Recordamos al escritor Paul Auster con su cuento “El cuaderno rojo”, una historia que mezcla anĂ©cdotas reales, coincidencias y reflexiones sobre el azar.
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| Imagen tomada de Pinterest: Joseph Lorusso |
¡Hola, lectores! Hoy no es un dĂa cualquiera pues al ser primero de mayo recordamos el dĂa del trabajador, pero esta celebraciĂłn se ha visto empañada en cierto modo por la noticia de la muerte del escritor estadounidense Paul Auster, de quien he seleccionado este fascinante relato que estoy seguro les encantarĂĄ ¡Leamos!
Vida de Paul Auster
Comienzo este preĂĄmbulo contĂĄndoles algo mĂĄs sobre Paul Auster quien muriĂł el 30 de abril a los 77 años vĂctima de un cĂĄncer de pulmĂłn. En vida Auster fue un escritor estadounidense que brillĂł por sus geniales novelas, ensayos y poemas.
Paul Auster naciĂł el 3 de febrero de 1947 en Newark, Nueva Jersey y su obra estĂĄ marcada por un estilo narrativo experimental que a menudo incorpora elementos de la metaficciĂłn, asĂ como la reflexiĂłn filosĂłfica y la exploraciĂłn de la identidad.
Las obras de Paul Auster
Entre las obras mĂĄs destacadas de Paul Auster se encuentran "The New York Trilogy" (La TrilogĂa de Nueva York), que incluye tres novelas interconectadas: "City of Glass" (Ciudad de Cristal), "Ghosts" (Fantasmas) y "The Locked Room" (La HabitaciĂłn Cerrada). Estas novelas exploran temas como la soledad, la bĂșsqueda de identidad y la naturaleza de la realidad.
Antes de su partida Paul Auster nos dejĂł otras novelas aclamadas, como "Moon Palace" (El Palacio de la Luna), "The Music of Chance" (La MĂșsica del Azar) y "Leviathan" (LeviatĂĄn), entre otras. TambiĂ©n ha incursionado en el cine, escribiendo guiones y dirigiendo pelĂculas.
De hecho, hace poco presentĂ© en un artĂculo, la Ășltima novela de Auster llamada Baumgartner junto a los 10 libros mĂĄs esperados del 2024 y quiĂ©n dirĂa que mi primer acercamiento a este escritor estaba prĂłximo a su partida.
A pesar de ello seguiremos en Mar de fondo explorando mĂĄs a este genial exponente de las letras estadounidenses, por eso les prometo que este relato no los decepcionarĂĄ, pues es dinĂĄmico y entretenido de principio a fin. Y si este es el primer relato que lees de Auster, te sentarĂĄ de maravilla...
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EL CUADERNO ROJO
En 1972 una Ăntima amiga mĂa tuvo problemas con la ley. VivĂa aquel año en una aldea de Irlanda, no muy lejos de la ciudad de Sugo. Yo habĂa ido a verla por aquel entonces, el dĂa que un policĂa de paisano se presentĂł en la casa con una citaciĂłn del juzgado. Las acusaciones eran lo suficientemente serias como para requerir un abogado. Mi amiga pidiĂł informaciĂłn, le recomendaron un nombre, y a la mañana siguiente fuimos en bicicleta a la ciudad para reunirnos y hablar del asunto con aquella persona. Con gran asombro por mi parte, trabajaba en un bufete de abogados llamado Argue & Phibbs.
Ăsta es una historia verdadera. Si alguien lo duda, lo reto a que visite Sligo y compruebe por sĂ mismo si me la he inventado. Llevo veinte años riĂ©ndome con esos apellidos y, aunque puedo probar que Argue & Phibbs existĂan de verdad, el hecho de que los dos apellidos hubieran sido emparejados (para formar el chiste mĂĄs ingenioso, la sĂĄtira mĂĄs certera contra la abogacĂa) es algo que todavĂa me parece increĂble.
SegĂșn mis Ășltimas noticias (de hace tres o cuatro años), el bufete continĂșa siendo un negocio floreciente.
2
Al año siguiente (1973) me ofrecieron un trabajo de guarda en una granja del sur de Francia. Los problemas legales de mi amiga eran agua pasada, y puesto que nuestro noviazgo intermitente parecĂa funcionar de nuevo, decidimos unir nuestras fuerzas y aceptar juntos el trabajo. Los dos andĂĄbamos mal de dinero por aquel entonces, y sin aquella oferta hubiĂ©ramos tenido que volver a Estados Unidos, cosa que ninguno de los dos aĂșn habĂa previsto.
Fue un curioso año. Por una parte, el lugar era precioso: un caserĂłn de piedra del siglo xviii, rodeado de viñas por uno de sus flancos y, por el otro, por un parque nacional. El pueblo mĂĄs prĂłximo estaba a dos kilĂłmetros de distancia, y no lo habitaban mĂĄs de cuarenta personas, ninguna de menos de sesenta o setenta años. Era un sitio ideal para que dos escritores jĂłvenes pasaran un año, y tanto L. como yo, trabajando de verdad, sacamos en aquella casa mucho mĂĄs fruto del que ninguno de los dos hubiera creĂdo posible.
Por otra parte, vivĂamos permanentemente al borde de la catĂĄstrofe. Los dueños de la finca, una pareja estadounidense que vivĂa en ParĂs, nos enviaban un pequeño salario mensual (cincuenta dĂłlares), dietas para la gasolina del coche, y dinero para la comida de los dos perros perdigueros que habĂa en la casa. En conjunto, era un acuerdo generoso. No habĂa que pagar alquiler, y aunque nuestro salario nos viniera corto para vivir, cubrĂa una parte de nuestros gastos mensuales. Nuestro plan era conseguir el resto haciendo traducciones. Antes de abandonar ParĂs e instalarnos en el campo habĂamos acordado una serie de trabajos que nos ayudarĂan a pasar el año. Con lo que no habĂamos contado era con que los editores suelen ser lentos a la hora de pagar sus deudas. HabĂamos olvidado tambiĂ©n que los cheques enviados de un paĂs a otro pueden tardar semanas en cobrarse, y que, cuando los cobras, el banco te descuenta comisiones y gastos de cambio. AsĂ que, al no haber dejado un margen para equivocaciones o errores de cĂĄlculo, L. y yo nos encontramos frecuentemente en una situaciĂłn econĂłmica desesperada.
Recuerdo la feroz necesidad de nicotina, el cuerpo entumecido por la abstinencia, cuando registraba bajo los cojines del sofĂĄ y buscaba detrĂĄs de los armarios alguna moneda perdida. Con dieciocho cĂ©ntimos (unos tres centavos y medio), podĂas comprar cigarrillos de la marca Parisiennes, que vendĂan en paquetes de cuatro. Recuerdo que les echaba de comer a los perros, y pensaba que comĂan mejor que yo. Me acuerdo de conversaciones con L., cuando nos planteĂĄbamos en serio abrir una lata de comida de perro para la cena.
Nuestra otra Ășnica fuente de ingresos aquel año procedĂa de un tal James Sugar. (No quiero insistir en los nombres metafĂłricos, pero las cosas son como son, quĂ© vamos a hacerle.) Sugar pertenecĂa al equipo de fotĂłgrafos del National Geographic, y entrĂł en nuestras vidas porque habĂa colaborado con uno de los dueños de la casa en un artĂculo sobre la regiĂłn. Hizo fotos durante meses, recorriendo Provenza en un coche alquilado que le proporcionĂł la revista, y, cada vez que se encontraba por nuestros pagos, pasaba la noche con nosotros. Puesto que la revista le abonaba dietas para sus gastos, nos daba muy amablemente el dinero que tenĂa asignado para gastos de hotel. Si recuerdo bien, la suma ascendĂa a cincuenta francos por noche. AsĂ, L. y yo nos habĂamos convertido en sus hoteleros particulares, y como ademĂĄs Sugar era un hombre encantador, siempre nos alegrĂĄbamos de verlo. El Ășnico problema era que nunca sabĂamos cuĂĄndo iba a aparecer. Nunca avisaba, y la mayorĂa de las veces transcurrĂan semanas entre visita y visita. AsĂ que habĂamos aprendido a no contar con el señor Sugar. Llegaba de repente como caĂdo del cielo, aparcaba su deslumbrante coche azul, se quedaba una o dos noches, y volvĂa a desaparecer. Cada vez que se iba, estĂĄbamos seguros de que era la Ășltima vez que lo veĂamos.
