La rosa de Paracelso de Borges: cuento completo y análisis

La rosa de Paracelso de Jorge Luis Borges: significado, personajes y análisis sobre la fe, la duda y el conocimiento.

La rosa de Paracelso, cuento de Jorge Luis Borges
La alquimia y la fe se encuentran en esta historia. 

¡Hola, lectores Mar de fondo! 😀 Pocos escritores consiguieron convertir una conversación aparentemente sencilla en un auténtico laberinto filosófico como Jorge Luis Borges. En La rosa de Paracelso, el escritor argentino construye un relato breve alrededor de una pregunta tan antigua como inquietante: ¿necesitamos ver para creer o existen verdades a las que solo podemos acercarnos mediante la fe?

Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986. Poeta, ensayista, traductor y, sobre todo, uno de los grandes maestros del cuento del siglo XX, desarrolló una literatura profundamente vinculada con la filosofía, los libros, los símbolos, los espejos, el infinito, el tiempo y los límites del conocimiento humano. Obras como Ficciones, El Aleph y El libro de arena lo convirtieron en una figura fundamental de la literatura universal.

En La rosa de Paracelso, Borges toma como protagonista al célebre médico y alquimista renacentista Paracelso y lo enfrenta a un joven que desea convertirse en su discípulo. Sin embargo, antes de entregarse al aprendizaje, el muchacho exige una prueba: quiere contemplar un milagro. A partir de ese pedido, Borges desarrolla una extraordinaria reflexión sobre la fe, el conocimiento, la apariencia, la duda y la búsqueda de la verdad.

El relato apareció originalmente en 1977 y posteriormente fue incorporado a La memoria de Shakespeare, volumen asociado a la última etapa narrativa de Borges. Se trata de un cuento breve, pero detrás de su aparente sencillez esconde preguntas filosóficas y religiosas que continúan abiertas para el lector contemporáneo.

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¿De qué trata “La rosa de Paracelso” de Jorge Luis Borges?

La rosa de Paracelso cuenta el encuentro entre Paracelso, médico y alquimista del Renacimiento, y un joven llamado Johannes Grisebach, quien llega hasta su casa después de caminar durante tres días y tres noches con un único propósito: convertirse en su discípulo.

El joven está dispuesto a entregar sus riquezas y dedicar años de su vida al aprendizaje del misterioso Arte que domina el maestro. Paracelso, sin embargo, comprende rápidamente que existe un problema: su aspirante a discípulo necesita pruebas.

Grisebach lleva consigo una rosa y conoce la fama atribuida a Paracelso: supuestamente puede quemar una flor y hacer que vuelva a surgir de sus cenizas. El joven quiere presenciar ese prodigio antes de confiar plenamente en él.

Ahí aparece el conflicto central del cuento. Para el discípulo, ver conduce a creer. Para Paracelso, el verdadero conocimiento exige exactamente el recorrido contrario: primero debe existir la fe.

La rosa se convierte así en mucho más que una flor. Representa la tensión entre lo visible y lo invisible, entre la demostración y la creencia, entre la apariencia material de las cosas y una realidad que quizá nuestros sentidos no pueden comprender.

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Lectura completa de “La rosa de Paracelso”

LA ROSA DE PARACELSO

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló.

—Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo con cierta pompa. —No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

—Mi nombre es lo de menos —replicó el otro. —Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

—Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

—El oro no me importa —respondió el otro.— Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

—El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

—Pero, ¿hay una meta?

Parecelso se rió.

—Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

—Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

—¿Cuándo? —dijo con inquietud Paracelso.

—Ahora mismo —dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

—Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

—Eres muy crédulo —dijo el maestro.— No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

—Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

—Eres crédulo —dijo.— ¿Dices que soy capaz de destruirla?

—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discípulo.

—Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

—No estamos en el Paraíso —dijo tercamente el muchacho; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se había puesto en pie.

—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

—Una rosa puede quemarse —dijo con desafío el discípulo.

—Aún queda fuego en la chimenea —dijo Parecelso.

—Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

—¿Una palabra? —dijo con extrañeza el discípulo–. El atanor está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resugiera?

Paracelso le miró con tristeza.

