¡Lectores de Mar de fondo! Antes de dar paso al cuento de Franz Kafka, te comento que ya tenemos canal de YouTube donde estar茅 subiendo audiocuentos y audiolibros, as铆 que puedes suscribirte gratis en este enlace y seguir disfrutando de la mejor literatura. Hoy, el escritor checo nos regala una genial historia donde un viajero invitado a una isla penitenciaria llega para observar el funcionamiento de un aparato de ejecuci贸n innovador ¡Leamos!
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Imagen tomada de Pinterest: Ryan Mutter paintings |
LA COLONIA PENITENCIARIA
-Es un aparato singular -dijo el oficial al explorador, y contempl贸 con cierta admiraci贸n el aparato, que le era tan conocido. El explorador parec铆a haber aceptado s贸lo por cortes铆a la invitaci贸n del comandante para presenciar la ejecuci贸n de un soldado condenado por desobediencia e insulto hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco muy grande el inter茅s suscitado por esta ejecuci贸n. Por lo menos en ese peque帽o valle, profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos desnudos, s贸lo se encontraban, adem谩s del oficial y el explorador, el condenado, un hombre de boca grande y aspecto est煤pido, de cabello y rostro descuidados, y un soldado que sosten铆a la pesada cadena donde converg铆an las cadenitas que reten铆an al condenado por los tobillos y las mu帽ecas, as铆 como por el cuello, y que estaban unidas entre s铆 mediante cadenas secundarias. De todos modos, el condenado ten铆a un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple silbido cuando llegara el momento de la ejecuci贸n.
El explorador no se interesaba mucho por el aparato y se paseaba detr谩s del condenado con visible indiferencia, mientras el oficial daba fin a los 煤ltimos preparativos, arrastr谩ndose de pronto bajo el aparato, profundamente hundido en la tierra, o trepando de pronto por una escalera para examinar las partes superiores. F谩cilmente hubiera podido ocuparse de estas labores un mec谩nico, pero el oficial las desempe帽aba con gran celo, tal vez porque admiraba el aparato, o tal vez porque por diversos motivos no se pod铆a confiar ese trabajo a otra persona.
-¡Ya est谩 todo listo! -exclam贸 finalmente, y descendi贸 de la escalera. Parec铆a extraordinariamente fatigado, respiraba con la boca muy abierta, y se hab铆a metido dos finos pa帽uelos de mujer bajo el cuello del uniforme.
-Estos uniformes son demasiado pesados para el tr贸pico -coment贸 el explorador, en vez de hacer alguna pregunta sobre el aparato, como hubiera deseado el oficial.
-En efecto -dijo este, y se lav贸 las manos sucias de aceite y de grasa en un balde que all铆 hab铆a-; pero para nosotros son s铆mbolos de la patria; no queremos olvidarnos de nuestra patria. Y ahora f铆jese en este aparato -prosigui贸 inmediatamente, sec谩ndose las manos con una toalla y mostrando aqu茅l al mismo tiempo. Hasta ahora intervine yo, pero de aqu铆 en adelante el aparato funciona absolutamente solo.
El explorador asinti贸 y sigui贸 al oficial. 脡ste quer铆a cubrir todas las contingencias, y por eso dijo:
-Naturalmente, a veces hay inconvenientes; espero que no los haya hoy, pero siempre se debe contar con esa posibilidad. El aparato deber铆a funcionar ininterrumpidamente durante doce horas. Pero cuando hay entorpecimientos, son sin embargo desde帽ables, y se los soluciona r谩pidamente. ¿No quiere sentarse? -pregunt贸 luego, sacando una silla de mimbre entre un mont贸n de sillas semejantes, y ofreci茅ndosela al explorador; 茅ste no pod铆a rechazarla. Se sent贸 entonces; al borde de un hoyo estaba la tierra removida, dispuesta en forma de parapeto; del otro lado estaba el aparato.
-No s茅 -dijo el oficial- si el comandante le ha explicado ya el aparato.
El explorador hizo un adem谩n incierto; el oficial no deseaba nada mejor, porque as铆 pod铆a explicarle personalmente el funcionamiento.
-Este aparato -dijo, tom谩ndose de una manivela. y apoy谩ndose sobre ella- es un invento de nuestro antiguo comandante. Yo asist铆 a los primer铆simos experimentos, y tom茅 parte en todos los trabajos, hasta su terminaci贸n. Pero el m茅rito del descubrimiento s贸lo le corresponde a 茅l. ¿No ha o铆do hablar usted de nuestro antiguo comandante? ¿No? Bueno, no exagero si le digo que casi toda la organizaci贸n de la colonia penitenciaria es obra suya. Nosotros, sus amigos, sab铆amos aun antes de su muerte que la organizaci贸n de la colonia era un todo tan perfecto, que su sucesor, aunque tuviera mil nuevos proyectos en la cabeza, por lo menos durante muchos a帽os no podr铆a cambiar nada. Y nuestra profec铆a se cumpli贸; el nuevo comandante se vio obligado a admitirlo. L谩stima que usted no haya conocido nuestro antiguo comandante. Pero -el oficial se interrumpi贸- estoy divagando, y aqu铆 est谩 el aparato. Como usted ve, consta de tres partes. Con el correr del tiempo, se generaliz贸 la costumbre de designar a cada una de estas partes mediante una especie de sobrenombre popular. La inferior se llama la Cama, la de arriba el Dise帽ador, y esta del medio, la Rastra.
-¿La Rastra? -pregunt贸 el explorador.
No hab铆a escuchado con mucha atenci贸n; el sol ca铆a con demasiada fuerza en ese valle sin sombras, apenas pod铆a uno concentrar los pensamientos. Por eso mismo le parec铆a m谩s admirable ese oficial, que a pesar de su chaqueta de gala, ajustada, cargada de charreteras de adornos, prosegu铆a con tanto entusiasmo sus explicaciones, y adem谩s, mientras hablaba, apretaba aqu铆 y all谩 alg煤n tornillo con un destornillador. En una situaci贸n semejante a la del explorador parec铆a encontrarse el soldado. Se hab铆a enrollado la cadena del condenado en torno de las mu帽ecas; apoyado con una mano en el fusil, cabizbajo, no se preocupaba por nada de lo que ocurr铆a. Esto no sorprendi贸 al explorador, ya que el oficial hablaba en franc茅s, y ni el soldado ni el condenado entend铆an el franc茅s. Por eso mismo era m谩s curioso que el condenado se esforzara por seguir las explicaciones del oficial. Con una especie de so帽olienta insistencia, dirig铆a la mirada hacia donde el oficial se帽alaba, y cada vez que el explorador hacia una pregunta, tambi茅n 茅l, como el oficial, lo miraba.
-S铆, la Rastra -dijo el oficial-, un nombre bien educado. Las agujas est谩n colocadas en ellas como los dientes de una rastra, y el conjunto funciona adem谩s como una rastra, aunque s贸lo en un lugar determinado, y con mucho m谩s arte. De todos modos, ya lo comprender谩 mejor cuando se lo explique. Aqu铆, sobre la Cama, se coloca al condenado. Primero le describir茅 el aparato, y despu茅s lo pondr茅 en movimiento. As铆 podr谩 entenderlo mejor. Adem谩s, uno de los engranajes del Dise帽ador est谩 muy gastado; chirr铆a mucho cuando funciona, y apenas se entiende lo que uno habla; por desgracia, aqu铆 es muy dif铆cil conseguir piezas de repuesto. Bueno, 茅sta es la Cama, como dec铆amos. Est谩 totalmente cubierta con una capa de algod贸n en rama; pronto sabr谩 usted por qu茅. Sobre este algod贸n se coloca al condenado, boca abajo, naturalmente desnudo; aqu铆 hay correas para sujetarle las manos, aqu铆 para los pies, y aqu铆 para el cuello. Aqu铆, en la cabecera de la Cama (donde el individuo, como ya le dije, es colocado primeramente boca abajo), esta peque帽a mordaza de fieltro, que puede ser f谩cilmente regulada de modo que entre directamente en la boca del hombre, tiene la finalidad de impedir que grite o se muerda la lengua. Naturalmente, el hombre no puede alejar la boca del fieltro, porque la correa del cuello le quebrar铆a las v茅rtebras.
-¿Esto es algod贸n? -pregunt贸 el explorador, y se agach贸.
-S铆, claro -dijo el oficial riendo-; t贸quelo usted mismo.
Cogi贸 la mano del explorador, y se la hizo pasar por la Cama.
-Es un algod贸n especialmente preparado, por eso resulta tan irreconocible; ya le hablar茅 de su finalidad.
El explorador comenzaba a interesarse un poco por el aparato; protegi茅ndose los ojos con la mano, a causa del sol, contempl贸 el conjunto. Era una construcci贸n elevada. La Cama y el Dise帽ador ten铆an igual tama帽o, y parec铆a dos oscuros cajones de madera. El Dise帽ador se elevaba unos dos metros sobre la Cama; los dos estaban unidos entre s铆, en los 谩ngulos, por cuatro barras de bronce, que casi resplandec铆an al sol. Entre los cajones, oscilaba sobre una cinta de acero la Rastra.