Vivimos los peores momentos al final del invierno y al principio de la primavera. Los cheques dejaron de llegar, robaron uno de los perros, y poco a poco acabamos con toda la comida de la despensa. SĂłlo nos quedaba, por fin, una bolsa de cebollas, una botella de aceite y un paquete de masa para empanada que alguien habĂa comprado antes de que nosotros nos mudĂĄramos a la casa: un resto revenido del verano anterior. L. y yo aguantamos durante toda la mañana, pero hacia las dos y media el hambre pudo con nosotros. Nos metimos en la cocina a preparar nuestro Ășltimo almuerzo: dada la escasez de ingredientes con que contĂĄbamos, un pastel de cebolla era el Ășnico plato posible.
DespuĂ©s de que nuestro invento permaneciera en el horno lo que nos parecĂa tiempo de sobra, lo sacamos, lo pusimos sobre la mesa y le hincamos el diente. En contra de todas nuestras expectativas, lo encontramos exquisito. Creo que incluso llegamos a decir que era la mejor comida que habĂamos probado nunca, pero me temo que sĂłlo era un ardid, un tĂmido intento de darnos animo. Pero, en cuanto comimos un poco mĂĄs, vino la decepciĂłn. De mala gana -muy de mala gana- nos vimos obligados a admitir que el pastel no habĂa cocido lo suficiente, que el centro aĂșn estaba crudo, incomestible. No habĂa mĂĄs remedio que ponerlo en el horno otros diez o quince minutos. Considerando el hambre que tenĂamos, y considerando que nuestras glĂĄndulas salivares acababan de ser activadas, abandonar el pastel no fue fĂĄcil.
Para entretener nuestra impaciencia, salimos a dar un paseo, pensando que el tiempo pasarĂa mĂĄs deprisa si nos alejĂĄbamos del buen olor de la cocina. Me acuerdo de que dimos una vuelta a la casa, quizĂĄ dos. QuizĂĄ nos dejamos llevar por una profunda conversaciĂłn sobre algo que he olvidado. Pero, hiciĂ©ramos lo que hiciĂ©ramos y tardĂĄramos lo que tardĂĄramos, cuando volvimos a la casa la cocina estaba llena de humo. Nos lanzamos hacia el horno y sacamos el pastel, pero era demasiado tarde. Nuestro almuerzo sĂłlo era una ruina. Se habĂa incinerado, reducido a una masa carbonizada y ennegrecida: no se podĂa salvar ni un trozo.
Ahora parece una historia divertida, pero entonces era cualquier cosa menos una historia divertida. HabĂamos caĂdo en un agujero negro y no sabĂamos la manera de salir de Ă©l. En todos mis años de esfuerzo por convertirme en un hombre, dudo que haya existido un momento en el que me sintiera menos inclinado a reĂr o a bromear. Era realmente el fin, una situaciĂłn terrible y espantosa.
Eran las cuatro de la tarde. Menos de una hora despuĂ©s, el imprevisible señor Sugar apareciĂł inesperadamente. LlegĂł hasta la casa en medio de una nube de polvo: la tierra y la gravilla rechinaban bajo los neumĂĄticos. Si me concentro, todavĂa puedo ver la cara boba e ingenua con que bajĂł del coche y nos saludĂł. Era un milagro. Era un verdadero milagro. Y yo estaba allĂ para verlo con mis propios ojos, para vivirlo en mi propia carne. Hasta aquel momento, yo pensaba que cosas asĂ sĂłlo ocurrĂan en los libros.
Sugar nos invitĂł a cenar aquella noche en un restaurante de dos tenedores. Comimos copiosamente y bien, nos bebimos varias botellas de vino, nos reĂmos como locos. Y ahora, por exquisita que fuera, no puedo recordar nada de aquella comida. Pero no he olvidado nunca el sabor del pastel de cebolla.
3
No mucho despuĂ©s de mi regreso a Nueva York (julio de 1974) un amigo me contĂł la siguiente historia. Tiene lugar en Yugoslavia, durante lo que serĂan los Ășltimos meses de la Segunda Guerra Mundial.
El tĂo de S. era miembro de un grupo partisano serbio que luchaba contra la ocupaciĂłn nazi. Un dĂa, sus camaradas y Ă©l amanecieron rodeados por las tropas alemanas. Se habĂan refugiado en una granja, en un lugar perdido del campo, y la nieve alcanzaba casi medio metro de altura: no tenĂan escapatoria. No sabiendo quĂ© hacer, decidieron echarlo a suertes: su plan era salir de la granja uno a uno, corriendo a travĂ©s de la nieve para intentar salvarse. De acuerdo con los resultados del sorteo, el tĂo de S. debĂa salir en tercer lugar.
Vio por la ventana cĂłmo el primer hombre corrĂa por la nieve. Desde detrĂĄs de los ĂĄrboles dispararon una rĂĄfaga de ametralladora. El hombre cayĂł. Un instante despuĂ©s, el segundo hombre saliĂł y le ocurriĂł lo mismo. Las ametralladoras disparaban a discreciĂłn: cayĂł muerto en la nieve.
Entonces le llegĂł el turno al tĂo de mi amigo. No sĂ© si vacilarĂa en la puerta. No sĂ© quĂ© pensamientos lo asaltarĂan en aquel momento. La Ășnica cosa que me han contado es que echĂł a correr, abriĂ©ndose paso a travĂ©s de la nieve con todas sus fuerzas. ParecĂa que la carrera no tenĂa fin. Entonces sintiĂł de repente dolor en una pierna. Un segundo despuĂ©s un calor insoportable se extendiĂł por su cuerpo, y un segundo despuĂ©s habĂa perdido el conocimiento.
Cuando se despertĂł, se encontrĂł tendido boca arriba en el carro de un campesino. No tenĂa ni idea de cuĂĄnto tiempo habĂa transcurrido, no tenĂa ni idea de cĂłmo lo habĂan salvado. Simplemente habĂa abierto los ojos: y allĂ estaba, tumbado en un carro que un caballo o un mulo arrastraba por un camino rural, mirando la nuca de un campesino. ObservĂł esa nuca durante algunos segundos, y entonces, procedentes del bosque, se sucedieron violentas explosiones. Demasiado dĂ©bil para moverse, continuĂł mirando la nuca, y de repente la nuca desapareciĂł. La cabeza volĂł, se separĂł del cuerpo del campesino, y, donde un momento antes habĂa habido un hombre completo, ahora habĂa un hombre sin cabeza.
MĂĄs ruido, mĂĄs confusiĂłn. Si el caballo seguĂa tirando del carro o no, no lo puedo decir, pero, pocos minutos o pocos segundos despuĂ©s, un gran contingente de tropas rusas bajaba por la carretera. Jeeps, tanques, una multitud de soldados. Cuando el oficial al mando vio la pierna del tĂo de S., rĂĄpidamente lo enviĂł al hospital de campaña que habĂan montado en los alrededores. SĂłlo era una choza tambaleante de madera: un gallinero, quizĂĄ el cobertizo de una granja. AllĂ el mĂ©dico del ejĂ©rcito ruso dictaminĂł que era imposible salvar la pierna. Estaba destrozada, dijo, y habĂa que amputarla.
