¡Buenas noches, lectores y lectoras! El cuento de hoy es una divertida historia de Julio Ram贸n Ribeyro, quien retrata c贸mo la astucia hace que nadie sepa para quien trabaja. De breve lectura, "Una aventura nocturna", es un relato del Ribeyro joven (1958) que te atrapar谩 desde el inicio ¡Disfruta tu lectura!
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Imagen: Pintura de Botero. |
UNA AVENTURA NOCTURNA
A los cuarenta a帽os, Ar铆stides pod铆a considerarse con toda raz贸n como un hombre «excluido del fest铆n de la vida». No ten铆a esposa ni querida, trabajaba en los s贸tanos del municipio anotando partidas del Registro Civil y viv铆a en un departamento min煤sculo de la avenida Larco, lleno de ropa sucia, de muebles averiados y de fotograf铆as de artistas prendidas a la pared con alfileres. Sus viejos amigos, ahora casados y pr贸speros, pasaban de largo en sus autom贸viles cuando 茅l hac铆a la cola del 贸mnibus y si por casualidad se encontraban con 茅l en alg煤n lugar p煤blico, se limitaban a darle un r谩pido apret贸n de manos en el que se deslizaba cierta dosis de repugnancia. Porque Ar铆stides no era solamente la imagen moral del fracaso sino el s铆mbolo f铆sico del abandono: andaba mal trajeado, se afeitaba sin cuidado y ol铆a a comida barata, a fonda de mala muerte.
De este modo, sin relaciones y sin recuerdos, Ar铆stides era el cliente obligado de los cines de barrio y el usuario perfecto de las bancas p煤blicas. En las salas de los cines, al abrigo de la luz, se sent铆a escondido y al mismo tiempo acompa帽ado por la legi贸n de sombras que re铆an o lagrimeaban a su alrededor. En los parques pod铆a entablar conversaci贸n con los ancianos, con los tullidos o con los pordioseros y sentirse as铆 part铆cipe de esa inmensa familia de gentes que, como 茅l, llevaban en la solapa la insignia invisible de la soledad.
Una noche, desertando de sus lugares preferidos, Ar铆stides se ech贸 a caminar sin rumbo por las calles de Miraflores. Recorri贸 toda la avenida Pardo, lleg贸 al malec贸n, sigui贸 por la costanera, contorne贸 el cuartel San Mart铆n, por calles cada vez m谩s solitarias, por barrios apenas nacidos a la vida y que no hab铆an visto tal vez ni siquiera un solo entierro. Pas贸 por una iglesia, por un cine en construcci贸n, volvi贸 a pasar por la iglesia y finalmente se extravi贸. Poco despu茅s de medianoche erraba por una urbanizaci贸n desconocida donde comenzaban a levantarse los primeros edificios de departamentos del balneario.
Un caf茅, cuya enorme terraza llena de mesitas estaba desierta, llam贸 su atenci贸n. Sobrepar谩ndose, peg贸 las narices a la mampara y observ贸 el interior. El reloj marcaba la una de la ma帽ana. No se ve铆a un solo parroquiano. Tan s贸lo detr谩s del mostrador, al lado de la caja, pudo distinguir a una mujer gorda, con pieles, que fumaba un cigarrillo y le铆a distra铆damente un peri贸dico. La mujer elev贸 la vista y lo mir贸 con una expresi贸n de moderada complacencia. Ar铆stides, completamente turbado, prosigui贸 su camino.
Cien pasos m谩s all谩 se detuvo y observ贸 a su alrededor: los inmuebles modernos dorm铆an un sue帽o profundo y sin historia. Ar铆stides tuvo la sensaci贸n de estar hollando tierra virgen, de vestirse de un paisaje nuevo que tocaba su coraz贸n y lo retocaba de un ardor invencible. Volviendo sobre sus pasos, se aproxim贸 cautelosamente al caf茅. La mujer continuaba sentada y al divisarlo reprodujo su gesto delicadamente risue帽o. Ar铆stides se alej贸 con precipitaci贸n, se detuvo a medio camino, vacil贸, regres贸, espi贸 nuevamente y empujando al fin la puerta de vidrio, se introdujo hasta ocupar una mesita roja, donde qued贸 inm贸vil, sin levantar la mirada.
All铆 esper贸 un momento, no sab铆a concretamente qu茅, observando una mosca desalada que se arrastraba con pena hacia el abismo. Luego, sin poder contener el temblor de sus piernas, elev贸 t铆midamente un ojo: la mujer lo estaba contemplando por encima de su peri贸dico. Conteniendo un bostezo, dej贸 escuchar una voz gruesa, un poco varonil.
—Los mozos ya se han ido, caballero.