El oficial no hab铆a advertido la anterior indiferencia del explorador, pero s铆 not贸 su inter茅s naciente; por lo tanto interrumpi贸 las explicaciones, para que su interlocutor pudiera dedicarse sin inconvenientes al examen de los dispositivos. El condenado imit贸 al explorador; como no podr铆a cubrirse los ojos con la mano, miraba hacia arriba, parpadeando.
-Entonces, aqu铆 se coloca al hombre -dijo al explorador, ech谩ndose hacia atr谩s en su silla, y cruzando las piernas.
-S铆 -dijo el oficial, corri茅ndose la gorra un poco hacia atr谩s, y pas谩ndose la mano por el rostro acalorado-, y ahora escuche. Tanto la Cama como el Dise帽ador tienen bater铆as el茅ctricas propias; la Cama la requiere para s铆, el Dise帽ador para la Rastra. En cuanto el hombre est谩 bien asegurado con las correas, la Cama es puesta en movimiento. Oscila con vibradores diminutos y muy r谩pidos, tanto lateralmente como verticalmente. Usted habr谩 visto aparatos similares en los hospitales; pero en nuestra Cama todos los movimientos est谩n exactamente calculados; en efecto, deben estar minuciosamente sincronizados con los movimientos de la Rastra. Sin embargo, la verdadera ejecuci贸n de la sentencia corresponde a la Rastra.
-¿C贸mo es la sentencia? -pregunt贸 el explorador.
-¿Tampoco sabe eso? -dijo el oficial, asombrado, y se mordi贸 los labios-. Perd贸neme si mis explicaciones son tal vez un poco desordenadas: le ruego realmente que me disculpe. En otros tiempos, correspond铆a en realidad al comandante dar las explicaciones, pero el nuevo comandante reh煤ye ese honroso deber; de todos modos, el hecho de que a una visita de semejante importancia -y aqu铆 el explorador trat贸 de restar importancia al elogio, con un adem谩n de las manos, pero el oficial insisti贸-, a una visita de semejante importancia ni siquiera se la ponga en conocimiento del car谩cter de nuestras sentencias, constituye tambi茅n una ins贸lita novedad, que… -Y con una maldici贸n al borde de los labios se contuvo y prosigui贸- … Yo no sab铆a nada, la culpa no es m铆a. De todos modos, yo soy la persona m谩s capacitada para explicar nuestros procedimientos, ya que tengo en mi poder -y se palme贸 el bolsillo superior- los respectivos dise帽os preparados por la propia mano de nuestro antiguo comandante.
-¿Los dise帽os del comandante mismo? -pregunt贸 el explorador-. ¿Reun铆a entonces todas las cualidades? ¿Era soldado, juez, constructor, qu铆mico y dibujante?
-Efectivamente -dijo el oficial, asintiendo con una mirada impenetrable y lejana.
Luego se examin贸 las manos; no le parec铆an suficientemente limpias para tocar los dise帽os; por lo tanto, se dirigi贸 hacia el balde y se las lav贸 nuevamente. Luego sac贸 un peque帽o portafolio de cuero, y dijo:
-Nuestra sentencia no es aparentemente severa. Consiste en escribir sobre el cuerpo del condenado, mediante la Rastra, la disposici贸n que 茅l mismo ha violado. Por ejemplo, las palabras inscriptas sobre el cuerpo de 茅ste condenado -y el oficial se帽al贸 al individuo- ser谩n: HONRA A TUS SUPERIORES.
El explorador mir贸 r谩pidamente al hombre; en el momento en que el oficial lo se帽alaba, estaba cabizbajo y parec铆a prestar toda la atenci贸n de que sus o铆dos eran capaces, para tratar de entender algo. Pero los movimientos de sus labios gruesos y apretados demostraban evidentemente que no entend铆a nada. El explorador hubiera querido formular diversas preguntas, pero al ver al individuo s贸lo inquiri贸:
-¿Conoce 茅l su sentencia?
-No -dijo el oficial, tratando de proseguir inmediatamente con sus explicaciones, pero el explorador lo interrumpi贸:
-¿No conoce su sentencia?
-No -repiti贸 el oficial, callando un instante como para permitir que el explorador ampliara su pregunta-. Ser铆a in煤til anunci谩rsela. Ya lo sabr谩 en carne propia.
El explorador no quer铆a preguntar m谩s; pero sent铆a la mirada del condenado fija en 茅l, como inquiri茅ndole si aprobaba el procedimiento descrito. En consecuencia, aunque se hab铆a repantigado en la silla, volvi贸 a inclinarse hacia adelante y sigui贸 preguntando:
-Pero, por lo menos ¿sabe que ha sido condenado?
-Tampoco -dijo el oficial, sonriendo como si esperara que le hiciera otra pregunta extraordinaria.
-¿No? -dijo el explorador y se pas贸 la mano por la frente-, entonces ¿el individuo tampoco sabe c贸mo fue conducida su defensa?
-No se le dio ninguna oportunidad de defenderse -dijo el oficial y volvi贸 la mirada, como hablando consigo mismo, para evitar al explorador la verg眉enza de o铆r una explicaci贸n de cosas tan evidentes.
-Pero debe de haber tenido alguna oportunidad de defenderse -insisti贸 el explorador, y se levant贸 de su asiento.
El oficial comprendi贸 que corr铆a el peligro de ver demorada indefinidamente la descripci贸n del aparato; por lo tanto, se acerc贸 al explorador, lo tom贸 por el brazo, y se帽al贸 con la mano al condenado, que al ver tan evidentemente que toda la atenci贸n se dirig铆a hacia 茅l, se puso en posici贸n de firme, mientras el soldado daba un tir贸n a la cadena.
-Le explicar茅 c贸mo se desarrolla el proceso -dijo el oficial-. Yo he sido designado juez de la colonia penitenciaria. A pesar de mi juventud. Porque yo era el consejero del antiguo comandante en todas las cuestiones penales, y adem谩s conozco el aparato mejor que nadie. Mi principio fundamental es 茅ste: la culpa es siempre indudable. Tal vez otros juzgados no siguen este principio fundamental, pero son multipersonales, y adem谩s dependen de otras c谩maras superiores. Este no es nuestro caso, o por lo menos no lo era en la 茅poca de nuestro antiguo comandante. El nuevo ha demostrado, sin embargo, cierto deseo de inmiscuirse en mis juicios, pero hasta ahora he logrado mantenerlo a cierta distancia, y espero seguir logr谩ndolo. Usted desea que le explique este caso particular; es muy simple, como todos los dem谩s. Un capit谩n present贸 esta ma帽ana la acusaci贸n de que este individuo, que ha sido designado criado suyo, y que duerme frente a su puerta, se hab铆a dormido durante la guardia. En efecto, tiene la obligaci贸n de levantarse al sonar cada hora, y hacer la venia ante la puerta del capit谩n. Como se ve, no es una obligaci贸n excesiva, y s铆 muy necesaria, porque as铆 se mantiene alerta en sus funciones, tanto de centinela como de criado. Anoche el capit谩n quiso comprobar si su criado cumpl铆a con su deber. Abri贸 la puerta exactamente a las dos, y lo encontr贸 dormido en el suelo. Cogi贸 la fusta, y le cruz贸 la cara. En vez de levantarse y suplicar perd贸n a su superior por las piernas, lo sacudi贸 y exclam贸: “Arroja ese l谩tigo, o te como vivo”. Estas son las pruebas. El capit谩n vino a verme hace una hora, tom茅 nota de su declaraci贸n y dict茅 inmediatamente la sentencia. Luego hice encadenar al culpable. Todo esto fue muy simple. Si primeramente lo hubiera hecho llamar, y lo hubiera interrogado, s贸lo habr铆an surgido confusiones. Habr铆a mentido, y si yo hubiera querido desmentirlo, habr铆a reforzado sus mentiras con nuevas mentiras y as铆 sucesivamente. En cambio, as铆 lo tengo en mi poder y no se escapar谩. ¿Est谩 todo aclarado? Pero el tiempo pasa, ya deber铆a comenzar la ejecuci贸n y todav铆a no termin茅 de explicarle el aparato.
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Oblig贸 al explorador a que se sentara nuevamente, se acerc贸 otra vez al aparato, y comenz贸:
-Como usted ve, la forma de la Rastra corresponde a la forma del cuerpo humano; aqu铆 est谩 la parte del torso, aqu铆 est谩n las rastras para las piernas. Para la cabeza, s贸lo hay esta agujita. ¿Le resulta claro?
Se inclin贸 amistosamente ante el explorador dispuesto a dar las m谩s amplias explicaciones.
El explorador, con el ce帽o fruncido, consider贸 la Rastra. La descripci贸n de los procedimientos judiciales no lo hab铆a satisfecho. Deb铆a hacer un esfuerzo para no olvidar que se trataba de una colonia penitenciaria, que requer铆a medidas extraordinarias de seguridad, y donde la disciplina deb铆a ser exagerada hasta el extremo. Pero, por otra parte, pensaba en el nuevo comandante que evidentemente proyectaba introducir, aunque poco a poco, un nuevo sistema de procedimientos; estrecha mentalidad que este oficial no pod铆a prender. Estos pensamientos le hicieron preguntar:
-¿El comandante asistir谩 a la ejecuci贸n?
