¡Hola, lectores literarios! Estrenamos un nuevo relato del maestro alem谩n, Hermann Hesse. En esta oportunidad, nos presenta la historia de Frederick, un hombre racionalista y devoto de la ciencia, quien se enfrenta a una crisis cuando su amigo Erwin le presenta un concepto que desaf铆a su visi贸n del mundo: la magia. Una historia que explora el conflicto entre la raz贸n y el misticismo, la resistencia al cambio y la inevitable transformaci贸n del pensamiento humano ¡Leamos!
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Imagen tomada de Pinterest. |
DENTRO Y FUERA
Hab铆a una vez un hombre llamado Frederick; se dedicaba a tareas intelectuales y pose铆a una amplia extensi贸n de conocimientos. Sin embargo, no todos los conocimientos significaban lo mismo para 茅l, ni apreciaba cualquier actividad intelectual. Ten铆a preferencia por un cierto tipo de pensamiento, desde帽ando y detestando los otros. Sent铆a un profundo amor y respeto por la l贸gica -ese m茅todo admirable- y, en general, por lo que 茅l llamaba “ciencia”.
“Dos y dos son cuatro -acostumbraba a decir-. Esto es lo que creo; y el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de esta verdad.”
No ignoraba, sin duda, que exist铆an otras clases de pensamiento y cultura; pero no los consideraba como “ciencia”, y ten铆a una pobre opini贸n de ellos. Aunque librepensador, no era intolerante con la religi贸n. La religi贸n estaba fundada en un t谩cito acuerdo entre cient铆ficos. Durante varios siglos su ciencia hab铆a abarcado casi todo lo que exist铆a sobre la tierra y era digno de conocerse, con una sola excepci贸n: el alma humana. Con el transcurso del tiempo, se convirti贸 en costumbre abandonar esta materia a la religi贸n, y permitir sus especulaciones sobre el alma, aunque sin considerarlas seriamente. Seg煤n esto, Frederick era tambi茅n tolerante en lo referente a la religi贸n; no obstante, todo lo que significaba superstici贸n le era profundamente odioso y repugnante. Pueblos lejanos, incultos y retrasados pod铆an recurrir a ella; en la remota antig眉edad pod铆a admitirse el pensamiento m铆stico o m谩gico; pero con el nacimiento de la ciencia y de la l贸gica esas anticuadas y dudosas herramientas carec铆an de sentido.
Eso es lo que dec铆a y lo que pensaba. Cuando alg煤n vestigio de superstici贸n aparec铆a ante 茅l, se encolerizaba Y sent铆a como s铆 hubiese sido atacado por algo hostil.
No obstante, lo que m谩s le irritaba era hallar tales vestigios entre hombres de su propia clase, educados y versados en los principios del pensamiento cient铆fico. Y nada le era tan doloroso e intolerable como el concepto escandaloso -que hab铆a o铆do recientemente formulado y discutido incluso por hombres de gran cultura-, la idea absurda de que el “pensamiento cient铆fico” no era posiblemente un hecho supremo, independiente del tiempo, eterno, preordenado e inexpugnable, sino s贸lo uno de tantos, una transitoria manera de pensar, no impenetrable al cambio y a la decadencia. Esa creencia irreverente, destructiva y venenosa se extend铆a; ni el propio Frederick era capaz de negarlo; hab铆a surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la guerra, la revoluci贸n, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual escritura de una blanca mano sobre un blanco muro.
Mientras m谩s sufr铆a Frederick por la existencia de esa idea y por lo profundamente que lograba afligirle, m谩s apasionadamente la atacaba, tanto a ella como a aqu茅llos a quienes sospechaba sus secretos defensores. Hasta entonces s贸lo muy pocas personas verdaderamente cultivadas hab铆an proclamado abierta y francamente su fe en la nueva doctrina, que parec铆a destinada, de lograr difusi贸n y fuerza, a destruir todos los valores espirituales sobre la tierra y a provocar el caos. Pero la situaci贸n no hab铆a llegado a煤n a tal extremo y los dispersos mantenedores eran tan pocos en n煤mero que cab铆a considerarlos como casos singulares y exc茅ntricos, elementos peculiares. Pero una gota del veneno, una emanaci贸n de esa idea, pod铆a ser percibida en cualquier momento. De un modo u otro pod铆an surgir entre el pueblo y los medios cultivados una serie de nuevas doctrinas esot茅ricas, con sus sectas y disc铆pulos; el mundo estaba lleno de ellas, por doquier se ve铆a amenazado por la superstici贸n, el misticismo, los cultos espirituales y otras fuerzas misteriosas, a las cuales era necesario combatir; pero la ciencia, por un particular sentimiento de debilidad, les hab铆a concedido hasta el presente v铆a libre.
