Leamos "La hierba mortal", cuento de Agatha Christie
PorMar de fondo -
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¡Qu茅 tal, lectores! En este post encontrar谩s un magn铆fico cuento de Agatha Christie, la escritora brit谩nica y maestra del misterio policial. Esta historia trata sobre un incidente en el que, por error, se utilizaron hojas de dedalera en lugar de salvia para cocinar, lo que result贸 en una intoxicaci贸n y la muerte de una joven. ¡Disfruta tu lectura!
Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/7qDMLxfTZ
LA HIERBA MORTAL
Ahora usted, se帽ora B -dijo don Henry Clithering. La se帽ora Bantry, su anfitriona, lo mir贸 con aire de reproche.
-Le he dicho muchas veces que no me gusta que me llame se帽ora B. Es una falta de respeto.
-Scherezade, entonces…
-¡Y menos a煤n Sch… c贸mo se llame! Nunca fui capaz de contar una historia con propiedad. Preg煤ntele a Arthur si no me cree.
-Eres bastante buena relatando los hechos, Dolly -exclam贸 el coronel Bantry-, pero no sabes adornarlos.
-Eso es -respondi贸 la se帽ora Bantry, hojeando el cat谩logo de bulbos que ten铆a ante ella-. Les he estado escuchando a todos y no s茅 c贸mo lo hacen. “脡l dijo, ella dijo, yo me pregunt茅, ellos pensaron, todos supieron…” Bueno, pues ¡yo no s茅! Y adem谩s no tengo ninguna historia interesante que contar.
-No podemos creerlo, se帽ora Bantry -dijo el doctor Lloyd meneando su cabeza de grises cabellos con incredulidad.
La anciana se帽orita Marple dijo con su dulce voz:
-Seguramente, querida…
La se帽ora Bantry continu贸 insistiendo obstinadamente.
-Ustedes no saben lo mon贸tona que es mi vida. Entre las dificultades del servicio, ir a la ciudad de compras, al dentista y a Ascot (lo que por cierto odia Arthur), y luego el jard铆n…
-¡Ah! -dijo el doctor Lloyd-. El jard铆n. Ya sabemos todos d贸nde tiene usted puesto su coraz贸n, se帽ora Bantry.
-Debe de ser muy bonito tener un jard铆n -dijo Jane Helier, la hermosa y joven actriz-. Es decir, cuando no hay que cavar y ensuciarse las manos. ¡Me gustan tanto las flores!
-El jard铆n -exclam贸 don Henry-. ¿No podr铆amos tomarlo como punto de partida? Vamos, se帽ora. ¡El bulbo envenenado, los narcisos de la muerte, la hierba mortal!
-Es curioso que haya dicho eso -observ贸 la se帽ora Bantry-. Acabo de recordar una cosa. Arthur, ¿te acuerdas de aquel caso que se present贸 ante el juzgado de Clodderham? Ya sabes. El del viejo don Ambrose Bercy. ¿Recuerdas que lo consider谩bamos un anciano cort茅s y encantador?
-Vaya, pues es verdad. S铆, fue un caso extra帽o. Adelante, Dolly.
-Ser铆a mejor que lo contaras t煤, querido.
-Tonter铆as, adelante. Eres muy capaz de dirigir tu propio barco. Yo ya he cumplido con mi parte.
La se帽ora Bantry inhal贸 profundamente y, entrelazando las manos y con rostro angustiado, empez贸 a hablar muy deprisa.
-Bueno, en realidad no hay mucho que contar. La hierba mortal es lo que me lo ha hecho recordar, aunque yo lo llamo salvia y dedalera.
-¿Salvia y dedalera? -pregunt贸 el doctor Lloyd.
La se帽ora Bantry asinti贸.
-As铆 es como sucedi贸. Arthur y yo est谩bamos en casa de don Ambrose Bercy, en Clodderham Court, y un d铆a, por error (un error que siempre consider茅 muy est煤pido), cogieron un mont贸n de hojas de dedalera entre la salvia. Aquella noche cenamos pato relleno con salvia y todos se sintieron mal, y una pobre muchacha, la pupila de don Ambrose, muri贸.
Se detuvo.
-Vaya, vaya -dijo la se帽orita Marple-, qu茅 tragedia.
-¿Verdad?
-Bien -replic贸 don Henry-, ¿y qu茅 pas贸 luego?
-Pues nada m谩s -contest贸 la se帽ora Bantry-, eso es todo.
