Vladimir Nabokov es uno de los narradores mรกs importantes del siglo XX y nos dejรณ una selecta colecciรณn de cuentos.
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¡Hola, lectores! Este es el segundo cuento que publico del ruso Nabokov, es una breve y excelente historia que nos ubica en una noche de tormenta en Alemania.
El viento, el trueno y la lluvia cumplen un rol importante para el narrados ¡Disfrutemos esta genial lectora!
LA TORMENTA
En la esquina de una calle cualquiera de Berlรญn oeste, bajo el dosel de un tilo en plena floraciรณn, me vi envuelto en una ardiente fragancia. Masas de niebla ascendรญan en el cielo nocturno y, cuando el รบltimo hueco de estrellas fue absorbido en ellas, el viento, ese fantasma ciego, cubriรฉndose el rostro con las mangas, barriรณ la calle desierta. En la oscuridad mate, sobre los postigos de hierro de una barberรญa, su escudo colgante —una bacรญa de plata— empezรณ a oscilar como un pรฉndulo.
Lleguรฉ a casa y me encontrรฉ con que el viento me estaba esperando en la habitaciรณn: golpeaba el marco de la ventana… pero en cuanto cerrรฉ la puerta tras de mรญ, escenificรณ un reflujo inmediato. Bajo mi ventana habรญa un patio profundo donde, durante el dรญa, las camisas, crucificadas en tendederos radiantes por el sol, brillaban a travรฉs de los macizos de lilas. De aquel patio surgรญan de vez en cuando voces de todo tipo: el ladrido melancรณlico de los traperos o de los que compraban botellas vacรญas; a veces, el lamento de un violรญn lisiado y, en una ocasiรณn, una rubia obesa se colocรณ en el centro del patio y rompiรณ a cantar una canciรณn tan hermosa que las muchachas se asomaron a todas las ventanas, doblando sus cuellos desnudos. Luego, cuando hubo acabado, se produjo un momento de una quietud extraordinaria, solo se oyรณ a mi patrona, una viuda desaliรฑada, que empezรณ a gemir y a sonarse la nariz en el pasillo.
Ahora, en aquel patio iba creciendo una penumbra sofocante; luego, el ciego viento, que se habรญa deslizado impotente hasta la profundidad del patio, retomรณ sus fuerzas, comenzรณ a alzarse hacia las alturas y, repentinamente, ocupรณ todo el lugar, sin dejar de subir, en las aberturas รกmbar de la pared negra de enfrente, empezaron a aparecer como flechas las siluetas de brazos y de cabezas despeinadas que trataban de alcanzar las ventanas abiertas que el viento disparaba, para cerrar ruidosamente sus postigos y sujetarlos firmemente. Las luces se apagaron. Justo despuรฉs, la avalancha de un ruido sordo, el ruido del trueno distante, se puso en movimiento, e iniciรณ su marcha avasalladora a travรฉs del cielo de oscuro violeta. Y, de nuevo, todo se quedรณ parado y en silencio como se habรญa quedado cuando la mujer acabรณ su canciรณn, las manos apretadas contra sus amplios senos.
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En este silencio me quedรฉ dormido, exhausto por la felicidad de mi dรญa, una felicidad que no puedo describir por escrito, y mi sueรฑo estuvo lleno de ti.
Me despertรฉ porque la noche habรญa comenzado a romperse en pedazos. Un resplandor pรกlido y salvaje volaba por el cielo como un rรกpido reflejo de radios colosales. El cielo se rasgaba en un estrรฉpito tras otro. La lluvia caรญa en un flujo espacioso y sonoro.
Yo estaba embriagado por aquellos temblores azulados, por el frรญo volรกtil y agudo. Me encaramรฉ al alfรฉizar mojado de la ventana y respirรฉ el aire sobrenatural, que hizo vibrar mi corazรณn como un cristal.
Mรกs cerca todavรญa, de forma mรกs grandiosa aรบn, el carro del profeta rodaba con estrรฉpito a travรฉs de las nubes. La luz de la locura, de las visiones penetrantes, iluminaba el mundo nocturno, las pendientes metรกlicas de los tejados, los volรกtiles macizos de lilas. El dios del trueno, un gigante de pelo blanco con una barba furiosa, al viento sobre su espalda, vestido con los pliegues flameantes de un ropaje deslumbrante, se erguรญa, sacando pecho en su carro de fuego, frenando con brazos tensos a sus enormes corceles, negros como la pez y con crines como un relรกmpago violeta. Habรญan conseguido escapar al control de su amo, dispersaban chispas de espuma crujiente, el carro estaba a punto de volcar, y el arrebolado profeta tiraba en vano de las riendas. Tenรญa el rostro descompuesto por el viento y por el esfuerzo; el remolino, haciendo volar los pliegues de su tรบnica, dejรณ al descubierto una poderosa rodilla; los corceles movรญan sus crines llameantes y galopaban mรกs y mรกs violentamente en un vertiginoso descenso por las nubes. Luego, con cascos de trueno, se lanzaron a travรฉs de un tejado brillante; el carro daba bandazos, Elรญas se tambaleรณ, y los corceles, enloquecidos al contacto con el metal mortal, volvieron a saltar hacia el cielo. El profeta saliรณ despedido. Una rueda se soltรณ. Desde mi ventana vi cรณmo su enorme aro de fuego caรญa sobre un tejado, cรณmo vacilaba al borde del mismo hasta caer finalmente en la oscuridad, mientras que los corceles, tirando del carro volcado, ya alcanzaban al galope las nubes mรกs altas; el retumbar cesรณ, y el resplandor tormentoso se desvaneciรณ en abismos lรญvidos.