Un d铆a, Frederick visit贸 a uno de sus amigos, con quien frecuentemente hab铆a investigado. Hac铆a alg煤n tiempo que no lo hab铆a visto. Mientras iba subiendo por la escalera de la casa, intent贸 recordar cu谩ndo y d贸nde hab铆a estado por 煤ltima vez en compa帽铆a de su amigo, pero, aunque se enorgullec铆a de su excelente memoria, no lo consegu铆a. Imperceptiblemente molesto y malhumorado, mientras aguardaba ante la puerta de su amigo intent贸 liberarse de esta sensaci贸n.
Apenas hab铆a saludado a Erwin, su amigo, cuando advirti贸 en su cordial semblante una cierta aunque reprimida sonrisa, que le pareci贸 advertir por primera vez. Apenas vio aquella sonrisa, en cierto modo burlona u hostil pese a su apariencia amistosa, record贸 inmediatamente lo que estuvo buscando infructuosamente en su memoria: su 煤ltimo y anterior encuentro con Erwin. Record贸 que se hab铆an separado sin haber discutido, desde luego, pero con una sensaci贸n de discordia interna y disgusto, porque Erwin hab铆a prestado entonces muy escaso apoyo a sus ataques contra los dominios de la superstici贸n.
Era extra帽o. ¿C贸mo pod铆a haber olvidado aquello por completo? Comprendi贸 tambi茅n que 茅sa era la 煤nica raz贸n de haber evitado a su amigo durante tanto tiempo, simplemente ese descontento, y que desde el principio hab铆a sido consciente de ello, aunque se invent贸 una multitud de excusas para el repetido aplazamiento de esta visita.
Ahora se enfrentaban el uno al otro; Frederick sinti贸 que la peque帽a grieta de aquel d铆a hab铆a experimentado un tremendo ensanchamiento. Intuy贸 que algo fallaba entre 茅l y Erwin, algo que hasta entonces siempre estuvo presente: un aura de solidaridad, de espont谩nea comprensi贸n, de afecto incluso. Ahora exist铆a un vac铆o. Se saludaron; hablaron del tiempo, de sus conocidos, de su salud y -Dios sabe por qu茅- a cada palabra Frederick tuvo la molesta sensaci贸n de que no comprend铆a bien a su amigo, de que Erwin no lo conoc铆a realmente, de que sus palabras estaban errando el blanco, de que no era posible hallar ninguna base com煤n para una verdadera conversaci贸n. Con mayor motivo por cuanto Erwin exhib铆a a煤n en su rostro aquella amistosa sonrisa, que Frederick estaba empezando casi a odiar.
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Durante una pausa en la laboriosa conversaci贸n, Frederick mir贸 en torno suyo al estudio que conoc铆a tan bien y vio una hoja de papel clavada con un alfiler en la pared. Esta imagen lo conmovi贸 extra帽amente y despert贸 antiguos recuerdos: hac铆a mucho tiempo, en sus a帽os de estudiante, Erwin ten铆a ese h谩bito, a veces, para conservar el dicho de un pensador o el verso de un poeta frescos en su mente. Se levant贸 y se dirigi贸 hacia la pared para leer el papel.
All铆, en la bella escritura de Erwin, ley贸 las siguientes palabras: “Nada est谩 fuera, nada est谩 dentro; pues lo que est谩 fuera est谩 dentro”.
P谩lido, permaneci贸 inm贸vil durante un momento. ¡All铆 estaba! ¡Eso era lo que tem铆a! En otra ocasi贸n habr铆a ignorado aquella hoja de papel, la habr铆a tolerado caritativamente como una genialidad, como una debilidad inocente a la que cualquiera estaba expuesto, quiz谩 como un fr铆volo sentimentalismo que ped铆a indulgencia. Pero ahora era diferente. Sinti贸 que esas palabras no hab铆an sido escritas por un fugaz impulso po茅tico, no era por capricho que Erwin hab铆a vuelto despu茅s de tantos a帽os a la pr谩ctica de su juventud. ¡Aquella frase era una confesi贸n de misticismo!
