José Saramago sobre la lectura: «El lector no lee la novela»

José Saramago reflexiona sobre el lector, el autor y el narrador: ¿leemos realmente una novela o, detrás de ella, siempre leemos al novelista?

José Saramago reflexiona sobre la lectura y la novela
Saramago explica qué ocurre realmente cuando leemos una novela. 

¡Hola, lectores!😀 ¿Qué ocurre realmente cuando abrimos una novela? A simple vista parece una pregunta sencilla: encontramos personajes, una historia, una voz narrativa y un mundo construido mediante palabras. Sin embargo, para José Saramago, detrás de todos esos elementos permanece una presencia que nunca desaparece completamente: la del escritor.

Esta idea llevó al Premio Nobel de Literatura portugués a formular una afirmación tan provocadora como sugerente: «El lector no lee la novela, lee al novelista». Con ella, Saramago cuestionaba algunas de las ideas tradicionales acerca de la relación entre el autor, el narrador, la obra literaria y quien finalmente la lee.

La reflexión que compartimos a continuación procede de un discurso de Saramago pronunciado durante la concesión de un doctorado honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia. En sus palabras encontramos una particular concepción de la literatura: cada lector construye un camino diferente dentro del texto, mientras que el escritor deja inevitablemente una parte de sí mismo en aquello que escribe.

Antes de leer íntegramente el fragmento, vale la pena conocer algunas claves del pensamiento literario de uno de los autores más importantes de la literatura portuguesa contemporánea. 

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José Saramago y su particular manera de entender la literatura

José Saramago nació el 16 de noviembre de 1922 en Azinhaga, Portugal, y con el paso de las décadas se convirtió en una de las voces fundamentales de la literatura europea del siglo XX. Su obra se caracteriza por combinar narración, reflexión filosófica, crítica social, ironía y una constante preocupación por la condición humana.

Entre sus novelas más conocidas encontramos Ensayo sobre la ceguera, El Evangelio según Jesucristo, Las intermitencias de la muerte, El hombre duplicado, Todos los nombres y La caverna.

Pero acercarse a Saramago significa descubrir algo más que una colección de grandes novelas. Su manera de escribir desafió numerosas convenciones narrativas: utilizó extensos párrafos, redujo considerablemente los signos tradicionales del diálogo y construyó una voz narrativa capaz de comentar, ironizar, reflexionar e incluso interpelar indirectamente al lector.

Un Nobel que desafió las convenciones narrativas

En 1998, José Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer escritor de lengua portuguesa en obtener esta distinción. Para entonces ya había desarrollado una obra profundamente reconocible tanto por sus temas como por su estilo.

Saramago escribió novelas, cuentos, poesía, teatro, crónicas, diarios y ensayos. En gran parte de su producción aparecen preguntas sobre el poder, la desigualdad, la religión, la libertad, la identidad, la responsabilidad individual y las contradicciones de las sociedades contemporáneas.

Esta preocupación también llegó hasta la propia naturaleza de la literatura. Saramago no solo se preguntaba qué historias contar, sino también quién habla cuando una novela cuenta una historia y qué relación existe entre esa voz narrativa y la persona que escribe.

«El lector no lee la novela, lee al novelista»: ¿qué quiso decir Saramago?

Uno de los conceptos más interesantes del pensamiento literario de Saramago aparece cuando cuestiona la separación absoluta entre autor y narrador.

La teoría literaria suele distinguir al autor real de la voz narrativa. Quien escribe una novela es una persona histórica concreta, mientras que el narrador pertenece al universo construido dentro del texto. Incluso cuando un relato está escrito en primera persona, no deberíamos identificar automáticamente esa voz con el escritor.

Saramago, sin embargo, introduce una provocación.

Para él, convertir al narrador en una entidad completamente separada puede terminar ocultando algo fundamental: detrás de cualquier decisión narrativa continúa existiendo un autor que seleccionó las palabras, organizó los acontecimientos, construyó los personajes y decidió desde qué perspectiva debía contemplarse ese universo.