Ar铆stides recogi贸 la frase y la guard贸 dentro de s铆, presa de un violento regocijo: una desconocida le hab铆a hablado en la noche. Pero de inmediato comprendi贸 que esa frase era una invitaci贸n a la partida. S煤bitamente confundido, se puso de pie.
—Pero yo lo puedo servir, ¿qu茅 cosa quiere? —La mujer avanzaba hacia 茅l con un andar un poco lerdo al cual no se le pod铆a negar cierta majestad.
Ar铆stides volvi贸 a sentarse:
—Un caf茅. Solamente un caf茅.
La mujer hab铆a llegado a la mesa para apoyar en su borde una mano regordeta cargada de joyas:
—Ya est谩 apagada la m谩quina. Le puedo servir un licor.
—Entonces, una cerveza.
La mujer se retir贸 al bar. Ar铆stides aprovech贸 para observarla. No cab铆a duda que era la patrona. A juzgar por el establecimiento, deb铆a tener mucho dinero. Con un r谩pido movimiento, acomod贸 su vieja corbata y alis贸 sus cabellos. La mujer regresaba. Adem谩s de la cerveza tra铆a una botella de co帽ac y una copa.
—Lo acompa帽ar茅 —dijo sent谩ndose a su lado—. Tengo la costumbre de beber siempre algo con el 煤ltimo parroquiano.
Ar铆stides agradeci贸 con una venia. La mujer encendi贸 un cigarrillo.
—Hermosa noche —dijo—. ¿Le gusta a usted pasear? Yo soy un poco noct谩mbula. Pero en este barrio la gente se acuesta temprano y a partir de medianoche me encuentro completamente sola.
—Es un poco triste —balbuce贸 Ar铆stides.
—Yo vivo en los altos del bar. —Su mano se帽al贸 una puerta perdida al fondo del local—. A las dos cierro las mamparas y me voy a dormir.
Ar铆stides se atrevi贸 a mirarla al rostro. La mujer soplaba el humo con elegancia y lo miraba sonriente. La situaci贸n le pareci贸 excitante. De buena gana hubiera pagado su consumo para salir a la carrera, coger al primer transe煤nte y contarle esa maravillosa historia de una mujer que en plena noche le hac铆a avances inquietantes. Pero ya la mujer se hab铆a puesto de pie:
—¿Tiene usted una moneda de a sol? Voy a poner un disco.
Ar铆stides alarg贸 presurosamente su moneda.
La mujer puso m煤sica suave y regres贸. Ar铆stides mir贸 hacia la calle: no se ve铆a una sombra. Alentado por este detalle, presa de un repentino coraje, la invit贸 a bailar.
—Encantada —dijo la mujer, dejando su cigarrillo en el borde de la mesa y despoj谩ndose de su chal de piel para descubrir unos hombros fl谩ccidos, salpicados de pecas.
S贸lo cuando la tuvo cogida del talle —tieso y fajado bajo su mano inexperta— tuvo la convicci贸n Ar铆stides de estar realizando uno de sus viejos sue帽os de solter贸n pobre: tener una aventura con una mujer. Que fuera vieja o gorda era lo de menos. Ya su imaginaci贸n la desplumar铆a de todos sus defectos. Mirando las repisas con botellas que giraban a su alrededor, Ar铆stides se reconciliaba con la vida y, desdobl谩ndose, se burlaba de aquel otro Ar铆stides, lejano ya y olvidado, que temblaba de gozo una semana s贸lo porque un desconocido se le acercaba para preguntarle la hora.
Cuando terminaron de bailar, regresaron a la mesa. All铆 conversaron un momento. La mujer le invit贸 una copa de co帽ac. Ar铆stides acept贸 hasta un cigarrillo.
—Nunca fumo —dijo—. Pero ahora lo hago, no s茅 por qu茅.
Su frase le pareci贸 banal. La mujer se hab铆a echado a re铆r.
Ar铆stides propuso otro baile.
—Cerrar茅 antes las persianas —dijo la mujer, encamin谩ndose hacia la terraza.
Bailaron a煤n. Ar铆stides observ贸 que el reloj de pared hab铆a marcado las dos horas. A pesar de ello la mujer no se decid铆a a retirarse. Esto le pareci贸 un buen augurio e invit贸 a su vez un co帽ac. Empez贸 a sentirse un poco envanecido. Hizo preguntas indiscretas con el objeto de crear un clima de intimidad. Se enter贸 que viv铆a sola, que estaba separada de su marido. La hab铆a cogido de la mano.
—Bueno —dijo la due帽a levant谩ndose—. Es hora de cerrar el bar.
Conteniendo un bostezo, se dirigi贸 hacia la puerta.
