Leamos "La encrucijada", Julio Ramón Ribeyro

Como en antaño: un cuento de domingo.

El cuento "La encrucijada" apareció en 1953 por un J.R.R inspirado por lo fantástico, mucho más joven, pero con la sensibilidad que lo llevaría en unas décadas a consolidarse como el mejor cuentista del Perú. Siempre, en la vida, estamos condenados a tomar decisiones. Elizabeth solía decir:"elegir algo implica dejar algo", en este cuento ese "algo" se llama vivir. 

Julio Ramón Ribeyro
Imagen: https://pin.it/4HjdXbg

LA ENCRUCIJADA 

Él creía que el camino no tenía desvíos, pero he aquí que, al doblar el recodo, se encontró con una encrucijada. Se quedó un momento pensativo, buscando una señal, un letrero que lo orientara. Las dos vías se abrían a derecha e izquierda del boscaje, perdiéndose en la misteriosa lejanía. El caminante dejó sus bultos en tierra, sintiéndose en el más absoluto desamparo. El boscaje lo atraía. Ignorar el camino era un magnífico pretexto para descansar.

Buscó la sombra del follaje y, a expensas del césped, se quedó profundamente dormido. Y soñó, entonces, con lo que siempre soñaba: con una ciudad soleada al final de un camino largo, donde él tenía su casa, su lecho, su vaso de agua fresca y su manzano en flor.

Un ruido lo hizo despertar y, a través de la maleza, le pareció divisar un rostro hirsuto y barbudo que se escondía. De inmediato se levantó y, al apartar las espinas, encontró a un hombre muy viejo sentado en un tronco muy carcomido.

-¿Qué hacía usted?-preguntó el caminante.

-Observando cómo dormía replicó el viejo.

-¡Le interesa?

-Sí.

-¿Qué es lo que quiere?

-Nada.

A pesar de ello, sus ojillos brillaban de contento.

-Lo sé.

-¿Y usted?

-También..., pero hace mucho tiempo.

-¿Usted no conoce su ciudad?

-Nunca pude llegar a ella...

-Pero ¿sabe de qué era?

-De cobalto.

-La mía, de granito.

Quedaron un instante mudos.

-Pero... ¿no habrá un medio de saber cómo se llega? - se quejó el caminante.

-Si lo hubiera yo no estaría aquí, perdido en este bosque, alimentándome de bellotas -al decir esto, sacó una de su bolsillo y se la ofreció al caminante. ¿Quiere? como se la rechazara, el viejo comenzó a roerla con una voracidad extraordinaria.

El caminante se levantó.

-Y pensar que solo son dos caminos - exclamó_¡Y no saber cuál tomar! ¿Cómo hacen los demás viajeros?

-Algunos vienen instruidos. Les han advertido: «Toma por la derecha», «toma por la izquierda». Y sin cavilar se lanzan en busca de su ciudad. Otros son más afortunados porque tienen impreso en la frente el camino que han de seguir, y no necesitan sino que los demás les digan qué señal tienen sobre los ojos.

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-¡Mírame! exclamó el caminante. ¡Mírame en la frente!

¿No tengo alguna señal?

El viejo lo observó.

-Nada--dijo, haciendo un guiño. Usted no es predestinado. Yo tampoco. Casi nadie.

-Y los que no son predestinados, y los que no están advertidos, ¿qué deben hacer?

El viejo se echó a reír.

encrucijada.

-¿Qué deben hacer? Pues, como nosotros: quedarse en la encrucijada.                                                                        

-¿Nosotros?

-Sí. Yo no estoy solo. Hay muchos en mi condición. Sígame dijo, levantándose. Después de recorrer una pequeña trocha llegaron a un claro. Varias chozas se alzaban y algunos ancianos bebían el sol a sus puertas.

_Estos tampoco conocían su camino. Jamás llegarán a su cintad. Además ya nadie los espera aquí en medio de la via, hemos formado nosotros esta pequeña familia de gente desamparada. Quédese usted, si quiere.