No significa necesariamente que cada opinión de un personaje represente las ideas personales del escritor. La cuestión es más profunda: ninguna voz narrativa aparece espontáneamente. Alguien la construye.

De allí surge su afirmación: cuando el lector cree estar leyendo únicamente una novela, de alguna manera también está leyendo a la persona que la hizo posible.

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El contexto del discurso de José Saramago

El texto que leerás a continuación pertenece al discurso de José Saramago pronunciado con motivo de la concesión del doctorado honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia.

En él, el escritor portugués reflexiona sobre los límites de la interpretación literaria, la imposibilidad de encontrar una única lectura definitiva y, especialmente, sobre la relación entre el autor, el narrador y el lector.

Compartimos el fragmento de manera íntegra para conservar la formulación original de sus ideas.

El lector no lee la novela, lee al novelista: fragmento de José Saramago

Abordar un texto literario, cualquiera que sea el grado de profundidad o amplitud de su lectura, presupone, y me atrevo a decir que presupondrá siempre, una cierta incomodidad de espíritu. Es como si una consciencia exterior estuviera observando con ironía la futilidad relativa de nuestros esfuerzos de destape, ya que, estando ellos obligados a organizar, en el complejo sistema capilar del texto, un itinerario continuo y una univocidad coherente, al mismo tiempo abandonan las mil y una vías ofrecidas por otros itinerarios posibles. Esto, a pesar de que sabemos de antemano, que sólo después de haber recorrido todos los caminos, aquellos y el que se eligió, podríamos acceder al significado último del texto, suponiendo que lo que llamamos texto tenga un último significado, un límite, un no más allá.

Eso sin contar que la lectura supuestamente totalizada así obtenida, no haría más que acrecentar, a la red sanguinea del texto, una ramificación nueva, un circuito nuevo, y por tanto impondría la necesidad de una nueva lectura... Todos hemos compadecido la suerte de Sísifo, obligado a empujar montaña arriba una sempiterna piedra que sempiternamente rodará para el fondo del valle, pero quizá el peor castigo del desafortunado hombre sea el de saber que no podrá tocar jamás una sola de las piedras que están alrededor, esas que se quedarán esperando, en vano, la fuerza que las arrancaría de la inmovilidad.

No preguntamos al soñador por qué razón está soñando, no requerimos del pensador las razones primeras de su pensar, pero nos gustaría saber, de uno y otro, a donde les llevan, o llevan ellos, el sueño y el pensamiento. En una palabra, querríamos conocer, para comodidad nuestra, esa pequeña constelación de brevedades que conocemos por el nombre de conclusiones. Sin embargo, al escritor -sueño y pensamiento reunidos- no se le puede exigir, y él tampoco sabría hacerlo, que nos explique los motivos, desvende los caminos y señale los propósitos.

El escritor (igual que el pintor, igual que el escultor, igual que el músico) va borrando los rastros que dejó, crea tras de sí, entre los dos horizontes, un desierto, razón por la que el lector tendrá que trazar y abrir, en el terreno así alisado, una ruta suya, personal, que jamás coincidirá, jamás se yuxtapondrá a la ruta del escritor, para siempre escondida. A su vez, el escritor, barridas las señales que marcaron no sólo el sendero por el que vino, sino también las dudas, las pausas, las mediciones de la altura del sol, la resolución de las hipotéticas bifurcaciones, no sabrá decirnos por qué camino llegó adonde ahora se encuentra, parado en medio del texto o ya en el fin de él. Ni el lector puede reconstituir el itinerario del escritor, ni el escritor puede reconstituir el itinerario del texto: el lector sólo podrá interrogar al texto acabado, el escritor tal vez debiese renunciar a decir cómo lo hizo. Pero ya sabemos que no renunciará.

