Leamos "El cuaderno rojo", cuento de Paul Auster

Recordamos al escritor Paul Auster con su cuento “El cuaderno rojo”, una historia que mezcla anĂ©cdotas reales, coincidencias y reflexiones sobre el azar.


"El cuaderno rojo", cuento de Paul Auster
Imagen tomada de Pinterest: Joseph Lorusso

¡Hola, lectores! Hoy no es un dĂ­a cualquiera pues al ser primero de mayo recordamos el dĂ­a del trabajador, pero esta celebraciĂłn se ha visto empañada en cierto modo por la noticia de la muerte del escritor estadounidense Paul Auster, de quien he seleccionado este fascinante relato que estoy seguro les encantarĂĄ ¡Leamos! 

Vida de Paul Auster


Comienzo este preĂĄmbulo contĂĄndoles algo mĂĄs sobre Paul Auster quien muriĂł el 30 de abril a los 77 años vĂ­ctima de un cĂĄncer de pulmĂłn. En vida Auster fue un escritor estadounidense que brillĂł por sus geniales novelas, ensayos y poemas. 

Paul Auster naciĂł el 3 de febrero de 1947 en Newark, Nueva Jersey y su obra estĂĄ marcada por un estilo narrativo experimental que a menudo incorpora elementos de la metaficciĂłn, asĂ­ como la reflexiĂłn filosĂłfica y la exploraciĂłn de la identidad. 

Las obras de Paul Auster

Entre las obras mĂĄs destacadas de Paul Auster se encuentran "The New York Trilogy" (La TrilogĂ­a de Nueva York), que incluye tres novelas interconectadas: "City of Glass" (Ciudad de Cristal), "Ghosts" (Fantasmas) y "The Locked Room" (La HabitaciĂłn Cerrada). Estas novelas exploran temas como la soledad, la bĂșsqueda de identidad y la naturaleza de la realidad.

Antes de su partida Paul Auster nos dejĂł otras novelas aclamadas, como "Moon Palace" (El Palacio de la Luna), "The Music of Chance" (La MĂșsica del Azar) y "Leviathan" (LeviatĂĄn), entre otras. TambiĂ©n ha incursionado en el cine, escribiendo guiones y dirigiendo pelĂ­culas. 

De hecho, hace poco presentĂ© en un artĂ­culo, la Ășltima novela de Auster llamada Baumgartner junto a los 10 libros mĂĄs esperados del 2024 y quiĂ©n dirĂ­a que mi primer acercamiento a este escritor estaba prĂłximo a su partida. 

A pesar de ello seguiremos en Mar de fondo explorando mĂĄs a este genial exponente de las letras estadounidenses, por eso les prometo que este relato no los decepcionarĂĄ, pues es dinĂĄmico y entretenido de principio a fin. Y si este es el primer relato que lees de Auster, te sentarĂĄ de maravilla...

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EL CUADERNO ROJO


En 1972 una Ă­ntima amiga mĂ­a tuvo problemas con la ley. VivĂ­a aquel año en una aldea de Irlanda, no muy lejos de la ciudad de Sugo. Yo habĂ­a ido a verla por aquel entonces, el dĂ­a que un policĂ­a de paisano se presentĂł en la casa con una ci­taciĂłn del juzgado. Las acusaciones eran lo suficientemente serias como para re­querir un abogado. Mi amiga pidiĂł infor­maciĂłn, le recomendaron un nombre, y a la mañana siguiente fuimos en bicicleta a la ciudad para reunirnos y hablar del asunto con aquella persona. Con gran asombro por mi parte, trabajaba en un bu­fete de abogados llamado Argue & Phibbs.

Ésta es una historia verdadera. Si al­guien lo duda, lo reto a que visite Sligo y compruebe por sĂ­ mismo si me la he in­ventado. Llevo veinte años riĂ©ndome con esos apellidos y, aunque puedo probar que Argue & Phibbs existĂ­an de verdad, el he­cho de que los dos apellidos hubieran sido emparejados (para formar el chiste mĂĄs in­genioso, la sĂĄtira mĂĄs certera contra la abogacĂ­a) es algo que todavĂ­a me parece increĂ­ble.

SegĂșn mis Ășltimas noticias (de hace tres o cuatro años), el bufete continĂșa siendo un negocio floreciente.



2



Al año siguiente (1973) me ofrecieron un trabajo de guarda en una granja del sur de Francia. Los problemas legales de mi amiga eran agua pasada, y puesto que nuestro noviazgo intermitente parecĂ­a fun­cionar de nuevo, decidimos unir nuestras fuerzas y aceptar juntos el trabajo. Los dos andĂĄbamos mal de dinero por aquel en­tonces, y sin aquella oferta hubiĂ©ramos te­nido que volver a Estados Unidos, cosa que ninguno de los dos aĂșn habĂ­a previsto.

Fue un curioso año. Por una parte, el lugar era precioso: un caserĂłn de piedra del siglo xviii, rodeado de viñas por uno de sus flancos y, por el otro, por un parque nacional. El pueblo mĂĄs prĂłximo estaba a dos kilĂłmetros de distancia, y no lo habita­ban mĂĄs de cuarenta personas, ninguna de menos de sesenta o setenta años. Era un sitio ideal para que dos escritores jĂłvenes pasaran un año, y tanto L. como yo, traba­jando de verdad, sacamos en aquella casa mucho mĂĄs fruto del que ninguno de los dos hubiera creĂ­do posible.

Por otra parte, vivĂ­amos permanente­mente al borde de la catĂĄstrofe. Los due­Ă±os de la finca, una pareja estadounidense que vivĂ­a en ParĂ­s, nos enviaban un pe­queño salario mensual (cincuenta dĂłla­res), dietas para la gasolina del coche, y di­nero para la comida de los dos perros perdigueros que habĂ­a en la casa. En con­junto, era un acuerdo generoso. No habĂ­a que pagar alquiler, y aunque nuestro sala­rio nos viniera corto para vivir, cubrĂ­a una parte de nuestros gastos mensuales. Nues­tro plan era conseguir el resto haciendo traducciones. Antes de abandonar ParĂ­s e instalarnos en el campo habĂ­amos acor­dado una serie de trabajos que nos ayudarĂ­an a pasar el año. Con lo que no habĂ­a­mos contado era con que los editores suelen ser lentos a la hora de pagar sus deudas. HabĂ­amos olvidado tambiĂ©n que los cheques enviados de un paĂ­s a otro pueden tardar semanas en cobrarse, y que, cuando los cobras, el banco te descuenta comisiones y gastos de cambio. AsĂ­ que, al no haber dejado un margen para equivoca­ciones o errores de cĂĄlculo, L. y yo nos en­contramos frecuentemente en una situa­ciĂłn econĂłmica desesperada.

Recuerdo la feroz necesidad de nico­tina, el cuerpo entumecido por la absti­nencia, cuando registraba bajo los cojines del sofĂĄ y buscaba detrĂĄs de los armarios alguna moneda perdida. Con dieciocho cĂ©ntimos (unos tres centavos y medio), po­dĂ­as comprar cigarrillos de la marca Pari­siennes, que vendĂ­an en paquetes de cua­tro. Recuerdo que les echaba de comer a los perros, y pensaba que comĂ­an mejor que yo. Me acuerdo de conversaciones con L., cuando nos planteĂĄbamos en serio abrir una lata de comida de perro para la cena.




Nuestra otra Ășnica fuente de ingresos aquel año procedĂ­a de un tal James Sugar. (No quiero insistir en los nombres metafĂł­ricos, pero las cosas son como son, quĂ© va­mos a hacerle.) Sugar pertenecĂ­a al equipo de fotĂłgrafos del National Geographic, y entrĂł en nuestras vidas porque habĂ­a cola­borado con uno de los dueños de la casa en un artĂ­culo sobre la regiĂłn. Hizo fotos durante meses, recorriendo Provenza en un coche alquilado que le proporcionĂł la revista, y, cada vez que se encontraba por nuestros pagos, pasaba la noche con noso­tros. Puesto que la revista le abonaba die­tas para sus gastos, nos daba muy amable­mente el dinero que tenĂ­a asignado para gastos de hotel. Si recuerdo bien, la suma ascendĂ­a a cincuenta francos por noche. AsĂ­, L. y yo nos habĂ­amos convertido en sus hoteleros particulares, y como ademĂĄs Sugar era un hombre encantador, siempre nos alegrĂĄbamos de verlo. El Ășnico pro­blema era que nunca sabĂ­amos cuĂĄndo iba a aparecer. Nunca avisaba, y la mayorĂ­a de las veces transcurrĂ­an semanas entre visita y visita. AsĂ­ que habĂ­amos aprendido a no contar con el señor Sugar. Llegaba de re­pente como caĂ­do del cielo, aparcaba su deslumbrante coche azul, se quedaba una o dos noches, y volvĂ­a a desaparecer. Cada vez que se iba, estĂĄbamos seguros de que era la Ășltima vez que lo veĂ­amos.