El tĂo de mi amigo empezĂł a gritar. “No me corte la pierna”, implorĂł. “Por favor, se lo suplico, ¡no me corte la pierna!”, pero nadie lo escuchaba. Los enfermeros lo sujetaron con correas a la mesa de operaciones, y el mĂ©dico empuñó la sierra. Ya rasgaba la sierra la piel cuando se produjo otra explosiĂłn. El techo del hospital se hundiĂł, las paredes se derrumbaron, el local entero saltĂł hecho pedazos. Y una vez mĂĄs, el tĂo de S. perdiĂł el conocimiento.
Cuando despertĂł esta vez, estaba acostado en una cama. Las sĂĄbanas eran limpias y suaves, el olor de la habitaciĂłn era agradable, y aĂșn tenĂa la pierna unida al cuerpo. Un momento despuĂ©s, miraba la cara de una joven maravillosa, que sonreĂa y le daba un caldo a cucharadas. Sin saber quĂ© habĂa sucedido, de nuevo habĂa sido salvado y trasladado a otra granja. Cuando volviĂł en sĂ, durante algunos minutos, el tĂo de S. no estuvo seguro de si estaba vivo o muerto. Le parecĂa que a lo mejor habĂa despertado en el paraĂso.
Se quedĂł en la casa mientras se recuperaba y se enamorĂł de la joven maravillosa, pero aquel amor no prosperĂł. Me gustarĂa decir por quĂ©, pero S. nunca me contĂł mĂĄs detalles. Lo que sĂ© es que su tĂo conservĂł la pierna y, cuando terminĂł la guerra, se trasladĂł a Estados Unidos para empezar una nueva vida. No sĂ© cĂłmo (no conozco bien los pormenores), acabĂł en Chicago de agente de seguros.
4
L. y yo nos casamos en 1974. Nuestro hijo naciĂł en 1977, y al año siguiente ya habĂa terminado nuestro matrimonio. Pero todo eso importa poco ahora, salvo para localizar el escenario de un incidente que ocurriĂł en la primavera de 1980.
L. y yo vivĂamos entonces en Brooklyn, a tres o cuatro manzanas de distancia, y nuestro hijo dividĂa su tiempo entre los dos apartamentos. Una mañana, yo habĂa ido a casa de L. para recoger a Daniel y llevarlo al colegio. No me acuerdo si entrĂ© en el edificio o si Daniel bajĂł las escaleras solo, pero recuerdo con claridad que, cuando ya nos Ăbamos, L. abriĂł la ventana de su apartamento en el tercer piso para echarme dinero. Tampoco me acuerdo de por quĂ© lo hizo. QuizĂĄ querĂa que echara una moneda en el parquĂmetro; quizĂĄ yo tenĂa que hacerle algĂșn recado, no lo sĂ©. Lo Ășnico que se me ha quedado grabado es la ventana abierta y la imagen de una moneda de diez centavos volando por el aire. La veo con tal claridad que es casi como si hubiera estudiado fotografĂas de ese instante, como si la moneda formara parte de un sueño recurrente que yo hubiera tenido desde entonces.
Pero la moneda de diez centavos chocĂł contra la rama de un ĂĄrbol, y se rompiĂł la curva descendente que describĂa camino de mi mano. La moneda rebotĂł contra el ĂĄrbol, aterrizĂł sin ruido por allĂ cerca y se esfumĂł. Me acuerdo de haberme agachado a buscarla, removiendo las hojas y las ramas al pie del ĂĄrbol, pero los diez centavos no aparecieron por ninguna parte.
Puedo fechar este incidente a principios de la primavera porque sĂ© que mĂĄs tarde, el mismo dĂa, asistĂ a un partido de bĂ©isbol en el Shea Stadium: el partido que inauguraba la temporada. Un amigo mĂo habĂa conseguido entradas, y generosamente me habĂa invitado a acompañarlo. Yo no habĂa estado nunca en el primer partido de la temporada, y recuerdo bien la ocasiĂłn.
Llegamos temprano (parece que habĂa que recoger las entradas en alguna taquilla) y, mientras mi amigo hacĂa la gestiĂłn, yo lo esperaba en uno de los accesos del estadio. No se veĂa un alma. Me refugiĂ© en un hueco para encender un cigarro (aquel dĂa hacĂa mucho viento), y allĂ, en el suelo, a un palmo de mi pie, estaban los diez centavos. Me agachĂ©, los cogĂ y me los metĂ en el bolsillo. Por absurdo que pueda parecer, tuve la certeza de que eran los mismos diez centavos que habĂa perdido en Brooklyn esa mañana.
5
En el parvulario de mi hijo habĂa una niña cuyos padres estaban tramitando el divorcio. Yo apreciaba particularmente al padre, un pintor poco reconocido que se ganaba la vida copiando proyectos arquitectĂłnicos. Creo que sus cuadros eran muy hermosos, pero siempre le faltĂł la suerte necesaria para convencer a los marchantes de que apoyaran su obra. La Ășnica vez que expuso, la galerĂa quebrĂł al poco tiempo.
B. no era un intimo amigo, pero lo pasĂĄbamos bien juntos, y, siempre que lo veĂa, yo volvĂa a casa con renovada admiraciĂłn por su tenacidad y su calma interior. No era un hombre que se quejara, que sintiera lĂĄstima de sĂ mismo. Por muy negras que le hubieran ido las cosas en los Ășltimos años (infinitos problemas de dinero, falta de Ă©xito artĂstico, amenazas de desahucio de su casero, dificultades con su antigua mujer), nada parecĂa desviarlo de su camino. Continuaba pintando con la misma pasiĂłn de siempre, y, al revĂ©s que muchos, nunca mostrĂł ninguna amargura, ninguna envidia hacia artistas de menor talento a los que les iba mucho mejor que a Ă©l.
A veces, cuando no trabajaba en sus propios cuadros, hacĂa copias de los maestros antiguos en el Metropolitan Museum. Me acuerdo de un Caravaggio que copiĂł un dĂa y que me pareciĂł extraordinario. No era una copia, sino mĂĄs bien una rĂ©plica, un duplicado exacto del original. En una de aquellas visitas al museo, un millonario tejano vio trabajar a B. y quedĂł tan impresionado que le encargĂł la copia de un Renoir para regalĂĄrsela a su novia.
B. era sumamente alto (casi dos metros), guapo y amable, cualidades que lo hacĂan especialmente atractivo para las mujeres. Cuando superĂł el divorcio y volviĂł a la circulaciĂłn, no tuvo problemas para encontrar compañeras. Yo sĂłlo lo veĂa dos o tres veces al año, pero cada vez habĂa una mujer distinta en su vida. Todas estaban evidentemente locas por Ă©l. SĂłlo tenĂas que ver cĂłmo miraban a B. para adivinar lo que sentĂan, pero, por una u otra razĂłn, ninguna de sus relaciones duraba demasiado.
Dos o tres años después, el casero de B. consiguió su propósito y lo echó del estudio. B. abandonó la ciudad, y dejamos de vernos.
Pasaron varios años y entonces, una noche, B. volviĂł a la ciudad para asistir a una cena. Mi mujer y yo tambiĂ©n estĂĄbamos invitados y, cuando supimos que B. estaba a punto de casarse, le pedimos que nos contara la historia de cĂłmo habĂa conocido a su futura mujer.
Unos seis meses antes, nos contĂł, habĂa hablado por telĂ©fono con un amigo. El amigo estaba preocupado por B., y pronto empezĂł a reprocharle que no hubiera vuelto a casarse. Ya hace siete años que te divorciaste, le dijo; ya hubieras podido sentar la cabeza con una docena de mujeres atractivas e interesantes. Pero ninguna te parece lo bastante buena y siempre las dejas. ¿QuĂ© te pasa? ¿QuĂ© demonios quieres?