—Me quedo —dijo Ar铆stides, con un tono imperioso, que lo sorprendi贸.
A medio camino, la mujer se volvi贸:
—Claro. Est谩 convenido. —Y continu贸 su marcha.
Ar铆stides se tir贸 de los pu帽os de la camisa, los volvi贸 a esconder porque estaban deshilachados, se sirvi贸 otra copa, encendi贸 un cigarrillo, lo apag贸, lo encendi贸 otra vez. Desde la mesa observaba a la mujer y la lentitud de sus movimientos lo impacientaba. Vio c贸mo cog铆a un vaso y lo llevaba hasta el mostrador. Luego hac铆a lo mismo con un cenicero, con una taza. Cuando todas las mesas quedaron limpias experiment贸 un enorme alivio. La mujer se dirigi贸 hacia la puerta y en lugar de cerrarla, qued贸 apoyada en el marco inm贸vil, mirando hacia la calle.
—¿Qu茅 hay? —pregunt贸 Ar铆stides.
—Hay que guardar las mesas de la terraza.
Ar铆stides se levant贸, maldiciendo entre dientes. Para echarse prosa, avanz贸 hacia la puerta mientras dec铆a:
—脡sa es cosa de hombres.
Cuando lleg贸 a la terraza sufri贸 un sobresalto: hab铆a una treintena de mesas con su respectiva serie de sillas y ceniceros. Mentalmente calcul贸 que en guardar aquello tardar铆a un cuarto de hora.
—Si las dejamos afuera se las roban —observ贸 la patrona.
Ar铆stides empez贸 su trabajo. Primero recogi贸 todos los ceniceros. Luego empez贸 con las sillas.
—¡Pero no en desorden! —protest贸 la mujer—. Hay que apilarlas bien para que ma帽ana el mozo haga la limpieza.
Ar铆stides obedeci贸. A mitad de su labor sudaba copiosamente. Guardaba las mesas, que eran de hierro y pesaban como caballos. La due帽a, siempre en el dintel, lo miraba trabajar con una expresi贸n amorosa. A veces, cuando 茅l pasaba resoplando a su lado, extend铆a la mano y le acariciaba los cabellos. Este gesto termin贸 de reanimar a Ar铆stides, por darle la ilusi贸n de ser el marido cumpliendo sus deberes conyugales para luego ejercer sus derechos.
—Ya no puedo m谩s —se quej贸 al ver que la terraza segu铆a llena de mesas, como si 茅stas se multiplicaran por alg煤n encanto.
—Cre铆 que eras m谩s resistente —respondi贸 la mujer con iron铆a.
Ar铆stides la mir贸 a los ojos.
—Valor, que ya falta poco —a帽adi贸 ella, haci茅ndole un gui帽o.
Al cabo de media hora, Ar铆stides hab铆a dejado limpia la terraza. Sacando su pa帽uelo se enjug贸 el sudor. Pensaba si tama帽o esfuerzo no comprometer铆a su virilidad. Menos mal que todo el bar estaba a su disposici贸n y que podr铆a reponerse con un buen trago. Se dispon铆a a ingresar al bar, cuando la mujer lo contuvo:
—¡Mi macetero! ¿Lo vas a dejar afuera?
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Todav铆a faltaba el macetero. Ar铆stides observ贸 el gigantesco artefacto a la entrada de la terraza, donde un vulgar geranio se deshojaba. Arm谩ndose de coraje se acerc贸 a 茅l y lo levant贸 en peso. Encorvado por el esfuerzo, avanz贸 hacia la puerta y, cuando levant贸 la cabeza, comprob贸 que la mujer acababa de cerrarla. Detr谩s del cristal lo miraba sin abandonar su expresi贸n risue帽a.
—¡Abra! —musit贸 Ar铆stides.
La patrona hizo un gesto negativo y gracioso, con el dedo.
—¡Abra! ¿No ve que me estoy doblando?
La mujer volvi贸 a negar.
—¡Por favor, abra, no estoy para bromas!
La mujer corri贸 el cerrojo, hizo una atenta reverencia y le volvi贸 la espalda. Ar铆stides, sin soltar el macetero, vio c贸mo se alejaba cansadamente, apagando las luces, recogiendo las copas, hasta desaparecer por la puerta del fondo. Cuando todo qued贸 oscuro y en silencio, Ar铆stides alz贸 el macetero por encima de su cabeza y lo estrell贸 contra el suelo. El ruido de la terracota haci茅ndose trizas lo hizo volver en s铆: en cada a帽ico reconoci贸 un pedazo de su ilusi贸n rota. Y tuvo la sensaci贸n de una verg眉enza atroz, como si un perro lo hubiera orinado.
FIN
(Lima, 1958)
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