Lentamente se volvi贸 para mirarle el rostro, cuya sonrisa era de nuevo radiante.
-¡Expl铆came esto! -exigi贸.
Erwin hizo un gesto afirmativo con la cabeza, lleno de amistad.
-¿Nunca has le铆do este dicho?
-¡Naturalmente! -grit贸 Frederick-. Claro que lo conozco. Es misticismo, es gnosticismo. Quiz谩 sea po茅tico, pero… ¡De todas formas, expl铆camelo, y dime por qu茅 lo has puesto en la pared!
-Con mucho gusto -dijo Erwin-. El dicho es una primera introducci贸n a una epistemolog铆a que he estado investigando 煤ltimamente, y que me ha proporcionado ya muchas satisfacciones.
Frederick reprimi贸 su arrebato. Pregunt贸:
-¿Una nueva epistemolog铆a? ¿Qu茅 es? ¿C贸mo se llama?
-¡Oh -contest贸 Erwin-, 煤nicamente es nueva para m铆. Es ya muy antigua y venerable. Se llama magia.
La palabra hab铆a sido pronunciada. Asombrado y sobrecogido por tan c谩ndida confesi贸n, Frederick comprendi贸 con un estremecimiento que se hallaba enfrentado cara a cara con el archienemigo en la persona de Erwin. No sab铆a si estaba m谩s cerca de la rabia o de las l谩grimas; lo pose铆a un amargo sentimiento de irreparable p茅rdida. Durante una larga pausa permaneci贸 callado.
Luego, con pretendida decisi贸n en la voz, atac贸:
-¿As铆 que deseas ahora convertirte en un mago?
-S铆 -contest贸 Erwin sin vacilar.
-Una especie de aprendiz de brujo, ¿eh?
-Ciertamente.
Hubo tanta quietud que pod铆a o铆rse el tictac de un reloj en la habitaci贸n contigua.
Frederick agreg贸 despu茅s:
-Esto significa que abandonas toda relaci贸n con la ciencia seria y, por tanto, toda relaci贸n conmigo.
-Espero que no sea as铆 -contest贸 Erwin-. Pero si no hay otro remedio, ¿qu茅 puedo hacer?
-¿Qu茅 puedes hacer? -estall贸 Frederick-. ¡Rompe, rompe de una vez por todas con esa puerilidad, con esa vil y despreciable creencia en la magia! Eso puedes hacer, si deseas conservar mi respeto.
Erwin sonri贸 un poco, aunque tambi茅n su alegr铆a se hab铆a desvanecido.
-Hablas como si… -murmur贸, tan suavemente que a trav茅s de sus quedas palabras la irritada voz de Frederick a煤n parec铆a resonar por toda la habitaci贸n-, hablas como si eso estuviese dentro de mi voluntad, como si me quedara elecci贸n, Frederick. No es 茅se el caso. No tengo, ninguna elecci贸n. No fui yo quien escogi贸 la magia: ella me escogi贸 a m铆.
Frederick suspir贸, profundamente.
-Entonces, adi贸s -dijo hastiadamente, y se levant贸 sin ofrecerle su mano.
-¡As铆, no! -exclam贸 Erwin-. No debes separarte de m铆 de ese modo. Imagina que uno de nosotros yace en su lecho de muerte -¡y en verdad que as铆 es!-, y que debemos decirnos adi贸s.
-¿Pero qui茅n de nosotros va a morir, Erwin?
-Hoy probablemente yo, amigo m铆o. Cualquiera que desee nacer de nuevo, debe estar preparado para morir.
Una vez m谩s Frederick se dirigi贸 a la hoja de papel y ley贸 el dicho.
-Muy bien -admiti贸 al fin-. Tienes raz贸n, no sirve para nada separarnos con ira. Har茅 lo que deseas; imaginar茅 que uno de nosotros se est谩 muriendo. Antes de irme, quiero pedirte una 煤ltima cosa.
-Me alegro -repuso Erwin-. Dime, ¿qu茅 atenci贸n puedo demostrarte en nuestra despedida?