No me pasa nada, dijo B. Simplemente no he encontrado la persona adecuada, eso es todo. Al ritmo que vas, nunca la encontrarĂĄs, le respondiĂł su amigo. ¿Has encontrado alguna vez una mujer que se aproxime a lo que buscas? Dime una, sĂłlo una. ¿A que no eres capaz de nombrar una sola mujer?
Sorprendido ante la vehemencia de su amigo, B. reflexionĂł sobre el asunto detenidamente. SĂ, dijo por fin. HabĂa una. Una mujer que se llamaba E., a la que habĂa conocido en Harvard cuando era estudiante, hacĂa mĂĄs de veinte años. Pero entonces E. salĂa con otro, y B. salĂa con otra (su futura ex mujer), y no habĂa habido nada entre ellos. No tenĂa ni idea de dĂłnde estaba E. ahora, dijo, pero si encontrara a alguien como ella, no dudarĂa en casarse de nuevo.
Ăse fue el final de la conversaciĂłn. Antes de hablarle de E; a su amigo, B. no se habĂa acordado de aquella mujer durante mĂĄs de diez años, pero, ahora que le habĂa vuelto al pensamiento, no se la podĂa quitar de la cabeza. En los tres o cuatro dĂas siguientes, pensĂł en ella sin parar, incapaz de librarse de la sensaciĂłn de que hacĂa varios años habĂa perdido una oportunidad Ășnica de ser feliz. Entonces, como si la intensidad de estos pensamientos hubiera enviado una señal a travĂ©s del mundo, el telĂ©fono sonĂł una noche y allĂ estaba E., al otro lado de la lĂnea.
B. la tuvo al telĂ©fono mĂĄs de tres horas. Ni se enteraba de lo que le decĂa, pero hablĂł y hablĂł hasta pasada la medianoche, con la conciencia de que algo extraordinario habĂa sucedido y no podĂa dejarlo escapar otra vez.
Al terminar sus estudios universitarios, E. ingresĂł en una compañĂa de baile y durante los Ășltimos veinte años se habĂa dedicado exclusivamente a su carrera. Nunca se habĂa casado, y, ahora que estaba a punto de retirarse de los escenarios, llamaba a viejos amigos del pasado, intentando volver a tomar contacto con el mundo. No tenĂa familia (sus padres se habĂan matado en un accidente de coche cuando era niña) y se habĂa criado con dos tĂas que ya habĂan muerto.
B. quedĂł en verla la noche siguiente. Cuando se encontraron, no tardĂł mucho en descubrir que sus sentimientos hacia E. eran tan fuertes como habĂa imaginado. VolvĂa a estar enamorado de ella, y varias semanas despuĂ©s decidieron casarse.
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Para que la historia sea aĂșn mĂĄs perfecta, resultĂł que E. tenĂa bienes. Sus tĂas habĂan sido ricas, y a su muerte ella habĂa heredado todo su dinero, lo que significaba que B. no sĂłlo habĂa hallado el verdadero amor, sino que los incesantes problemas de dinero que lo habĂan agobiado durante años habĂan desaparecido de repente. Todo de golpe.
Un año o dos despuĂ©s de la boda, tuvieron un hijo. SegĂșn mis Ășltimas noticias, el padre, la madre y el niño estĂĄn bien.
6
En la misma lĂnea, a pesar de abarcar un perĂodo de tiempo mĂĄs corto (unos meses en lugar de veinte años), otro amigo, R., me hablĂł de cierto libro inencontrable que habĂa estado intentando localizar sin Ă©xito, husmeando en librerĂas y catĂĄlogos en busca de una obra supuestamente excepcional que tenĂa muchas ganas de leer, y cĂłmo, una tarde que paseaba por la ciudad, tomĂł un atajo a travĂ©s de la Grand Central Station, subiĂł la escalera que lleva a Vanderbilt Avenue, y descubriĂł a una joven apoyada en la baranda de mĂĄrmol con un libro en la mano: el mismo libro que Ă©l habĂa estado intentando localizar tan desesperadamente.
Aunque no es alguien que normalmente hable con desconocidos, R. estaba tan asombrado por la coincidencia que no se pudo callar.
-Lo crea o no -le dijo a la joven-, he buscado ese libro por todas partes.
-Es estupendo -respondiĂł la joven-. Acabo de terminar de leerlo.
-¿Sabe dĂłnde podrĂa encontrar otro ejemplar? -preguntĂł R.-. No puedo decirle cuĂĄnto significarĂa para mĂ.
-Ăste es suyo -respondiĂł la mujer.
-Pero es suyo -dijo R.
–Era mĂo -dijo la mujer-, pero ya lo he acabado. He venido hoy aquĂ para dĂĄrselo.
7
Hace doce años, la hermana de mi mujer se fue a vivir a Taiwan. Su intenciĂłn era estudiar chino (que ahora habla con fluidez pasmosa) y mantenerse dando clases de inglĂ©s a los nativos de Taipei de habla china. Fue aproximadamente un año antes de que yo conociera a mi mujer, que entonces hacĂa los cursos de doctorado en la Universidad de Columbia.
Un dĂa, mi futura cuñada estaba hablando con una amiga norteamericana, una joven que tambiĂ©n habĂa ido a Taipei a estudiar chino. La conversaciĂłn tocĂł el tema de sus familias en Estados Unidos, lo que dio pie al siguiente diĂĄlogo:
-Tengo una hermana que vive en Nueva York -dijo mi futura cuñada.
-También yo -contestó su amiga.
-Mi hermana vive en el Upper West Side.
-La mĂa tambiĂ©n.
-Mi hermana vive en la calle 109 Oeste.
-Aunque no te lo creas, la mĂa tambiĂ©n.
-Mi hermana vive en el nĂșmero 309 de la calle 109 Oeste.
-¡La mĂa tambiĂ©n!
-Mi hermana vive en el segundo piso del nĂșmero 309 de la calle 109 Oeste.
Su amiga suspirĂł y dijo:
-SĂ© que parece un disparate, pero la mĂa tambiĂ©n.
Es prĂĄcticamente imposible que haya dos ciudades tan lejanas como Taipei y Nueva York. EstĂĄn en las antĂpodas, separadas por una distancia de mĂĄs de quince mil kilĂłmetros, y cuando es de dĂa en una es de noche en la otra. Mientras las dos jĂłvenes se maravillaban en Taipei de la sorprendente conexiĂłn que acababan de descubrir, cayeron en la cuenta de que sus dos hermanas probablemente dormĂan en aquel instante. En el mismo piso del mismo edificio del norte de Manhattan, cada una dormĂa en su apartamento, ajena a la conversaciĂłn que, acerca de ellas, tenĂa lugar en el otro extremo del mundo.
Aunque eran vecinas, resulta que las dos hermanas de Nueva York no se conocĂan. Cuando por fin se conocieron (dos años despuĂ©s), ninguna de las dos seguĂa viviendo en el mismo edificio.
Siri y yo ya estĂĄbamos casados. Una tarde, camino de una cita, nos paramos a echar un vistazo en una librerĂa de Broadway. Seguramente curioseĂĄbamos en diferentes secciones, y, porque Siri querĂa enseñarme algo o porque yo querĂa enseñarle algo a ella (no me acuerdo), uno de los dos llamĂł al otro en voz alta. Un segundo despuĂ©s, una mujer se nos acercĂł corriendo. “Ustedes son Paul Auster y Siri Hustvedt, ¿verdad?”, dijo. “SĂ, exactamente”, contestamos. “¿CĂłmo lo sabe?” La mujer nos explicĂł entonces que su hermana y la hermana de Siri habĂan estudiado juntas en Taiwan.
El circulo se habĂa cerrado por fin. Desde aquella tarde en la librerĂa, hace diez años, esa mujer ha sido una de nuestras mejores y mĂĄs fieles amigas.