-No. A mí sí me esperan! Lo sé muy bien. En la ciudad de granito tengo mi sitio y mi destino...

El viejo se dio media vuelta.

- Siga, entonces, su camino - replicó.

-Es lo que voy a hacer - contestó el caminante, retirándose.

-;Sabe por dónde? -gritó el viejo.

-¡Probaré uno de ellos! -exclamó el caminante, perdiéndose en la trocha.

-¿Y si se equivoca? gritó más fuerte el viejo.

El caminante no le replicó, pero, a poco, asomó su rostro.

-¿Y si me equivoco? - preguntó a su vez.

_Entonces...

Entonces no podrá regresar...

-Entonces, ¿qué cosa haré?

-¡Entonces, entonces, entonces! ;Esa palabra no existe entre los viajeros! No hay «entonces». No hay probabilidad de hacer otra cosa de la que se ha hecho. No hay esperanza de enmienda. El que se equivocó de camino jamás podrá regresar. En la ciudad extraña usted vivirá como un extranjero. No conocerá a nadie. Nadie le dará la mano. Nadie le abrirá su corazón. Vivirá mendigando en una lengua que no se la entenderán. Cuando pida pan le darán una escoba. Cuando pregunte dónde queda la ciudad de granito, le darán una bofetada. ¿Comprende? No hay «entonces». Si usted se equivoca morirá para siempre.

-¿Para siempre?

-Sí, para siempre. Porque hay otra muerte. La que tenemos nosotros, por ejemplo. Nosotros hemos muerto para la ciudad, pero no hemos muerto para la encruciiada.

Un rumor que venía del camino suspendió su conversación.

-¿Más viajeros? -preguntó el caminante.

-Quizá...

Escrutaron a través de la maleza.

-Ahí viene un joven...-dijo el viejo.

_Se acerca... ya está frente a la encrucijada... toma el camino de la derecha...

-¿No ve? - exclamó el anciano. El conoce su camino. No ha dudado un instante. Está predestinado.

El caminante salió a la encrucijada y trató de seguirlo.

-¡Deténgase! gritó el viejo-• ¡Si pone un pie en ese camino jamás podrá regresar! En esta clase de marchas está prohibido el retroceso!

El caminante se detuvo y contempló, estremecido de envidia, cómo el joven viajero se perdía, feliz y presto, por el camino asoleado.

Otro viajero llegó a la encrucijada.

-¿Y si le pregunto? -inquirió el viajero.

-¿Qué cosa?

-Dónde queda mi ciudad...

-No le responderá.

-¿Cierto?

-¡Eh! ¡Peregrino! ¿Adónde va usted?

El hombre se detuvo.

-A mi ciudad.

-¿Por qué camino?

_Por la derecha.

-¡Su ciudad es de cobalto o de granito?

_Es de ónix...

-Usted miente...

-De ónix y de pedrería...

Usted me engaña.

-De pedrería y de cobalto...

-Dígame...

-De cobalto y de sílex...

-¿Y alguien lo espera?

-Me espera mi vaso de agua fresca y mi manzano en flor.

El caminante enmudeció, viendo cómo el peregrino se alejaba silvando.

-¿No ve? -preguntó el viejo.

-;Por qué no quieren decir?

-No conviene. Mientras menos lleguen a la ciudad, mejor. Habrá más sitio en las plazas y más viandas en las comidas.

-Haré la prueba otra vez.

-Será inútil.

-He de encontrar un peregrino bondadoso.

-Perderá su tiempo...

-¡Calle! ¡Una mujer! ;Mire!

-Parece cansada.

Llegó hasta ellos. Sus largas pestañas estaban cubiertas de tierra y el traje, con el sudor, se le pegaba al cuerpo. Se detuvo junto ellos, mirándolos con sus ojos extraviados.

-Díganme, señores, ¿qué camino debo seguir?

-¿A qué ciudad va? preguntó el viejo.

-No sé.

-¿Qué camino le han dicho que tome?

-No sé.

-¿De dónde viene usted?