-Repito mi primera pregunta, y 茅sta es tambi茅n mi petici贸n: expl铆came ese dicho lo mejor que puedas.
Erwin reflexion贸 un momento y luego dijo:
-Nada est谩 fuera, nada est谩 dentro. Conoces el significado religioso de esto: Dios est谩 en todas partes. Est谩 en el esp铆ritu y tambi茅n en la naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recib铆a el nombre de pante铆smo. En lo que concierne al significado filos贸fico, estamos acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo, esto no es necesario. Nuestro esp铆ritu es capaz de superar los l铆mites que hemos fijado para 茅l, en el M谩s All谩. M谩s all谩 del par de ant铆tesis que constituye nuestro mundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento… Pero, mi querido amigo, debo confesarte que desde que mi pensamiento ha cambiado ya no existen para m铆 palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de significados. Y ah铆 empieza lo que temes… la magia.
Frederick. frunci贸 las cejas y estuvo a punto de interrumpirle. Pero Erwin lo mir贸 de forma desarmante y continu贸, hablando m谩s distintamente:
-D茅jame darte un ejemplo. Ll茅vate algo m铆o, cualquier objeto, y exam铆nalo un poco de cuando en cuando. Pronto el principio del dentro y el fuera te revelar谩 uno de sus muchos significados.
Dio una ojeada en tomo a la habitaci贸n, tom贸 una peque帽a estatuilla de arcilla de un anaquel, y se la dio a Frederick, diciendo:
-Toma esto como regalo de despedida. ¡Cuando este objeto que coloco en tus manos cese de estar fuera de ti y est茅 dentro de ti, ven a m铆 de nuevo! ¡Pero si permanece fuera de ti, tal como est谩 ahora, para siempre, entonces esta separaci贸n tuya de m铆 ser谩 tambi茅n para siempre!
Frederick quiso hablar todav铆a, pero Erwin tom贸 su mano, la estrech贸, y se despidi贸 de 茅l con una expresi贸n que no admit铆a r茅plica.
Frederick se retir贸; descendi贸 la escalera (¡qu茅 largo le pareci贸 el tiempo desde que la hab铆a subido!); se dirigi贸 a trav茅s de las calles a su casa, perplejo y angustiado, con la peque帽a figura de barro en la mano.
Se detuvo frente a su morada, apret贸 fieramente el pu帽o sobre la estatuilla durante un momento, y sinti贸 un irresistible impulso de romper el rid铆culo objeto contra el suelo. Nunca se hab铆a sentido tan agitado, tan movido por emociones antag贸nicas.
Busc贸 un lugar para el obsequio de su amigo, y puso la figura en la parte superior de un estante de su librer铆a. Por el momento la dej贸 all铆.
Ocasionalmente, seg煤n fueron pasando los d铆as, la mir贸, meditando sobre ella y sus or铆genes, considerando el significado que tan disparatado objeto iba a tener para 茅l. Se trataba de una peque帽a figura que representaba un hombre, o un dios, o un 铆dolo , con dos rostros, como el dios romano Jano, modelada m谩s bien toscamente en arcilla y cubierta con un barniz tostado y algo cuarteado. La peque帽a imagen ten铆a un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza inferior y primitiva de 脕frica o de los Mares del Sur. Los dos rostros, que eran exactamente iguales, mostraban una sonrisa ap谩tica, indolente y d茅bilmente burlona; el peque帽o gnomo prodigaba su est煤pida sonrisa de modo en especial desagradable.
Frederick no pudo acostumbrarse a la figura. Le resultaba totalmente inest茅tica y ofensiva, se interpon铆a en su camino, lo turbaba. Ya al d铆a siguiente la tom贸 para dejarla sobre la estufa, y pocos d铆as despu茅s la traslad贸 a un aparador. Pero una y otra vez aparec铆a en el campo de su visi贸n, como si le estuviese imponiendo su presencia; se re铆a de 茅l fr铆a y est煤pidamente, se daba tono, exig铆a atenci贸n. Tras unas cuantas semanas la puso en la antec谩mara, entre las fotograf铆as de Italia y los recuerdos triviales que jam谩s miraba nadie. Ahora, al menos, s贸lo ve铆a al 铆dolo al entrar o al salir, pasaba junto a 茅l r谩pidamente, sin prestarle atenci贸n. Pero, tambi茅n all铆 el objeto lo fastidiaba, aunque no quiso admitirlo.
