La máquina de Poe: el autómata que anticipó al detective moderno

Edgar Allan Poe investigó el Turco Mecánico, una falsa máquina de ajedrez que anticipó su método deductivo.

Edgar Allan Poe junto al Turco Mecánico, el famoso autómata de ajedrez que inspiró su ensayo El jugador de ajedrez de Maelzel.
Poe y el autómata que desafió al mundo del ajedrez.

¡Hola, lectores! 😀 Cuando pensamos en Edgar Allan Poe, es común imaginar un cuervo posado sobre una estatua, un corazón que late bajo el piso o un asesino consumido por la culpa. Sin embargo, existe un episodio poco conocido de su vida que resulta igual de fascinante que cualquiera de sus cuentos.

Mucho antes de crear al detective Auguste Dupin, Poe quedó cautivado por una máquina capaz de derrotar a jugadores de ajedrez. Miles de personas aseguraban que era un autómata inteligente, una auténtica maravilla de la ingeniería. Otros sospechaban que se trataba de un fraude cuidadosamente preparado.

En lugar de aceptar cualquiera de las dos versiones, Poe hizo lo que mejor sabía hacer: observar, analizar y cuestionarlo todo.

El resultado fue un ensayo extraordinario titulado El jugador de ajedrez de Maelzel, publicado en 1836. En sus páginas, el escritor intentó demostrar que aquella máquina escondía un secreto. Más interesante aún fue el método que utilizó para llegar a esa conclusión, un procedimiento lógico que anticipa la forma en que, pocos años después, resolvería los misterios protagonizados por Auguste Dupin.

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La historia del Turco Mecánico no solo pertenece a la historia del ajedrez o de la tecnología. También forma parte de la historia de la literatura. En ella confluyen el espectáculo, la ciencia, el engaño, la observación y el nacimiento del pensamiento detectivesco.

Hoy conoceremos cómo una falsa máquina de ajedrez terminó convirtiéndose en uno de los episodios más curiosos de la vida de Edgar Allan Poe.

¿Qué era la máquina de Edgar Allan Poe?

En realidad, la máquina de Poe nunca perteneció al escritor. Se trata del célebre Turco Mecánico, un autómata que Edgar Allan Poe analizó detalladamente en uno de sus ensayos más famosos.

El aparato consistía en una figura humana de tamaño natural, vestida con turbante y ropas orientales, sentada frente a un tablero de ajedrez colocado sobre un gran gabinete de madera. Durante las demostraciones, el operador abría diversas puertas del mueble para mostrar engranajes, ruedas dentadas y complejos mecanismos metálicos.

Todo parecía indicar que la máquina funcionaba completamente sola.

Después de la inspección, el supuesto autómata comenzaba la partida. Movía cuidadosamente las piezas, respondía a las jugadas del adversario e incluso corregía movimientos ilegales. Para los espectadores del siglo XVIII aquello era prácticamente magia.

Hoy sabemos que no era una máquina inteligente. Sin embargo, durante décadas logró convencer a científicos, aristócratas, políticos y aficionados al ajedrez de que estaban contemplando uno de los mayores avances tecnológicos de la historia.

Ese enorme éxito fue precisamente lo que despertó la curiosidad de Edgar Allan Poe.

El origen del Turco Mecánico

La historia comienza varias décadas antes del nacimiento de Poe.

En 1770, el inventor húngaro Wolfgang von Kempelen presentó ante la emperatriz María Teresa de Austria una creación destinada a sorprender a toda Europa: un autómata capaz de jugar ajedrez.

La máquina fue conocida como El Turco debido a la apariencia de su figura principal. Vestía una túnica elegante, llevaba turbante y mantenía una expresión imperturbable mientras esperaba a su rival.

En una época en la que las máquinas apenas comenzaban a formar parte de la vida cotidiana, semejante invento parecía imposible.

Los asistentes observaban cómo el gabinete era abierto por diferentes lados. Veían ruedas, palancas, poleas y engranajes perfectamente acomodados. No encontraban espacio suficiente para esconder a una persona.

Cuando finalmente comenzaba la partida, el asombro aumentaba todavía más.

El Turco analizaba el tablero, tomaba una pieza con delicadeza, la desplazaba hasta otra casilla y esperaba la respuesta del adversario. Su comportamiento transmitía serenidad y seguridad, como si realmente estuviera pensando.