-No sé.

-¿Entonces?

-De un momento a otro, sin darme cuenta, me encontré en el camino y comencé a recorrerlo.

-Igual me paso a mí intervino el caminante.

-Igual nos pasa a todos terció el anciano-. De pronto aparecemos en la vía, sin saber de dónde ni por qué, con un gran horizonte hacia adelante y una fuerza invisible que nos empuja sin cesar. Todos sabemos que hay una ciudad que nos espera, pero no todos sabemos de qué color es la ciudad y muy pocos, cuál es el desvío que debemos tomar...

-Quédese en la encrucijada rogó el caminante.

-¿La encrucijada?

Esta es la encrucijada. Aquí se ha fundado una ciudad para los extraviados.

-¿Extraviados?

- Para los que, como usted y como yo, no conocen el camino.

-¿Camino?

-Usted no se encuentra bien- intervino el viejo.

-:Y quién se encuentra bien? En el camino todos están alucinados. Yo solo sé que tengo que llegar. Si estoy en el camino es para recorrerlo todo. Jamás me detendré. ¡Cobardes!

-¿Le espera alguien?

-He visto en sueños un hombre de cabello negro y una cuna rosada como la aurora.

-Déjeme mirar su frente.

La mujer acercó su rostro.

-No hay ninguna señal-anunció el caminante-. Usted, como yo, no estamos predestinados.

-No importa. Llegaré.

El viejo la cogió del brazo.

-Quédese...

-¡Llegaré!

El caminante la abrazó.

-Acompáñenos...

-¡Llegaré!

Los dos suplicaron:

-No parta..

-¡Llegaré, llegaré, llegaré! ¡Suéltenme! Déjenme seguir!

La soltaron.

Ella se perdió por el camino de la izquierda. Su andar era cada vez más lento. A los cien pasos se detuvo... cayó y, con su traje escarlata parecía una mancha de sangre sobre el camino.

-He ahí una mujer que no tenía ciudad dijo el anciano-Mejor que haya caído, porque, donde quiera que hubiera llegado, sería tratada como forastera.

-Yo no quiero ser forastero -musitó el caminante.

-Nadie quiere serlo. Sin embargo, las ciudades están atestadas de ellos. Es tan fácil equivocarse..

-Preferible es la encrucijada.

-Amo la encrucijada.

-Yo no. ¡La detesto!, porque he de tomarla como una compensación... a falta de mi ciudad.

-Quédese, que la noche se avecina.

_Me quedaré hasta que amanezca.

Es peligroso, le advierto. La encrucijada subyuga. Muchos pernoctaron aquí y se enamoraron para siempre de su tranquilidad. Es un remanso en el torrente del camino.

Llegaron al claro del bosque. Los hombres de la encrucijada. habían encendido hogueras y, en cuclillas, masticando raíces, evocaban sus ciudades distantes.

-En mi ciudad hay vino y claveles.

-En la mía alfajores y golondrinas.

En la mía estanques con peces de colores...

-En la mía catedrales góticas...

-¿Por qué no hemos llegado?

-Somos unos cobardes.

-No..., unos ignorantes.

-No..., unos desventurados.

-Somos hombres de medio camino.

-Somos hombres de encrucijada.

-No tenemos señales en la frente.

-Nadie nos ha advertido el desvío.

-Cómo me hubiera gustado emborracharme y adornar con claveles mis solapas...

-Yo me hubiera hartado de dulces y cenaría huevos de golondrina...

-Yo daría migajas a los peces de mi estanque...

-Yo haría genuflexiones ante los cristos de mis catedrales...

Todos en coro repitieron:

-¡Somos hombres de encrucijada! ¡Comamos nuestras bellotas!

Se fueron apagando las hogueras y los ancianos retornaron a sus chozas.

-Quédese en la encrucijada murmuró el viejo, cuando estuvieron solos-. No tendrá un palacio, pero sí una cabaña. No tendrá un lecho de rosas, pero sí una tarima de hojas secas. No tendrá un vaso de agua fresca, pero sí un charco en el invierno. No tendrá un manzano en for, pero sí un espino que frutece cada lustro.