-No es seguro -dijo el oficial, dolorosamente impresionado por una pregunta tan directa, mientras su expresi贸n amistosa se desvanec铆a-. Por eso mismo debemos darnos prisa. En consecuencia, aunque lo siento much铆simo, me ver茅 obligado a simplificar mis explicaciones. Pero ma帽ana, cuando hayan limpiado nuevamente el aparato (su 煤nica falla consiste en que se ensucia mucho), podr茅 seguir explay谩ndome con m谩s detalles. Reduzc谩monos entonces por ahora a lo m谩s indispensable. Una vez que el hombre est谩 acostado en la Cama, y 茅sta comienza a vibrar, la Rastra desciende sobre su cuerpo. Se regula autom谩ticamente, de modo que apenas roza el cuerpo con la punta de las agujas; en cuanto se establece el contacto, la cinta de acero se convierte inmediatamente en una barra r铆gida. Y entonces empieza la funci贸n. Una persona que no est茅 al tanto, no advierte ninguna diferencia entre un castigo y otro. La Rastra parece trabajar uniformemente. Al vibrar, rasga con la punta de las agujas la superficie del cuerpo, estremecido a su vez por la Cama. Para permitir la observaci贸n del desarrollo de la sentencia, la Rastra ha sido construida de vidrio. La fijaci贸n de las agujas en el vidrio origin贸 algunas dificultades t茅cnicas, pero despu茅s de diversos experimentos solucionamos el problema. Le dir茅 que no hemos escatimado esfuerzos. Y ahora cualquiera puede observar, a trav茅s del vidrio, c贸mo va tomando forma la inscripci贸n sobre el cuerpo. ¿No quiere acercarse a ver las agujas?
El explorador se levant贸 lentamente, se acerc贸 y se inclin贸 sobre la Rastra.
-Como usted ve -dijo el oficial-, hay dos clases de agujas, dispuestas de diferente modo. Cada aguja larga va acompa帽ada por una m谩s corta. La larga se reduce a escribir, y la corta arroja agua, para lavar la sangre y mantener legible la inscripci贸n. La mezcla de agua y sangre corre luego por peque帽os canal铆culos, y finalmente desemboca en este canal principal, para verterse en el hoyo, a trav茅s de un ca帽o de desag眉e.
El oficial mostraba con el dedo el camino exacto que segu铆a la mezcla de agua y sangre. Mientras 茅l, para hacer lo m谩s gr谩fica posible la imagen, formaba un cuenco con ambas manos en la desembocadura del ca帽o de salida, el explorador alz贸 la cabeza y trat贸 de volver a su asiento, tanteando detr谩s de s铆 con la mano. Vio entonces con horror que tambi茅n el condenado hab铆a obedecido la invitaci贸n del oficial para ver m谩s de cerca la disposici贸n de la Rastra. Con la cadena hab铆a arrastrado un poco al soldado adormecido, y ahora se inclinaba sobre el vidrio. Se ve铆a c贸mo su mirada insegura trataba de percibir lo que los dos se帽ores acababan de observar, y c贸mo, falt谩ndole la explicaci贸n, no comprend铆a nada. Se agachaba aqu铆 y all谩. Sin cesar, su mirada recorr铆a el vidrio. El explorador trat贸 de alejarlo, porque lo que hac铆a era probablemente punible. Pero el oficial lo retuvo con una mano, con la otra cogi贸 del parapeto un terr贸n, y lo arroj贸 al soldado. Este se sobresalt贸, abri贸 los ojos, comprob贸 el atrevimiento del condenado, dej贸 caer el rifle, hundi贸 los talones en el suelo, arrastr贸 de un tir贸n al condenado, que inmediatamente cay贸 al suelo, y luego se qued贸 mirando c贸mo se debat铆a y hacia sonar las cadenas.
-¡P贸ngalo de pie! -grit贸 el oficial, porque advirti贸 que el condenado distra铆a demasiado al explorador. En efecto, 茅ste se haba inclinado sobre la Rastra, sin preocuparse mayormente por su funcionamiento, y s贸lo quer铆a saber qu茅 ocurr铆a con el condenado.
-¡Tr谩telo con cuidado! -volvi贸 a gritar el oficial.
Luego corri贸 en torno del aparato, cogi贸 personalmente al condenado bajo las axilas, y aunque 茅ste se resbalaba constantemente, con la ayuda del soldado lo puso de pie.
-Ya estoy al tanto de todo -dijo el explorador, cuando el oficial volvi贸 a su lado.
-Menos de lo m谩s importante -dijo 茅ste, tom谩ndolo por un brazo y se帽alando hacia lo alto-. All谩 arriba, en el Dise帽ador, est谩 el engranaje que pone en movimiento la Rastra; dicho engranaje es regulado de acuerdo a la inscripci贸n que corresponde a la sentencia. Todav铆a utilizo los dise帽os del antiguo comandante. Aqu铆 est谩n -y sac贸 algunas hojas del portafolio del cuero-, pero por desgracia no puedo d谩rselos para que los examine; son mi m谩s preciosa posesi贸n. Si茅ntese, yo se los mostrar茅 desde aqu铆, y usted podr谩 ver todo perfectamente.
Mostr贸 la primera hoja. El explorador hubiera querido hacer alguna observaci贸n pertinente, pero s贸lo vio l铆neas que se cruzaban repetida y laber铆nticamente, y que cubr铆an en tal forma el papel que apenas pod铆an verse los espacios en blanco que las separaban.
-Lea -dijo el oficial.
-No puedo -dijo el explorador.
-Sin embargo, est谩 claro -dijo el oficial.
-Es muy ingenioso -dijo el explorador evasivamente-, pero no puedo descifrarlo.
-S铆 -dijo el oficial, riendo y guardando nuevamente el plano-, no es justamente caligraf铆a para escolares. Hay que estudiarlo largamente. Tambi茅n usted terminar铆a por entenderlo, estoy seguro. Naturalmente, no puede ser una inscripci贸n simple; su fin no es provocar directamente la muerte, sino despu茅s de un lapso de doce horas, t茅rmino medio; se calcula que el momento cr铆tico tiene lugar a la sexta hora. Por lo tanto, muchos, much铆simos adornos rodean la verdadera inscripci贸n; 茅sta s贸lo ocupa una estrecha faja en torno del cuerpo; el resto se reserva a los embellecimientos. ¿Est谩 ahora en condiciones de apreciar la labor de la Rastra, y de todo el aparato? ¡F铆jese! -y subi贸 de un salto la escalera, e hizo girar una rueda-. ¡Atenci贸n, h谩gase a un lado!
El conjunto comenz贸 a funcionar. Si la rueda no hubiera chirriado, habr铆a sido maravilloso. Como si el ruido de la rueda lo hubiera sorprendido, el oficial la amenaz贸 con el pu帽o, luego abri贸 los brazos, como disculp谩ndose ante el explorador, y descendi贸 r谩pidamente, para observar desde abajo el funcionamiento del aparato. Todav铆a hab铆a algo que no andaba, y que s贸lo 茅l percib铆a; volvi贸 a subir, busc贸 algo con ambas manos en el interior del Dise帽ador, se dej贸 deslizar por una de las barras, en vez de utilizar la escalera, para bajar m谩s r谩pidamente, y exclam贸 con toda su voz en el o铆do del explorador, para hacerse o铆r en medio del estr茅pito:
-¿Comprende el funcionamiento? La Rastra comienza a escribir; cuando termina el primer borrador de la inscripci贸n en el dorso del individuo, la capa de algod贸n gira y hace girar el cuerpo lentamente sobre un costado pera dar m谩s lugar a la Rastra. Al mismo tiempo, las partes ya escritas se apoyan sobre el algod贸n, que gracias a su preparaci贸n especial contiene la emisi贸n de sangre y prepara la superficie para seguir profundizando la inscripci贸n. Luego, a medida que el cuerpo sigue girando, estos dientes del borde de la Rastra arrancan el algod贸n de las heridas, lo arrojan al hoyo, y la Rastra puede proseguir su labor. As铆 sigue inscribiendo, cada vez m谩s hondo, las doce horas. Durante las primeras seis horas, el condenado se mantiene casi tan vivo como al principio, s贸lo sufre dolores. Despu茅s de dos horas, se le quita la mordaza de fieltro, porque ya no tiene fuerzas para gritar. Aqu铆, en este recipiente calentado el茅ctricamente, junto a la cabecera de la Cama, se vierte pulpa caliente de arroz, para que el hombre se alimente, si as铆 lo desea, lami茅ndola con la lengua. Ninguno desde帽a esta oportunidad. No s茅 de ninguno, y mi experiencia es vasta. S贸lo despu茅s de seis horas desaparece todo deseo de comer. Generalmente me arrodillo aqu铆, en ese momento, y observo el fen贸meno. El hombre no traga casi nunca el 煤ltimo bocado, s贸lo lo hace girar en la boca, y lo escupe en el hoyo. Entonces tengo que agacharme, porque si no me escupir铆a en la cara. ¡Qu茅 tranquilo se queda el hombre despu茅s de la sexta hora! Hasta el m谩s est贸lido comienza a comprender. La comprensi贸n se inicia en torno de los ojos. Desde all铆 se expande. En ese momento uno desear铆a colocarse con 茅l bajo la Rastra. Ya no ocurre m谩s nada; el hombre comienza solamente a descifrar la inscripci贸n, estira los labios hacia afuera, como si escuchara. Usted ya ha visto que no es f谩cil descifrar la inscripci贸n con los ojos; pero nuestro hombre la descifra con sus heridas. Realmente, cuesta mucho trabajo; necesita seis horas por lo menos. Pero ya la Rastra lo ha atravesado completamente y lo arroja en el hoyo, donde cae en medio de la sangre y el agua y el algod贸n. La sentencia se ha cumplido, y nosotros, yo y el soldado, lo enterramos.