Cambio de tono. Por experiencia propia, he observado que, en su trato con autores a quien la fortuna, el destino, la mala suerte no permitieran la gracia de un título académico, pero que, a pesar de todo, fueron capaces de producir una obra merecedora de alguna atención, la actitud de las universidades suele ser de una benévola y sonriente tolerancia, muy parecida a la que las personas razonablemente sensibles usan en su relación con los niños y los viejos, con unos porque todavía no saben, con los otros porque ya olvidaron. Gracias a tan generoso procedimiento, los profesores de Literatura en general y los de Teoría de la Literatura en particular, han acogido con simpática condescendencia -sin que por eso tiemblen sus convicciones personales y científicas- mi osada declaración de que la figura del Narrador no existe de hecho, y que sólo el Autor - repito, sólo el Autor- ejerce real función narrativa en la obra de ficción, cualquiera que ella sea, novela, cuento o teatro (¿dónde está, quién es el Narrador en la obra teatral?), y quien sabe si hasta en la poesía, que tanto como soy capaz de entender representa la ficción suprema, la ficción de las ficciones. (¿Podremos decir que los heterónimos de Pessoa son los narradores de Pessoa? Si es así, ¿quién les narra a ellos? Entre unos y otros, ¿quién está narrando a quién?).

Buscando auxilio en una dudosa o, por lo menos, problemática correspondencia de las artes (véase Étienne Souriau), algunas veces he argumentado, en mi defensa, que entre una pintura y la persona que la observa no existe otra mediación que no sea la del respectivo autor ausente, y que, por tanto, no es posible identificar, o siquiera imaginar, por ejemplo, la figura de un Narrador en el Guernica, en La rendición de Breda o en Los fusilamiento de la Moncloa. A esta objeción suelen responderme, en general, que, siendo las artes de la pintura y de la escritura diferentes, diferentes tendrían que ser también, necesariamente, las reglas que las definen y las leyes que las gobiernan. Tan perentoria respuesta parece que quiere ignorar el hecho, a mi entender fundamental, de que no hay, objetivamente, ninguna diferencia esencial entre la mano que va guiando el pincel o el vaporizador sobre el soporte, y la mano que va dibujando las letras en el papel o las hace aparecer en la pantalla del computador. Ambas son prolongaciones de un cerebro, ambas son instrumentos mecánicos y sensitivos, capaces, ambas, con adiestramiento y eficacia semejantes, de composiciones y ordenamientos expresivos, sin más barreras o intermediarios que los de la fisiología y de la psicología.

Esta es mi contestación del Narrador, claro está, no llego hasta el punto de negar que la figura de una entidad así denominada pueda ser ejemplificada y apuntada en un texto, al menos, y lo digo con todo el respeto, según una lógica deductiva bastante similar a la demostración ontológica de la existencia de Dios de que S. Anselmo ha sido el autor... Acepto, incluso, la probabilidad de desdoblamientos o variantes de un presunto Narrador central, con el encargo de expresar una pluralidad de puntos de vista y de juicios, considerados, por el Autor, útiles a la dialéctica de los conflictos. La pregunta que me hago, y esto es lo que verdaderamente más me interesa, es si la atención obsesiva puesta por los analístas del texto es tan escuridiza entidad, propiciadora, sin duda, esa atención, de suculentas y gratificantes especulaciones teóricas, no estará contribuyendo para la reducción del Autor y de su pensamiento a un papel de peligrosa secundariedad, siempre que se trate de llegar a una comprensión más amplia de la obra. Aclararé que, cuando hablo de pensamiento, no estoy apartando de él los sentimientos y las sensaciones, los anhelos y los sueños, todas las vivencias del mundo exterior y del mundo interior sin las cuales el pensamiento se tornaría quizá (me arriesgo a pensarlo...) en un puro pensar inoperante.

Abandonando desde ahora cualquier precaución oratoria, lo que estoy asumiendo aquí, finalmente, son mis propias dudas, mis propias perplejidades sobre la identidad real de la voz narradora que vehicula, tanto los libros que he escrito como en los que hasta ahora he leído, aquello que, definitivamente, creo que es, caso por caso, y cualquiera que sean las técnicas empleadas, el pensamiento del Autor. El suyo propio, personal (hasta donde es posible que lo sea), o, acompañándolo, mezclándose con él, informándolo y conformándolo, los pensamientos ajenos, históricos o contemporáneos, deliberadamente o inconscientemente tomados de prestado para satisfacer las necesidades de la narración: las discursivas, las descriptivas y las reflexivas.