—El atanor está apagado —repitió— y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

—No me atrevo a preguntar cuáles son —dijo el otro con astucia o con humildad.

—Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

—Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

—Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

—Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:

—Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza.

—Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

FIN

Análisis literario de “La rosa de Paracelso”

El final de La rosa de Paracelso obliga a reinterpretar todo lo que acabamos de leer. Durante buena parte del cuento, Borges permite que compartamos las sospechas del joven Johannes Grisebach. No sabemos si Paracelso posee realmente el poder que se le atribuye o si se trata simplemente de un hombre rodeado por una fama legendaria.

La última escena elimina esa incertidumbre: cuando el discípulo abandona la casa, Paracelso pronuncia una palabra y la rosa resurge de las cenizas.

Lo verdaderamente importante, sin embargo, no es el milagro. La pregunta que plantea Borges es mucho más compleja: ¿por qué Paracelso no realizó el prodigio cuando el joven se lo pidió?

La respuesta está relacionada con la diferencia entre credulidad y fe, dos conceptos que el propio personaje separa de manera explícita. El aspirante quiere una demostración para poder creer. Paracelso considera que una demostración semejante no resolvería nada, porque quien necesita una prueba siempre podría poner en duda la prueba misma.

El problema, por lo tanto, no está en la rosa. Está en la mirada de quien la contempla.

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Temas principales de “La rosa de Paracelso”

  • La fe: constituye el núcleo filosófico del relato. Paracelso busca un discípulo capaz de emprender el Camino sin exigir previamente una demostración.
  • La duda: Johannes representa la necesidad humana de verificar aquello que parece imposible antes de aceptarlo como verdadero.
  • El conocimiento: Borges presenta el verdadero saber como un proceso y no simplemente como la acumulación de pruebas o información.
  • La apariencia y la realidad: la destrucción material de la rosa no implica necesariamente su desaparición absoluta.
  • La palabra: aparece vinculada con la creación, la Cábala y el poder de nombrar o transformar la realidad.
  • El maestro y el discípulo: el cuento explora la relación entre quien posee un conocimiento y quien todavía no está preparado para recibirlo.
  • El camino: la búsqueda adquiere mayor importancia que la llegada a una meta definitiva.

Personajes de “La rosa de Paracelso” y su función simbólica

Paracelso es el centro del cuento. Borges utiliza como personaje a una figura histórica real: el médico y alquimista renacentista Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, conocido como Paracelso. Sin embargo, el relato no pretende ser una reconstrucción biográfica. Borges transforma al personaje histórico en una figura literaria que encarna al maestro, al iniciado y al poseedor de un conocimiento inaccesible para quienes buscan únicamente evidencias materiales.

Su afirmación de que “el camino es la Piedra” resume buena parte de la filosofía del relato. La Piedra Filosofal deja de ser simplemente el objeto legendario perseguido por los alquimistas y pasa a representar una transformación interior. El aprendizaje no consiste solamente en alcanzar algo situado al final del recorrido: el propio recorrido forma parte del conocimiento.

Johannes Grisebach, por su parte, representa al aspirante que desea creer, pero todavía necesita comprobar. Su actitud resulta especialmente interesante porque Borges evita convertirlo en un personaje simplemente arrogante. El joven está dispuesto a sacrificar años de su vida, abandonar sus riquezas y seguir al maestro. Su problema no es la falta de voluntad, sino su necesidad de certeza.

En ese sentido, Johannes también representa al lector. Nosotros, al igual que él, queremos saber si Paracelso puede realizar realmente el prodigio.

Y Borges satisface finalmente nuestra curiosidad.

Pero lo hace cuando ya no sirve para convencer al discípulo.

¿Qué simboliza la rosa de Paracelso?

La rosa es el gran símbolo del cuento. En un primer nivel representa el objeto sobre el cual debe realizarse el milagro. Sin embargo, progresivamente adquiere una dimensión metafísica.

Para Johannes, la rosa pertenece al mundo material: puede existir, quemarse y desaparecer.

Para Paracelso, en cambio, aquello que llamamos destrucción afecta únicamente a las apariencias. Por eso sostiene que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar.

