. Hay, por ejemplo, cosas que escribo al levantarme -antes del amanecer-, muy nocturnas, inescrutables incluso para mí mismo, mientras que cuando sale el sol uno se empieza a poner un poco menos recóndito, la luz siempre sirve para algo. Pero también la oscuridad sirve, y de ahí la importancia de los sueños. Los sueños no mienten nunca; todos somos mentirosos de alguna manera durante el día, no solamente los escritores y los negociantes. En cambio, cuando se sueña se suelen decir grandes verdades.

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No creo adecuado aplicarme la palabra «intelectual». El intelectual no trabaja nada más que con el intelecto; un matemático, por ejemplo, sólo trabaja con la razón pura; el teorema de Pitágoras no lo inventó Pitágoras en un rapto poético, es algo cerebral. Y lo cerebral es bueno y es malo, porque en mi opinión lo más importante del ser humano está del cerebro para abajo. La corteza cerebral es útil para demostrar teoremas, yo mismo lo he hecho alguna vez: en cierta época de mi vida, cuando era físico-matemático, trabajé sobre radiactividad. Después me di cuenta de que esas investigaciones estaban conduciendo a un desastre que no tiene nombre y me incliné hacia el otro lado, el del arte, que desde chico me gustó.

La pintura y la literatura son humanas, y no se hacen con la corteza cerebral, sino de la corteza cerebral hacia abajo. Creo que fue Pascal quien apuntaba hacia «les raisons du coeur», las razones del corazón. Desde hace tiempo, desgraciadamente, está de moda poner por encima de todo la ciencia y la técnica, que en su estado más puro tienen cierta hermosura, pero que son terribles y han conducido a este mundo a la destrucción; porque vivimos en un mundo en destrucción que, si se ha de salvar, será mediante una vuelta a los grandes principios de la condición humana, desterrados en las inmensas ciudades.



Si se incendia un apartamento en Buenos Aires, y uno necesita que alguien le ayude a apagarlo, ¿quién sabe quién vive en el primer piso, en el segundo? En los pueblos no sucede lo mismo: uno es el Tito, el otro es el Negro…, hay todavía humanidad. Yo me fui de Buenos Aires hace cincuenta y tres años a vivir a un pueblo cercano, donde siempre hay gente dispuesta a ayudar. No es que no crea que la condición humana es siempre más o menos la misma, pero se hace peor en la ciudad.

Las razones de la cabeza no me parecen fundamentales: creo que la humanidad aguanta por las razones del corazón. Lo intelectual está bien para, pongamos, crear la teoría de la relatividad, pero nadie espera que con la teoría de la relatividad se vaya a mejorar la especie humana, al contrario, pueden suceder cosas terribles… Yo estudié física y matemáticas, sí, y luego lo abandoné todo. Me di cuenta de que el mundo había ido empeorando por culpa de la ciencia. «Ciencia» es hoy una palabra desdichada que yo evito; si no fuese por ella, no tendríamos este mundo mecanizado. Los aparatos que llegan a cualquier rincón del mundo, todas esas personas que escuchan la radio o la televisión nos dejan ver que la técnica tiene sus ventajas, pero no por ello podemos idealizar la ciencia y la razón pura, que no son humanas.

Un hombre puede tener un pequeño almacén en el que vender cositas, y tener amigos, y vivir más o menos modestamente; ser amable si es posible, tratar de ayudar… Ésas son las cosas que deberían enseñarse, pero la gente cree que lo que hay que enseñar son logaritmos. Conozco a muchas personas que saben lo que es un logaritmo y son una porquería; he hecho el doctorado en matemáticas, de manera que puedo permitirme el lujo de decir esto. Se ha deificado a la ciencia. Yo no creo que Einstein fuera una mala persona, con su melena y todos esos atributos ante los cuales la gente cae de rodillas. Pero ya no se inclinan, en cambio, ante un sabio en el sentido antiguo de la palabra, un sabio analfabeto, puesto que en las viejas culturas casi todos lo eran.

En los pueblos aún se puede encontrar un hombre de edad, analfabeto, que tiene sabiduría en el sentido grande de la palabra, sabiduría sobre la vida, la muerte, la felicidad, el infortunio… Eso es sabiduría, sagesse, que no es el conocimiento de poder manejar una tabla de logaritmos. ¿Cómo nadie en su sano juicio puede pensar que sea bueno saber manejar una tabla de logaritmos?

No digo con esto que la ciencia abstracta sea deplorable. Tiene su belleza intelectual, cierto; hay teoremas y teorías -de matemática pura, de física pura- de una gran belleza. La relatividad, por ejemplo, es una belleza intelectual, pero con eso no se vive ni se muere. Prefiero las cosas humanas a los aparatos.