El explorador hab铆a inclinado el o铆do hacia el oficial, y con las manos en los bolsillos de la chaqueta contemplaba el funcionamiento de la m谩quina. Tambi茅n el condenado lo contemplaba, pero sin comprender. Un poco agachado, segu铆a el movimiento de las agujas oscilantes; mientras tanto el soldado, ante una se帽al del oficial, le cort贸 con un cuchillo la camisa y los pantalones por la parte de atr谩s, de modo que estos 煤ltimos cayeron al suelo; el individuo trat贸 de retener las ropas que se le ca铆an, para cubrir su desnudez, pero el soldado lo alz贸 en el aire y sacudi茅ndolo hizo caer los 煤ltimos jirones de vestimenta. El oficial detuvo la m谩quina, y en medio del repentino silencio el condenado fue colocado bajo la Rastra. Le desataron las cadenas, y en su lugar lo sujetaron con las correas; en el primer instante, esto pareci贸 significar casi un alivio para el condenado. Luego hicieron descender un poco m谩s la Rastra, porque era un hombre delgado. Cuando las puntas lo rozaron, un estremecimiento recorri贸 su piel; mientras el soldado le ligaba la mano derecha, el condenado lanz贸 hacia afuera la izquierda, sin saber hacia d贸nde, pero en direcci贸n del explorador. El oficial observaba constantemente a este 煤ltimo, de reojo, como si quisiera leer en su cara la impresi贸n que le causaba la ejecuci贸n que por lo menos superficialmente acababa de explicarle.
La correa destinada a la mano izquierda se rompi贸; probablemente, el soldado la hab铆a estirado demasiado. El oficial tuvo que intervenir, y el soldado le mostr贸 el trozo roto de correa. Entonces el oficial se le acerc贸 y con el rostro vuelto hacia el explorador dijo:
-Esta m谩quina es muy compleja, a cada momento se rompe o se descompone alguna cosa; pero uno no debe permitir que estas circunstancias influyan en el juicio de conjunto. De todos modos, las correas son f谩cilmente sustituibles; usar茅 una cadena; es claro que la delicadeza de las vibraciones del brazo derecho sufrir谩 un poco.
Y mientras sujetaba la cadena, agreg贸:
-Los recursos destinados a la conservaci贸n de la m谩quina son ahora sumamente reducidos. Cuando estaba el antiguo comandante, yo ten铆a a m铆 disposici贸n una suma de dinero con esa 煤nica finalidad. Hab铆a aqu铆 un dep贸sito, donde se guardaban piezas de repuesto de todas clases. Confieso que he sido bastante pr贸digo con ellas, me refiero a antes, no ahora, como insin煤a el nuevo comandante, para quien todo es un motivo de ataque contra el antiguo orden. Ahora se ha hecho cargo personalmente del dinero destinado a la m谩quina, y si le mando pedir una nueva correa, me pide, como prueba, la correa rota; la nueva llega por lo menos diez d铆as despu茅s, y adem谩s es de mala calidad, y no sirve de mucho. C贸mo puede funcionar mientras tanto la m谩quina sin correas, eso no le preocupa a nadie.
El explorador pens贸: Siempre hay que reflexionar un poco antes de intervenir decisivamente en los asuntos de los dem谩s. 脡l no era ni miembro de la colonia penitenciaria, ni ciudadano del pa铆s al que 茅sta pertenec铆a. Si pretend铆a emitir juicios sobre la ejecuci贸n o trataba directamente de obstaculizarla, pod铆an decirle: “Eres un extranjero, no te metas”. Ante esto no pod铆a contestar nada, s贸lo agregar que realmente no comprend铆a su propia actitud, y de ning煤n modo pretend铆a modificar los m茅todos judiciales de los dem谩s. Pero aqu铆 se encontraba con cosas que realmente lo tentaban a quebrar su resoluci贸n de no inmiscuirse. La injusticia del procedimiento y la inhumanidad de la ejecuci贸n eran indudables. Nadie pod铆a suponer que el explorador ten铆a alg煤n inter茅s personal en el asunto, porque el condenado era para 茅l un desconocido, no era compatriota suyo, y ni siquiera era capaz de inspirar compasi贸n. El explorador hab铆a sido recomendado por personas muy importantes, hab铆a sido recibido con gran cortes铆a, y el hecho de que lo hubieran invitado a la ejecuci贸n pod铆a justamente significar que se deseaba conocer su opini贸n sobre el asunto. Esto parec铆a bastante probable, porque el comandante, como bien claramente acababan de expresarle, no era partidario de esos procedimientos, y su actitud ante el oficial era casi hostil.
En ese momento oy贸 el explorador un grito airado del oficial. Acababa de colocar, no sin gran esfuerzo, la mordaza de fieltro dentro de la boca del condenado, cuando este 煤ltimo, con una n谩usea irresistible, cerr贸 los ojos y vomit贸. R谩pidamente el oficial le alz贸 la cabeza, alej谩ndola de la mordaza y tratando de dirigirla hacia el hoyo; pero era demasiado tarde, y el v贸mito se derram贸 sobre la m谩quina.
-¡Todo esto es culpa del comandante! -grit贸 el oficial, sacudiendo insensatamente la barra de cobre que ten铆a enfrente-. Me dejar谩n la m谩quina m谩s sucia que una pocilga -y con manos temblorosas mostr贸 al explorador lo que hab铆a ocurrido-. Durante horas he tratado de hacerle comprender al comandante que el condenado debe ayunar un d铆a entero antes de la ejecuci贸n. Pero nuestra nueva doctrina compasiva no lo quiere as铆. Las se帽oras del comandante visitan al condenado y le atiborran la garganta de dulces. Durante toda la vida se aliment贸 con peces hediondos, y ahora necesita comer dulces. Pero en fin, podr铆amos pasarlo por alto, yo no protestar铆a, pero ¿por qu茅 no quieren conseguirme una nueva mordaza de fieltro, ya que hace tres meses que la pido? ¿Qui茅n podr铆a meterse en la boca, sin asco, una mordaza que m谩s de cien moribundos han chupado y mordido?
El condenado hab铆a dejado caer la cabeza y parec铆a tranquillo; mientras tanto, el soldado limpiaba la m谩quina con la camisa del otro. El oficial se dirigi贸 hacia el explorador, que tal vez por un presentimiento retrocedi贸 un paso, pero el oficial lo cogi贸 por la mano y lo llev贸 aparte.
-Quisiera hablar confidencialmente algunas palabras con usted -dijo este 煤ltimo-. ¿Me lo permite?
-Naturalmente -dijo el explorador, y escuch贸 con la mirada baja.
-Este procedimiento judicial, y este m茅todo de castigo, que usted tiene ahora oportunidad de admirar, no goza actualmente en nuestra colonia de ning煤n abierto partidario. Soy su 煤nico sostenedor, y al mismo tiempo el 煤nico sostenedor de la tradici贸n del antiguo comandante. Ya ni podr铆a pensar en la menor ampliaci贸n del procedimiento, y necesito emplear todas mis fuerzas para mantenerlo tal como es actualmente. En vida de nuestro antiguo comandante, la colonia estaba llena de partidarios; yo poseo en parte la fuerza de convicci贸n del antiguo comandante, pero carezco totalmente de su poder; en consecuencia, los partidarios se ocultan; todav铆a hay muchos, pero ninguno lo confiesa. Si usted entra hoy, que es d铆a de ejecuci贸n, en la confiter铆a, y escucha las conversaciones, tal vez s贸lo oiga frases de sentido ambiguo. Esos son todos partidarios, pero bajo el comandante actual, y con sus doctrinas actuales, no me sirven absolutamente de nada. Y ahora le pregunto: ¿le parece bien que por culpa de este comandante y sus se帽oras, que influyen sobre 茅l, semejante obra de toda una vida -y se帽al贸 la maquinaria- desaparezca? ¿Podemos permitirlo? Aun cuando uno sea un extranjero, y s贸lo haya venido a pasar un par de d铆as en nuestra isla. Pero no podemos perder tiempo, porque tambi茅n se prepara algo contra mis funciones judiciales; ya tienen lugar conferencias en la oficina del comandante, de las que me veo excluido; hasta su visita de hoy, se帽or, me parece formar parte de un plan; por cobard铆a, lo utilizan a usted, un extranjero, como pantalla. ¡Qu茅 diferencia era en otros tiempos la ejecuci贸n! Ya un d铆a antes de la ceremonia, el valle estaba completamente lleno de gente; todos ven铆an s贸lo para ver; por la ma帽ana temprano aparec铆a el comandante con sus se帽oras; las fanfarrias despertaban a todo el campamento; yo presentaba un informe de que todo estaba preparado; todo el estado mayor -ning煤n alto oficial se atrev铆a a faltar- se ubicaba en torno de la m谩quina; este mont贸n de sillas de mimbre es un m铆sero resto de aquellos tiempos. La m谩quina resplandec铆a, reci茅n limpiada; antes de cada ejecuci贸n me entregaban piezas nuevas de repuesto. Ante cientos de ojos -todos los asistentes en puntas de pie, hasta en la cima de esas colinas- el condenado era colocado por el mismo comandante debajo de la Rastra. Lo que hoy corresponde a un simple soldado, era en esa 茅poca tarea m铆a, tarea del juez presidente del juzgado, y un gran honor para m铆. Y entonces empezaba la ejecuci贸n. Ning煤n ruido discordante afectaba el funcionamiento de la m谩quina. Muchos ya no miraban; permanec铆an con los ojos cerrados, en la arena; todos sab铆an: ahora se hace justicia. En ese silencio, s贸lo se o铆an los suspiros del condenado, apenas apagados por el fieltro. Hoy la m谩quina ya no es capaz de arrancar al condenado un suspiro tan fuerte que el fieltro no pueda apagarlo totalmente; pero en ese entonces las agujas inscriptoras vert铆an un liquido 谩cido, que hoy ya no nos permiten emplear. ¡Y llegaba la sexta hora! Era imposible satisfacer todos los pedidos formulados para contemplarla desde cerca. El comandante, muy sabiamente, hab铆a ordenado que los ni帽os tendr铆an preferencia sobre todo el mundo; yo, por supuesto, gracias a mi cargo, ten铆a el privilegio de permanecer junto a la m谩quina; a menudo estaba en cuclillas, con un ni帽ito en cada brazo, a derecha e izquierda. ¡C贸mo absorb铆amos todos esa expresi贸n de transfiguraci贸n que aparec铆a en el rostro martirizado, c贸mo nos ba帽谩bamos las mejillas en el resplandor de esa justicia, por fin lograda y que tan pronto desaparecer铆a! ¡Qu茅 tiempos, camarada!