Todos se quedaron sorprendidos. Aunque ya hab铆an sido advertidos, no esperaban una brevedad semejante.
-Pero, mi querida se帽ora -insisti贸 don Henry-, tiene que haber algo m谩s. Lo que usted acaba de contarnos es un caso tr谩gico, pero no tiene nada de problema.
-Bueno, claro que hay algo m谩s -dijo la se帽ora Bantry-. Pero si se lo dijera, ya sabr铆an de qu茅 se trata.
Y mirando desafiadoramente a los reunidos les dijo con sencillez:
-Ya les dije que yo no sab铆a adornar las cosas y convertirlas en una verdadera historia.
-¡Aja! -exclam贸 don Henry ajust谩ndose las gafas-. ¿Sabe, Scherezade, que es muy ingenioso su modo de desafiar nuestro ingenio? No estoy seguro de que no lo haya hecho a prop贸sito para estimular nuestra curiosidad. Propongo una ronda de preguntas. Se帽orita Marple, ¿quiere usted empezar?
-Me gustar铆a saber algo de la cocinera -dijo la se帽orita Marple-. Deb铆a de ser una mujer muy tonta o muy inexperta.
-Era muy tonta -replic贸 la se帽ora Bantry-. Despu茅s se lamentaba un mont贸n y dec铆a que le hab铆an llevado las hojas como si fueran de salvia, ¿y c贸mo iba ella a saber que no lo eran?
-Cualquiera lo hubiera visto -dijo la se帽orita Marple.
-¿Probablemente era una mujer mayor y buena cocinera?
-Excelente -contest贸 la se帽ora Bantry.
-Ahora le toca a usted, se帽orita Helier -dijo don Henry.
-¡Oh! ¿Se refiere a que me toca preguntar? -hubo una pausa mientras Jane reflexionaba y al fin dijo-: La verdad es que no s茅 qu茅 preguntar.
Sus hermosos ojos miraron suplicantes a don Henry.
-¿Por qu茅 no pregunta por los personajes del drama? -le sugiri贸 con una sonrisa.
Jane segu铆a mir谩ndolo desorientada.
-Que haga la presentaci贸n de los personajes por orden de aparici贸n -continu贸 don Henry en tono amable.
-¡Ah, s铆! -exclam贸 Jane-. Es una buena idea.
La se帽ora Bantry empez贸 a contarlos con los dedos.
-Don Ambrose, Sylvia Keene (la joven que muri贸), una amiga suya que pasaba unos d铆as all铆 llamada Maud Wye, una de esas muchachas morenas y feas que no s茅 c贸mo se las arreglan para resultar atractivas, nunca he sabido c贸mo lo consiguen. Luego un tal se帽or Curie, que hab铆a ido a discutir acerca de algunos libros con don Ambrose, libros raros con t铆tulos en lat铆n, todos ellos mohosos pergaminos. Jerry Lorimer, una especie de vecino. Su finca, Firlies, lindaba con la de don Ambrose. Y una tal se帽ora Carpenter, una de esas gatas de mediana edad que siempre se las arreglan para instalarse c贸modamente en cualquier parte. Supongo que en cierto modo hac铆a de dame de compagnie de Sylvia.
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-Ahora me toca a m铆 -dijo don Henry-, puesto que estoy sentado junto a la se帽orita Helier. Y quiero saber muchas cosas. Quiero que nos haga una breve descripci贸n, se帽ora Bantry, de todos los personajes.
-¡Oh! -la se帽ora Bantry vacilaba.
-Empiece por don Ambrose -continu贸 don Henry-. ¿Qu茅 tal era?
-¡Oh! Era un anciano de aspecto distinguido y en realidad no muy viejo, supongo que no tendr铆a m谩s de sesenta a帽os. Pero estaba muy delicado, ten铆a el coraz贸n muy d茅bil y no pod铆a subir la escalera. Tuvieron que ponerle ascensor y por eso parec铆a mayor de lo que era en realidad. De modales refinados… cort茅s, s铆, creo que 茅sa es la palabra que mejor lo definir铆a. Nunca se enfadaba o se mostraba molesto. Ten铆a unos hermosos cabellos blancos y una voz particularmente agradable.
-Bien -dijo don Henry-. Ya conozco a don Ambrose. Ahora pasemos a Sylvia. ¿C贸mo dijo que se llamaba?
-Sylvia Keene. Era muy bonita, mucho. Rubia y con un cutis precioso. Tal vez no muy inteligente, mejor dicho, bastante est煤pida.