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El dios del trueno, que habรญa caรญdo en un tejado, se levantรณ pesadamente. Se resbalaba con aquellas sandalias; rompiรณ la ventana de un dormitorio con el pie, gruรฑรณ, y con un movimiento de su brazo se agarrรณ a una chimenea para sostenerse. Lentamente girรณ su rostro enfurecido mientras sus ojos buscaban algo —probablemente la rueda que se habรญa desprendido volando de su eje dorado. Luego mirรณ hacia arriba, con los dedos enganchados en su rizada barba, moviรณ la cabeza enfadado —รฉsta no era probablemente la primera vez que esto le sucedรญa— y, cojeando ligeramente, empezรณ a descender con cautela.
Todo excitado conseguรญ arrancarme de la ventana, corrรญ a ponerme la bata y bajรฉ a toda prisa la empinada escalera hasta el patio. La tormenta habรญa pasado pero todavรญa permanecรญa en el aire una rรกfaga de lluvia. Hacia el este una palidez exquisita iba invadiendo el cielo.
El patio, que desde arriba parecรญa rebosar de densa oscuridad, no albergaba, en realidad, mรกs que una delicada niebla que ya se estaba fundiendo. En el macizo de cรฉsped central, oscurecido por la humedad, habรญa un anciano magro, encorvado, vestido con una bata empapada, que no hacรญa mรกs que murmurar entre dientes y mirar en torno suyo. Al verme, cerrรณ los ojos enfadado y me dijo: “¿Eres tรบ, Eliseo?”.
Yo le saludรฉ. El profeta chasqueรณ la lengua sin dejar de rascarse la calva.
—He perdido una rueda. Bรบscamela, ¿quieres?
La lluvia ya habรญa cesado por completo. Unas nubes enormes del color de las llamas se habรญan agrupado encima de los tejados. Los macizos, la valla, la brillante caseta del perro, flotaban en el aire azulado y soรฑoliento que nos rodeaba. Buscamos durante mucho tiempo en distintos rincones. El anciano no dejaba de gruรฑir, subiรฉndose los faldones de su pesada tรบnica, salpicรกndose al pasar por los charcos con sus sandalias, y una gota brillante le colgaba de su gran nariz huesuda. Al hacer a un lado un pequeรฑo macizo de lilas, vi, en un montรณn de basura, entre cristales rotos una rueda de perfil estrecho que debรญa haber pertenecido al coche de un niรฑo pequeรฑo. El anciano expresรณ un gran alivio tras de mรญ. Presuroso, casi bruscamente, me hizo a un lado y me arrebatรณ el herrumbroso aro. Con un guiรฑo alegre dijo: “Asรญ es que rodรณ hasta aquรญ”.
Y entonces se me quedรณ mirando, sus cejas blancas se unieron en un gesto de descontento, y como si se hubiera acordado de algo, dijo con voz impresionante: “Vuรฉlvete de espaldas, Eliseo”.
Obedecรญ, incluso cerrรฉ los ojos al hacerlo. Me quedรฉ asรญ durante unos minutos mรกs o menos, pero luego ya no pude controlar mi curiosidad.
El patio estaba vacรญo, a excepciรณn del viejo perro desgreรฑado con su hocico canoso que habรญa sacado la cabeza de su caseta y miraba hacia arriba, como una persona, con ojos asustados. Yo tambiรฉn alcรฉ la vista. Elรญas se habรญa abierto camino hasta el tejado, con el aro de hierro brillando en su espalda. Sobre las chimeneas negras se perfilaba una nube de aurora como si fuera una montaรฑa de tonos naranja, y mรกs allรก, una segunda y una tercera. El perro, acallado, y yo observamos juntos cรณmo el profeta que habรญa alcanzado la cresta del tejado, se alzaba sin precipitaciรณn y con toda su calma a la nube y cรณmo continuaba subiendo pisando pesadamente por masas de suave fuego…
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Los rayos de sol alcanzaron su rueda y se convirtiรณ al momento en algo grande y dorado, y tambiรฉn Elรญas parecรญa ahora como si estuviera vestido de llamas, que se mezclaban con la nube del paraรญso sobre la que seguรญa caminando siempre mรกs arriba hasta desaparecer en la garganta gloriosa del cielo.
Y el perro decrรฉpito esperรณ a ese preciso momento para romper su silencio con el ladrido ronco de la maรฑana. Pequeรฑas olas cruzaban la superficie brillante de uno de los charcos dejados por la lluvia. La ligera brisa agitaba los geranios de los balcones. Dos o tres ventanas se despertaron. Corrรญ sin quitarme mis zapatillas empapadas ni mi vieja bata hasta la calle para tomar el primer tranvรญa que pasara, y levantรกndome los faldones de la bata, sin parar de reรญrme de mรญ mismo mientras corrรญa, me imaginรฉ que, dentro de unos momentos, estarรญa en tu casa y te empezarรญa a contar el accidente aรฉreo de aquella noche y la historia del profeta enfadado que cayรณ en el patio de mi casa.
FIN
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