Vivimos los peores momentos al final del invierno y al principio de la primavera. Los cheques dejaron de llegar, robaron uno de los perros, y poco a poco acaba­mos con toda la comida de la despensa. SĂłlo nos quedaba, por fin, una bolsa de ce­bollas, una botella de aceite y un paquete de masa para empanada que alguien habĂ­a comprado antes de que nosotros nos mu­dĂĄramos a la casa: un resto revenido del verano anterior. L. y yo aguantamos du­rante toda la mañana, pero hacia las dos y media el hambre pudo con nosotros. Nos metimos en la cocina a preparar nuestro Ășltimo almuerzo: dada la escasez de ingre­dientes con que contĂĄbamos, un pastel de cebolla era el Ășnico plato posible.

DespuĂ©s de que nuestro invento perma­neciera en el horno lo que nos parecĂ­a tiempo de sobra, lo sacamos, lo pusimos sobre la mesa y le hincamos el diente. En contra de todas nuestras expectativas, lo encontramos exquisito. Creo que incluso llegamos a decir que era la mejor comida que habĂ­amos probado nunca, pero me temo que sĂłlo era un ardid, un tĂ­mido in­tento de darnos animo. Pero, en cuanto comimos un poco mĂĄs, vino la decepciĂłn. De mala gana -muy de mala gana- nos vi­mos obligados a admitir que el pastel no habĂ­a cocido lo suficiente, que el centro aĂșn estaba crudo, incomestible. No habĂ­a mĂĄs remedio que ponerlo en el horno otros diez o quince minutos. Considerando el hambre que tenĂ­amos, y considerando que nuestras glĂĄndulas salivares acababan de ser activadas, abandonar el pastel no fue fĂĄcil.

Para entretener nuestra impaciencia, salimos a dar un paseo, pensando que el tiempo pasarĂ­a mĂĄs deprisa si nos alejĂĄba­mos del buen olor de la cocina. Me acuerdo de que dimos una vuelta a la casa, quizĂĄ dos. QuizĂĄ nos dejamos llevar por una profunda conversaciĂłn sobre algo que he olvidado. Pero, hiciĂ©ramos lo que hiciĂ©­ramos y tardĂĄramos lo que tardĂĄramos, cuando volvimos a la casa la cocina estaba llena de humo. Nos lanzamos hacia el horno y sacamos el pastel, pero era dema­siado tarde. Nuestro almuerzo sĂłlo era una ruina. Se habĂ­a incinerado, reducido a una masa carbonizada y ennegrecida: no se podĂ­a salvar ni un trozo.

Ahora parece una historia divertida, pero entonces era cualquier cosa menos una historia divertida. HabĂ­amos caĂ­do en un agujero negro y no sabĂ­amos la manera de salir de Ă©l. En todos mis años de es­fuerzo por convertirme en un hombre, dudo que haya existido un momento en el que me sintiera menos inclinado a reĂ­r o a bromear. Era realmente el fin, una situa­ciĂłn terrible y espantosa.

Eran las cuatro de la tarde. Menos de una hora despuĂ©s, el imprevisible señor Sugar apareciĂł inesperadamente. LlegĂł hasta la casa en medio de una nube de polvo: la tierra y la gravilla rechinaban bajo los neumĂĄticos. Si me concentro, to­davĂ­a puedo ver la cara boba e ingenua con que bajĂł del coche y nos saludĂł. Era un milagro. Era un verdadero milagro. Y yo estaba allĂ­ para verlo con mis propios ojos, para vivirlo en mi propia carne. Hasta aquel momento, yo pensaba que co­sas asĂ­ sĂłlo ocurrĂ­an en los libros.

Sugar nos invitĂł a cenar aquella noche en un restaurante de dos tenedores. Comi­mos copiosamente y bien, nos bebimos va­rias botellas de vino, nos reĂ­mos como lo­cos. Y ahora, por exquisita que fuera, no puedo recordar nada de aquella comida. Pero no he olvidado nunca el sabor del pastel de cebolla.

3

No mucho despuĂ©s de mi regreso a Nueva York (julio de 1974) un amigo me contĂł la siguiente historia. Tiene lugar en Yugoslavia, durante lo que serĂ­an los Ășlti­mos meses de la Segunda Guerra Mundial.

El tĂ­o de S. era miembro de un grupo partisano serbio que luchaba contra la ocupaciĂłn nazi. Un dĂ­a, sus camaradas y Ă©l amanecieron rodeados por las tropas alemanas. Se habĂ­an refugiado en una granja, en un lugar perdido del campo, y la nieve alcanzaba casi medio metro de altura: no tenĂ­an escapatoria. No sabiendo quĂ© ha­cer, decidieron echarlo a suertes: su plan era salir de la granja uno a uno, corriendo a travĂ©s de la nieve para intentar salvarse. De acuerdo con los resultados del sorteo, el tĂ­o de S. debĂ­a salir en tercer lugar.

Vio por la ventana cĂłmo el primer hombre corrĂ­a por la nieve. Desde detrĂĄs de los ĂĄrboles dispararon una rĂĄfaga de ametralladora. El hombre cayĂł. Un ins­tante despuĂ©s, el segundo hombre saliĂł y le ocurriĂł lo mismo. Las ametralladoras disparaban a discreciĂłn: cayĂł muerto en la nieve.

Entonces le llegĂł el turno al tĂ­o de mi amigo. No sĂ© si vacilarĂ­a en la puerta. No sĂ© quĂ© pensamientos lo asaltarĂ­an en aquel momento. La Ășnica cosa que me han con­tado es que echĂł a correr, abriĂ©ndose paso a travĂ©s de la nieve con todas sus fuerzas. ParecĂ­a que la carrera no tenĂ­a fin. Enton­ces sintiĂł de repente dolor en una pierna. Un segundo despuĂ©s un calor insoportable se extendiĂł por su cuerpo, y un segundo despuĂ©s habĂ­a perdido el conocimiento.

Cuando se despertĂł, se encontrĂł ten­dido boca arriba en el carro de un campesino. No tenĂ­a ni idea de cuĂĄnto tiempo habĂ­a transcurrido, no tenĂ­a ni idea de cĂłmo lo habĂ­an salvado. Simplemente habĂ­a abierto los ojos: y allĂ­ estaba, tumbado en un carro que un caballo o un mulo arras­traba por un camino rural, mirando la nuca de un campesino. ObservĂł esa nuca durante algunos segundos, y entonces, pro­cedentes del bosque, se sucedieron violen­tas explosiones. Demasiado dĂ©bil para moverse, continuĂł mirando la nuca, y de repente la nuca desapareciĂł. La cabeza volĂł, se separĂł del cuerpo del campesino, y, donde un momento antes habĂ­a habido un hombre completo, ahora habĂ­a un hombre sin cabeza.

MĂĄs ruido, mĂĄs confusiĂłn. Si el caballo seguĂ­a tirando del carro o no, no lo puedo decir, pero, pocos minutos o pocos segun­dos despuĂ©s, un gran contingente de tro­pas rusas bajaba por la carretera. Jeeps, tanques, una multitud de soldados. Cuan­do el oficial al mando vio la pierna del tĂ­o de S., rĂĄpidamente lo enviĂł al hospital de campaña que habĂ­an montado en los al­rededores. SĂłlo era una choza tambaleante de madera: un gallinero, quizĂĄ el coberti­zo de una granja. AllĂ­ el mĂ©dico del ejĂ©rcito ruso dictaminĂł que era imposible salvar la pierna. Estaba destrozada, dijo, y habĂ­a que amputarla.