Esta idea permite leer el cuento como una reflexión sobre la diferencia entre lo que percibimos y lo que realmente existe. La ceniza demuestra que algo ha cambiado ante nuestros ojos, pero no necesariamente que aquello haya dejado de existir en un sentido absoluto.

La elección de una rosa tampoco resulta casual dentro del universo borgiano. La rosa aparece repetidamente en la obra de Borges como una imagen vinculada con el misterio, la belleza, el tiempo y aquello que existe más allá de nuestras explicaciones.

Fe y credulidad: la gran paradoja del cuento

Uno de los diálogos fundamentales aparece cuando Paracelso le dice al joven que no necesita credulidad, sino fe.

A primera vista ambas palabras podrían parecer similares, pero Borges establece una diferencia decisiva.

La credulidad consiste en aceptar algo fácilmente porque parece extraordinario o porque alguien asegura que es verdadero. La fe que exige Paracelso supone algo diferente: la disposición a emprender un camino incluso cuando no contamos todavía con una prueba definitiva.

Johannes cree que presenciar el milagro resolvería el problema. Paracelso comprende que no sería así. Después de ver resurgir la rosa, el muchacho podría atribuir el fenómeno a una ilusión, un engaño o un truco.

La evidencia, entonces, tampoco garantiza la certeza.

Esta paradoja convierte La rosa de Paracelso en algo más que un cuento sobre alquimia. Borges está preguntando por los límites de nuestra capacidad para conocer la realidad.

La Piedra Filosofal y el significado del Camino

Johannes llega buscando la famosa Piedra Filosofal, uno de los grandes símbolos de la tradición alquímica. Según la leyenda, permitiría transformar metales comunes en oro y estaba relacionada también con la búsqueda de la perfección y la inmortalidad.

Borges, sin embargo, transforma esa búsqueda material en una metáfora espiritual.

Cuando Paracelso afirma que “el camino es la Piedra”, desarma la lógica tradicional de la búsqueda. No existe necesariamente un objeto final que recompense todos los esfuerzos. Cada paso modifica al aprendiz y, por ello, cada paso contiene algo de la meta.

El discípulo fracasa precisamente porque quiere conocer el final antes de iniciar el recorrido.

Quiere la certeza antes del aprendizaje.

Quiere el milagro antes de la fe.

Quiere llegar antes de caminar.

La Palabra, la Cábala y la creación

Otro elemento fundamental del cuento es la Palabra. Cuando Johannes pregunta qué instrumento utilizará para reconstruir la rosa, Paracelso explica que ya no necesita sus antiguos alambiques ni el atanor. Su instrumento es la misma Palabra utilizada por la divinidad para crear el universo.

Aquí aparece una de las obsesiones intelectuales más reconocibles de Borges: la posibilidad de que el lenguaje no sea únicamente una herramienta para representar el mundo, sino que exista una palabra capaz de contener o modificar la realidad.

La referencia a la Cábala refuerza esta idea. Dentro de determinadas tradiciones místicas, las letras, los nombres y las combinaciones del lenguaje poseen una dimensión sagrada vinculada con los secretos de la creación.

Por eso el desenlace resulta tan poderoso.

Paracelso no necesita realizar una ceremonia espectacular. No prepara sustancias ni enciende complejos instrumentos alquímicos. Toma las cenizas y simplemente dice una palabra en voz baja.

Entonces la rosa regresa.

El acto maravilloso ocurre casi en silencio, cuando ya no queda nadie para contemplarlo.

Estilo y contexto de “La rosa de Paracelso”

La rosa de Paracelso pertenece a la etapa final de la producción narrativa de Jorge Luis Borges. El cuento apareció originalmente en 1977 y posteriormente quedó incorporado al conjunto de relatos de La memoria de Shakespeare.

En esta etapa encontramos varias preocupaciones presentes durante toda la obra borgiana: la naturaleza de la realidad, los límites de la razón, el conocimiento, la identidad, los símbolos religiosos y la posibilidad de acceder a verdades que se encuentran más allá de la experiencia inmediata.

Desde el punto de vista narrativo, Borges trabaja con una enorme economía de recursos. Prácticamente todo el cuento ocurre dentro del taller de Paracelso y la acción exterior es mínima.