Durante décadas nadie pudo explicar con certeza cómo funcionaba.

Una celebridad internacional

El éxito del Turco Mecánico fue inmediato.

Su fama se extendió rápidamente por Europa. Intelectuales, nobles y científicos acudían a observar el espectáculo con la esperanza de descubrir el secreto de aquella extraña máquina.

Incluso personajes históricos como Benjamin Franklin y Napoleón Bonaparte llegaron a enfrentarse al autómata durante algunas de sus exhibiciones.

Una de las historias más conocidas afirma que Napoleón intentó realizar movimientos ilegales para comprobar si la máquina reaccionaba. Después de varias advertencias, el Turco habría barrido todas las piezas del tablero con un rápido movimiento del brazo.

Sea completamente cierta o no esta anécdota, demuestra hasta qué punto la figura había adquirido una personalidad propia ante los ojos del público.

Ya no era únicamente una máquina.

Era un personaje.

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¿Cómo funcionaba realmente el Turco Mecánico?

El secreto del autómata era mucho más ingenioso de lo que imaginaban la mayoría de los espectadores.

Dentro del gabinete se ocultaba un excelente jugador de ajedrez. Gracias a un sistema de compartimentos móviles podía cambiar constantemente de posición mientras el exhibidor abría las diferentes puertas del mueble.

Por eso nunca era descubierto.

El operador observaba la posición de las piezas mediante un complejo sistema interno y controlaba el brazo del muñeco utilizando palancas y mecanismos cuidadosamente diseñados.

Los engranajes visibles cumplían una doble función.

Por un lado permitían transmitir algunos movimientos mecánicos. Pero, sobre todo, servían para distraer al público.Mientras todos observaban las ruedas dentadas, nadie prestaba atención al verdadero protagonista del espectáculo: el ajedrecista escondido.

La genialidad del invento no residía únicamente en ocultar a una persona.

Su verdadero mérito consistía en construir una ilusión tan convincente que incluso las inspecciones públicas parecían demostrar que no existía ningún fraude.

Johann Maelzel y la expansión del espectáculo

Tras la muerte de Wolfgang von Kempelen, el autómata pasó por diferentes propietarios hasta llegar a manos de Johann Nepomuk Maelzel, inventor, empresario y extraordinario promotor de espectáculos científicos.

Maelzel comprendió inmediatamente el potencial comercial de la máquina.

La llevó de gira por distintas ciudades europeas y posteriormente cruzó el Atlántico para exhibirla en Estados Unidos. Allí el Turco alcanzó una popularidad todavía mayor.

Los periódicos hablaban constantemente del misterioso jugador de ajedrez.

Los salones se llenaban de curiosos.

Los mejores jugadores aceptaban el desafío convencidos de que descubrirían el truco.

Sin embargo, una vez comenzaba la partida, todos terminaban concentrados únicamente en el tablero.

Ese era precisamente el objetivo de Maelzel.

La verdadera ilusión no consistía en mover las piezas.

Consistía en dirigir la atención del público exactamente hacia donde él quería.

Fue durante una de estas exhibiciones cuando Edgar Allan Poe decidió observar el espectáculo con una mirada completamente distinta.

Mientras la mayoría admiraba la máquina, Poe comenzó a fijarse en el comportamiento del empresario, en los tiempos de espera, en el orden con que abría las puertas y en todos aquellos pequeños detalles que pasaban inadvertidos para el resto de espectadores.

Años más tarde transformaría todas esas observaciones en uno de los ensayos más originales de su carrera.

¿Por qué Edgar Allan Poe investigó la máquina?

Cuando Edgar Allan Poe asistió a una de las exhibiciones del Turco Mecánico en Estados Unidos, no quedó deslumbrado por el espectáculo como la mayoría de los asistentes. Mientras el público observaba fascinado los movimientos del autómata, él dirigía su atención hacia aquello que nadie parecía notar: los pequeños detalles.

Para entonces, Poe ya se había ganado cierta reputación como crítico literario. Poseía una mente profundamente analítica y una enorme desconfianza hacia todo aquello que pretendía presentarse como extraordinario sin ofrecer una explicación convincente.

Su interés no consistía únicamente en descubrir el truco. Lo que realmente deseaba comprender era el mecanismo del engaño.