-¡Oh, vamos, Dolly! -protest贸 su esposo.
-Es natural que Arthur no piense as铆 -dijo la se帽ora Bantry en tono seco-. Pero era est煤pida. En realidad nunca dec铆a nada que valiera la pena escuchar.
-Era una de las criaturas m谩s agraciadas que he visto nunca -dijo el coronel Bantry acaloradamente-. Si la hubiesen visto jugando al tenis: encantadora, realmente encantadora. Y rebosaba simpat铆a. Era divertid铆sima y muy bonita. Apuesto a que todos los j贸venes pensaban as铆.
-Ah铆 es donde te equivocas -dijo la se帽ora Bantry-. Las j贸venes as铆 no tienen encanto para los muchachos de hoy en d铆a. S贸lo a los viejos chapados a la antigua como t煤, Arthur, les gustan las chicas j贸venes.
-Ser joven no lo es todo -intervino Jane-. Hay que tener C.S.
-¿Qu茅 es C.S.? -quiso saber exactamente la se帽orita Marple.
-Carisma sexual -replic贸 Jane.
-¡Ah, s铆! -dijo la se帽orita Marple-. Lo que en mis tiempos se llamaba “encanto”.
-No es mala descripci贸n -coment贸 don Henry-. Creo haber entendido que ha descrito usted a la dama de compa帽铆a como una gata, se帽ora Bantry.
-No me refer铆a a una gata, sino a algo muy distinto -exclam贸 la se帽ora Bantry-. Adelaida Carpenter era una persona muy dulce.
-¿Qu茅 edad tendr铆a?
-¡Oh! Yo dir铆a que unos cuarenta a帽os. Llevaba alg煤n tiempo en la casa, creo que desde que Sylvia ten铆a once a帽os. Era una persona de mucho tacto. Una de esas viudas que quedan en una situaci贸n econ贸mica delicada, con muchos parientes arist贸cratas, pero sin dinero. A m铆 no me gustaba mucho, pues nunca me han gustado las personas de manos blancas y largas, ni tampoco los gatos.
-¿Y el se帽or Curie?
-¡Oh! Era uno de esos ancianos encorvados. Hay tantos como 茅l, que apenas se distinguen unos de otros. Demostraba gran entusiasmo cuando se hablaba de sus librejos, pero ninguno por otras cosas. No creo que don Ambrose lo conociera muy bien.
-¿Y Jerry, el vecino?
-Era un muchacho realmente encantador y estaba prometido a Sylvia. Por eso fue tan triste.
-Quisiera saber… -empez贸 a decir la se帽orita Marple, y luego se call贸.
-¿Qu茅?
-Nada, querida.
Don Henry contempl贸 a la anciana con curiosidad y al cabo dijo pensativo:
-De modo que esa joven pareja estaba prometida. ¿Hac铆a mucho tiempo que eran novios?
-Cosa de un a帽o. Don Ambrose se hab铆a opuesto a su noviazgo pretextando que Sylvia era demasiado joven. Pero tras un a帽o de relaciones se prometieron y la boda deb铆a haberse celebrado muy pronto.
-¡Ah! ¿Ten铆a alguna propiedad esa joven?
-Casi nada, s贸lo unas cien o doscientas libras al a帽o.
-Ah铆 no hay gato encerrado, Clithering -dijo el coronel Bantry riendo.
-Ahora le toca preguntar al doctor -dijo don Henry-. Yo me reservo por ahora.
-Mi curiosidad es principalmente profesional -dijo el doctor Lloyd-. Quisiera saber el informe m茅dico que se present贸 en la encuesta oficial, es decir, si nuestra anfitriona lo recuerda o lo sabe.
-Creo que lo recuerdo, m谩s o menos -replic贸 la se帽ora Bantry-. Dijeron que la muerte fue debida a envenenamiento por digitalina. ¿Lo digo bien?
El doctor Lloyd asinti贸.
-El principio activo de la dedalera, la digitalina, act煤a sobre el coraz贸n. Por cierto, que es una droga muy valiosa para ciertas afecciones card铆acas. Es un caso muy curioso. Nunca hubiera pensado que tomar una infusi贸n de hojas de dedalera pudiera resultar fatal. Se han exagerado mucho los da帽os producidos por comer hojas venenosas y bayas. Muy pocas personas comprenden que el principio vital o alcaloide ha de ser extra铆do con mucho cuidado y elaboraci贸n.