El verdadero movimiento ocurre en el diálogo.

Maestro y discípulo confrontan dos formas diferentes de comprender el conocimiento. La tensión aumenta progresivamente hasta el momento en que Johannes arroja la rosa al fuego.

Borges introduce entonces uno de sus recursos favoritos: la revelación final que modifica retrospectivamente el sentido del relato.

Hasta las últimas líneas podemos pensar que Paracelso quizá sea un impostor. El propio Johannes termina convencido de ello. Pero cuando el joven abandona definitivamente la casa, Borges revela que el maestro siempre dijo la verdad.

El milagro existía.

Lo que faltaba era el discípulo capaz de recibirlo.

¿Por qué leer “La rosa de Paracelso” hoy?

La rosa de Paracelso sigue resultando sorprendentemente actual porque vivimos en una época obsesionada con la demostración, la evidencia inmediata y la necesidad de obtener respuestas rápidas.

Borges no propone rechazar la razón ni aceptar ciegamente cualquier creencia. Su cuento plantea algo mucho más incómodo: incluso aquello que vemos puede ser interpretado de diferentes maneras y ninguna demostración elimina completamente la posibilidad de la duda.

Johannes quiere tener garantías antes de comenzar.

Y quizá ahí esté una de las ideas más contemporáneas del relato. Muchas de las experiencias fundamentales de la vida —aprender, crear, amar, investigar, escribir o emprender cualquier proyecto importante— comienzan sin la certeza absoluta de que alcanzaremos el resultado esperado.

Hay caminos que solo pueden comprenderse después de haberlos recorrido.

Por eso la frase de Paracelso adquiere tanta fuerza: “Cada paso que darás es la meta”.

La rosa que resurge al final no demuestra simplemente que el alquimista tenía poderes. Demuestra que Johannes perdió la posibilidad de convertirse en discípulo porque exigió conocer mediante una prueba aquello que únicamente podía descubrir recorriendo el Camino.

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En apenas unas páginas, Jorge Luis Borges consigue convertir una rosa, unas monedas, un puñado de cenizas y una conversación entre maestro y discípulo en una reflexión sobre algunos de los grandes problemas del ser humano.

¿Qué significa realmente conocer algo? ¿Necesitamos comprobarlo todo? ¿Puede existir una verdad que nuestros sentidos no sean capaces de demostrar? ¿Es posible comenzar un camino sin conocer exactamente dónde termina?

El extraordinario final de La rosa de Paracelso no responde definitivamente estas preguntas. Hace algo mucho más borgiano: nos obliga a regresar mentalmente al comienzo y leer de otra manera todo lo ocurrido.

Johannes buscaba una prueba.

Paracelso buscaba un discípulo.

Los dos estuvieron muy cerca de encontrar lo que deseaban, pero la duda terminó separándolos.

Y cuando ya no queda nadie para exigir una demostración, la rosa resurge.

¿Tú qué opinas? ¿Paracelso tenía razón al negarse a demostrar sus poderes o crees que Johannes estaba en su derecho de pedir una prueba antes de dedicarle su vida? Te leo en los comentarios de Mar de fondo.

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Mar de fondo

𝐵𝑟𝑦𝑎𝑛 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudié Comunicaciones, Sociología y soy autor del libro "Las vidas que tomé prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

12 Comentarios

  1. Excelente este sitio un gran aporte. Se agradece

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  2. Que deleite poder acceder a semejante nivel de literatura por este medio. Gracias! Y deseo continuar enriqueciéndome con esta clase de lectura.

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  3. el cuento de Borges fue escrito luego de su ceguera permanente, es como una autobiografía, él se acostumbró a su destino, debe ser trágico saber que la retina púrpura, tarde o temprano quita la visión, es una carga hereditaria, ¿Quizás por eso, no tuvo hijos?
    porque economicamente estaba bien.

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    1. Tiene mucho sentido lo que mencionas. La cercanía a la muerte en toda etapa nos sensibiliza. saludos

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  4. Excelente, bellas e interesaantes creaciones literarias.

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  5. agradecerte por las publicaciones, es muy grato acceder a formidable literatura.

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  6. Muchas gracias, muy disfrutable

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