8
Hace tres veranos, encontrĂ© una carta en mi buzĂłn. VenĂa en un gran sobre blanco y estaba dirigida a alguien cuyo nombre no conocĂa: Robert M. Morgan, de Seattle, Washington. En la oficina de Correos habĂan estampado en el anverso del sobre varios sellos: Desconocido, A su procedencia. HabĂan tachado a pluma el nombre del señor Morgan, y al lado alguien habĂa escrito: No vive en esta direcciĂłn. Trazada con la misma tinta azul, una flecha señalaba la esquina superior izquierda del sobre, junto a las palabras Devolver al remitente. Suponiendo que la oficina de Correos habĂa cometido un error, comprobĂ© la esquina superior izquierda para ver quiĂ©n era el remitente. AllĂ, para mi absoluta perplejidad, descubrĂ mi propio nombre y mi propia direcciĂłn. No sĂłlo eso, sino que estos datos estaban impresos en una etiqueta de direcciĂłn personal (una de esas etiquetas que se pueden encargar en paquetes de doscientas y que se anuncian en las cajas de cerillas). La ortografĂa de mi nombre era correcta, la direcciĂłn era mi direcciĂłn, pero el hecho era (y lo sigue siendo) que nunca he tenido ni he encargado en mi vida un paquete de etiquetas con mi direcciĂłn impresa.
Dentro del sobre habĂa una carta mecanografiada a un solo espacio que empezaba asĂ: “Querido Robert, en respuesta a tu carta del 15 de julio de 1989 debo decirte que, como otros autores, a menudo recibo cartas sobre mi obra.” Luego, en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filĂłsofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacciĂłn, el autor de la carta elogiaba a “Robert” por las ideas que habĂa desarrollado sobre uno de mis libros en un curso universitario sobre novela contemporĂĄnea. Era una carta despreciable, la clase de carta que jamĂĄs se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre. La letra no se parecĂa a la mĂa, pero eso no me consolaba. Alguien estaba intentando hacerse pasar por mi, y, por lo que sĂ©, lo sigue intentando.
Un amigo me sugiriĂł que era un ejemplo de “arte por correo”. Sabiendo que la carta no podĂa llegarle a Robert Morgan (puesto que tal persona no existe), en realidad el autor de la carta me estaba enviando a mĂ sus comentarios. Pero esto hubiera implicado una confianza injustificada en el servicio de correos de Estados Unidos, y dudo que alguien que se ha dado el trabajo de encargar en mi nombre etiquetas de direcciĂłn y de ponerse a escribir una carta tan arrogante y altisonante pudiera dejar algo al azar. ¿O sĂ? QuizĂĄ los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrĂĄ siempre como ellos quieren.
Tengo pocas esperanzas de resolver algĂșn dĂa este pequeño misterio. El bromista ha borrado hĂĄbilmente sus huellas, y no ha vuelto a dar señales de vida. Lo que no acabo de entender de mi propia actitud es que nunca he tirado la carta, aunque sigue dĂĄndome escalofrĂos cada vez que la miro. Un hombre sensato la habrĂa tirado a la basura. En vez de eso, por razones que no comprendo, la conservo en mi mesa de trabajo desde hace tres años, y he dejado que se convirtiera en un objeto mĂĄs, permanente, entre mis plumas, cuadernos y gomas de borrar. QuizĂĄ la conservo como un monumento a mi propia locura. QuizĂĄ sea el medio de recordarme que no sĂ© nada, que el mundo en el que vivo no dejarĂĄ nunca de escapĂĄrseme.
9
Uno de mis mejores amigos es un poeta francĂ©s que se llama C. Hace ya mĂĄs de veinte años que nos conocemos, y, aunque no nos vemos muy a menudo (Ă©l vive en ParĂs y yo en Nueva York), seguimos manteniendo una estrecha relaciĂłn. Es una relaciĂłn fraternal, como si en una vida anterior hubiĂ©ramos sido de verdad hermanos.
C. es un hombre muy contradictorio. Se abre al mundo y a la vez se aĂsla del mundo: es una figura carismĂĄtica con multitud de amigos en todas partes (legendaria por su amabilidad, su humor y su conversaciĂłn chispeante), y, sin embargo, ha sido herido por la vida, y le cuesta un autĂ©ntico esfuerzo enfrentarse a las tareas sencillas que la mayorĂa de la gente da por resueltas. Poeta excepcionalmente dotado y pensador de la poesĂa, C. sufre, sin embargo, frecuentes bloqueos en su trabajo de escritor, rachas patolĂłgicas de desconfianza en sĂ mismo, y, cosa sorprendente (para alguien tan generoso, tan totalmente desprovisto de mezquindad), es capaz de rencores y rencillas interminables, generalmente por una tonterĂa o por algĂșn principio abstracto. Nadie es tan universalmente admirado como C., nadie posee mĂĄs talento, nadie se erige con mayor facilidad en el centro de atenciĂłn, y, sin embargo, siempre ha hecho todo lo que ha podido para estar al margen. Desde que se separĂł de su mujer hace muchos años, ha vivido solo en una serie de pequeños apartamentos de una habitaciĂłn subsistiendo prĂĄcticamente sin dinero con empleos efĂmeros y esporĂĄdicos, publicando poco y rehusando escribir una sola palabra de crĂtica literaria, aunque lo lea todo y sepa mĂĄs de poesĂa contemporĂĄnea que ninguna otra persona en Francia. Para los que lo queremos (y somos muchos), C. es a menudo motivo de inquietud. En la medida en que lo respetamos y deseamos su bien, tambiĂ©n nos preocupamos por Ă©l.
Tuvo una infancia difĂcil. No puedo decir hasta quĂ© punto eso lo explica todo, pero no deberĂamos pasar por alto los hechos. Parece que su padre se fue con otra mujer cuando C. era pequeño, y mi amigo se criĂł con su madre, hijo Ășnico sin una vida familiar digna de este nombre. Nunca he conocido a la madre de C., pero, segĂșn todos los indicios, tiene un carĂĄcter extraño. Durante la infancia y la adolescencia de C., fue de amor en amor, cada vez con un hombre mĂĄs joven. En la Ă©poca en que C. abandonĂł su casa para ingresar en el ejĂ©rcito a la edad de veintiĂșn años, el novio de su madre apenas era mayor que Ă©l. En los Ășltimos años, el objetivo principal de su vida ha sido una campaña a favor de la canonizaciĂłn de un sacerdote italiano (cuyo nombre se me escapa ahora). AsediĂł a las autoridades catĂłlicas con un sinfĂn de cartas en defensa de la santidad de ese individuo, e incluso llegĂł a encargar a un artista una estatua a tamaño natural del cura: todavĂa se alza en su jardĂn como perdurable testimonio de su causa.
Aunque no tiene hijos, hace siete u ocho años que C. se ha convertido en una especie de pseudopadre. DespuĂ©s de una pelea con su amiga (durante la que temporalmente se separaron), Ă©sta mantuvo una breve relaciĂłn con otro hombre y se quedĂł embarazada. La relaciĂłn terminĂł enseguida, pero ella decidiĂł tener el hijo. NaciĂł una niña, y, aunque C. no es su verdadero padre, se ha dedicado a ella desde el dĂa de su nacimiento y la adora como si fuera de su propia sangre.
Hace aproximadamente cuatro años, C. fue un dĂa a ver a un amigo. En el apartamento habĂa un Minitel, un pequeño ordenador que distribuye gratis la compañĂa telefĂłnica francesa. Entre otras cosas, el Minitel contiene la direcciĂłn y el nĂșmero de telĂ©fono de todos los abonados de Francia. Cuando C. jugaba con el nuevo aparato de su amigo, se le ocurriĂł de repente buscar la direcciĂłn de su padre. La encontrĂł en Lyon. Cuando aquel dĂa volviĂł a casa, metiĂł uno de sus libros en un sobre y lo enviĂł a la direcciĂłn de Lyon: era el primer contacto que entablaba con su padre en mĂĄs de cuarenta años. No le encontraba sentido a lo que estaba haciendo. JamĂĄs se le habĂa ocurrido que quisiera hacer una cosa asĂ, antes de ver que estaba haciĂ©ndola.