Fuente: Revista Contrastes.

¿Qué significa «el lector no lee la novela, lee al novelista»?

La afirmación de Saramago puede parecer radical si la leemos literalmente. Sin embargo, detrás de ella existe una reflexión bastante más compleja sobre la naturaleza de la creación literaria.

Cuando leemos una novela acostumbramos hablar del narrador como la instancia que organiza la historia. Puede tratarse de un narrador omnisciente, protagonista, testigo o de diferentes voces que se alternan dentro de una misma obra.

Saramago no niega necesariamente que podamos identificar estas estructuras. Lo que cuestiona es que olvidemos que todas ellas fueron imaginadas, seleccionadas y organizadas por una persona concreta.

Detrás del narrador existe alguien que decidió qué mostrar, qué ocultar, cuándo detenerse, qué palabras escoger y desde qué perspectiva representar el mundo.

En este sentido, leer una novela también significa encontrarse indirectamente con el pensamiento de quien la escribió.

El sensacional primer capítulo de "La viuda", libro de José Saramago 

El autor detrás del narrador

La distinción entre autor y narrador sigue siendo una herramienta fundamental para analizar literatura. El error consistiría en pensar que todo lo expresado por un personaje o una voz narrativa representa automáticamente las opiniones personales del escritor.

Pero Saramago plantea otra pregunta: ¿hasta dónde podemos separar completamente ambas figuras?

Un narrador puede ser ficticio, contradictorio, poco fiable o incluso moralmente opuesto al escritor que lo creó. Sin embargo, sigue siendo una construcción nacida de determinadas decisiones autorales.

Por eso Saramago reclama nuevamente la presencia del Autor, palabra que incluso escribe con mayúscula en determinadas partes de su reflexión.

La novela no surge de una voz abstracta que apareció espontáneamente dentro de las páginas. Existe una inteligencia que diseñó ese universo.

Cada lector construye su propio camino

Otro de los pasajes más hermosos del texto aparece cuando Saramago compara el proceso creativo con un camino cuyas huellas desaparecen detrás del escritor.

El autor conoce —al menos mientras escribe— las dudas, elecciones, correcciones y bifurcaciones que dieron origen al libro. Sin embargo, cuando la obra llega al lector, gran parte de esas marcas ya no existen.

Quien lee debe construir entonces su propia ruta.

Dos personas pueden leer exactamente la misma novela y terminar con interpretaciones diferentes. Incluso nosotros mismos podemos regresar años después a un libro y encontrar algo que anteriormente había pasado completamente desapercibido.

La obra permanece, pero el lector cambia.

Y cuando cambia el lector, también cambia aquello que encuentra dentro del texto.

Leer también significa interpretar

Esta idea conecta con el comienzo de la reflexión de Saramago. Para el escritor portugués, recorrer un texto significa necesariamente escoger determinados caminos y abandonar otros.

Ninguna interpretación puede agotar por completo todas las posibilidades de una gran obra literaria.

Podemos analizar los personajes, estudiar los símbolos, reconstruir el contexto histórico, observar la estructura narrativa y comparar interpretaciones críticas. Aun así, siempre quedará algún camino pendiente.

Por eso los clásicos pueden continuar produciendo nuevas lecturas décadas e incluso siglos después de haber sido publicados.

José Saramago contra la figura tradicional del narrador

Uno de los momentos más polémicos del discurso aparece cuando Saramago afirma que «la figura del Narrador no existe de hecho» y sostiene que solo el autor ejerce realmente la función narrativa.

Desde la teoría literaria tradicional, esta afirmación resulta discutible. La distinción entre autor y narrador permite comprender precisamente que una obra de ficción puede construir voces diferentes de la personalidad histórica de quien escribe.

Pero el valor de la propuesta de Saramago está en obligarnos a reconsiderar una pregunta que a veces damos por resuelta demasiado rápido.