-La se帽ora McArthur envi贸 el otro d铆a unos bulbos especiales a la se帽ora Toomie -explic贸 la se帽orita Marple-. La cocinera los tom贸 por cebollas y, al comerlos, toda la familia se puso enferma.
-Pero no muri贸 nadie -dijo convencido el doctor Lloyd
-No, no se muri贸 nadie -admiti贸 la se帽orita Marple.
-Una amiga m铆a muri贸 envenenada por alimentos en mal estado -dijo Jane Helier.
-Debemos continuar con nuestro crimen -intervino don Henry.
-¿Crimen? -exclam贸 Jane sobresaltada-. Cre铆a que se trataba de un accidente.
-Si fuera un accidente -respondi贸 don Henry en tono amable-, no creo que la se帽ora Bantry nos hubiera contado esta historia. No, por lo que deduzco, fue accidente s贸lo en apariencia, detr谩s se escond铆a algo m谩s siniestro. Recuerdo un caso: varios invitados a una fiesta charlaban despu茅s de cenar. Las paredes estaban adornadas con toda clase de armas antiguas. Bromeando, uno de los reunidos cogi贸 una vieja pistola y apunt贸 a otro simulando disparar. La pistola estaba cargada, se dispar贸 y mat贸 al otro hombre. Tuvimos que averiguar primero qui茅n hab铆a preparado secretamente la pistola y, segundo, qui茅n hab铆a dirigido la conversaci贸n para obtener el resultado final, pues el hombre que hab铆a disparado el arma era completamente inocente.
“Me parece que en este caso se nos presenta el mismo problema. Esas hojas de dedalera fueron mezcladas deliberadamente con las de salvia sabiendo cu谩l ser铆a el resultado. Puesto que descartamos a la cocinera… la descartamos, ¿verdad…?, la pregunta es: ‘¿Qui茅n cogi贸 las hojas y las llev贸 a la cocina?’.”
-Eso es f谩cil de responder -dijo la se帽ora Bantry-. Por lo menos la 煤ltima parte de la pregunta. Fue la propia Sylvia quien las llev贸 a la cocina. Formaba parte de sus ocupaciones diarias recoger la ensalada, las hierbas, los manojos de zanahorias, todas esas cosas que los jardineros nunca escogen bien. No les gusta coger nada tierno, esperan hasta que maduran demasiado. Sylvia y la se帽ora Carpenter sol铆an ir a buscarlas ellas mismas, y hab铆a una mata de dedalera entre las de salvia en una esquina y por ello la equivocaci贸n era bastante natural.
-Pero ¿las cogi贸 la propia Sylvia?
-Eso nadie lo sabe, se dio por supuesto.
-Las suposiciones son siempre muy peligrosas -coment贸 don Henry.
-Pero s茅 que no fue la se帽ora Carpenter -replic贸 la se帽ora Bantry-, porque dio la casualidad de que estuvo toda la ma帽ana paseando conmigo por la terraza. Salimos despu茅s de desayunar. Hac铆a un d铆a extraordinariamente c谩lido y espl茅ndido para estar tan a principios de primavera. Sylvia baj贸 sola al jard铆n, pero m谩s tarde la vi paseando del brazo de Maud Wye.
-De modo que eran grandes amigas, ¿verdad? -pregunt贸 la se帽orita Marple.
-S铆 -contest贸 la se帽ora Bantry y pareci贸 querer a帽adir algo m谩s, pero no lo hizo.
-¿Llevaba muchos d铆as en la casa? -quiso saber la se帽orita Marple.
-Unos quince d铆as -dijo la se帽ora Bantry con voz preocupada.
-¿No le gustaba la se帽orita Wye? -insinu贸 don Henry.
-S铆, eso es lo malo, que s铆.
La preocupaci贸n de su voz se troc贸 en disgusto.
-Usted nos oculta algo, se帽ora Bantry -dijo don Henry en tono acusador.
-S铆, hace un momento tambi茅n yo he querido preguntarle algo -dijo la se帽orita Marple-, pero he preferido callar.
-¿El qu茅?
-Cuando usted dijo que esa joven pareja se hab铆a prometido y que por eso resultaba tan triste. Su voz no me son贸 del todo convencida cuando lo dijo, no s茅 si me comprende.
-Qu茅 temible es usted -replic贸 la se帽ora Bantry-. Parece que siempre sabe las cosas. S铆, pensaba en algo, pero en realidad no s茅 si debo decirlo o no.