El oficial hab铆a evidentemente olvidado qui茅n era su interlocutor; lo hab铆a abrazado, y apoyaba la cabeza sobre su hombro. El explorador se sent铆a grandemente desconcertado; inquieto, miraba hacia la lejan铆a. El soldado hab铆a terminado su limpieza, y ahora vert铆a pulpa de arroz en el recipiente. Apenas la advirti贸 el condenado, que parec铆a haberse mejorado completamente, comenz贸 a lamer la papilla con la lengua. El soldado trataba de alejarlo, porque la papilla era para m谩s tarde, pero de todos modos tambi茅n era incorrecto que el soldado metiera en el recipiente sus sucias manos, y se dedicara a comer ante el 谩vido condenado.
El oficial recobr贸 r谩pidamente el dominio de s铆 mismo.
-No quise emocionarlo -dijo-, ya s茅 que actualmente es imposible dar una idea de lo que eran esos tiempos. De todos modos, la m谩quina todav铆a funciona, y se basta a s铆 misma. Se basta a s铆 misma, aunque se encuentra muy solitaria en este valle. Y al terminar, el cad谩ver cae como anta帽o dentro del hoyo, con un movimiento incomprensiblemente suave, aunque ya no se api帽an las muchedumbres como moscas en torno de la sepultura, como en otros tiempos. Anta帽o ten铆amos que colocar una s贸lida baranda en torno de la sepultura, pero hace mucho que la arrancamos.
El explorador quer铆a ocultar su rostro al oficial, y miraba en torno, al azar. El oficial cre铆a que contemplaba la desolaci贸n del valle; le cogi贸 por lo tanto las manos, se coloco frente a 茅l, para mirarlo en los ojos, y le pregunt贸:
-¿Se da cuenta, qu茅 verg眉enza?
Pero el explorador call贸. El oficial lo dej贸 un momento entregado a sus pensamientos; con las manos en las caderas, las piernas abiertas, permaneci贸 callado, cabizbajo. Luego sonri贸 alentadoramente al explorador, y dijo:
-Yo estaba ayer cerca de usted cuando el comandante lo invit贸. O铆 la invitaci贸n. Conozco al comandante. Inmediatamente comprend铆 el prop贸sito de esta invitaci贸n. Aunque su poder es suficientemente grande para tomar medidas contra m铆, todav铆a no se atreve, pero ciertamente tiene la intenci贸n de oponerme el veredicto de usted, el veredicto del ilustre extranjero. Lo ha calculado perfectamente: hace dos d铆as que usted est谩 en la isla, no conoci贸 al antiguo comandante, ni su manera de pensar, est谩 habituado a los puntos de vista europeos, tal vez se opone fundamentalmente a la pena capital en general y a estos tipos de castigo mec谩nico en particular; adem谩s comprueba que la ejecuci贸n tiene lugar sin ning煤n apoyo popular, tristemente, mediante una m谩quina ya un poco arruinada; considerando todo esto (as铆 piensa el comandante), ¿no ser铆a entonces muy probable que desaprobara mis m茅todos? Y si los desaprobara, no ocultar铆a su desaprobaci贸n (hablo siempre en nombre del comandante), porque conf铆a ampliamente en sus bien probadas conclusiones. Es verdad que usted ha visto las numerosas peculiaridades de numerosos pueblos, y ha aprendido a apreciarlas, y por lo tanto es probable que no se exprese con excesivo rigor contra el procedimiento, como lo har铆a en su propio pa铆s. Pero el comandante no necesita tanto. Una palabra cualquiera, hasta una observaci贸n un poco imprudente le bastar铆a. No hace siquiera falta que esa observaci贸n exprese su opini贸n, basta que aparentemente corrobore la intenci贸n del comandante. Que 茅l tratar谩 de sonsacarlo con preguntas astutas, de eso estoy seguro. Y sus se帽oras estar谩n sentadas en torno, y alzar谩n las orejas; tal vez usted diga: “En mi pa铆s el procedimiento judicial es distinto” o “En mi pa铆s se permite al acusado defenderse antes de la sentencia” o “En mi pa铆s hay otros castigos, adem谩s de la pena de muerte” o “En mi pa铆s s贸lo existi贸 la tortura en la Edad Media”. Todas 茅stas son observaciones correctas y que a usted le parecen evidentes, observaciones inocentes, que no pretenden juzgar mis procedimientos. Pero ¿como la tomar谩 el comandante? Ya lo veo al buen comandante, veo c贸mo aparta su silla y sale r谩pidamente al balc贸n, veo a sus se帽oras, que se precipitan tras 茅l como un torrente, oigo su voz (las se帽oras la llaman una voz de trueno) que dice: “Un famoso investigador europeo, enviado para estudiar el procedimiento judicial en todos los pa铆ses del mundo, acaba de decir que nuestra antigua justicia es inhumana. Despu茅s de o铆r el juicio de semejante personalidad, ya no me es posible seguir permitiendo este procedimiento. Por la tanto, ordeno que desde el d铆a de hoy…” y as铆 sucesivamente. Usted trata de interrumpirlo para explicar que no dijo lo que 茅l pretende, que no llam贸 nunca inhumano mi procedimiento, que en cambio su profunda experiencia le demuestra que es el procedimiento m谩s humano y acorde con la dignidad humana, que admira esta maquinaria… pero ya es demasiado tarde; usted no puede asomarse al balc贸n, que est谩 lleno de damas; trata de llamar la atenci贸n; trata de gritar; pero una mano de se帽ora le tapa la boca… y tanto yo como la obra del antiguo comandante estamos irremediablemente perdidos.
El explorador tuvo que contener una sonrisa; tan f谩cil era entonces la tarea que le hab铆a parecido tan dif铆cil. Dijo evasivamente:
-Usted exagera mi influencia; el comandante ley贸 mis cartas de recomendaci贸n, y sabe que no soy ning煤n entendido en procedimientos judiciales. Si yo expresara una opini贸n, ser铆a la opini贸n de un particular, en nada m谩s significativa que la opini贸n de cualquier otra persona, y en todo caso mucho menos significativa que la opini贸n del comandante, que seg煤n creo posee en esta colonia penitenciaria prerrogativas extens铆simas. Si la opini贸n de 茅l sobre este procedimiento es tan hostil como usted dice, entonces me temo que haya llegado la hora decisiva para el mismo, sin que se requiera mi humilde ayuda.
¿Lo hab铆a comprendido ya el oficial? No, todav铆a no lo comprend铆a. Mene贸 enf谩ticamente la cabeza, volvi贸 brevemente la mirada hacia el condenado y el soldado, que se alejaron por instinto del arroz, se acerc贸 bastante al explorador, lo mir贸 no en los ojos, sino en alg煤n sitio de la chaqueta, y le dijo m谩s despacio que antes:
-Usted no conoce al comandante; usted cree (perdone la expresi贸n) que es una especie de extra帽o para 茅l y para nosotros; sin embargo, cr茅ame, su influjo no podr铆a ser subestimado. Fue una verdadera felicidad para m铆 saber que usted asistir铆a solo a la ejecuci贸n. Esa orden del comandante deb铆a perjudicarme, pero yo sabr茅 sacar ventaja de ella. Sin distracciones provocadas por falsos murmullos y por miradas desde帽osas (imposibles de evitar si una gran multitud hubiera asistido a la ejecuci贸n), usted ha o铆do mis explicaciones, ha visto la m谩quina, y est谩 ahora a punto de contemplar la ejecuci贸n. Ya se ha formado indudablemente un juicio; si todav铆a no est谩 seguro de alg煤n peque帽o detalle el desarrollo de la ejecuci贸n disipar谩 sus 煤ltimas dudas. Y ahora elevo ante usted esta s煤plica: Ay煤deme contra el comandante.
