¡Buenas noches, queridos lectores! Hoy nos deleitamos con estos dos relatos breves del maestro Franz Kafka. Ambos cuentos te harĂĄn buscar mĂĄs informaciĂłn al respecto, una interpretaciĂłn a ambas reflexiones. Definitivamente Kafka fue un genio ¡Disfruta tu lectura!
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| Imagen tomada de Pinterest: https://pin.it/62VywBK |
EL ZOPILOTE
Un zopilote estaba mordisqueĂĄndome los pies. Ya habĂa despedazado mis botas y calcetas, y ahora ya estaba mordiendo mis propios pies. Una y otra vez les daba un mordisco, luego me rondaba varias veces, sin cesar, para despuĂ©s volver a continuar con su trabajo. Un caballero, de repente, pasĂł, echĂł un vistazo, y luego me preguntĂł por quĂ© sufrĂa al zopilote.
-Estoy perdido -le dije-. Cuando vino y comenzĂł a atacarme, yo por supuesto tratĂ© de hacer que se fuera, hasta tratĂ© de estrangularlo, pero estos animales son muy fuertes… estuvo a punto de echarse a mi cara, mas preferĂ sacrificar mis pies. Ahora estĂĄn casi deshechos.
-¡Vete tĂș a saber, dejĂĄndote torturar de esta manera! -me dijo el caballero-. Un tiro, y te echas al zopilote.
-¿En serio? -dije-. ¿Y usted me harĂa el favor?
-Con gusto -dijo el caballero- sĂłlo tengo que ir a casa por mi pistola. ¿PodrĂa usted esperar otra media hora?
-QuiĂ©n sabe -le dije, y me estuve por un momento, tieso de dolor. Entonces le dije-: Sin embargo, vaya a ver si puede… por favor.
-Muy bien -dijo el caballero- trataré de hacerlo lo mås pronto que pueda.
Durante la conversaciĂłn, el zopilote habĂa estado tranquilamente escuchando, girando su ojo lentamente entre mĂ y el caballero. Ahora me habĂa dado cuenta que habĂa estado entendiĂ©ndolo todo; alzĂł ala, se hizo hacia atrĂĄs, para agarrar vuelo, y luego, como un jabalinista, lanzĂł su pico por mi boca, muy dentro de mĂ. Cayendo hacia atrĂĄs, me aliviĂł el sentirle ahogarse irremediablemente en mi sangre, la cual estaba llenando cada uno de mis huecos, inundando cada una de mis costas.
FIN
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EL PUENTE
Yo era rĂgido y frĂo, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente. En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos, aferradas en el cieno quebradizo clavĂ© los dientes, afirmĂĄndome. Los faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados.
En la profundidad rumoreaba el helado arroyo de las truchas. NingĂșn turista se animaba hasta esas alturas intransitables, el puente no figuraba aĂșn en ningĂșn mapa. AsĂ yo yacĂa y esperaba; debĂa esperar. Todo puente que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.
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Fue una vez hacia el atardecer -no sĂ© si el primero y el milĂ©simo-, mis pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo; hacia ese atardecer de verano; cuando el arroyo murmuraba oscuramente, escuchĂ© el paso de un hombre. A mĂ, a mĂ. EstĂrate puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostĂ©n al que te ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme.
LlegĂł y me golpeteĂł con la punta metĂĄlica de su bastĂłn, luego alzĂł con ella los faldones de mi casaca y los acomodĂł sobre mĂ. La punta del bastĂłn hurgĂł entre mis cabellos enmarañados y la mantuvo un largo rato ahĂ, mientras miraba probablemente con ojos salvajes a su alrededor. Fue entonces -yo soñaba tras Ă©l sobre montañas y valles- que saltĂł, cayendo con ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecĂ en medio de un salvaje dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿QuiĂ©n era? ¿Un niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos? ¿Un suicida? ¿Un tentador? ¿Un destructor? Me volvĂ para poder verlo. ¡El puente se da vuelta! No habĂa terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habĂan mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.
FIN
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