Con aquel juguete, con aquella monstruosidad de dos caras, la vejaci贸n y el tormento hab铆an entrado en su vida.
Un d铆a, meses m谩s tarde, regres贸 de un corto viaje. Emprend铆a ahora tales excursiones de cuando en cuando, como si algo lo empujase secretamente. Entr贸 en su casa, atraves贸 la antec谩mara, fue saludado por la criada, y ley贸 las cartas que lo aguardaban. Pero segu铆a intranquilo, como si hubiera olvidado algo importante; ning煤n libro lo tentaba, ning煤n sill贸n era c贸modo. Empez贸 a torturar su mente, ¿cu谩l era la causa? ¿Hab铆a descuidado algo importante? ¿Comido algo que pudiese trastornarlo? Al reflexionar, descubri贸 que esta sensaci贸n de inquietud hab铆a aparecido al entrar en el apartamento. Volvi贸 a la antec谩mara e involuntariamente su primera mirada busc贸 la figura de arcilla.
Un extra帽o terror se apoder贸 de 茅l al no ver al 铆dolo. Hab铆a desaparecido. No estaba. ¿Se hab铆a marchado caminando con sus peque帽as piernas de barro? ¿Hab铆a volado? ¿Desapareci贸 por artes m谩gicas?
Frederick recobr贸 la calma y sonri贸 ante su nerviosismo. Luego empez贸 a buscar tranquilamente por toda la habitaci贸n. Al no encontrar nada, llam贸 a la criada. Parec铆a turbada, y admiti贸 en seguida que se le hab铆a ca铆do el objeto mientras limpiaba.
-¿D贸nde est谩?
Ya no estaba en ninguna parte. Tan s贸lido como aparentaba ser el peque帽o objeto, ella lo tuvo a menudo en sus manos. Sin embargo, se hab铆a roto en mil pedazos. Llev贸 los fragmentos a un taller, donde simplemente se rieron de ella. Luego los hab铆a tirado.
Frederick despidi贸 a la criada. Sonri贸. Se sent铆a contento. ¡Qu茅 poco le importaba el 铆dolo! La abominaci贸n hab铆a desaparecido; ahora tendr铆a paz. ¿Por qu茅 no habr铆a deshecho el objeto a golpes desde el primer d铆a? ¡C贸mo hab铆a sufrido todo aquel tiempo! ¡De qu茅 forma indolente, extra帽a, astuta, perversa, diab贸lica le hab铆a sonre铆do el 铆dolo! Ahora que hab铆a desaparecido, pod铆a admitir la verdad: hab铆a temido verdadera y sinceramente a aquel dios de barro. ¿No era emblema y s铆mbolo de todo cuanto le era repugnante e intolerable, de todo cuanto reconoci贸 siempre como pernicioso, hostil y digno de supresi贸n? ¿Un estandarte de todas las supersticiones, de todas las tinieblas, de toda coerci贸n de la conciencia y el esp铆ritu? ¿No representaba la horrible fuerza que se siente a veces bramando en las entra帽as de la tierra, ese lejano terremoto, esa pr贸xima extinci贸n de la cultura, ese naciente caos? ¿No le hab铆a robado aquella despreciable figura a su mejor amigo, es m谩s, no robado, sino convertido en enemigo? Ahora el objeto hab铆a desaparecido. Desvanecido. Roto en mil pedazos. Acabado. Era mucho mejor que si lo hubiera destruido por s铆 mismo.
Eso pens贸, o dijo. Y volvi贸 a sus asuntos como antes.
Pero la maldici贸n persisti贸. Justamente cuando hab铆a conseguido acostumbrarse m谩s o menos a aquella rid铆cula figura, precisamente cuando verla en su lugar habitual en la mesa de la antec谩mara se le hab铆a hecho gradualmente familiar y nada importante, era cuando su ausencia empez贸 a atormentarlo. S铆, la echaba de menos cada vez que cruzaba aquella estancia; ve铆a constantemente el espacio vac铆o donde hab铆a estado, y el vac铆o emanaba de aquel lugar y llenaba la habitaci贸n entera.