El tĂ­o de mi amigo empezĂł a gritar. “No me corte la pierna”, implorĂł. “Por fa­vor, se lo suplico, ¡no me corte la pierna!”, pero nadie lo escuchaba. Los enfermeros lo sujetaron con correas a la mesa de ope­raciones, y el mĂ©dico empuñó la sierra. Ya rasgaba la sierra la piel cuando se produjo otra explosiĂłn. El techo del hospital se hundiĂł, las paredes se derrumbaron, el lo­cal entero saltĂł hecho pedazos. Y una vez mĂĄs, el tĂ­o de S. perdiĂł el conocimiento.

Cuando despertĂł esta vez, estaba acos­tado en una cama. Las sĂĄbanas eran lim­pias y suaves, el olor de la habitaciĂłn era agradable, y aĂșn tenĂ­a la pierna unida al cuerpo. Un momento despuĂ©s, miraba la cara de una joven maravillosa, que sonreĂ­a y le daba un caldo a cucharadas. Sin saber quĂ© habĂ­a sucedido, de nuevo habĂ­a sido salvado y trasladado a otra granja. Cuando volviĂł en sĂ­, durante algunos minutos, el tĂ­o de S. no estuvo seguro de si estaba vivo o muerto. Le parecĂ­a que a lo mejor habĂ­a despertado en el paraĂ­so.




Se quedĂł en la casa mientras se recu­peraba y se enamorĂł de la joven maravi­llosa, pero aquel amor no prosperĂł. Me gustarĂ­a decir por quĂ©, pero S. nunca me contĂł mĂĄs detalles. Lo que sĂ© es que su tĂ­o conservĂł la pierna y, cuando terminĂł la guerra, se trasladĂł a Estados Unidos para empezar una nueva vida. No sĂ© cĂłmo (no conozco bien los pormenores), acabĂł en Chicago de agente de seguros.

4

L. y yo nos casamos en 1974. Nuestro hijo nació en 1977, y al año siguiente ya había terminado nuestro matrimonio. Pero todo eso importa poco ahora, salvo para localizar el escenario de un incidente que ocurrió en la primavera de 1980.

L. y yo vivĂ­amos entonces en Brooklyn, a tres o cuatro manzanas de distancia, y nuestro hijo dividĂ­a su tiempo entre los dos apartamentos. Una mañana, yo habĂ­a ido a casa de L. para recoger a Daniel y lle­varlo al colegio. No me acuerdo si entrĂ© en el edificio o si Daniel bajĂł las escaleras solo, pero recuerdo con claridad que, cuando ya nos Ă­bamos, L. abriĂł la ventana de su apartamento en el tercer piso para echarme dinero. Tampoco me acuerdo de por quĂ© lo hizo. QuizĂĄ querĂ­a que echara una moneda en el parquĂ­metro; quizĂĄ yo tenĂ­a que hacerle algĂșn recado, no lo sĂ©. Lo Ășnico que se me ha quedado grabado es la ventana abierta y la imagen de una moneda de diez centavos volando por el aire. La veo con tal claridad que es casi como si hubiera estudiado fotografĂ­as de ese instante, como si la moneda formara parte de un sueño recurrente que yo hu­biera tenido desde entonces.

Pero la moneda de diez centavos chocĂł contra la rama de un ĂĄrbol, y se rompiĂł la curva descendente que describĂ­a camino de mi mano. La moneda rebotĂł contra el ĂĄrbol, aterrizĂł sin ruido por allĂ­ cerca y se esfumĂł. Me acuerdo de haberme agachado a buscarla, removiendo las hojas y las ra­mas al pie del ĂĄrbol, pero los diez centavos no aparecieron por ninguna parte.

Puedo fechar este incidente a princi­pios de la primavera porque sĂ© que mĂĄs tarde, el mismo dĂ­a, asistĂ­ a un partido de bĂ©isbol en el Shea Stadium: el partido que inauguraba la temporada. Un amigo mĂ­o habĂ­a conseguido entradas, y generosa­mente me habĂ­a invitado a acompañarlo. Yo no habĂ­a estado nunca en el primer partido de la temporada, y recuerdo bien la ocasiĂłn.

Llegamos temprano (parece que habĂ­a que recoger las entradas en alguna taquilla) y, mientras mi amigo hacĂ­a la gestiĂłn, yo lo esperaba en uno de los accesos del estadio. No se veĂ­a un alma. Me refugiĂ© en un hueco para encender un cigarro (aquel dĂ­a hacĂ­a mucho viento), y allĂ­, en el suelo, a un palmo de mi pie, estaban los diez cen­tavos. Me agachĂ©, los cogĂ­ y me los metĂ­ en el bolsillo. Por absurdo que pueda pare­cer, tuve la certeza de que eran los mis­mos diez centavos que habĂ­a perdido en Brooklyn esa mañana.





5



En el parvulario de mi hijo habĂ­a una niña cuyos padres estaban tramitando el divorcio. Yo apreciaba particularmente al padre, un pintor poco reconocido que se ganaba la vida copiando proyectos arqui­tectĂłnicos. Creo que sus cuadros eran muy hermosos, pero siempre le faltĂł la suerte necesaria para convencer a los mar­chantes de que apoyaran su obra. La Ășnica vez que expuso, la galerĂ­a quebrĂł al poco tiempo.

B. no era un intimo amigo, pero lo pa­sĂĄbamos bien juntos, y, siempre que lo veĂ­a, yo volvĂ­a a casa con renovada admi­raciĂłn por su tenacidad y su calma inte­rior. No era un hombre que se quejara, que sintiera lĂĄstima de sĂ­ mismo. Por muy negras que le hubieran ido las cosas en los Ășltimos años (infinitos problemas de di­nero, falta de Ă©xito artĂ­stico, amenazas de desahucio de su casero, dificultades con su antigua mujer), nada parecĂ­a desviarlo de su camino. Continuaba pintando con la misma pasiĂłn de siempre, y, al revĂ©s que muchos, nunca mostrĂł ninguna amargura, ninguna envidia hacia artistas de menor talento a los que les iba mucho mejor que a Ă©l.

A veces, cuando no trabajaba en sus propios cuadros, hacĂ­a copias de los maestros antiguos en el Metropolitan Museum. Me acuerdo de un Caravaggio que copiĂł un dĂ­a y que me pareciĂł extraordinario. No era una copia, sino mĂĄs bien una rĂ©­plica, un duplicado exacto del original. En una de aquellas visitas al museo, un millo­nario tejano vio trabajar a B. y quedĂł tan impresionado que le encargĂł la copia de un Renoir para regalĂĄrsela a su novia.

B. era sumamente alto (casi dos me­tros), guapo y amable, cualidades que lo hacĂ­an especialmente atractivo para las mujeres. Cuando superĂł el divorcio y vol­viĂł a la circulaciĂłn, no tuvo problemas para encontrar compañeras. Yo sĂłlo lo veĂ­a dos o tres veces al año, pero cada vez habĂ­a una mujer distinta en su vida. Todas estaban evidentemente locas por Ă©l. SĂłlo tenĂ­as que ver cĂłmo miraban a B. para adivinar lo que sentĂ­an, pero, por una u otra razĂłn, ninguna de sus relaciones du­raba demasiado.

Dos o tres años despuĂ©s, el casero de B. consiguiĂł su propĂłsito y lo echĂł del estu­dio. B. abandonĂł la ciudad, y dejamos de vernos.

Pasaron varios años y entonces, una noche, B. volviĂł a la ciudad para asistir a una cena. Mi mujer y yo tambiĂ©n estĂĄba­mos invitados y, cuando supimos que B. estaba a punto de casarse, le pedimos que nos contara la historia de cĂłmo habĂ­a co­nocido a su futura mujer.

Unos seis meses antes, nos contĂł, habĂ­a hablado por telĂ©fono con un amigo. El amigo estaba preocupado por B., y pronto empezĂł a reprocharle que no hubiera vuelto a casarse. Ya hace siete años que te divorciaste, le dijo; ya hubieras podido sentar la cabeza con una docena de muje­res atractivas e interesantes. Pero ningu­na te parece lo bastante buena y siempre las dejas. ¿QuĂ© te pasa? ¿QuĂ© demonios quieres?