Si detrás de cada narrador existe un escritor que lo inventó, ¿hasta qué punto podemos estudiar esa voz ignorando completamente a su creador?

Para defender su argumento, Saramago compara la literatura con la pintura.

Cuando contemplamos el Guernica de Picasso no solemos imaginar una entidad denominada «narrador» situada entre la pintura y nosotros. Reconocemos que existe una obra y que detrás de ella estuvo su autor.

Saramago se pregunta entonces por qué la literatura necesitaría necesariamente esa mediación.

Su comparación puede discutirse, naturalmente, pero precisamente allí reside el atractivo de estas reflexiones: no pretenden clausurar el debate, sino abrirlo.

La metáfora de Sísifo y la imposibilidad de una lectura definitiva

Entre las imágenes utilizadas por Saramago aparece también Sísifo, el personaje de la mitología griega condenado a empujar eternamente una piedra hacia la cima de una montaña para verla caer una y otra vez.

El escritor utiliza esta figura para representar, de alguna manera, el esfuerzo interminable de interpretar una obra literaria.

Cada lectura abre un camino.

Pero al escogerlo dejamos innumerables caminos sin recorrer.

Si intentáramos regresar para explorar todas las posibilidades, nuestra nueva interpretación añadiría a su vez otra perspectiva al texto. Y entonces necesitaríamos volver a leerlo.

El proceso podría continuar indefinidamente.

Desde esta perspectiva, una gran novela nunca termina completamente de ser leída. Cada época, cada generación e incluso cada lector puede encontrar en ella significados diferentes.

Eso explica por qué todavía discutimos sobre Don Quijote de la Mancha, Hamlet, Madame Bovary, Crimen y castigo o La metamorfosis muchos años después de su publicación.

No necesariamente porque exista una interpretación secreta esperando ser descubierta, sino porque la literatura permite nuevas preguntas cada vez que alguien vuelve a leerla.

¿Por qué sigue siendo actual esta reflexión de José Saramago?

Las palabras de Saramago continúan resultando relevantes porque vivimos en una época en la que interpretamos públicamente las obras como quizá nunca antes.

Los clubes de lectura, podcasts, canales de YouTube, blogs literarios, TikTok, Facebook, Goodreads y otras plataformas permiten que miles de lectores discutan simultáneamente sobre una novela.

Una sola obra puede generar interpretaciones políticas, psicológicas, históricas, filosóficas, feministas, sociológicas o puramente estéticas.

Y entonces reaparece la pregunta de Saramago.

Leamos "Café en suspenso" y otros tres cuentos cortos de José Saramago 

¿Estamos leyendo únicamente el texto o también estamos intentando encontrar al escritor detrás de él?

El debate resulta todavía más interesante cuando sabemos detalles de la vida de un autor. Conocer la biografía de Franz Kafka, Virginia Woolf, Fiódor Dostoyevski o el propio Saramago puede modificar nuestra manera de interpretar determinados pasajes.

Pero también existe un peligro: reducir toda obra a la biografía de quien la escribió.

Probablemente uno de los aspectos más interesantes de la literatura se encuentre precisamente en esa tensión. El escritor crea la obra, pero cuando el libro comienza a circular entre los lectores, aparecen significados que posiblemente ni siquiera él había imaginado.

Obras de José Saramago para comprender mejor su pensamiento

Quienes quieran profundizar en la literatura y el pensamiento de José Saramago pueden comenzar por algunas de sus novelas fundamentales.

Ensayo sobre la ceguera

Publicada en 1995, Ensayo sobre la ceguera imagina una sociedad afectada repentinamente por una extraña epidemia de ceguera. A través de esta situación extrema, Saramago explora el egoísmo, la solidaridad, el poder, la violencia y la fragilidad de las normas sociales.

Es probablemente una de las mejores puertas de entrada a su literatura.

El Evangelio según Jesucristo

En El Evangelio según Jesucristo, Saramago reinterpreta la figura de Jesús desde una perspectiva profundamente humana y literaria.

La novela generó importantes controversias, pero también demuestra una de las características fundamentales del escritor portugués: su voluntad permanente de cuestionar relatos que solemos considerar inamovibles.