-Tiene que decirlo, d茅jese de escr煤pulos de una vez -intervino don Henry.
-Bien, pues era s贸lo esto -continu贸 la se帽ora Bantry-. Una noche, precisamente la anterior a la tragedia, sal铆 a la terraza antes de cenar. La ventana del sal贸n estaba abierta y por casualidad vi a Jerry Lorimer y a Maud Wye. 脡l… bueno, la estaba besando. Claro que yo ignoraba si se trataba de un flirteo sin importancia, o si… bueno, quiero decir que nunca se sabe. Yo sab铆a que a don Ambrose nunca le hab铆a gustado Jerry Lorimer, tal vez porque sab铆a que era de ese estilo. Pero de una cosa estoy segura: esa chica, Maud Wye, estaba realmente interesada por 茅l. S贸lo hab铆a que ver c贸mo lo miraba cuando no se cre铆a observada. Y, adem谩s, hac铆an mejor pareja que 茅l y Sylvia.
-Voy a hacerle r谩pidamente una pregunta antes de que se me adelante la se帽orita Marple -dijo don Henry-. Quiero saber si, despu茅s de la tragedia, Jerry Lorimer se cas贸 con Maud Wye.
-S铆 -dijo la se帽ora Bantry-, seis meses despu茅s.
-¡Oh! Scherezade, Scherezade -dijo don Henry-. ¡Y pensar en c贸mo nos present贸 su historia al principio! Nos dio los huesos pelados y hay que ver la carne que vamos encontrando ahora en ellos.
-No hable usted as铆, no sea tan macabro -dijo la se帽ora Bantry-. Y no emplee la palabra carne. Los vegetarianos siempre lo hacen. Dicen “yo nunca como carne” de un modo que le quitan a uno las ganas de comerse la chuleta que tiene delante. El se帽or Curie era vegetariano y sol铆a desayunar una especie de mejunje parecido al salvado. Los ancianos encorvados que llevan barba suelen tener muchas man铆as y llevan ropa interior muy particular.
-¿Qu茅 sabes t煤 de la ropa interior que llevaba el se帽or Curie? -pregunt贸 su marido.
-Nada -replic贸 la se帽ora Bantry muy digna-. S贸lo lo imagino.
-Voy a rectificar mi declaraci贸n -dijo don Henry-. Debo reconocer que los personajes de este drama son muy interesantes. Empiezo a conocerlos a todos. ¿Verdad, se帽orita Marple?
-La naturaleza humana es siempre interesante, don Henry. Y es curioso ver c贸mo cierto tipo de personas tiende a actuar siempre del mismo modo.
-Dos mujeres y un hombre -dijo don Henry-. El eterno tri谩ngulo. ¿Es 茅sa la base de nuestro problema? Yo creo que s铆.
El doctor Lloyd se aclar贸 la garganta.
-He estado pensando -empez贸 con bastante dificultad-. ¿Dice usted, se帽ora Bantry, que usted tambi茅n se sinti贸 indispuesta?
-¡Por supuesto! ¡Y Arthur! ¡Y todos!
-Eso es, todos -dijo el m茅dico-. ¿Comprenden lo que quiero decir? En la historia que don Henry acaba de contarnos, un hombre dispar贸 contra otro, pero no contra todos los que se encontraban reunidos en la habitaci贸n.
-No comprendo -replic贸 Jane-. ¿Qui茅n dispar贸 contra qui茅n?
-Lo que quiero decir es que quienquiera que planease el crimen lo hizo de un modo muy particular. O bien con una fe ciega en la casualidad o con un desprecio absoluto de la vida humana. Apenas puedo creer que exista un hombre capaz de envenenar deliberadamente a ocho personas con el objeto de suprimir a una de ellas.
-Ya veo por d贸nde va -dijo don Henry pensativo-. Confieso que debiera haber pensado en esto.
-¿Y no pudo haberse envenenado 茅l tambi茅n? -pregunt贸 Jane.
-¿Falt贸 alguien a la mesa aquella noche? -quiso saber la se帽orita Marple.
La se帽ora Bantry mene贸 la cabeza.
-Excepto el se帽or Lorimer, supongo, querida. 脡l no viv铆a en la casa, ¿no es cierto?
-No, pero aquella noche cenaba con nosotros -respondi贸 la se帽ora Bantry.
-¡Oh! -exclam贸 la se帽orita Marple-. Eso cambia mucho las cosas.
Y agreg贸 frunciendo el entrecejo y como para sus adentros:
-He sido una tonta.