Esa misma noche, coincidiĂł en un cafĂ© con una amiga -una psicoanalista- y le contĂł esos actos extraños e impremeditados. Le dijo que era como si hubiera sentido la llamada de su padre, como si una fuerza misteriosa se hubiera desencadenado en su interior. Teniendo en cuenta que no se acordaba en absoluto de aquel hombre, ni siquiera podĂa conjeturar cuĂĄndo se habĂan visto por Ășltima vez.
La psicoanalista reflexionĂł un instante y preguntĂł: “¿QuĂ© edad tiene L.?” Se referĂa a la hija de la novia de C.
-Tres años y medio -contestó C.
-No estoy segura -dijo la mujer-, pero apostarĂa cualquier cosa a que tenias tres años y medio la Ășltima vez que viste a tu padre. Te lo digo porque quieres mucho a L. Es muy intensa tu identificaciĂłn con L., y estĂĄs reviviendo tu vida a travĂ©s de L.
Varios dĂas despuĂ©s, llegĂł de Lyon una respuesta: una carta cariñosa y verdaderamente amable del padre de C. DespuĂ©s de darle las gracias a C. por el libro, hablaba de lo orgulloso que estaba de saber que su hijo era escritor. Por pura coincidencia, añadĂa, habĂa echado al correo el paquete el dĂa de su cumpleaños, y el simbolismo de ese gesto lo habĂa emocionado mucho.
Nada cuadraba con las historias que C. habĂa oĂdo en su infancia. SegĂșn su madre, su padre era un monstruo de egoĂsmo que la habĂa abandonado por una cualquiera y nunca se habĂa preocupado por su hijo. C. habĂa creĂdo tales historias, y habĂa evitado cualquier contacto con su padre. Ahora, a la vista de la carta, ya no sabĂa quĂ© creer.
DecidiĂł contestar la carta. El tono de su respuesta era precavido, pero al menos era una respuesta. DĂas despuĂ©s recibĂa de nuevo respuesta: la segunda carta era tan cariñosa y amable como la primera. C. y su padre empezaron a escribirse. Se escribieron durante un par de meses, y un dĂa C. pensĂł en la posibilidad de viajar a Lyon para encontrarse con su padre cara a cara.
Antes de que pudiera hacer planes definitivos, recibiĂł una carta de la mujer de su padre que le informaba de que Ă©ste habĂa muerto. Le decĂa que durante los Ășltimos años la salud de su padre habĂa sido mala, pero que el reciente intercambio de cartas con C. lo habĂa hecho muy feliz, y sus Ășltimos dĂas habĂan rebosado alegrĂa y optimismo.
Me enterĂ© entonces de los cambios increĂbles que habĂan tenido lugar en la vida de C. En el tren de ParĂs a Lyon (iba a visitar a su madrastra por primera vez), me escribiĂł una carta que resumĂa a grandes rasgos la historia de los Ășltimos meses. Su letra reflejaba cada sacudida de los raĂles, como si la velocidad del tren fuera la imagen exacta de las ideas que le bullĂan en la cabeza. Como me decĂa en la carta: “Tengo la sensaciĂłn de haberme convertido en un personaje de alguna de tus novelas.”
La mujer de su padre no pudo ser mĂĄs cordial con Ă©l durante su visita. C. averiguĂł, entre otras cosas, que su padre habĂa sufrido un ataque al corazĂłn la mañana de su Ășltimo cumpleaños (el mismo dĂa que C. habĂa buscado su direcciĂłn en el Minitel), y que, sĂ, C. tenĂa exactamente tres años y medio cuando sus padres se divorciaron. Su madrastra le contĂł entonces la historia de su vida segĂșn el punto de vista de su padre, que contradecĂa todo lo que su madre le habĂa contado. En esta versiĂłn, era su madre la que habĂa abandonado a su padre; era su madre la que habĂa prohibido que su padre lo viera; era su madre la que habĂa matado a disgustos a su padre. Su madrastra le contĂł a C. que, cuando era niño, su padre iba al colegio para verlo a travĂ©s de la verja. C. recordaba a aquel hombre, que, sin saber quiĂ©n era, le habĂa dado miedo.
Entonces la vida de C. se convirtiĂł en dos vidas: existĂan una VersiĂłn A y una VersiĂłn B, y las dos eran su historia. HabĂa vivido las dos en igual medida, dos verdades que se anulaban mutuamente, y desde el principio, sin saberlo, habĂa estado atrapado entre las dos.
Su padre habĂa tenido una pequeña papelerĂa (el tĂpico surtido de papel y material de escritorio, juntĂł a un servicio de alquiler de libros baratos). El negocio le habĂa dado poco mĂĄs que para vivir, asĂ que dejĂł una herencia muy modesta. Las cantidades no tienen importancia. Lo significativo es que la madrastra de C. (ya una anciana) insistiĂł en que se repartieran a medias el dinero. Nada en el testamento la obligaba a hacerlo y, moralmente hablando, no tenĂa ninguna necesidad de renunciar a un solo cĂ©ntimo de los ahorros de su marido. Lo hizo porque lo deseaba, porque era mĂĄs feliz compartiendo el dinero que guardĂĄndoselo para ella.
10
Cuando pienso en la amistad, sobre todo en cĂłmo algunas amistades duran y otras no, me acuerdo de que, desde que tengo carnet de conducir, sĂłlo se me han pinchado las ruedas del coche cuatro veces, y las cuatro veces me acompañaba la misma persona (en tres paĂses distintos, y en un perĂodo de ocho o nueve años). J. era un amigo del colegio y, aunque siempre hubo una sombra de incomodidad e incompatibilidad en nuestras relaciones, durante cierto tiempo fuimos Ăntimos amigos. Una primavera, antes de terminar la carrera, cogimos la vieja furgoneta de mi padre y nos fuimos a los parajes desiertos de Quebec. Las estaciones se suceden con mayor lentitud en esa zona del mundo, y todavĂa duraba el invierno. El primer neumĂĄtico pinchado no supuso ningĂșn problema (llevĂĄbamos rueda de repuesto), pero cuando, menos de una hora despuĂ©s, reventĂł el segundo, nos quedamos desamparados en aquel territorio glacial y desolador prĂĄcticamente todo el dĂa. Entonces no le di ninguna importancia al incidente, sĂłlo un caso de mala suerte, pero, cuatro o cinco años despuĂ©s, cuando J. fue a Francia para visitar la casa en la que L. y yo trabajĂĄbamos como guardas (apĂĄtico y deprimido, en un estado deplorable de autocompasiĂłn, incapaz de darse cuenta de que abusaba de nuestra hospitalidad), ocurriĂł exactamente lo mismo. HabĂamos ido a pasar el dĂa a Aix-en-Provence (a unas dos horas de camino) y volvĂamos de noche por una oscura carretera comarcal, cuando sufrimos otro pinchazo. PensĂ© que era una simple coincidencia, y me olvidĂ© del asunto. Pero entonces, cuatro años despuĂ©s, en los meses finales de mi matrimonio con L., J. volviĂł a visitarnos, esta vez en el estado de Nueva York, donde L. y yo vivĂamos con Daniel, casi reciĂ©n nacido. En un momento determinado, J. y yo cogimos el coche para ir a comprar la cena. SaquĂ© el coche del garaje, di la vuelta en el camino de tierra lleno de baches, y avancĂ© hasta la carretera para mirar a la izquierda, a la derecha y a la izquierda antes de seguir adelante. Y entonces, cuando esperaba que pasara un coche, oĂ el silbido inconfundible del aire al escaparse. Otro neumĂĄtico se habĂa pinchado, y esta vez ni siquiera nos habĂamos alejado de casa. J. y yo nos echamos a reĂr, desde luego, pero la verdad es que nuestra amistad nunca se recuperĂł de aquel cuarto neumĂĄtico pinchado. No digo que las ruedas pinchadas tuvieran la culpa de nuestro distanciamiento, pero, malignamente, son el emblema de cĂłmo han sido siempre nuestras relaciones, el signo de alguna sutil maldiciĂłn. No quiero exagerar, pero, aĂșn hoy, no consigo convencerme de que esos neumĂĄticos pinchados no signifiquen algo. El caso es que J. y yo dejamos de vernos, y no hemos vuelto a hablar desde hace diez años.