Malos d铆as y peores noches empezaron para Frederick. Ya no pod铆a atravesar la antec谩mara sin pensar en el 铆dolo de las dos caras, sin echarlo de menos, sin sentir que sus pensamientos estaban unidos a 茅l. Una ag贸nica obsesi贸n creci贸 en su interior. Y no era simplemente al cruzar aquel cuarto cuando se sent铆a prisionero de su obsesi贸n. De la misma forma en que el vac铆o y la desolaci贸n irradiaban del ahora vac铆o lugar en la mesa de la antec谩mara, aquella idea obsesiva irradiaba dentro de 茅l, empujaba todo lo dem谩s a un lado, encon谩ndolo y llen谩ndolo de extra帽eza y desolaci贸n.
Una y otra vez imagin贸 la figura con suma claridad, para demostrarse a s铆 mismo lo absurdo de afligirse por su p茅rdida. Pudo verla en toda su est煤pida fealdad y barbarie, con su vacua pero astuta sonrisa, con sus dos caras; impulsado como por una coacci贸n, lleno de odio y con la boca torcida, se descubri贸 a s铆 mismo intentando reproducir aquella sonrisa. Le incomodaba la duda de si las dos caras eran en realidad exactamente iguales. ¿No ten铆a una de ellas, quiz谩 simplemente por una peque帽a aspereza o cuarteo en el barniz, una expresi贸n algo distinta? ¿Algo raro? ¿Algo enigm谩tico? ¡Qu茅 peculiar era el color de aquel barniz! El verde y el azul y el gris, pero tambi茅n el rojo, se mezclaban en 茅l. Era un barniz que ahora hallaba a menudo en otros objetos, en una reflexi贸n del sol de la ventana o en los reflejos de un h煤medo pavimento.
Cavilaba mucho sobre aquel barniz, incluso por la noche. Le extra帽贸 igualmente lo extra帽a, rara, malsonante, poco familiar, casi maligna que era la palabra “barniz”. La analiz贸 hasta invertir el orden de sus letras. Entonces le铆a “zinrab”. Pero, ¿de d贸nde demonios tomaba su sonido aquella palabra? Conoc铆a la palabra “zinrab”, por supuesto que s铆; adem谩s, era una palabra hostil y mala, una palabra con perversas e inquietantes implicaciones. Durante mucho tiempo lo atorment贸 esa pregunta. Finalmente dio con la respuesta: “zinrab” le recordaba un libro que hab铆a comprado y le铆do hac铆a muchos a帽os durante un viaje, y que lo hab铆a aterrado, atormentado, pero fascinado secretamente; se titulaba Princesa Zinraka. Era como una maldici贸n: todo lo relacionado con la estatuilla -el barniz, el azul, el verde, la sonrisa- significaba hostilidad, eran sin贸nimos de torturas y venenos. ¡De qu茅 forma tan peculiar en otro tiempo Erwin, su amigo, hab铆a sonre铆do mientras pon铆a el 铆dolo en su mano! Una forma muy peculiar, muy significativa, muy hostil.
Frederick resisti贸 valientemente -y muchos d铆as no sin 茅xito- la tendencia obsesiva de sus pensamientos. Present铆a el peligro claramente: ¡volverse loco! No, era mejor morir. La raz贸n es necesaria, la vida no. Y se le ocurri贸 que quiz谩 eso era la magia, que Erwin, con la ayuda de aquella figura, lo hab铆a encantado en cierto modo, y que deber铆a sucumbir en un sacrificio como el defensor de la raz贸n y la ciencia contra aquellos funestos poderes. Sin embargo, de ser as铆, si eso era posible, la magia exist铆a, la hechicer铆a exist铆a. ¡No, mejor era morir!
Un m茅dico le recomend贸 paseos y ba帽os. A veces, en busca de distracci贸n, pasaba la noche en una posada. Pero no le sirvi贸 de nada. Maldec铆a a Erwin y se maldec铆a a s铆 mismo.