Las intermitencias de la muerte

¿Qué ocurriría si, de pronto, nadie muriera?

Esa es la premisa de Las intermitencias de la muerte. A partir de una situación aparentemente fantástica, Saramago construye una reflexión sobre la existencia, las instituciones, la política y nuestra relación con la mortalidad.

El hombre duplicado

El hombre duplicado explora uno de los temas más inquietantes de la literatura: la identidad.

Su protagonista descubre la existencia de un hombre exactamente igual a él, y ese encuentro desencadena preguntas acerca de aquello que realmente nos convierte en individuos únicos.

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Preguntas frecuentes sobre José Saramago y la lectura

¿Qué decía José Saramago sobre la lectura?

José Saramago consideraba la lectura como un proceso activo de interpretación. Para él, cada lector construye un recorrido personal dentro de la obra y ninguna lectura puede agotar todas las posibilidades de significado contenidas en un texto literario.

¿Qué quiso decir Saramago con «el lector no lee la novela, lee al novelista»?

Con esta idea, Saramago defendía la importancia del autor detrás de la obra. Aunque podamos identificar diferentes narradores y voces dentro de una novela, todas ellas proceden finalmente de las decisiones, experiencias, pensamientos e imaginación del escritor que las creó.

¿Qué pensaba José Saramago sobre el narrador?

Saramago cuestionaba la consideración del narrador como una entidad completamente autónoma. Llegó a afirmar provocadoramente que el narrador «no existe de hecho» y que es el autor quien ejerce realmente la función narrativa mediante las distintas voces construidas dentro de la ficción.

¿Cuál es el estilo literario de José Saramago?

El estilo de José Saramago se caracteriza por párrafos extensos, una puntuación particular, diálogos integrados dentro de la narración, ironía, digresiones reflexivas y una voz narrativa capaz de combinar relato, filosofía y crítica social.

¿Cuándo ganó José Saramago el Premio Nobel de Literatura?

José Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998. Fue el primer escritor de lengua portuguesa en obtener este reconocimiento y el galardón consolidó internacionalmente una trayectoria literaria iniciada varias décadas antes.

Una novela también es el rastro de quien la escribió

La reflexión de José Saramago nos deja finalmente frente a una pregunta que probablemente no tenga una respuesta definitiva.

Cuando abrimos una novela, ¿estamos leyendo únicamente una historia o estamos también encontrándonos con la persona que la escribió?

El escritor puede borrar sus huellas, esconderlas detrás de personajes, cambiar de perspectiva, inventar narradores y construir mundos completamente diferentes al suyo. Sin embargo, algo de él permanece necesariamente en cada elección.

Al mismo tiempo, el lector tampoco llega vacío al libro. Lleva consigo sus experiencias, recuerdos, conocimientos, prejuicios, expectativas y emociones.

Tal vez por eso cada encuentro entre un libro y un lector produce algo irrepetible.

El novelista construye el camino y después borra sus propias pisadas. El lector llega más tarde y debe encontrar una ruta diferente.

Y quizá allí se encuentre una de las grandes maravillas de la literatura: un mismo libro puede contener tantos caminos como lectores estén dispuestos a recorrerlo.

Después de leer estas palabras de Saramago, queda abierta la discusión: cuando lees una novela, ¿crees que lees solamente la obra o también intentas descubrir al escritor que existe detrás de ella?

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¡Hola, lector! José Saramago es uno de los escritores más leídos de Blog y sus consejos y reflexiones son perfectos para entender mejor la literatura. Es por esta razón, que comparto contigo un fragmento de los tantos discursos que el Nobel portugués ofreció en vida ¡Disfrutemos! 




Mar de fondo

𝐵𝑟𝑦𝑎𝑛 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudié Comunicaciones, Sociología y soy autor del libro "Las vidas que tomé prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

1 Comentarios

  1. Gracias por la publicación. Saramago, abre un debate, que pocos reflexionan. En lo personal siempre me hecho esa pregunta de la creación de una obra literaria, del autor, narrador o narradores.

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