No me pasa nada, dijo B. Simplemente no he encontrado la persona adecuada, eso es todo. Al ritmo que vas, nunca la en­contrarĂĄs, le respondiĂł su amigo. ¿Has encontrado alguna vez una mujer que se aproxime a lo que buscas? Dime una, sĂłlo una. ¿A que no eres capaz de nombrar una sola mujer?

Sorprendido ante la vehemencia de su amigo, B. reflexionĂł sobre el asunto detenidamente. SĂ­, dijo por fin. HabĂ­a una. Una mujer que se llamaba E., a la que habĂ­a co­nocido en Harvard cuando era estudiante, hacĂ­a mĂĄs de veinte años. Pero entonces E. salĂ­a con otro, y B. salĂ­a con otra (su futura ex mujer), y no habĂ­a habido nada entre ellos. No tenĂ­a ni idea de dĂłnde es­taba E. ahora, dijo, pero si encontrara a al­guien como ella, no dudarĂ­a en casarse de nuevo.

Ése fue el final de la conversaciĂłn. An­tes de hablarle de E; a su amigo, B. no se habĂ­a acordado de aquella mujer durante mĂĄs de diez años, pero, ahora que le habĂ­a vuelto al pensamiento, no se la podĂ­a qui­tar de la cabeza. En los tres o cuatro dĂ­as siguientes, pensĂł en ella sin parar, incapaz de librarse de la sensaciĂłn de que hacĂ­a varios años habĂ­a perdido una oportunidad Ășnica de ser feliz. Entonces, como si la in­tensidad de estos pensamientos hubiera enviado una señal a travĂ©s del mundo, el telĂ©fono sonĂł una noche y allĂ­ estaba E., al otro lado de la lĂ­nea.

B. la tuvo al telĂ©fono mĂĄs de tres horas. Ni se enteraba de lo que le decĂ­a, pero ha­blĂł y hablĂł hasta pasada la medianoche, con la conciencia de que algo extraordina­rio habĂ­a sucedido y no podĂ­a dejarlo esca­par otra vez.

Al terminar sus estudios universitarios, E. ingresĂł en una compañía de baile y durante los Ășltimos veinte años se habĂ­a de­dicado exclusivamente a su carrera. Nun­ca se habĂ­a casado, y, ahora que estaba a punto de retirarse de los escenarios, llamaba a viejos amigos del pasado, intentando volver a tomar contacto con el mundo. No tenĂ­a familia (sus padres se habĂ­an matado en un accidente de coche cuando era ni­Ă±a) y se habĂ­a criado con dos tĂ­as que ya habĂ­an muerto.

B. quedó en verla la noche siguiente. Cuando se encontraron, no tardó mucho en descubrir que sus sentimientos hacia E. eran tan fuertes como había imaginado. Volvía a estar enamorado de ella, y varias semanas después decidieron casarse.
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Para que la historia sea aĂșn mĂĄs per­fecta, resultĂł que E. tenĂ­a bienes. Sus tĂ­as habĂ­an sido ricas, y a su muerte ella habĂ­a heredado todo su dinero, lo que signifi­caba que B. no sĂłlo habĂ­a hallado el verda­dero amor, sino que los incesantes proble­mas de dinero que lo habĂ­an agobiado durante años habĂ­an desaparecido de re­pente. Todo de golpe.

Un año o dos despuĂ©s de la boda, tuvie­ron un hijo. SegĂșn mis Ășltimas noticias, el padre, la madre y el niño estĂĄn bien.

6

En la misma lĂ­nea, a pesar de abarcar un perĂ­odo de tiempo mĂĄs corto (unos meses en lugar de veinte años), otro amigo, R., me hablĂł de cierto libro inencontrable que habĂ­a estado intentando localizar sin Ă©xito, husmeando en librerĂ­as y catĂĄlogos en busca de una obra supuestamente ex­cepcional que tenĂ­a muchas ganas de leer, y cĂłmo, una tarde que paseaba por la ciu­dad, tomĂł un atajo a travĂ©s de la Grand Central Station, subiĂł la escalera que lleva a Vanderbilt Avenue, y descubriĂł a una jo­ven apoyada en la baranda de mĂĄrmol con un libro en la mano: el mismo libro que Ă©l habĂ­a estado intentando localizar tan de­sesperadamente.

Aunque no es alguien que normal­mente hable con desconocidos, R. estaba tan asombrado por la coincidencia que no se pudo callar.

-Lo crea o no -le dijo a la joven-, he buscado ese libro por todas partes.

-Es estupendo -respondiĂł la joven-. Acabo de terminar de leerlo.

-¿Sabe dĂłnde podrĂ­a encontrar otro ejemplar? -preguntĂł R.-. No puedo de­cirle cuĂĄnto significarĂ­a para mĂ­.

-Éste es suyo -respondió la mujer.

-Pero es suyo -dijo R.

–Era mĂ­o -dijo la mujer-, pero ya lo he acabado. He venido hoy aquĂ­ para dĂĄrselo.

7

Hace doce años, la hermana de mi mujer se fue a vivir a Taiwan. Su inten­ciĂłn era estudiar chino (que ahora habla con fluidez pasmosa) y mantenerse dan­do clases de inglĂ©s a los nativos de Tai­pei de habla china. Fue aproximadamen­te un año antes de que yo conociera a mi mujer, que entonces hacĂ­a los cur­sos de doctorado en la Universidad de Columbia.

Un dĂ­a, mi futura cuñada estaba ha­blando con una amiga norteamericana, una joven que tambiĂ©n habĂ­a ido a Taipei a estudiar chino. La conversaciĂłn tocĂł el tema de sus familias en Estados Unidos, lo que dio pie al siguiente diĂĄlogo:

-Tengo una hermana que vive en Nueva York -dijo mi futura cuñada.

-También yo -contestó su amiga.

-Mi hermana vive en el Upper West Side.

-La mía también.

-Mi hermana vive en la calle 109 Oeste.

-Aunque no te lo creas, la mía también.

-Mi hermana vive en el nĂșmero 309 de la calle 109 Oeste.

-¡La mĂ­a tambiĂ©n!

-Mi hermana vive en el segundo piso del nĂșmero 309 de la calle 109 Oeste.

Su amiga suspirĂł y dijo:

-Sé que parece un disparate, pero la mía también.

Es prĂĄcticamente imposible que haya dos ciudades tan lejanas como Taipei y Nueva York. EstĂĄn en las antĂ­podas, sepa­radas por una distancia de mĂĄs de quince mil kilĂłmetros, y cuando es de dĂ­a en una es de noche en la otra. Mientras las dos jĂł­venes se maravillaban en Taipei de la sor­prendente conexiĂłn que acababan de descubrir, cayeron en la cuenta de que sus dos hermanas probablemente dormĂ­an en aquel instante. En el mismo piso del mismo edificio del norte de Manhattan, cada una dormĂ­a en su apartamento, ajena a la conversaciĂłn que, acerca de ellas, tenĂ­a lugar en el otro extremo del mundo.

Aunque eran vecinas, resulta que las dos hermanas de Nueva York no se conocían. Cuando por fin se conocieron (dos años después), ninguna de las dos seguía viviendo en el mismo edificio.

Siri y yo ya estĂĄbamos casados. Una tarde, camino de una cita, nos paramos a echar un vistazo en una librerĂ­a de Broad­way. Seguramente curioseĂĄbamos en dife­rentes secciones, y, porque Siri querĂ­a en­señarme algo o porque yo querĂ­a ense­Ă±arle algo a ella (no me acuerdo), uno de los dos llamĂł al otro en voz alta. Un segundo despuĂ©s, una mujer se nos acer­cĂł corriendo. “Ustedes son Paul Auster y Siri Hustvedt, ¿verdad?”, dijo. “SĂ­, exacta­mente”, contestamos. “¿CĂłmo lo sabe?” La mujer nos explicĂł entonces que su hermana y la hermana de Siri habĂ­an estu­diado juntas en Taiwan.

El circulo se habĂ­a cerrado por fin. Desde aquella tarde en la librerĂ­a, hace diez años, esa mujer ha sido una de nues­tras mejores y mĂĄs fieles amigas.