El explorador no le permiti贸 proseguir.
-¡C贸mo me pide usted eso -exclam贸-, es totalmente imposible! No puedo ayudarlo en lo m谩s m铆nimo, as铆 como tampoco puedo perjudicarlo.
-Puede -dijo el oficial; con cierto temor, el explorador vio que el oficial contra铆a los pu帽os-. Puede -repiti贸 el oficial con m谩s insistencia todav铆a-. Tengo un plan, que no fallar谩. Usted cree que su influencia no es suficiente. Yo s茅 que es suficiente. Pero suponiendo que usted tuviera raz贸n, ¿no ser铆a de todos modos necesario tratar de utilizar toda clase de recursos aunque dudemos de su eficacia, con tal de conservar el antiguo procedimiento? Por lo tanto escuche usted mi plan. Ante todo es necesario para su 茅xito que hoy, cuando se encuentre usted en la colonia, sea lo m谩s reticente posible en sus juicios sobre el procedimiento. A menos que le formulen una pregunta directa, no debe decir una palabra sobre el asunto; si lo hace, que sea con frases breves y ambiguas; debe dar a entender que no le agrada discutir ese tema, que ya est谩 harto de 茅l, que si tuviera que decir algo prorrumpir铆a francamente en maldiciones. No le pido que mienta; de ning煤n modo; s贸lo debe contestar lac贸nicamente, por ejemplo: “S铆, asist铆 a la ejecuci贸n” o “S铆, escuch茅 todas las explicaciones”. S贸lo eso, nada m谩s. En cuanto al fastidio que usted pueda dar a entender, tiene motivos suficientes, aunque no sean tan evidentes para el comandante. Naturalmente, 茅ste comprender谩 todo mal, y lo interpretar谩 a su manera. En eso se basa justamente mi plan. Ma帽ana se realizar谩 en la oficina del comandante, presidida por 茅ste, una gran asamblea de todos los altos oficiales administrativos. El comandante, por supuesto, ha logrado convertir esas asambleas en un espect谩culo p煤blico. Hizo construir una galer铆a, que est谩 siempre llena de espectadores. Estoy obligado a tomar parte en las asambleas, pero me enferman de asco. Ahora bien, pase lo que pase, es seguro que a usted lo invitar谩n; si se atiene hoy a mi plan, la invitaci贸n se convertir谩 en una insistente s煤plica. Pero si por cualquier motivo imprevisible no fuera invitado, debe usted de todos modos pedir que lo inviten; es indudable que as铆 lo har谩n. Por lo tanto, ma帽ana estar谩 usted sentado con las se帽oras en el palco del comandante. 脡l mira a menudo hacia arriba, para asegurarse de su presencia. Despu茅s de varias 贸rdenes del d铆a, triviales y rid铆culas, calculadas para impresionar al auditorio -en su mayor铆a son obras portuarias, ¡eternamente obras portuarias!-, se pasa a discutir nuestro procedimiento judicial. Si eso no ocurre, o no ocurre bastante pronto, por desidia del comandante, me encargar茅 yo de introducir el tema. Me pondr茅 de pie y mencionar茅 que la ejecuci贸n de hoy tuvo lugar. Muy breve, una simple menci贸n. Semejante menci贸n no es en realidad usual, pero no importa. El comandante me da las gracias, como siempre, con una sonrisa amistosa, y ya sin poder contenerse aprovecha la excelente oportunidad. “Acaban de anunciar -m谩s o menos as铆 dir谩- que ha tenido lugar la ejecuci贸n. S贸lo quisiera agregar a este anuncio que dicha ejecuci贸n ha sido presenciada por el gran investigador que como ustedes saben honra extraordinariamente nuestra colonia con su visita. Tambi茅n nuestra asamblea de hoy adquiere singular significado gracias a su presencia. ¿No convendr铆a ahora preguntar a este famoso investigador qu茅 juicio le merece nuestra forma tradicional de administrar la pena capital, y el procedimiento judicial que la precede?” Naturalmente, aplauso general, acuerdo un谩nime, y m铆o m谩s que de nadie. El comandante se inclina ante usted, y dice: “Por lo tanto, le formulo en nombre de todos dicha pregunta”. Y entonces usted se adelanta hacia la baranda del palco. Apoya las manos donde todos pueden verlas, porque si no se las coger谩n las se帽oras y jugar谩n con sus dedos. Y por fin se escuchar谩n sus palabras. No s茅 c贸mo podr茅 soportar la tensi贸n de la espera hasta ese instante. En su discurso no debe haber ninguna reticencia, diga la verdad a pleno pulm贸n, incl铆nese sobre el borde del balc贸n, grite, s铆, grite al comandante su opini贸n, su inconmovible opini贸n. Pero tal vez no le guste a usted esto, no corresponde a su car谩cter, o quiz谩 en su pa铆s uno se comporta diferentemente en esas ocasiones; bueno, est谩 bien, tambi茅n as铆 ser谩 suficientemente eficaz, no hace falta que se ponga de pie, diga solamente un par de palabras, sus煤rrelas, que s贸lo los oficiales que est谩n debajo de usted las oigan, es suficiente, no necesita mencionar siquiera la falta de apoyo popular a la ejecuci贸n, ni la rueda que chirr铆a, ni las correas rotas, ni el nauseabundo fieltro, no, yo me encargo de todo eso, y le aseguro que si mi discurso no obliga al comandante a abandonar el sal贸n, lo obligar谩 a arrodillarse y reconocer: “Antiguo comandante, ante ti me inclino”. Este es mi plan; ¿quiere ayudarme a realizarlo? Pero, naturalmente, usted quiere; a煤n m谩s, debe ayudarme.
El oficial cogi贸 al explorador por ambos brazos, y lo mir贸 en los ojos, respirando agitadamente. Hab铆a gritado con tal fuerza las 煤ltimas frases, que hasta el soldado y el condenado se hab铆an puesto a escuchar; aunque no pod铆an entender nada, hab铆an dejado de comer y dirig铆an la mirada hacia el explorador, masticando todav铆a.
Desde el primer momento el explorador no hab铆a dudado de cu谩l deb铆a ser su respuesta. Durante su vida hab铆a reunido demasiada experiencia para dudar en este caso; era un persona fundamentalmente honrada y no conoc铆a el temor. Sin embargo, contemplando al soldado y al condenado, vacil贸 un instante. Por fin dijo lo que deb铆a decir:
-No.
El oficial parpade贸 varias veces, pero no desvi贸 la mirada.
-¿Desea usted una explicaci贸n? -pregunt贸 el explorador.
El oficial asinti贸, sin hablar.
-Desapruebo este procedimiento -dijo entonces el explorador-, aun desde antes que usted me hiciera estas confidencias (por supuesto que bajo ninguna circunstancia traicionar茅 la confianza que ha puesto en m铆); ya me hab铆a preguntado si ser铆a mi deber intervenir, y si mi intervenci贸n tendr铆a despu茅s de todo alguna posibilidad de 茅xito. Pero sab铆a perfectamente a qui茅n deb铆a dirigirme en primera instancia: naturalmente al comandante. Usted lo ha hecho m谩s indudable a煤n, aunque confieso que no s贸lo no ha fortalecido mi decisi贸n, sino que su honrada convicci贸n ha llegado a conmoverme mucho, por m谩s que no logre modificar mi opini贸n.
El oficial callaba; se volvi贸 hacia la m谩quina, se tom贸 de una de las barras de bronce, y contempl贸, un poco echado hacia atr谩s, el Dise帽ador, como para comprobar que todo estaba en orden. El soldado y el condenado parec铆an haberse hecho amigos; el condenado hac铆a se帽ales al soldado, aunque sus s贸lidas ligaduras dificultaban notablemente la operaci贸n; el soldado se inclin贸 hacia 茅l; el condenado le susurr贸 algo, y el soldado asinti贸.
El explorador se acerc贸 al oficial, y dijo:
-Todav铆a no sabe usted lo que pienso hacer. Comunicar茅 al comandante, en efecto, lo que opino del procedimiento, pero no en una asamblea, sino en privado; adem谩s, no me quedar茅 aqu铆 lo suficiente para asistir a ninguna conferencia; ma帽ana por la ma帽ana me voy, o por lo menos me embarco.
No parec铆a que el oficial lo hubiera escuchado.
-As铆 que el procedimiento no lo convence -dijo 茅ste para s铆, y sonri贸, como un anciano que se r铆e de la insensatez de un ni帽o, y a pesar de la sonrisa prosigue sus propias meditaciones-. Entonces, lleg贸 el momento -dijo por fin, y mir贸 de pronto al explorador con clara mirada, en la que se ve铆a cierto desaf铆o, cierto vago pedido de cooperaci贸n.
-¿Cu谩l momento? -pregunt贸 inquieto el explorador, sin obtener respuesta.