11
VolvĂ a ParĂs unos dĂas en 1990. Una tarde pasĂ© por el despacho de una amiga para saludarla, y me presentaron a una checa, mĂĄs cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, una historiadora de arte amiga de mi amiga. Me acuerdo de que era una persona atractiva y alegre, pero, como estaba a punto de irse cuando lleguĂ©, apenas si coincidimos cinco o diez minutos. Como suele ocurrir en tales situaciones, no hablamos de nada importante: una ciudad norteamericana que los dos conocĂamos, el tema de un libro que estaba leyendo, el tiempo que hacĂa. Luego nos dimos la mano, cruzĂł la puerta y nunca he vuelto a verla.
Cuando se fue, la amiga que habĂa ido a visitar se retrepĂł en su asiento y me preguntĂł:
-¿Quieres oir una buena historia?
-Desde luego -le respondĂ-. Las buenas historias siempre me interesan.
-Quiero mucho a mi amiga -continuó-, asà que no te llames a engaño. No voy a contarte chismes. Pero creo que tienes derecho a saber esto.
-¿EstĂĄs segura?
-SĂ, estoy segura. Aunque debes prometerme una cosa: si escribieras alguna vez esta historia, no citarĂas ningĂșn nombre.
-Te lo prometo -le dije.
Y asĂ mi amiga me contĂł el secreto. De principio a fin, no tardĂł mĂĄs de tres minutos en contarme la historia que voy a contar ahora.
La mujer que yo acababa de conocer habĂa nacido en Praga durante la guerra. Era muy pequeña cuando hicieron prisionero a su padre, lo enrolaron a la fuerza en el ejĂ©rcito alemĂĄn y lo mandaron al frente ruso. Su madre y ella no volvieron a saber de Ă©l. No recibieron ninguna carta, ni noticias de si estaba vivo o muerto, nada. La guerra se lo habĂa tragado: desapareciĂł sin dejar rastro.
Pasaron los años. La joven creciĂł. AcabĂł sus estudios en la universidad y llegĂł a ser profesora de historia del arte. SegĂșn mi amiga, tuvo problemas con las autoridades a finales de los sesenta, durante la invasiĂłn soviĂ©tica, pero no precisĂł quĂ© tipo de problemas. No son difĂciles de imaginar, por las historias que conozco sobre lo que les sucediĂł a otros durante ese periodo.
Un dĂa le permitieron volver a la enseñanza. En una de sus clases habĂa, por un programa de intercambios, un estudiante de Alemania del Este. El estudiante y ella se enamoraron y acabaron casĂĄndose.
Poco tiempo despuĂ©s de la boda, llegĂł un telegrama que anunciaba la muerte del padre de su marido. Al dĂa siguiente, su marido y ella viajaron a Alemania del Este para asistir al funeral. Una vez allĂ, no sĂ© en quĂ© ciudad, se enterĂł de que su difunto suegro habĂa nacido en Checoslovaquia.
Durante la guerra los nazis lo hicieron prisionero, lo enrolaron a la fuerza en su ejĂ©rcito y lo mandaron al frente ruso. HabĂa conseguido sobrevivir milagrosamente. En lugar de regresar a Checoslovaquia despuĂ©s de la guerra, se habĂa quedado en Alemania bajo un nombre nuevo, se habĂa casado con una alemana, y allĂ habĂa vivido con su nueva familia hasta el dĂa de su muerte. La guerra le habĂa dado la oportunidad de volver a empezar, y parece que nunca se habĂa arrepentido.
Cuando la amiga de mi amiga preguntĂł cuĂĄl habĂa sido su nombre en Checoslovaquia, comprendiĂł que era su padre.
Esto significaba, desde luego, que, en tanto que el padre de su marido era el mismo hombre, el hombre con el que se habĂa casado era tambiĂ©n su hermano.
12
Una tarde de hace muchos años a mi padre se le calĂł el coche en un semĂĄforo en rojo. Se habĂa desencadenado una terrible tormenta y, en el preciso momento en que el motor fallaba, un rayo alcanzĂł un gran ĂĄrbol de la calle. El tronco del ĂĄrbol se partiĂł en dos y, cuando mi padre se esforzaba en volver a arrancar el motor (sin darse cuenta de que la mitad superior del ĂĄrbol estaba a punto de desprenderse), el conductor del coche que lo seguĂa, viendo lo que iba a suceder, pisĂł el acelerador y empujĂł el coche de mi padre mĂĄs allĂĄ del cruce. Un instante despuĂ©s, el ĂĄrbol se estrellaba contra el suelo, en el sitio exacto que habĂa ocupado el coche de mi padre. Lo que estuvo a punto de convertirse en su final, milagrosamente no pasĂł de ser una anĂ©cdota en la historia inacabada de su vida.
Un año o dos mĂĄs tarde, mi padre estaba trabajando en el tejado de un edificio en Nueva Jersey. No sĂ© cĂłmo (yo no estaba presente), resbalĂł del alero y se precipitĂł al vacĂo. Otra vez iba de cabeza al desastre, y otra vez se salvĂł. Un tendedero frenĂł su caĂda, y escapĂł del accidente con apenas unos chichones y algunas magulladuras. Ni siquiera una conmociĂłn. Ni siquiera un hueso roto.
Ese mismo año nuestros vecinos de enfrente encargaron a dos hombres que pintaran su casa. Uno de los trabajadores se cayó del tejado y se mató.
Resulta que la niña que vivĂa en aquella casa era la mejor amiga de mi hermana. Una noche de invierno, fueron juntas a una fiesta de disfraces (tenĂan seis o siete años, y yo tenĂa nueve o diez). Mi padre habĂa quedado en recogerlas despuĂ©s de la fiesta, y, a la hora convenida, yo lo acompañé en el coche. Aquella noche hacĂa un frĂo que pelaba, y las calles estaban cubiertas por traicioneras capas de hielo. Mi padre condujo con prudencia, e hicimos sin problemas el trayecto de ida y vuelta. Pero cuando nos detuvimos frente a la casa de la niña, de repente se desencadenĂł una serie de acontecimientos inverosĂmiles.
La amiga de mi hermana iba disfrazada de princesa de cuento de hadas. Para completar el disfraz, habĂa cogido un par de zapatos de tacĂłn de su madre, y, como le bailaban los pies en aquellos zapatos, cada paso que daba se convertĂa en una aventura. Mi padre parĂł el coche y se apeĂł para acompañarla hasta su puerta. Yo iba detrĂĄs con las chicas, y, para dejar salir a la amiga de mi hermana, me tuve que bajar primero. Me recuerdo de pie en la acera mientras ella conseguĂa salir, y, en el momento en que la niña sacaba el pie, notĂ© que el coche se deslizaba lentamente marcha atrĂĄs, quizĂĄ por el hielo, quizĂĄ porque mi padre habĂa olvidado echar el freno de mano (no lo sĂ©); pero, antes de que pudiera avisar a mi padre de lo que pasaba, la amiga de mi hermana apoyĂł en la acera los tacones de su madre y se resbalĂł. CayĂł bajo el coche -que seguĂa moviĂ©ndose-, estaba a punto de morir aplastada por las ruedas del Chevrolet de mi padre. Por lo que puedo recordar, no hizo el menor ruido. Sin pararme a pensar me agachĂ©, le cogĂ con fuerza la mano derecha y de un tirĂłn la subĂ a la acera. Un instante despuĂ©s, mi padre notĂł por fin que el coche se movĂa. SaltĂł al asiento del conductor, puso el freno y detuvo el coche. Desde el principio hasta el final, la cadena completa de desgracias no debiĂł de durar mĂĄs de ocho o diez segundos.