No entiendo tampoco que se progrese gran cosa haciendo un viaje a Marte, un planeta que está fotografiado y que es horrendo. Comprendo que, por ejemplo, en verano, si se tiene algo de dinero, se vaya a la playa, pero, ¿a Marte? Hay que estar loco. Y, ciertamente, abundan mucho los locos en la ciencia. Imagínese que yo estoy por morirme, cosa que puede ocurrir en cualquier momento, y viene un buen amigo a susurrarme al oído, mientras estoy yo tratando de vivir todavía un poquito más, «Ernesto, ¿sabés que se acaba de descubrir un nuevo satélite en Saturno?». Sé la respuesta que le daría, aunque no la voy a decir por educación.

TE RECOMIENDO, LECTOR: Así fue el crimen de Juan Pablo Castel en "El túnel" de Ernesto Sabato (fragmento)



Los nueve meses que pasé dedicado al trabajo que realizó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) para investigar los crímenes y las torturas que se cometieron durante la dictadura militar fueron un período triste y duro. A mí, en calidad de presidente de la Comisión, me caían todos los rayos, amenazas de todo tipo, también contra mi familia. Fue un período muy grave, pero muy positivo en muchos sentidos, porque las cosas graves -incluso las que pueden parecernos atroces- son siempre también educativas. El largo proceso militar, en el que se torturó y asesinó a alrededor de 30.000 seres humanos -de los cuales tres cuartas partes eran muchachos idealistas en el mejor sentido de la palabra-, es un crimen atroz que no se podía aceptar de ninguna manera, y la Comisión hizo mucho en ese sentido. Sufrimos, pero fue algo positivo: condenaron a los culpables, algunos a prisión perpetua.

Aunque después el presidente Alfonsín -a quien aprecio mucho y es un gran demócrata, pero quizá demasiado bueno para combatir estos males- dijo que era preferible volver a la paz y se hizo eso que se llamó la Amnistía General, que nos amargó muchísimo. Creo que fue una debilidad por su parte aceptar interrumpir lo que mucha gente estaba deseando que se hiciera, fue como echar sobre el asunto un manto de olvido y hay cosas que ni se pueden ni se deben olvidar. El caso es que así sucedió y se concedió la amnistía: gravísimo error. Nos ha traído, en cambio, una gran esperanza ver que los procesos que se vieron interrumpidos en Argentina se están llevando adelante en países como Italia o España.


Alfonsín es una gran persona, un hombre excelente que vive tan pobre y tan honestamente como cuando subió a la presidencia, y eso ya es mucho decir. Tuve varias conversaciones privadas con él, cuando fui presidente de la comisión CONADEP, y le pedí que no aflojara. Pero había muchas fuerzas que deseaban poner fin a todo aquello, sobre todo los que eran culpables, y Alfonsín, tal vez por su bondad, cedió. Puedo decir que no lo hizo por cobardía, porque no es cobarde, sino porque de verdad piensa que era preciso cubrir de olvido lo que pasó, aunque desde luego yo no estoy de acuerdo. Creo que el castigo forma parte de la justicia; no creo -supongo que porque no soy demasiado bueno- que se deba dejar en libertad a gente que ha torturado.

Conferencia pronunciada en 1999 en el Centro de Bellas Artes de Madrid, España.

Mar de fondo

𝑆𝑜𝑦 𝐵𝑟𝑦𝑎𝑛 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) creador del Blog de Mar de fondo. Estudié Comunicaciones, Sociología y estoy escribiendo un libro. Soy un amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜"

22 Comentarios

  1. Sencillas y claras reflexiones que invitan a seguir pensando.

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  2. Excelente página, felicitaciones por regalarnos historias tan interesantes.

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  3. Gracias por incentivar el amor por la literatura.🌺

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  4. Sabato es maravilloso cuando escribe, Pese al pesimismo de su obra siempre nos deja con una leccion aprendida y una tarea por resolver,

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  5. Gracias x compartir!! Me gusta mucho leer a Sabato, siempre encuentro ideas muy interesantes que incorporar a mí acervo cultural!! Saludos cordiales, desde Venezuela!! ❤️

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    1. un abrazo hasta Venezuela y gracias por leer mi Blog. :D

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  6. Cuanta razón en su discurso de este autor argentino, nos queda la tarea de humanizar y ser mejor comunidad. Gracias Sabato por tu reflexión.

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  7. Gracias por compartir. Magistral ensayo

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  8. Mil gracias por compartir.
    La tecnología no puede destripar a la literatura.
    Abrazos y más abrazos a la humanidad.

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  9. Muy interesante me encantó gracias por compartir tan maravillosos personajes de la gran literatura y demás.

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  10. Buscando un cuento, me tope con estas palabras que resuenan, palpitan cada uno de sus pensamientos, son como mi propio espejo. Me reafirmo mas el camino que elegi.
    Muchas gracias por compartir .

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  11. Interesantes reflexiones. Mil gracias por compartir

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