Una noche, como sol铆a hacer ahora con frecuencia, se retir贸 temprano y estuvo inquieto en la cama, imposibilitado de dormir. Se sent铆a indispuesto e intranquilo. Deseaba meditar, deseaba hallar tranquilidad, decirse cosas reconfortantes, tranquilizadoras, frases de recta serenidad y claridad. “Dos y dos son cuatro”. Nada vino a su mente; en un estado casi de delirio musit贸 sonidos y s铆labas para s铆. Gradualmente las palabras se formaron en sus labios, y varias veces, sin comprender su significado, repiti贸 la misma frase para s铆, como si hubiese tomado forma en 茅l de alg煤n modo. La murmur贸 una y otra vez, como si absorbiese una droga, como si en ella buscase a tientas su camino hacia el sue帽o que lo elud铆a en el estrecho sendero que bordeaba el abismo.
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Pero s煤bitamente, al levantar un poco la voz, las palabras que estaba musitando penetraron en su conciencia. Las conoc铆a: “¡S铆, ahora est谩s dentro de m铆!” E instant谩neamente comprendi贸. ¡Supo lo que significaban, que se refer铆an al 铆dolo de arcilla, que entonces, en aquella hora gris de la noche, se hab铆a cumplido puntual y exactamente la profec铆a que Erwin le hab铆a hecho un espantoso d铆a, que la figura que sostuvo desde帽osamente en sus dedos ya no estaba fuera de 茅l sino dentro de 茅l! “Pues lo que est谩 fuera est谩 dentro”.
Incorpor谩ndose de un salto, experiment贸 como si le estuvieran haciendo una transfusi贸n de hielo y fuego. El mundo vacilaba a su alrededor, los planetas lo miraban fija y alocadamente. Encendi贸 la luz, se puso algunas ropas, abandon贸 su casa y corri贸 en plena noche hacia la casa de Erwin. Vio una luz encendida en la ventana del estudio que conoc铆a tan bien; la puerta de la casa estaba abierta: todo parec铆a estar esper谩ndolo. Subi贸 precipitadamente la escalera. Penetr贸 con paso inseguro en el estudio de Erwin y se apoy贸 con temblorosas manos sobre la mesa. Erwin se hallaba sentado junto a la l谩mpara, bajo su suave luz, pensativo y sonriente.
Cort茅smente Erwin se puso en pie.
-Has venido. Eso est谩 bien.
-¿Has estado esper谩ndome? -pregunt贸 Frederick.
-He estado esper谩ndote, como sabes, desde el momento en que te fuiste de aqu铆 con mi peque帽o obsequio. ¿Ha sucedido lo que dije entonces?
-Ha sucedido -admiti贸-. El 铆dolo est谩 dentro de m铆. Ya no puedo soportarlo m谩s.
-¿Puedo ayudarte? -pregunt贸 Erwin.
-No lo s茅. Haz lo que quieras. ¡Expl铆came m谩s acerca de tu magia. Dime si el 铆dolo puede salir de m铆 otra vez.
Erwin puso su mano sobre el hombro de su amigo. Lo condujo hacia un sill贸n y lo oblig贸 a sentarse en 茅l. Luego dijo cordialmente, en un casi fraternal tono de voz:
-El 铆dolo saldr谩 de ti otra vez. Ten confianza en m铆. Ten confianza en ti mismo. Has aprendido a creer en 茅l. ¡Ahora aprende a amarlo! Est谩 dentro de ti, pero contin煤a muerto, es aun un fantasma para ti. ¡Despi茅rtalo, h谩blale, preg煤ntale! ¡Pues es t煤 mismo! ¡No lo odies, no le temas, no lo atormentes! ¡C贸mo has atormentado a ese pobre 铆dolo, que sin embargo eras t煤 mismo! ¡C贸mo te has atormentado a ti mismo!
-¿Es 茅se el camino de la magia? -pregunt贸 Frederick. Se hallaba profundamente hundido en el sill贸n, como si hubiera envejecido, y su voz era d茅bil.
-Ese es el camino -contest贸 Erwin-, y quiz谩 has dado ya el paso m谩s dif铆cil. Has hallado por experiencia que el fuera puede convertirse en el dentro. Has estado m谩s all谩 del par de ant铆tesis. ¡Te pereci贸 el infierno; aprende ahora, amigo m铆o, qu茅 es el cielo!. Porque es el cielo el que te espera. Mira, esto es la magia: intercambiar el fuera y el dentro. Pero no por el impulso, ni con la angustia, como t煤 lo has hecho, sino libremente, voluntariamente. Llama al pasado, llama al futuro: ¡ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el esclavo del dentro. Aprende a ser su due帽o. Eso es la magia.
FIN
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