-Eres libre -dijo el oficial al condenado, en su idioma; el hombre no quer铆a creerlo-. Vamos, eres libre -repiti贸 el oficial.
Por primera vez, el rostro del condenado parec铆a realmente animarse. ¿Ser铆a verdad? ¿No ser铆a un simple capricho del oficial, que no durar铆a ni un instante? ¿Tal vez el explorador extranjero hab铆a suplicado que lo perdonaran? ¿Qu茅 ocurr铆a? Su cara parec铆a formular estas preguntas. Pero por poco tiempo. Fuera lo que fuese, deseaba ante todo sentirse realmente libre, y comenz贸 a retorcerse en la medida que la Rastra se lo permit铆a.
-Me romper谩s las correas -grit贸 el oficial-, qu茅date quieto. Ya te desataremos.
Y despu茅s de hacer una se帽al al soldado, pusieron manos a la obra. El condenado sonre铆a sin hablar, para s铆 mismo, volviendo la cabeza ora hacia la izquierda, hacia el oficial, ora hacia el soldado, a la derecha; y tampoco olvid贸 al explorador.
-S谩calo de all铆 -orden贸 el oficial al soldado.
A causa de la Rastra. esta operaci贸n exig铆a cierto cuidado. Ya el condenado, por culpa de su impaciencia, se habla provocado una peque帽a herida desgarrante en la espalda.
Desde este momento, el oficial no le prest贸 la menor atenci贸n. Se acerc贸 al explorador, volvi贸 a sacar el peque帽o portafolio de cuero, busc贸 en 茅l un papel, encontr贸 por fin la hoja que buscaba, y la mostr贸 al explorador.
-Lea esto -dijo.
-No puedo -dijo el explorador -, ya le dije que no puedo leer esos planos.
-M铆relo con m谩s atenci贸n, entonces -insisti贸 el oficial, y se acerc贸 m谩s al explorador, para que leyeran juntos.
Como tampoco esto result贸 de ninguna utilidad, el oficial trat贸 de ayudarlo, siguiendo la inscripci贸n con el dedo me帽ique, a gran altura, como si en ning煤n caso debiera tocar el plano. El explorador hizo un esfuerzo para mostrarse amable con el oficial, por lo menos en algo, pero sin 茅xito. Entonces el oficial comenz贸 a deletrear la inscripci贸n, y luego la ley贸 entera.
-“S茅 justo”, dice -explic贸-; ahora puede leerla.
El explorador se agach贸 sobre el papel, que el oficial, temiendo que lo tocara, alej贸 un poco; el explorador no dijo absolutamente nada, pero era evidente que todav铆a no hab铆a conseguido leer una letra.
-“Se justo”, dice -repiti贸 el oficial.
-Puede ser -dijo el explorador-, estoy dispuesto a creer que as铆 es.
-Muy bien -dijo el oficial, por lo menos en parte satisfecho-, y trep贸 la escalera con el papel en la mano; con gran cuidado lo coloc贸 dentro del Dise帽ador, y pareci贸 cambiar toda la disposici贸n de los engranajes; era una labor muy dif铆cil, seguramente hab铆a que manejar rueditas muy diminutas; a menudo la cabeza del oficial desaparec铆a completamente dentro del Dise帽ador, tanta exactitud requer铆a el montaje de los engranajes.
Desde abajo, el explorador contemplaba incesantemente su labor, con el cuello endurecido, y los ojos doloridos por el reflejo del sol sobre el cielo. El soldado y el condenado estaban ahora muy ocupados. Con la punta de la bayoneta, el soldado pesc贸 del fondo del hoyo la camisa y los pantalones del condenado. La camisa estaba espantosamente sucia, y el condenado la lav贸 en el balde de agua. Cuando se puso la camisa y los pantalones, tanto el soldado como el condenado se rieron estrepitosamente, porque las ropas estaban rasgadas por detr谩s. Tal vez el condenado se cre铆a en la obligaci贸n de entretener al soldado, y con sus ropas desgarradas giraba delante de 茅l; el soldado se hab铆a puesto en cuclillas y a causa de la risa se golpeaba las rodillas. Pero trataban de contenerse, por respeto hacia los presentes.
Cuando el oficial termin贸 arriba con su trabajo, revis贸 nuevamente todos los detalles de la maquinaria, sonriendo, pero esta vez cerr贸 la tapa del Dise帽ador, que hasta ahora hab铆a estado abierta; descendi贸, mir贸 el hoyo, luego al condenado, advirti贸 satisfecho que 茅ste hab铆a recuperado sus ropas, luego se dirigi贸 al balde, para lavarse las manos. Descubri贸 demasiado tarde que estaba repugnantemente sucio, se entristeci贸 porque ya no pod铆a lavarse las manos, finalmente las hundi贸 en la arena -este sustituto no le agradaba mucho, pero tuvo que conformarse-, luego se puso de pie y comenz贸 a desabotonarse el uniforme. Le cayeron entonces en la mano dos pa帽uelos de mujer que ten铆a metidos debajo del cuello.
-Aqu铆 tienes tus pa帽uelos -dijo, y se los arroj贸 al condenado.
Y explic贸 al explorador:
-Regalo de las se帽oras.
A pesar de la evidente prisa con que se quitaba la chaqueta del uniforme, para luego desvestirse totalmente, trataba cada prenda de vestir con sumo cuidado; acarici贸 ligeramente con los dedos los adornos plateados de su chaqueta, y coloc贸 una borla en su lugar. Este cuidado parec铆a, sin embargo, innecesario, porque apenas terminaba de acomodar una prenda, inmediatamente, con una especie de estremecimiento de desagrado, la arrojaba dentro del hoyo. Lo 煤ltimo que le qued贸 fue su espad铆n y el cintur贸n que lo sosten铆a. Sac贸 el espad铆n de la vaina, lo rompi贸, luego reuni贸 todos los trozos de espada, la vaina y el cintur贸n, y los arroj贸 con tanta violencia que los fragmentos resonaron al caer en el fondo.
Ya estaba desnudo. El explorador se mordi贸 los labios y no dijo nada. Sab铆a muy bien lo que iba a ocurrir, pero no ten铆a ning煤n derecho de inmiscuirse. Si el procedimiento judicial, que tanto significaba para el oficial, estaba realmente tan pr贸ximo a su desaparici贸n -posiblemente como consecuencia de la intervenci贸n del explorador, lo que para 茅ste era una ineludible obligaci贸n-, entonces el oficial hac铆a lo que deb铆a hacer; en su lugar el explorador no habr铆a procedido de otro modo.
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Al principio, el soldado y el condenado no comprend铆an; para empezar, ni siquiera miraban. El condenado estaba muy contento de haber recuperada los pa帽uelos, pero esta alegr铆a no le dur贸 mucho porque el soldado se los arranc贸, con un adem谩n r谩pido e inesperado. Ahora el condenado trataba de arrancarle a su vez los pa帽uelos al soldado; 茅ste se los hab铆a metido debajo del cintur贸n, y se manten铆a alerta. As铆 luchaban, medio en broma. S贸lo cuando el oficial apareci贸 completamente desnudo, prestaron atenci贸n. Sobre todo el condenado pareci贸 impresionado por la idea de este asombroso trueque de la suerte. Lo que le hab铆a sucedido a 茅l, ahora le suced铆a al oficial. Tal vez hasta el final. Aparentemente, el explorador extranjero hab铆a dado la orden. Por lo tanto, esto era la venganza. Sin haber sufrido hasta el fin, ahora ser铆a vengado hasta el fin. Una amplia y silenciosa sonrisa apareci贸 entonces en su rostro, y no desapareci贸 m谩s. Mientras tanto, el oficial se dirigi贸 hacia la m谩quina. Aunque ya hab铆a demostrado con largueza que la comprend铆a, era sin embargo casi alucinante ver c贸mo la manejaba, y c贸mo ella le respond铆a. Apenas acercaba una mano a la Rastra, 茅sta se levantaba y bajaba varias veces, hasta adoptar la posici贸n correcta para recibirlo; toc贸 apenas el borde de la Cama, y 茅sta comenz贸 inmediatamente a vibrar; la mordaza de fieltro se aproxim贸 a su boca; se ve铆a que el oficial hubiera preferido no pon茅rsela, pero su vacilaci贸n s贸lo dur贸 un instante, luego se someti贸 y acept贸 la mordaza en la boca. Todo estaba preparado, s贸lo las correas pend铆an a los costados, pero eran evidentemente innecesarias, no hac铆a falta sujetar al oficial. Pero el condenado advirti贸 las correas sueltas; como seg煤n su opini贸n la ejecuci贸n era incompleta si no se sujetaban las correas, hizo un gesto ansioso al soldado, y ambos se acercaron para atar al oficial. 脡ste hab铆a extendido ya un pie, para empujar la manivela que hac铆a funcionar el Dise帽ador; pero vio que los dos se acercaban, y retir贸 al pie, dej谩ndose atar con las correas. Pero ahora ya no pod铆a alcanzar la manivela; ni el soldado ni el condenado sabr铆an encontrarla, y el explorador estaba decidido a no moverse. No hac铆a falta; apenas se cerraron las correas, la m谩quina comenz贸 a funcionar; la Cama vibraba, las agujas bailaban sobre la piel, la Rastra sub铆a y bajaba. El explorador mir贸 fijamente, durante un rato; de pronto record贸 que una rueda del Dise帽ador hubiera debido chirriar; pero no se o铆a ning煤n ruido, ni siquiera el m谩s leve zumbido.