-Confieso que sus palabras me han desconcertado, Lloyd -dijo don Henry-. ¿C贸mo asegurarse de que la muchacha y s贸lo ella tomase la dosis fatal?
-No era posible -replic贸 el doctor-. Eso nos plantea otra cuesti贸n. Supongamos que la joven no fuera la v铆ctima pretendida.
-¿Qu茅?
-En todos los casos de envenenamiento por v铆a oral el resultado es muy incierto. Varias personas se sirven del mismo plato, ¿y qu茅 ocurre? Una o dos enferman ligeramente, otras dos, digamos, de gravedad, y otra fallece. As铆 es como ocurre siempre, no es posible tener plena seguridad. Pero hay casos en los que puede intervenir otro factor. La digitalina es una droga que afecta directamente al coraz贸n, y como les he dicho se receta en ciertos casos. Ahora bien, en la casa hab铆a una persona que sufr铆a del coraz贸n. Supongamos que fuese la v铆ctima escogida. Lo que no ser铆a fatal para el resto, lo iba a ser para 茅l, o eso es lo que pudo suponer el asesino. Que todo resultara distinto es s贸lo una prueba de lo que acabo de decirles: la incertidumbre y relatividad de los efectos de las drogas en los seres humanos.
-¿Cree usted que la v铆ctima ten铆a que haber sido don Ambrose? -pregunt贸 don Henry.
-S铆, s铆, y la muerte de la joven fue un error.
-¿Qui茅n hered贸 su dinero despu茅s de su muerte? -pregunt贸 Jane.
-Una pregunta muy sensata, se帽orita Helier. Una de las primeras que hac铆a siempre en mi antigua profesi贸n -dijo don Henry.
-Don Ambrose ten铆a un hijo -replic贸 lentamente la se帽ora Bantry-. Se hab铆a peleado con 茅l durante muchos a帽os anteriormente. Creo que era muy rebelde. No obstante, no estaba en manos de don Ambrose poder desheredarlo ya que Clodderham Court pasaba de padres a hijos. Martin Bercy hered贸 el t铆tulo y la hacienda. Sin embargo, don Ambrose ten铆a bastantes propiedades m谩s que pod铆a dejar a quien quisiera y que dej贸 a su pupila Sylvia. S茅 que don Ambrose falleci贸 al cabo de medio a帽o de haber sucedido lo que les estoy contando y no se tom贸 la molestia de hacer nuevo testamento despu茅s de la muerte de Sylvia. Creo que el dinero pas贸 a la Corona, o tal vez a su hijo como pariente m谩s cercano, no lo recuerdo exactamente.
-De modo que los 煤nicos que pod铆an realmente beneficiarse de la muerte de don Ambrose eran un hijo que no estaba all铆 y la muchacha que falleci贸 -resumi贸 don Henry, pensativo-. No resulta muy prometedor.
-¿La otra mujer no hered贸 nada? -pregunt贸 Jane-. 脡sa que la se帽ora Bantry califica de “gata”.
-En el testamento no constaba su nombre -dijo la se帽ora Bantry.
-Se帽orita Marple, no nos escucha usted -le dijo don Henry-, parece estar muy lejos.
-Estaba pensando en el anciano se帽or Badger, el farmac茅utico -contest贸 la aludida-. Ten铆a un ama de llaves muy joven, lo suficiente no s贸lo para ser su hija, sino para ser su nieta. No dijo una palabra a nadie, y su familia y un mont贸n de sobrinos abrigaban la esperanza de heredarlo. Y cuando falleci贸, ¿quieren ustedes creerlo?, llevaba dos a帽os casado con ella en secreto. Claro que el se帽or Badger era farmac茅utico y tambi茅n un hombre muy rudo y vulgar, y don Ambrose Bercy un caballero muy fino, seg煤n dice la se帽ora Bantry, pero en conjunto la naturaleza humana es la misma en todas partes.
Hubo una pausa, durante la cual don Henry mir贸 fijamente a la se帽orita Marple, quien no apart贸 sus ojos azules e inteligentes hasta que Jane Helier rompi贸 el silencio con una pregunta.
-¿La se帽ora Carpenter era bien parecida? -pregunt贸.
-S铆, pero sencilla, nada llamativa.
-Ten铆a una voz muy agradable -dijo el coronel Bantry.
-Ronroneante, as铆 es como yo la llamo -intervino la se帽ora Bantry-. ¡Ronroneante!