-Me quedaré. Amo la encrucijada. Desde aquí veré pasar a la gente que conoce su camino y me burlaré de ella. ¿Qué otra cosa queda?

-Duerma. Todo el claro del bosque es suyo.

El viejo se alejó, dejando solo al caminante. Aún humeaban las fogatas. Tendióse en el suelo, contemplando las estrellas y, sobre el fondo constelado, vio surgir las murallas radiantes de su ciudad de granito.

-¿Duerme? -preguntó alguien a su lado. El caminante se incorporó. Una sombra se movió a su lado.

- Sueño contestó.

-Lo sé, con su ciudad, con sus murallas...

-¿Quién es usted?

-Un hombre de la encrucijada.

-¿Qué quiere?

La sombra se acercó.

-Mire dijo, adelantando su frente.

-¡La señal! - exclamó el caminante.

-Sí, la señal.

-¿Y por qué no ha seguido usted el camino?

-Porque la descubrí muy tarde, hace apenas unos días, mientras bebía en el charco. Si la hubiera visto antes, estaría en marcha. Pero ya estoy cansado. No llegaré. He hallado tarde el camino.

-Y los demás... ¿por qué no le dijeron?

-La señal no es visible para todos. A veces solo el que la lleva puede verla. Y no siempre. Yo solo la veo de noche, en el charco, durante la luna nueva, cuando estoy desnudo y con hambre.

El caminante quedó en silencio.

-Siga el camino. Se lo aconsejo. La señal, para aparecer, tal vez necesite cierta dosis de cansancio, cierto paisaje, cierto ritmo en el paso. Vamos, haga la prueba, vaya en busca de la señal.

-Tiene razón...

-Le daré bellotas para el camino.

El caminante se puso de pie. La sombra se esfumó. Cruzó el bosque y llegó a la encrucijada. Los caminos se abrían en la penumbra. Tomó al azar el de la izquierda. Las alondras trinaban en los robledales, y en occidente florecían los rosales del alba.

Anduvo sin tregua por el camino que no tenía desvíos, atisbando desde las alturas el horizonte. Pasaron las horas, los días, y, en cuanto Charco encontrara, contemplaba su imagen, buscando inútilmente la señal. Su frente agrietada solo guardaba tierra y cenizas.

El camino tornábase cada vez más ingrato. Parecía estar cavado en roca viva. Todo resto de vegetación desapareció. No había alondras ni regatos. Entró a un desfiladero. Abundaban los cráneos.

Hedía. Al final divisó a una masa sobre la tierra. Era una mujer.

-Levántame gimió.

Él se detuvo.

-Cárgame -añadió.

El se reclinó.

Llévame contigo.

-:Adónde quieres ir?

-Adonde tú vayas.

-Estoy fatigado.

-Yo estoy agonizante...

-;Cuál es tu ciudad?

-No tengo.

-¿Alguien te espera?

-Nadie.

-¿Has tenido sueños?

-Nunca.

-Te gustaría la ciudad de granito?

Me da lo mismo..

-¿Qué quieres, entonces?

-Ir a tus espaldas.

El caminante la subió en sus hombros.

-Pesas mucho.

Ella no contestó.

-Es muy dura la cuesta.

Ella no contestó.

-El sol calienta demasiado.

Ella no contestó.

El caminante tropezó en el ripio y cayó de bruces. La sangre

manó de su frente.

-Me hice daño -dijo.

Pero la mujer no contestó. Tampoco se movió. Quiso levantarla de nuevo, pero hallábase clavada al suelo como una roca. Era un pedazo de roca.

Siguió el camino. Se desvanecieron a sus espaldas muchos crepúsculos y las estrellas cambiaron de posición. Las murallas de la ciudad no aparecían. El camino comenzó a ondular. Después de una curva, se detuvo violentamente: ¡apareció otra encrucijada!