Trabajando tan silenciosamente, la m谩quina pasaba casi inadvertida. El explorador mir贸 hacia el soldado y el condenado. El condenado mostraba m谩s animaci贸n, todo en la m谩quina le interesaba, de pronto se agachaba, de pronto se estiraba, y todo el tiempo mostraba algo al soldado con el 铆ndice extendido. Para el explorador, esto era penoso. Estaba decidido a permanecer all铆 hasta el final, pero la vista de esos dos hombres le resultaba insoportable.
-Vuelvan a casa -dijo.
El soldado estaba dispuesto a obedecerlo, pero el condenado consider贸 la orden como un castigo. Con las manos juntas implor贸 lastimeramente que le permitieran quedarse, y como el explorador meneaba la cabeza, y no quer铆a ceder, termin贸 por arrodillarse. El explorador comprendi贸 que las 贸rdenes eran in煤tiles, y decidi贸 acercarse y sacarlos a empujones. Pero oy贸 un ruido arriba, en el Dise帽ador. Alz贸 la mirada. ¿Finalmente habr铆a decidido andar mal la famosa rueda? Pero era otra cosa. Lentamente, la tapa del Dise帽ador se levant贸, y de pronto se abri贸 del todo. Los dientes de una rueda emergieron y subieron; pronto apareci贸 toda la rueda, como si alguna enorme fuerza en el interior del Dise帽ador comprimiera las ruedas, de modo que ya no hubiera lugar para 茅sta; la rueda se desplaz贸 hasta el borde del Dise帽ador, cay贸, rod贸 un momento sobre el canto por la arena, y luego qued贸 inm贸vil. Pero pronto subi贸 otra, y otras la siguieron, grandes, peque帽as, imperceptiblemente diminutas; con todas ocurr铆a lo mismo, siempre parec铆a que el Dise帽ador ya deb铆a de estar totalmente vac铆o, pero aparec铆a un nuevo grupo, extraordinariamente numeroso, sub铆a, ca铆a, rodaba por la arena y se deten铆a. Ante este fen贸meno, el condenado olvid贸 por completo la orden del explorador, las ruedas dentadas lo fascinaban, siempre quer铆a coger alguna, y al mismo tiempo ped铆a al soldado que lo ayudara, pero siempre retiraba la mano con temor, porque en ese momento ca铆a otra rueda que por lo menos en el primer instante lo atemorizaba.
El explorador, en cambio, se sent铆a muy inquieto; la m谩quina estaba evidentemente haci茅ndose trizas; su andar silencioso ya era una mera ilusi贸n. El extranjero ten铆a la sensaci贸n de que ahora deb铆a ocuparse del oficial, ya que el oficial no pod铆a ocuparse m谩s de s铆 mismo. Pero mientras la ca铆da de los engranajes absorb铆a toda su atenci贸n, se olvid贸 del resto de la m谩quina; cuando cay贸 la 煤ltima rueda del Dise帽ador, el explorador se volvi贸 hacia la Rastra, y recibi贸 una nueva y m谩s desagradable sorpresa. La Rastra no escrib铆a, s贸lo pinchaba, y la Cama no hacia girar el cuerpo, sino que lo levanta temblando hacia las agujas. El explorador quiso hacer algo que pudiera detener el conjunto de la m谩quina, porque esto no era la tortura que el oficial hab铆a buscado sino una franca matanza. Extendi贸 las manos. En ese momento la Rastra se elev贸 hacia un costado con el cuerpo atravesado en ella, como sol铆a hacer despu茅s de la duod茅cima hora. La sangre corr铆a por un centenar de heridas, no ya mezclada con agua, porque tambi茅n los canal铆culos del agua se hab铆an descompuesto. Y ahora fall贸 tambi茅n la 煤ltima funci贸n; el cuerpo no se desprendi贸 de las largas agujas; manando sangre, pend铆a sobre el hoyo de la sepultara, sin caer. La Rastra quiso volver entonces a su anterior posici贸n, pero como si ella misma advirtiera que no se hab铆a librado todav铆a de su carga, permaneci贸 suspendida sobre el hoyo.
-Ay煤denme -grit贸 el explorador al soldado y al condenado, y cogi贸 los pies del oficial.
Quer铆a empujar los pies, mientras los otros dos sosten铆an del otro lado la cabeza del oficial, para desengancharlo lentamente de las agujas. Pero ninguno de los dos se decid铆a a acercarse; el condenado termin贸 por alejarse; el explorador tuvo que ir a buscarlos y empujarlos a la fuerza hasta la cabeza del oficial. En ese momento, casi contra su voluntad, vio el rostro del cad谩ver. Era como hab铆a sido en vida; no se descubr铆a en 茅l ninguna se帽al de la prometida redenci贸n; lo que todos los dem谩s hab铆an hallado en la m谩quina, el oficial no lo hab铆a hallado; ten铆a los labios apretados, los ojos abiertos, con la misma expresi贸n de siempre, la mirada tranquila y convencida; y atravesada en medio de la frente la punta de la gran aguja de hierro.
Cuando el explorador lleg贸 a las primeras casas de la colonia, seguido por el condenado y el soldado, 茅ste le mostr贸 uno de los edificios y le dijo:
-Esa es la confiter铆a.
En la planta baja de una casa hab铆a un espacio profundo, de techo bajo, cavernoso, de paredes y cielo raso ennegrecidos por el humo. Todo el frente que daba a la calle estaba abierto. Aunque esta confiter铆a no se distingu铆a mucho de las dem谩s casas de la colonia, todas en notable mal estado de conservaci贸n (aun el palacio donde se alojaba el comandante), no dej贸 de causar en el explorador una sensaci贸n como de evocaci贸n hist茅rica, al permitirle vislumbrar la grandeza de los tiempos idos. Se acerc贸 y entr贸, seguido por sus acompa帽antes, entre las mesitas vac铆as, dispuestas en la calle frente al edificio, y respir贸 el aire fresco y cargado que proven铆a del interior.
-El viejo est谩 enterrado aqu铆 -dijo el soldado-, porque el cura le neg贸 un lugar en el camposanto. Dudaron un tiempo d贸nde lo enterrar铆an, finalmente lo enterraron aqu铆. El oficial no le cont贸 a usted nada, seguramente, porque 茅sta era, por supuesto, su mayor verg眉enza. Hasta trat贸 varias veces de desenterrar al viejo, de noche, pero siempre lo echaban.
-¿D贸nde est谩 la tumba? -pregunt贸 el explorador, que no pod铆a creer lo que o铆a.
Inmediatamente, el soldado y el condenado le mostraron con la mano d贸nde deb铆a de encontrarse la tumba. Condujeron al explorador hasta la pared; en torno de algunas mesitas estaban sentados varios clientes. Aparentemente eran obreros del puerto, hombres fornidos, de barba corta, negra y luciente. Todos estaban sin chaqueta, ten铆an las camisas rotas, era gente pobre y humilde. Cuando el explorador se acerc贸, algunos se levantaron, se ubicaron junto a la pared, y lo miraron.
-Es un extranjero -murmuraban en torno de 茅l-, quiere ver la tumba.
Corrieron hacia un lado una de las mesitas, debajo de la cual se encontraba realmente la l谩pida de una sepultura. Era una l谩pida simple, bastante baja, de modo que una mesa pod铆a cubrirla. Mostraba una inscripci贸n de letras diminutas; para leerlas, el explorador tuvo que arrodillarse. Dec铆a as铆: “Aqu铆 yace el antiguo comandante. Sus partidarios, que ya deben de ser incontables, cavaron esta tumba y colocaron esta l谩pida. Una profec铆a dice que despu茅s de determinado n煤mero de a帽os el comandante resurgir谩, desde esta casa conducir谩 a sus partidarios para reconquistar la colonia. ¡Crean y esperen!” Cuando el explorador termin贸 de leer y se levant贸, vio que los hombres se re铆an, como si hubieran le铆do con 茅l la inscripci贸n, y 茅sta les hubiera parecido risible, y esperaban que 茅l compartiera esa opini贸n. El explorador simul贸 no advertirlo, les reparti贸 algunas monedas, esper贸 hasta que volvieran a correr la mesita sobre la tumba, sali贸 de la confiter铆a y se encamin贸 hacia el puerto.
El soldado y el condenado hab铆an encontrado algunos conocidos en la confiter铆a, y se quedaron conversando. Pero pronto se desligaron de ellos, porque cuando el explorador se encontraba por la mitad de la larga escalera que descend铆a hacia la orilla, lo alcanzaron corriendo. Probablemente quer铆an pedirle a 煤ltimo momento que los llevara consigo. Mientras el explorador discut铆a abajo con un barquero el precio del transporte hasta el vapor, se precipitaron ambos por la escalera, en silencio, porque no se atrev铆an a gritar. Pero cuando llegaron abajo, el explorador ya estaba en el bote, y el barquero acababa de desatarlo de la costa. Todav铆a pod铆an saltar dentro del bote, pero el explorador alz贸 del fondo del barco un cable pesado, los amenaz贸 con 茅l y evit贸 que saltaran.
FIN
1919
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