-A ti tambi茅n van a llamarte “gata” cualquier d铆a de estos, Dolly.
-Me gusta serlo en mi casa -replic贸 ella-. De todas formas, ya sabes que no me gustan mucho las mujeres. S贸lo los hombres y las flores.
-Un gusto excelente -exclam贸 don Henry-. Especialmente por haber nombrado a los hombres en primer lugar.
-Eso fue por delicadeza -respondi贸 la se帽ora Bantry-. Bueno, ¿qu茅 me dicen de mi problemita? Me parece que he jugado limpio, Arthur. ¿No crees que he jugado muy limpio?
-S铆, querida. Pero no creo que haya una investigaci贸n sobre la limpieza de la carrera por los comisarios del Jockey Club.
-Usted primero -dijo la se帽ora Bantry se帽alando a don Henry.
-Tal vez me extienda excesivamente en mis deducciones, ya que no tengo ninguna seguridad en este caso. Primero consideremos a don Ambrose. No creo que empleara un m茅todo tan original para suicidarse, y por otro lado no ganaba nada con la muerte de su pupila. Descartado don Ambrose. Ahora el se帽or Curie. No ten铆a motivos para matar a la joven. De haber sido don Ambrose su presunta v铆ctima, posiblemente hubiera robado un par de manuscritos raros que nadie hubiera echado de menos. Es una teor铆a muy cogida por los pelos y poco probable. De modo que considero que, a pesar de las sospechas de la se帽ora Bantry en cuanto a su ropa interior, el se帽or Curie queda eliminado. La se帽orita Wye. ¿Motivos para matar a don Ambrose? Ninguno. ¿Motivos para matar a Sylvia? Poderosos. Ella quer铆a al prometido de Sylvia con locura, seg煤n dice la se帽ora Bantry. Aquella ma帽ana estuvo en el jard铆n con Sylvia, de modo que tuvo oportunidad de coger las hojas. No, no podemos descartar a la se帽orita Wye as铆 como as铆 y tampoco al joven Lorimer. Existen motivos en ambos casos. Si se deshace de su novia puede casarse con la otra. No obstante, me parece excesivo asesinarla. ¿Qu茅 significa hoy en d铆a la ruptura de un compromiso? Si muere don Ambrose, se casar谩 con una mujer rica en vez de con una pobre. Eso puede tener importancia o no, depende de su situaci贸n econ贸mica. Si descubro que sus propiedades estaban hipotecadas y la se帽ora Bantry nos ha ocultado deliberadamente este detalle, no habr谩 sido juego limpio. Ahora la se帽ora Carpenter. Sospecho de la se帽ora Carpenter. Esas manos tan blancas y su magn铆fica coartada en el momento en que fueron cogidas las hojas. Siempre desconf铆o de las coartadas. Y tengo otra raz贸n para sospechar de ella, que me reservo. No obstante, a grosso modo, si tuviera que acusar a alguien ser铆a a la se帽orita Maud Wye ya que tenemos m谩s pruebas contra ella que contra nadie.
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-Ahora usted -dijo la se帽ora Bantry se帽alando al doctor Lloyd.
-Creo que se equivoca usted, Clithering, al aferrarse a la teor铆a de que la muerte de la joven fuese intencionada. Estoy convencido de que el asesino intentaba deshacerse de don Ambrose. No creo que el joven Lorimer tuviera los conocimientos necesarios y me siento inclinado a creer que la culpa fue de la se帽ora Carpenter. Llevaba mucho tiempo en la casa, conoc铆a el estado de salud de don Ambrose y pudo disponer con facilidad que esa joven Sylvia (que usted misma dice que era bastante est煤pida) cogiera las hojas adecuadas. Confieso que no veo qu茅 motivos pudo tener, pero me aventuro a suponer que, en otro tiempo, don Ambrose hizo un testamento en que era mencionada. Es lo mejor que se me ocurre.
La se帽ora Bantry pas贸 a se帽alar a Jane Helier.
-Yo no s茅 qu茅 decir -dijo Jane-, excepto esto: ¿Por qu茅 no pudo haberlo hecho la propia muchacha? Despu茅s de todo, ella llev贸 las hojas a la cocina. Y usted dice que don Ambrose se hab铆a opuesto al noviazgo. Al morir 茅l, conseguir铆a el dinero para poder casarse en seguida. Deb铆a conocer el estado de salud de don Ambrose tan bien como la se帽ora Carpenter.
El 铆ndice de la se帽ora Bantry se帽al贸 a la se帽orita Marple.