8

Hace tres veranos, encontrĂ© una carta en mi buzĂłn. VenĂ­a en un gran sobre blanco y estaba dirigida a alguien cuyo nombre no conocĂ­a: Robert M. Morgan, de Seattle, Washington. En la oficina de Co­rreos habĂ­an estampado en el anverso del sobre varios sellos: Desconocido, A su pro­cedencia. HabĂ­an tachado a pluma el nom­bre del señor Morgan, y al lado alguien ha­bĂ­a escrito: No vive en esta direcciĂłn. Trazada con la misma tinta azul, una fle­cha señalaba la esquina superior izquierda del sobre, junto a las palabras Devolver al remitente. Suponiendo que la oficina de Correos habĂ­a cometido un error, com­probĂ© la esquina superior izquierda para ver quiĂ©n era el remitente. AllĂ­, para mi absoluta perplejidad, descubrĂ­ mi propio nombre y mi propia direcciĂłn. No sĂłlo eso, sino que estos datos estaban impresos en una etiqueta de direcciĂłn personal (una de esas etiquetas que se pueden en­cargar en paquetes de doscientas y que se anuncian en las cajas de cerillas). La orto­grafĂ­a de mi nombre era correcta, la direc­ciĂłn era mi direcciĂłn, pero el hecho era (y lo sigue siendo) que nunca he tenido ni he encargado en mi vida un paquete de eti­quetas con mi direcciĂłn impresa.

Dentro del sobre habĂ­a una carta meca­nografiada a un solo espacio que empe­zaba asĂ­: “Querido Robert, en respuesta a tu carta del 15 de julio de 1989 debo de­cirte que, como otros autores, a menudo recibo cartas sobre mi obra.” Luego, en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filĂłsofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacciĂłn, el autor de la carta elogiaba a “Robert” por las ideas que habĂ­a desarrollado sobre uno de mis libros en un curso universitario sobre no­vela contemporĂĄnea. Era una carta despreciable, la clase de carta que jamĂĄs se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre. La letra no se parecĂ­a a la mĂ­a, pero eso no me consolaba. Alguien estaba intentando hacerse pasar por mi, y, por lo que sĂ©, lo sigue intentando.




Un amigo me sugiriĂł que era un ejemplo de “arte por correo”. Sabiendo que la carta no podĂ­a llegarle a Robert Morgan (puesto que tal persona no existe), en rea­lidad el autor de la carta me estaba en­viando a mĂ­ sus comentarios. Pero esto hu­biera implicado una confianza injustifi­cada en el servicio de correos de Estados Unidos, y dudo que alguien que se ha dado el trabajo de encargar en mi nombre eti­quetas de direcciĂłn y de ponerse a escribir una carta tan arrogante y altisonante pu­diera dejar algo al azar. ¿O sĂ­? QuizĂĄ los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrĂĄ siempre como ellos quieren.

Tengo pocas esperanzas de resolver al­gĂșn dĂ­a este pequeño misterio. El bromista ha borrado hĂĄbilmente sus huellas, y no ha vuelto a dar señales de vida. Lo que no acabo de entender de mi propia actitud es que nunca he tirado la carta, aunque sigue dĂĄndome escalofrĂ­os cada vez que la miro. Un hombre sensato la habrĂ­a tirado a la ba­sura. En vez de eso, por razones que no comprendo, la conservo en mi mesa de trabajo desde hace tres años, y he dejado que se convirtiera en un objeto mĂĄs, per­manente, entre mis plumas, cuadernos y gomas de borrar. QuizĂĄ la conservo como un monumento a mi propia locura. QuizĂĄ sea el medio de recordarme que no sĂ© nada, que el mundo en el que vivo no de­jarĂĄ nunca de escapĂĄrseme.

9

Uno de mis mejores amigos es un poeta francĂ©s que se llama C. Hace ya mĂĄs de veinte años que nos conocemos, y, aunque no nos vemos muy a menudo (Ă©l vive en ParĂ­s y yo en Nueva York), seguimos man­teniendo una estrecha relaciĂłn. Es una re­laciĂłn fraternal, como si en una vida ante­rior hubiĂ©ramos sido de verdad hermanos.

C. es un hombre muy contradictorio. Se abre al mundo y a la vez se aĂ­sla del mundo: es una figura carismĂĄtica con mul­titud de amigos en todas partes (legendaria por su amabilidad, su humor y su conver­saciĂłn chispeante), y, sin embargo, ha sido herido por la vida, y le cuesta un autĂ©ntico esfuerzo enfrentarse a las tareas sencillas que la mayorĂ­a de la gente da por resuel­tas. Poeta excepcionalmente dotado y pen­sador de la poesĂ­a, C. sufre, sin embargo, frecuentes bloqueos en su trabajo de escri­tor, rachas patolĂłgicas de desconfianza en sĂ­ mismo, y, cosa sorprendente (para al­guien tan generoso, tan totalmente despro­visto de mezquindad), es capaz de rencores y rencillas interminables, generalmente por una tonterĂ­a o por algĂșn principio abs­tracto. Nadie es tan universalmente admi­rado como C., nadie posee mĂĄs talento, na­die se erige con mayor facilidad en el centro de atenciĂłn, y, sin embargo, siem­pre ha hecho todo lo que ha podido para estar al margen. Desde que se separĂł de su mujer hace muchos años, ha vivido solo en una serie de pequeños apartamentos de una habitaciĂłn subsistiendo prĂĄcticamente sin dinero con empleos efĂ­meros y esporĂĄ­dicos, publicando poco y rehusando escri­bir una sola palabra de crĂ­tica literaria, aunque lo lea todo y sepa mĂĄs de poesĂ­a contemporĂĄnea que ninguna otra persona en Francia. Para los que lo queremos (y somos muchos), C. es a menudo motivo de inquietud. En la medida en que lo respeta­mos y deseamos su bien, tambiĂ©n nos preocupamos por Ă©l.

Tuvo una infancia difĂ­cil. No puedo de­cir hasta quĂ© punto eso lo explica todo, pero no deberĂ­amos pasar por alto los he­chos. Parece que su padre se fue con otra mujer cuando C. era pequeño, y mi amigo se criĂł con su madre, hijo Ășnico sin una vida familiar digna de este nombre. Nunca he conocido a la madre de C., pero, segĂșn todos los indicios, tiene un carĂĄcter ex­traño. Durante la infancia y la adolescen­cia de C., fue de amor en amor, cada vez con un hombre mĂĄs joven. En la Ă©poca en que C. abandonĂł su casa para ingresar en el ejĂ©rcito a la edad de veintiĂșn años, el novio de su madre apenas era mayor que Ă©l. En los Ășltimos años, el objetivo princi­pal de su vida ha sido una campaña a favor de la canonizaciĂłn de un sacerdote ita­liano (cuyo nombre se me escapa ahora). AsediĂł a las autoridades catĂłlicas con un sinfĂ­n de cartas en defensa de la santidad de ese individuo, e incluso llegĂł a encar­gar a un artista una estatua a tamaño natu­ral del cura: todavĂ­a se alza en su jardĂ­n como perdurable testimonio de su causa.

Aunque no tiene hijos, hace siete u ocho años que C. se ha convertido en una especie de pseudopadre. DespuĂ©s de una pelea con su amiga (durante la que temporalmente se separaron), Ă©sta mantuvo una breve relaciĂłn con otro hombre y se que­dĂł embarazada. La relaciĂłn terminĂł ense­guida, pero ella decidiĂł tener el hijo. NaciĂł una niña, y, aunque C. no es su verdadero padre, se ha dedicado a ella desde el dĂ­a de su nacimiento y la adora como si fuera de su propia sangre.

Hace aproximadamente cuatro años, C. fue un dĂ­a a ver a un amigo. En el apartamento habĂ­a un Minitel, un pequeño orde­nador que distribuye gratis la compañía te­lefĂłnica francesa. Entre otras cosas, el Minitel contiene la direcciĂłn y el nĂșmero de telĂ©fono de todos los abonados de Fran­cia. Cuando C. jugaba con el nuevo apa­rato de su amigo, se le ocurriĂł de repente buscar la direcciĂłn de su padre. La encon­trĂł en Lyon. Cuando aquel dĂ­a volviĂł a casa, metiĂł uno de sus libros en un sobre y lo enviĂł a la direcciĂłn de Lyon: era el pri­mer contacto que entablaba con su padre en mĂĄs de cuarenta años. No le encon­traba sentido a lo que estaba haciendo. Ja­mĂĄs se le habĂ­a ocurrido que quisiera ha­cer una cosa asĂ­, antes de ver que estaba haciĂ©ndola.