Durante años he tenido la sensaciĂłn de que Ă©ste habĂa sido el momento mĂĄs hermoso de mi vida. HabĂa salvado la vida de una persona, y, retrospectivamente, siempre me ha sorprendido la rapidez con que reaccionĂ©, la seguridad de mis movimientos en aquella situaciĂłn crĂtica. VolvĂa a imaginarme el salvamento una y otra vez; una y otra vez revivĂa la sensaciĂłn de sacar a la niña de debajo del coche.
Un par de años después de aquella noche, nuestra familia se mudó de casa. Mi hermana perdió el contacto con su amiga, y yo no volvà a verla hasta quince años mås tarde.
Era junio, y mi hermana y yo habĂamos vuelto a la ciudad a pasar unos dĂas. Por casualidad su antigua amiga apareciĂł y nos saludĂł. HabĂa crecido mucho, ahora era una joven de veintidĂłs años reciĂ©n licenciada, y debo decir que sentĂ un cierto orgullo al ver que habĂa llegado a adulta sana y salva. Sin darle importancia, hice alusiĂłn a la noche en que la habĂa sacado de debajo del coche. TenĂa curiosidad por saber cĂłmo recordaba su encuentro con la muerte, pero por la expresiĂłn de su cara cuando le hice la pregunta era evidente que no recordaba nada. Una mirada vaga. Un leve fruncimiento de cejas. Un encogimiento de hombros. ¡No recordaba nada!
Entonces me di cuenta de que no se habĂa enterado de que el coche se movĂa. Ni siquiera se habĂa enterado de que estaba en peligro. Todo el incidente habĂa durado lo que dura un relĂĄmpago: diez segundos de su vida, un intervalo sin consecuencias, que no habĂa dejado en ella el menor rastro. Para mĂ, sin embargo, aquellos segundos habĂan sido una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordinario de mi historia Ăntima. Lo que mĂĄs me asombra es admitir que estoy hablando de algo que sucediĂł en 1956 o 1957, y que la niña de aquella noche tiene ahora mĂĄs de cuarenta años.
13
Un nĂșmero equivocado inspiro mi primera novela. Una tarde estaba solo en mi apartamento de Brooklyn, intentando trabajar en mi escritorio, cuando sonĂł el telĂ©fono. Si no me engaño, era la primavera de 1980, no muchos dĂas despuĂ©s de que encontrara la moneda de diez centavos frente al Shea Stadium.
DescolguĂ©, y al otro lado de la lĂnea un hombre me preguntĂł si hablaba con la Agencia de Detectives Pinkerton. Le dije que no, que se habĂa equivocado de nĂșmero, y colguĂ©. Luego volvĂ a mi trabajo y me olvidĂ© de la llamada.
El telĂ©fono volviĂł a sonar la tarde siguiente. ResultĂł que era el mismo individuo y me hacĂa la misma pregunta que el dĂa anterior: “¿Agencia Pinkerton?” VolvĂ a decirle que no, volvĂ a colgar. Pero esta vez me quedĂ© pensando quĂ© hubiera sucedido si le hubiera respondido que sĂ. ¿Y si me hubiera hecho pasar por un detective de la Agencia Pinkerton?, me preguntaba. ¿QuĂ© habrĂa sucedido si me hubiera encargado del caso?
A decir verdad, sentĂ que habĂa desperdiciado una oportunidad Ășnica. Si ese individuo volviera a llamar, me dije, por lo menos hablarĂa un poco con Ă©l e intentarĂa averiguar quĂ© querĂa. EsperĂ© a que el telĂ©fono sonara otra vez, pero la tercera llamada nunca se produjo.
DespuĂ©s de aquello, empecĂ© a darle vueltas a la cabeza, y poco a poco se me abriĂł un mundo lleno de posibilidades. Cuando me sentĂ© a escribir La ciudad de cristal un año despuĂ©s, el nĂșmero equivocado se habĂa transformado en el suceso crucial del libro, el error que pone en marcha toda la historia. Un hombre llamado Quinn recibe una llamada telefĂłnica de alguien que quiere hablar con Paul Auster, detective privado. Tal y como yo hice, Quinn responde que se han equivocado de nĂșmero. A la noche siguiente, pasa exactamente lo mismo: Quinn cuelga otra vez. Pero, al contrario que yo, Quinn tiene otra oportunidad. Cuando el telĂ©fono suena la tercera noche, Quinn le sigue el juego al que llama, y se hace cargo de la investigaciĂłn. SĂ, dice, yo soy Paul Auster: entonces comienza la locura.
TE RECOMIENDO, LECTOR: "El horror en las sombras", cuento de H. P. Lovecraft
QuerĂa, sobre todo, permanecer fiel a mi primer impulso. Si no me ceñĂa estrictamente a la verdad de los hechos, escribir ese libro carecĂa de sentido. AsĂ que debĂa implicarme en el desarrollo de la historia (o implicar a alguien que se me pareciera, que se llamara como yo), y escribir sobre detectives que no eran detectives, sobre suplantaciĂłn de personalidad, sobre misterios irresolubles. Para bien o para mal, sentĂ que no tenĂa elecciĂłn.
Muy bien. TerminĂ© el libro hace diez años, y desde entonces me he dedicado a otros proyectos, otras ideas, otros libros. Pero, hace menos de dos meses, descubrĂ que los libros no se terminan nunca, que es posible que las historias continĂșen escribiĂ©ndose a sĂ mismas sin autor.
Estaba solo en mi apartamento de Brooklyn aquella tarde, intentando trabajar ante mi escritorio, cuando el telĂ©fono sonĂł. Era un apartamento distinto del que tenĂa en 1980: otro apartamento con otro nĂșmero de telĂ©fono. DescolguĂ© el auricular y, al otro lado de la lĂnea, un hombre me preguntĂł si podĂa hablar con el señor Quinn. TenĂa acento español y no reconocĂ su voz. Por un momento pensĂ© que era un amigo que querĂa tomarme el pelo. “¿El señor Quinn?”, dije. “¿Es una broma o quĂ©?”
No, no era una broma. Aquel hombre llamaba completamente en serio. QuerĂa hablar con el señor Quinn, y me rogaba que le pasara el telĂ©fono. Le pedĂ, para estar seguro, que me deletreara el nombre. TenĂa un acento muy fuerte, y yo esperaba que quisiera hablar con el señor Queen. Pero no tuve tanta suerte: “Q-U-I-N-N”, respondiĂł el hombre. Me asustĂ© y, durante unos segundos, no pude articular palabra. “Lo siento”, dije por fin, “aquĂ no vive ningĂșn señor Quinn. Se ha equivocado de nĂșmero.” El hombre se disculpĂł por haberme molestado y colgamos.
Esto ha sucedido de verdad. Como todo lo que he escrito en este cuaderno rojo, es una historia verdadera.

No me gusta, lo siento pero es uno
ResponderEliminarde los libros realmente no me gustaron.
Se respeta :)
EliminarEs la primera vez que leo a Paul Auster y me a dejado una buena impresiĂłn, gracias por compartir
ResponderEliminarDe nada, de eso se trata, esa es mi misiĂłn!
EliminarAtrapante
ResponderEliminarEs muy ameno y jovial leer a Paul, gracias por compartir đ«
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