-Ahora usted, la profesora -le dijo.
-Don Henry lo ha expresado todo claramente, muy claramente -dijo la se帽orita Marple-. Y el doctor Lloyd tambi茅n tuvo raz贸n en lo que dijo. Entre los dos lo han dejado todo bien claro. S贸lo que no creo que el doctor Lloyd haya comprendido lo que implica algo que 茅l mismo ha dicho. Veamos, al no ser el m茅dico habitual de don Ambrose, no pod铆a saber exactamente qu茅 clase de afecci贸n cardiaca padec铆a, ¿no les parece?
-No acabo de comprender lo que quiere usted decir, se帽orita Marple -dijo el doctor Lloyd.
-Usted supone que don Ambrose ten铆a un coraz贸n al que le afectar铆a la digitalina, pero no hay nada que lo pruebe. Pudo ser todo lo contrario.
-¿Lo contrario?
-S铆, usted dijo que a menudo se receta digitalina para ciertas afecciones del coraz贸n.
-Aunque as铆 sea, se帽orita Marple, no veo ad贸nde quiere usted ir a parar.
-Pues significar铆a que pod铆a tener digitalina en su poder con toda naturalidad, sin dar explicaciones. Lo que trato de decir (siempre me expreso tan mal), es esto: Supongamos que usted deseara envenenar a alguien con una dosis mortal de digitalina. ¿No ser铆a lo m谩s sencillo y el medio m谩s f谩cil procurar que todos sufrieran un envenenamiento producido por hojas de dedalera, que contienen digitalina? No ser铆a fatal para ninguno de los otros, pero nadie se sorprender铆a de que hubiera una v铆ctima ya que, como ha dicho el doctor Lloyd, estas cosas son muy imprecisas. Nadie se molestar铆a en averiguar si la joven hab铆a tomado ya previamente una dosis fatal de digitalina. Pudo pon茅rsela en un combinado, en el caf茅 o incluso hac茅rselo beber simplemente como un t贸nico.
-¿Quiere usted decir que don Ambrose envenen贸 a su pupila, la encantadora joven a la que tanto apreciaba?
-Exactamente -replic贸 la se帽orita Marple-. Igual que el se帽or Badge y su joven ama de llaves. No me digan que es absurdo que un hombre de sesenta a帽os se enamore de una joven de veinte. Sucede cada d铆a, y me atrevo a decir que un aut贸crata como don Ambrose pudo tom谩rselo muy a pecho. Esas cosas a veces se convierten en una obsesi贸n. No pod铆a soportar la idea de verla casada. Hizo cuanto pudo por evitarlo y fracas贸. Sus celos crecieron de tal modo que prefiri贸 matarla antes de dejar que se casara con el joven Lorimer. Deb铆a haberlo planeado bastante antes, ya que las semillas de dedalera tuvieron que ser sembradas entre la salvia. Cuando lleg贸 la ocasi贸n, 茅l mismo las cogi贸 y envi贸 a Sylvia con ellas a la cocina. Es horrible pensarlo, pero supongo que debemos juzgarle con toda la benevolencia que podamos. Los hombres de edad son algunas veces muy suyos en lo que se refiere a las chicas jovencitas. Nuestro 煤ltimo organista… pero no hablemos m谩s de los esc谩ndalos.
-Se帽ora Bantry -pregunt贸 don Henry-. ¿Fue as铆?
La se帽ora Bantry asinti贸.
-S铆, yo no ten铆a la menor idea, nunca pens茅 que pudiera tratarse de otra cosa m谩s que de un accidente. Luego, despu茅s de la muerte de don Ambrose, recib铆 una carta. Hab铆a dejado instrucciones para que me fuera enviada y en ella me contaba la verdad. No s茅 por qu茅, pero 茅l y yo siempre nos hab铆amos llevado muy bien.
Durante el moment谩neo silencio percibi贸 una cr铆tica callada y se apresur贸 a agregar:
-Ustedes creen que estoy traicionando una confidencia, pero no es as铆. He cambiado todos los nombres. En realidad, no se llamaba don Ambrose Bercy. ¿No se dieron cuenta de la extra帽eza con que me mir贸 Arthur cuando dije el nombre por primera vez? Al principio no me entend铆a. Lo he cambiado todo. Como dicen en las revistas y al principio de las novelas: “Todos los personajes que aparecen en esta historia son puramente imaginarios”. Nunca sabr谩n ustedes qui茅nes fueron en realidad.
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