Esa misma noche, coincidiĂł en un cafĂ© con una amiga -una psicoanalista- y le contĂł esos actos extraños e impreme­ditados. Le dijo que era como si hubiera sentido la llamada de su padre, como si una fuerza misteriosa se hubiera desen­cadenado en su interior. Teniendo en cuenta que no se acordaba en absoluto de aquel hombre, ni siquiera podĂ­a conjetu­rar cuĂĄndo se habĂ­an visto por Ășltima vez.

La psicoanalista reflexionĂł un instante y preguntĂł: “¿QuĂ© edad tiene L.?” Se referĂ­a a la hija de la novia de C.

-Tres años y medio -contestó C.

-No estoy segura -dijo la mujer-, pero apostarĂ­a cualquier cosa a que tenias tres años y medio la Ășltima vez que viste a tu padre. Te lo digo porque quieres mu­cho a L. Es muy intensa tu identificaciĂłn con L., y estĂĄs reviviendo tu vida a travĂ©s de L.

Varios dĂ­as despuĂ©s, llegĂł de Lyon una respuesta: una carta cariñosa y verdadera­mente amable del padre de C. DespuĂ©s de darle las gracias a C. por el libro, hablaba de lo orgulloso que estaba de saber que su hijo era escritor. Por pura coincidencia, añadĂ­a, habĂ­a echado al correo el paquete el dĂ­a de su cumpleaños, y el simbolismo de ese gesto lo habĂ­a emocionado mucho.

Nada cuadraba con las historias que C. habĂ­a oĂ­do en su infancia. SegĂșn su madre, su padre era un monstruo de egoĂ­smo que la habĂ­a abandonado por una cualquiera y nunca se habĂ­a preocupado por su hijo. C. habĂ­a creĂ­do tales historias, y habĂ­a evi­tado cualquier contacto con su padre. Ahora, a la vista de la carta, ya no sabĂ­a quĂ© creer.

Decidió contestar la carta. El tono de su respuesta era precavido, pero al menos era una respuesta. Días después recibía de nuevo respuesta: la segunda carta era tan cariñosa y amable como la primera. C. y su padre empezaron a escribirse. Se escribieron durante un par de meses, y un día C. pensó en la posibilidad de viajar a Lyon para encontrarse con su padre cara a cara.

Antes de que pudiera hacer planes defi­nitivos, recibiĂł una carta de la mujer de su padre que le informaba de que Ă©ste habĂ­a muerto. Le decĂ­a que durante los Ășltimos años la salud de su padre habĂ­a sido mala, pero que el reciente intercambio de cartas con C. lo habĂ­a hecho muy feliz, y sus Ășlti­mos dĂ­as habĂ­an rebosado alegrĂ­a y opti­mismo.

Me enterĂ© entonces de los cambios in­creĂ­bles que habĂ­an tenido lugar en la vida de C. En el tren de ParĂ­s a Lyon (iba a visitar a su madrastra por primera vez), me escribiĂł una carta que resumĂ­a a grandes rasgos la historia de los Ășltimos meses. Su letra re­flejaba cada sacudida de los raĂ­les, como si la velocidad del tren fuera la imagen exacta de las ideas que le bullĂ­an en la cabeza. Como me decĂ­a en la carta: “Tengo la sen­saciĂłn de haberme convertido en un perso­naje de alguna de tus novelas.”

La mujer de su padre no pudo ser mĂĄs cordial con Ă©l durante su visita. C. averiguĂł, entre otras cosas, que su padre habĂ­a sufrido un ataque al corazĂłn la mañana de su Ășltimo cumpleaños (el mismo dĂ­a que C. habĂ­a buscado su direcciĂłn en el Minitel), y que, sĂ­, C. tenĂ­a exactamente tres años y medio cuando sus padres se divor­ciaron. Su madrastra le contĂł entonces la historia de su vida segĂșn el punto de vista de su padre, que contradecĂ­a todo lo que su madre le habĂ­a contado. En esta ver­siĂłn, era su madre la que habĂ­a abando­nado a su padre; era su madre la que habĂ­a prohibido que su padre lo viera; era su ma­dre la que habĂ­a matado a disgustos a su padre. Su madrastra le contĂł a C. que, cuando era niño, su padre iba al colegio para verlo a travĂ©s de la verja. C. recordaba a aquel hombre, que, sin saber quiĂ©n era, le habĂ­a dado miedo.

Entonces la vida de C. se convirtiĂł en dos vidas: existĂ­an una VersiĂłn A y una VersiĂłn B, y las dos eran su historia. HabĂ­a vivido las dos en igual medida, dos verda­des que se anulaban mutuamente, y desde el principio, sin saberlo, habĂ­a estado atra­pado entre las dos.

Su padre habĂ­a tenido una pequeña pa­pelerĂ­a (el tĂ­pico surtido de papel y mate­rial de escritorio, juntĂł a un servicio de al­quiler de libros baratos). El negocio le habĂ­a dado poco mĂĄs que para vivir, asĂ­ que dejĂł una herencia muy modesta. Las cantidades no tienen importancia. Lo sig­nificativo es que la madrastra de C. (ya una anciana) insistiĂł en que se repartieran a medias el dinero. Nada en el testamento la obligaba a hacerlo y, moralmente ha­blando, no tenĂ­a ninguna necesidad de re­nunciar a un solo cĂ©ntimo de los ahorros de su marido. Lo hizo porque lo deseaba, porque era mĂĄs feliz compartiendo el di­nero que guardĂĄndoselo para ella.

10

Cuando pienso en la amistad, sobre todo en cĂłmo algunas amistades duran y otras no, me acuerdo de que, desde que tengo carnet de conducir, sĂłlo se me han pinchado las ruedas del coche cuatro ve­ces, y las cuatro veces me acompañaba la misma persona (en tres paĂ­ses distintos, y en un perĂ­odo de ocho o nueve años). J. era un amigo del colegio y, aunque siem­pre hubo una sombra de incomodidad e in­compatibilidad en nuestras relaciones, du­rante cierto tiempo fuimos Ă­ntimos amigos. Una primavera, antes de terminar la ca­rrera, cogimos la vieja furgoneta de mi padre y nos fuimos a los parajes desiertos de Quebec. Las estaciones se suceden con mayor lentitud en esa zona del mundo, y todavĂ­a duraba el invierno. El primer neu­mĂĄtico pinchado no supuso ningĂșn pro­blema (llevĂĄbamos rueda de repuesto), pero cuando, menos de una hora despuĂ©s, reventĂł el segundo, nos quedamos desam­parados en aquel territorio glacial y deso­lador prĂĄcticamente todo el dĂ­a. Entonces no le di ninguna importancia al incidente, sĂłlo un caso de mala suerte, pero, cuatro o cinco años despuĂ©s, cuando J. fue a Francia para visitar la casa en la que L. y yo trabajĂĄbamos como guardas (apĂĄtico y deprimido, en un estado deplorable de autocompasiĂłn, incapaz de darse cuenta de que abusaba de nuestra hospitalidad), ocurriĂł exactamente lo mismo. HabĂ­amos ido a pasar el dĂ­a a Aix-en-Provence (a unas dos horas de camino) y volvĂ­amos de noche por una oscura carretera comarcal, cuando sufrimos otro pinchazo. PensĂ© que era una simple coincidencia, y me olvidĂ© del asunto. Pero entonces, cuatro años despuĂ©s, en los meses finales de mi matrimonio con L., J. volviĂł a visitarnos, esta vez en el estado de Nueva York, donde L. y yo vivĂ­amos con Daniel, casi reciĂ©n na­cido. En un momento determinado, J. y yo cogimos el coche para ir a comprar la cena. SaquĂ© el coche del garaje, di la vuelta en el camino de tierra lleno de ba­ches, y avancĂ© hasta la carretera para mi­rar a la izquierda, a la derecha y a la iz­quierda antes de seguir adelante. Y enton­ces, cuando esperaba que pasara un co­che, oĂ­ el silbido inconfundible del aire al escaparse. Otro neumĂĄtico se habĂ­a pin­chado, y esta vez ni siquiera nos habĂ­amos alejado de casa. J. y yo nos echamos a reĂ­r, desde luego, pero la verdad es que nuestra amistad nunca se recuperĂł de aquel cuarto neumĂĄtico pinchado. No digo que las ruedas pinchadas tuvieran la culpa de nuestro distanciamiento, pero, maligna­mente, son el emblema de cĂłmo han sido siempre nuestras relaciones, el signo de al­guna sutil maldiciĂłn. No quiero exagerar, pero, aĂșn hoy, no consigo convencerme de que esos neumĂĄticos pinchados no sig­nifiquen algo. El caso es que J. y yo deja­mos de vernos, y no hemos vuelto a hablar desde hace diez años.