Rodó, entonces, exhausto por el polvo. Pero un ruido de piedras rebotando en el camino le hizo alzar la cabeza. Sobre el montículo que separaba los dos caminos, había una anciano. Alzando el dedo le advirtió:

-En el camino hay más de una encrucijada -y desapareció.

;He perdido el camino! ¡Me he equivocado!-dijo el caminante, avanzando hacia la roca.

El viejo reapareció.

-En el camino hay más de una encrucijada repitió, ocultándose otra vez.

-¡Ayúdeme! ;Busco la ciudad del granito y de la luz! ;Estoy ya muy cansado!

El viejo asomó por tercera vez.

-En el camino hay más de una encrucijada - y se esfumó definitivamente.

El caminante se apoyó en la roca y la notó húmeda. Elevó la mirada y vio un hilillo de agua que resbalaba sobre el musgo.

Escaló el montículo y encontró un pequeño surtidor. Lentamente fue acercando el rostro y, antes de hundirlo, se detuvo. La sangre coagulada había formado una flecha en su frente. La señal! Harto de alegría, se arrojó al camino desde la altura. La flecha señalaba su diestra. Y tomó esta vía, danzando como en un escenario.

Todo el día la estuvo recorriendo. Muchas encrucijadas salvó, siempre girando hacia la derecha. En todas ellas encontró viajeros extraviados que le imploraban por la ciudad de sus ensueños, pero el ni les respondía, enceguecido como estaba por su anhelo de llegar. Algunos intentaron seguirlo, pero, al no poder llevar el amo de su paso, cayeron de rodillas y quedaron arrastrándose sobre las piedras. Otros al ver la seguridad de sus pisadas lo insultaron, llamándolo «iluminado». Pero él no cejó. Al fin iba a encontrar su ciudad, su lecho, su vaso de agua fresca y su manzano en flor..

Una noche divisó, bañada por la luna, una línea blanca en el horizonte. Al amanecer lloró de júbilo: eran las murallas de su ciudad. El granito relucía con el sol y, a través de las almenas, asomaban las copas florecidas de sus huertos. Llegó al caer la noche.

Cruzó el foso emocionado, acarició los muros con voluptuosidad y, besando las puertas guarnecidas de hierro, esperó a que le abrieran.

Mas parecía que no se habían percatado de su presencia. Golpeó la puerta con ambos puños. Silencio. Nadie salía a recibirlo. Fue pasando la noche. Al amanecer tenía los nudillos ensangrentados y quebrada la voz. Con el primer rayo del sol, se abrió una ventana enrejada y asomó un gendarme.

-¿Qué quiere usted? preguntó.

-Entrar.

-¿Por qué?

-Porque esta es mi ciudad.

-¿Quién lo espera?

-Mi lecho...

-Aquí no hay lechos.

-Mi vaso de agua fresca..

-Aquí no hay agua fresca.

-Mi manzano en for...

-Aquí no hay manzano en flor.

-¿No es esta la ciudad de granito?

-No, señor...

-¿Qué ciudad es, entonces?

-La ciudad de cobalto.

La ventana se cerró con estrépito, y toda la puerta quedo resonando como un gigantesco tambor. El caminante miró a las murallas. Ya no eran blancas, como antes las viera. Un color rojizo violáceo las tenía.

-He equivocado el camino -murmuró

-. Esta no es mi ciudad. Soy aquí un forastero. ¡Debí quedarme en la encrucijada!

Dio media vuelta y quiso regresar, pero no pudo. Hacia atrás ya no había camino. Todo era un campo eriazo por donde jamás podía haber transitado un peregrino. Se había ido borrando conforme lo recorriera.

Solo a los costados se abría el foso que rodeaba las murallas. El caminante se asomó. Estaba repleto con las osamentas de la gente que se equivocó de ciudad. Inclinando un poco, el cuerpo se dejó caer. Los huesos crujieron bajo su peso y él quedó sepultado entre ellos, mirando, con ojos despavoridos, las murallas de la ciudad de cobalto, que reverberaban a la luz del sol.

1953

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