11

VolvĂ­ a ParĂ­s unos dĂ­as en 1990. Una tarde pasĂ© por el despacho de una amiga para saludarla, y me presentaron a una checa, mĂĄs cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, una historiadora de arte amiga de mi amiga. Me acuerdo de que era una persona atractiva y alegre, pero, como estaba a punto de irse cuando lle­guĂ©, apenas si coincidimos cinco o diez minutos. Como suele ocurrir en tales si­tuaciones, no hablamos de nada impor­tante: una ciudad norteamericana que los dos conocĂ­amos, el tema de un libro que estaba leyendo, el tiempo que hacĂ­a. Luego nos dimos la mano, cruzĂł la puerta y nunca he vuelto a verla.

Cuando se fue, la amiga que habĂ­a ido a visitar se retrepĂł en su asiento y me preguntĂł:

-¿Quieres oir una buena historia?

-Desde luego -le respondĂ­-. Las bue­nas historias siempre me interesan.

-Quiero mucho a mi amiga -conti­nuĂł-, asĂ­ que no te llames a engaño. No voy a contarte chismes. Pero creo que tie­nes derecho a saber esto.

-¿EstĂĄs segura?

-SĂ­, estoy segura. Aunque debes pro­meterme una cosa: si escribieras alguna vez esta historia, no citarĂ­as ningĂșn nombre.

-Te lo prometo -le dije.

Y asĂ­ mi amiga me contĂł el secreto. De principio a fin, no tardĂł mĂĄs de tres minu­tos en contarme la historia que voy a con­tar ahora.

La mujer que yo acababa de conocer habĂ­a nacido en Praga durante la guerra. Era muy pequeña cuando hicieron prisio­nero a su padre, lo enrolaron a la fuerza en el ejĂ©rcito alemĂĄn y lo mandaron al frente ruso. Su madre y ella no volvieron a saber de Ă©l. No recibieron ninguna carta, ni noticias de si estaba vivo o muerto, nada. La guerra se lo habĂ­a tragado: desa­pareciĂł sin dejar rastro.

Pasaron los años. La joven creciĂł. AcabĂł sus estudios en la universidad y llegĂł a ser profesora de historia del arte. SegĂșn mi amiga, tuvo problemas con las autoridades a finales de los sesenta, du­rante la invasiĂłn soviĂ©tica, pero no precisĂł quĂ© tipo de problemas. No son difĂ­ciles de imaginar, por las historias que conozco so­bre lo que les sucediĂł a otros durante ese periodo.

Un dĂ­a le permitieron volver a la ense­Ă±anza. En una de sus clases habĂ­a, por un programa de intercambios, un estudiante de Alemania del Este. El estudiante y ella se enamoraron y acabaron casĂĄndose.

Poco tiempo después de la boda, llegó un telegrama que anunciaba la muerte del padre de su marido. Al día siguiente, su marido y ella viajaron a Alemania del Este para asistir al funeral. Una vez allí, no sé en qué ciudad, se enteró de que su difunto suegro había nacido en Checoslovaquia.

Durante la guerra los nazis lo hicieron pri­sionero, lo enrolaron a la fuerza en su ejĂ©r­cito y lo mandaron al frente ruso. HabĂ­a conseguido sobrevivir milagrosamente. En lugar de regresar a Checoslovaquia des­puĂ©s de la guerra, se habĂ­a quedado en Alemania bajo un nombre nuevo, se habĂ­a casado con una alemana, y allĂ­ habĂ­a vi­vido con su nueva familia hasta el dĂ­a de su muerte. La guerra le habĂ­a dado la oportunidad de volver a empezar, y parece que nunca se habĂ­a arrepentido.

Cuando la amiga de mi amiga preguntĂł cuĂĄl habĂ­a sido su nombre en Checoslova­quia, comprendiĂł que era su padre.

Esto significaba, desde luego, que, en tanto que el padre de su marido era el mismo hombre, el hombre con el que se había casado era también su hermano.

12

Una tarde de hace muchos años a mi padre se le calĂł el coche en un semĂĄforo en rojo. Se habĂ­a desencadenado una terri­ble tormenta y, en el preciso momento en que el motor fallaba, un rayo alcanzĂł un gran ĂĄrbol de la calle. El tronco del ĂĄrbol se partiĂł en dos y, cuando mi padre se es­forzaba en volver a arrancar el motor (sin darse cuenta de que la mitad superior del ĂĄrbol estaba a punto de desprenderse), el conductor del coche que lo seguĂ­a, viendo lo que iba a suceder, pisĂł el acelerador y empujĂł el coche de mi padre mĂĄs allĂĄ del cruce. Un instante despuĂ©s, el ĂĄrbol se es­trellaba contra el suelo, en el sitio exacto que habĂ­a ocupado el coche de mi padre. Lo que estuvo a punto de convertirse en su final, milagrosamente no pasĂł de ser una anĂ©cdota en la historia inacabada de su vida.

Un año o dos mĂĄs tarde, mi padre es­taba trabajando en el tejado de un edificio en Nueva Jersey. No sĂ© cĂłmo (yo no es­taba presente), resbalĂł del alero y se precipitĂł al vacĂ­o. Otra vez iba de cabeza al de­sastre, y otra vez se salvĂł. Un tendedero frenĂł su caĂ­da, y escapĂł del accidente con apenas unos chichones y algunas magulla­duras. Ni siquiera una conmociĂłn. Ni si­quiera un hueso roto.

Ese mismo año nuestros vecinos de en­frente encargaron a dos hombres que pintaran su casa. Uno de los trabajadores se cayĂł del tejado y se matĂł.

Resulta que la niña que vivĂ­a en aque­lla casa era la mejor amiga de mi her­mana. Una noche de invierno, fueron jun­tas a una fiesta de disfraces (tenĂ­an seis o siete años, y yo tenĂ­a nueve o diez). Mi pa­dre habĂ­a quedado en recogerlas despuĂ©s de la fiesta, y, a la hora convenida, yo lo acompañé en el coche. Aquella noche hacĂ­a un frĂ­o que pelaba, y las calles estaban cubiertas por traicioneras capas de hielo. Mi padre condujo con prudencia, e hici­mos sin problemas el trayecto de ida y vuelta. Pero cuando nos detuvimos frente a la casa de la niña, de repente se desenca­denĂł una serie de acontecimientos invero­sĂ­miles.

La amiga de mi hermana iba disfrazada de princesa de cuento de hadas. Para com­pletar el disfraz, habĂ­a cogido un par de za­patos de tacĂłn de su madre, y, como le bailaban los pies en aquellos zapatos, cada paso que daba se convertĂ­a en una aven­tura. Mi padre parĂł el coche y se apeĂł para acompañarla hasta su puerta. Yo iba detrĂĄs con las chicas, y, para dejar salir a la amiga de mi hermana, me tuve que ba­jar primero. Me recuerdo de pie en la acera mientras ella conseguĂ­a salir, y, en el momento en que la niña sacaba el pie, notĂ© que el coche se deslizaba lentamente marcha atrĂĄs, quizĂĄ por el hielo, quizĂĄ por­que mi padre habĂ­a olvidado echar el freno de mano (no lo sĂ©); pero, antes de que pudiera avisar a mi padre de lo que pasaba, la amiga de mi hermana apoyĂł en la acera los tacones de su madre y se res­balĂł. CayĂł bajo el coche -que seguĂ­a mo­viĂ©ndose-, estaba a punto de morir aplas­tada por las ruedas del Chevrolet de mi padre. Por lo que puedo recordar, no hizo el menor ruido. Sin pararme a pensar me agachĂ©, le cogĂ­ con fuerza la mano dere­cha y de un tirĂłn la subĂ­ a la acera. Un ins­tante despuĂ©s, mi padre notĂł por fin que el coche se movĂ­a. SaltĂł al asiento del con­ductor, puso el freno y detuvo el coche. Desde el principio hasta el final, la cadena completa de desgracias no debiĂł de durar mĂĄs de ocho o diez segundos.

Durante años he tenido la sensación de que éste había sido el momento mås hermoso de mi vida. Había salvado la vida de una persona, y, retrospectivamente, siempre me ha sorprendido la rapidez con que reaccioné, la seguridad de mis movimientos en aquella situación crítica. Volvía a imaginarme el salvamento una y otra vez; una y otra vez revivía la sensación de sacar a la niña de debajo del coche.

Un par de años después de aquella noche, nuestra familia se mudó de casa. Mi hermana perdió el contacto con su amiga, y yo no volví a verla hasta quince años mås tarde.

Era junio, y mi hermana y yo habĂ­amos vuelto a la ciudad a pasar unos dĂ­as. Por casualidad su antigua amiga apareciĂł y nos saludĂł. HabĂ­a crecido mucho, ahora era una joven de veintidĂłs años reciĂ©n li­cenciada, y debo decir que sentĂ­ un cierto orgullo al ver que habĂ­a llegado a adulta sana y salva. Sin darle importancia, hice alusiĂłn a la noche en que la habĂ­a sacado de debajo del coche. TenĂ­a curiosidad por saber cĂłmo recordaba su encuentro con la muerte, pero por la expresiĂłn de su cara cuando le hice la pregunta era evidente que no recordaba nada. Una mirada vaga. Un leve fruncimiento de cejas. Un encogi­miento de hombros. ¡No recordaba nada!

Entonces me di cuenta de que no se habĂ­a enterado de que el coche se movĂ­a. Ni siquiera se habĂ­a enterado de que es­taba en peligro. Todo el incidente habĂ­a durado lo que dura un relĂĄmpago: diez se­gundos de su vida, un intervalo sin conse­cuencias, que no habĂ­a dejado en ella el menor rastro. Para mĂ­, sin embargo, aquellos segundos habĂ­an sido una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordina­rio de mi historia Ă­ntima. Lo que mĂĄs me asombra es admitir que estoy hablando de algo que sucediĂł en 1956 o 1957, y que la niña de aquella noche tiene ahora mĂĄs de cuarenta años.

13

Un nĂșmero equivocado inspiro mi pri­mera novela. Una tarde estaba solo en mi apartamento de Brooklyn, intentando tra­bajar en mi escritorio, cuando sonĂł el telĂ©­fono. Si no me engaño, era la primavera de 1980, no muchos dĂ­as despuĂ©s de que encontrara la moneda de diez centavos frente al Shea Stadium.

DescolguĂ©, y al otro lado de la lĂ­nea un hombre me preguntĂł si hablaba con la Agencia de Detectives Pinkerton. Le dije que no, que se habĂ­a equivocado de nĂș­mero, y colguĂ©. Luego volvĂ­ a mi trabajo y me olvidĂ© de la llamada.

El telĂ©fono volviĂł a sonar la tarde si­guiente. ResultĂł que era el mismo indivi­duo y me hacĂ­a la misma pregunta que el dĂ­a anterior: “¿Agencia Pinkerton?” VolvĂ­ a decirle que no, volvĂ­ a colgar. Pero esta vez me quedĂ© pensando quĂ© hubiera suce­dido si le hubiera respondido que sĂ­. ¿Y si me hubiera hecho pasar por un detective de la Agencia Pinkerton?, me preguntaba. ¿QuĂ© habrĂ­a sucedido si me hubiera encar­gado del caso?

A decir verdad, sentĂ­ que habĂ­a desper­diciado una oportunidad Ășnica. Si ese individuo volviera a llamar, me dije, por lo menos hablarĂ­a un poco con Ă©l e intenta­rĂ­a averiguar quĂ© querĂ­a. EsperĂ© a que el telĂ©fono sonara otra vez, pero la tercera llamada nunca se produjo.

DespuĂ©s de aquello, empecĂ© a darle vueltas a la cabeza, y poco a poco se me abriĂł un mundo lleno de posibilidades. Cuando me sentĂ© a escribir La ciudad de cristal un año despuĂ©s, el nĂșmero equivo­cado se habĂ­a transformado en el suceso crucial del libro, el error que pone en marcha toda la historia. Un hombre lla­mado Quinn recibe una llamada telefĂłnica de alguien que quiere hablar con Paul Auster, detective privado. Tal y como yo hice, Quinn responde que se han equivocado de nĂșmero. A la noche siguiente, pasa exacta­mente lo mismo: Quinn cuelga otra vez. Pero, al contrario que yo, Quinn tiene otra oportunidad. Cuando el telĂ©fono suena la tercera noche, Quinn le sigue el juego al que llama, y se hace cargo de la investiga­ciĂłn. SĂ­, dice, yo soy Paul Auster: entonces comienza la locura.

TE RECOMIENDO, LECTOR: "El horror en las sombras", cuento de H. P. Lovecraft


QuerĂ­a, sobre todo, permanecer fiel a mi primer impulso. Si no me ceñía estrictamente a la verdad de los hechos, escribir ese libro carecĂ­a de sentido. AsĂ­ que debĂ­a implicarme en el desarrollo de la historia (o implicar a alguien que se me pareciera, que se llamara como yo), y escribir sobre detectives que no eran detectives, sobre suplantaciĂłn de personalidad, sobre miste­rios irresolubles. Para bien o para mal, sentĂ­ que no tenĂ­a elecciĂłn.

Muy bien. TerminĂ© el libro hace diez años, y desde entonces me he dedicado a otros proyectos, otras ideas, otros libros. Pero, hace menos de dos meses, descubrĂ­ que los libros no se terminan nunca, que es posible que las historias continĂșen es­cribiĂ©ndose a sĂ­ mismas sin autor.

Estaba solo en mi apartamento de Brooklyn aquella tarde, intentando traba­jar ante mi escritorio, cuando el telĂ©fono sonĂł. Era un apartamento distinto del que tenĂ­a en 1980: otro apartamento con otro nĂșmero de telĂ©fono. DescolguĂ© el auricu­lar y, al otro lado de la lĂ­nea, un hombre me preguntĂł si podĂ­a hablar con el señor Quinn. TenĂ­a acento español y no reco­nocĂ­ su voz. Por un momento pensĂ© que era un amigo que querĂ­a tomarme el pelo. “¿El señor Quinn?”, dije. “¿Es una broma o quĂ©?”

No, no era una broma. Aquel hombre llamaba completamente en serio. QuerĂ­a hablar con el señor Quinn, y me rogaba que le pasara el telĂ©fono. Le pedĂ­, para es­tar seguro, que me deletreara el nombre. TenĂ­a un acento muy fuerte, y yo esperaba que quisiera hablar con el señor Queen. Pero no tuve tanta suerte: “Q-U-I-N-N”, respondiĂł el hombre. Me asustĂ© y, durante unos segundos, no pude articular palabra. “Lo siento”, dije por fin, “aquĂ­ no vive nin­gĂșn señor Quinn. Se ha equivocado de nĂș­mero.” El hombre se disculpĂł por ha­berme molestado y colgamos.

Esto ha sucedido de verdad. Como todo lo que he escrito en este cuaderno rojo, es una historia verdadera.
Mar de fondo

đ”đ‘Ÿđ‘Šđ‘Žđ‘› 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. EstudiĂ© Comunicaciones, SociologĂ­a y soy autor del libro "Las vidas que tomĂ© prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑱𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

6 Comentarios

  1. No me gusta, lo siento pero es uno

    de los libros realmente no me gustaron.

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  2. Es la primera vez que leo a Paul Auster y me a dejado una buena impresiĂłn, gracias por compartir

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  3. Es muy ameno y jovial leer a Paul, gracias por compartir đŸ«‚

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