¿Cómo era posible que miles de personas vieran exactamente el mismo espectáculo y llegaran a una conclusión equivocada? ¿Qué papel desempeñaban la ilusión, la atención y el razonamiento en ese proceso?

Estas preguntas terminarían convirtiéndose en el núcleo de uno de sus ensayos más curiosos.

En abril de 1836 publicó El jugador de ajedrez de Maelzel, un texto donde analiza cuidadosamente el funcionamiento del Turco Mecánico e intenta demostrar que detrás del aparente prodigio tecnológico se ocultaba un ser humano.

Más que un simple artículo sobre un autómata, el ensayo constituye una brillante demostración del modo en que Poe razonaba.

El jugador de ajedrez de Maelzel: el ensayo donde Poe desmontó el misterio

Publicado en la revista Southern Literary Messenger, El jugador de ajedrez de Maelzel mezcla observación, lógica y pensamiento crítico. Poe no disponía de pruebas definitivas ni había visto el interior del mecanismo durante una partida. Sin embargo, estaba convencido de que era posible reconstruir la verdad observando cuidadosamente aquello que sucedía frente al público.

En lugar de aceptar la explicación oficial, decidió formular hipótesis y comprobar si cada una resistía el análisis.

El procedimiento resulta sorprendentemente moderno.

Poe reúne indicios, compara posibilidades, elimina aquellas que considera improbables y finalmente propone la explicación que mejor encaja con todos los hechos observados.

No se trata únicamente de intuición.

Es un ejercicio sistemático de razonamiento.

Los principales argumentos utilizados por Edgar Allan Poe

A lo largo del ensayo, Poe desarrolla diferentes observaciones que sustentan su hipótesis. Entre las más importantes destacan las siguientes.

1. Una máquina perfecta no debería equivocarse

Poe observó que el Turco no ganaba todas las partidas.

Si realmente fuera una máquina diseñada exclusivamente para jugar ajedrez, pensaba él, debería actuar siempre del modo correcto.

Las derrotas le parecían una señal de inteligencia humana más que de funcionamiento mecánico.

Hoy sabemos que este razonamiento no es completamente válido —una máquina puede equivocarse dependiendo de su programación—, pero en el contexto tecnológico del siglo XIX era una observación razonable.

2. Los tiempos de respuesta variaban constantemente

En ocasiones el Turco respondía casi de inmediato.

En otras permanecía inmóvil durante varios segundos antes de mover una pieza.

Poe interpretó esas pausas como momentos de reflexión propios de un jugador humano oculto dentro del gabinete.

3. El gabinete nunca era mostrado completamente

Maelzel abría diferentes puertas para enseñar el interior del aparato.

Sin embargo, Poe advirtió que jamás se mostraban todas las secciones al mismo tiempo.

Eso permitía que una persona pudiera desplazarse discretamente entre compartimentos mientras el público inspeccionaba el resto del mecanismo.

4. El comportamiento del empresario también formaba parte del espectáculo

Mientras la mayoría observaba únicamente la máquina, Poe comenzó a fijarse en Maelzel.

Analizó el orden en que abría las puertas, el tiempo que tardaba en hacerlo, la posición desde la que hablaba y los movimientos que realizaba alrededor del gabinete.

Comprendió que el verdadero truco no dependía únicamente del aparato, sino también del hombre que dirigía toda la representación.

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5. El autómata reaccionaba demasiado como una persona

Los movimientos del brazo no parecían completamente mecánicos.

Existían pequeñas pausas, correcciones y gestos que resultaban demasiado naturales.

Para Poe, aquello sugería la intervención directa de un operador humano.

6. Los ruidos del mecanismo ocultaban otros sonidos

Durante la exhibición, Maelzel accionaba diversos mecanismos que producían un ruido constante.

Poe sospechó que aquellos sonidos ayudaban a ocultar cualquier movimiento realizado por la persona escondida dentro del gabinete.

7. La explicación más sencilla era la correcta

Después de analizar todas las posibilidades, Poe concluyó que la hipótesis más lógica era también la más simple.

No existía una máquina inteligente.

Existía un excelente jugador de ajedrez cuidadosamente oculto.

Décadas después, esta manera de razonar sería reconocida como uno de los principios fundamentales del pensamiento detectivesco.

¿Qué acertó Edgar Allan Poe y en qué se equivocó?

Con el paso del tiempo se descubrió el verdadero funcionamiento del Turco Mecánico.

La conclusión principal de Poe era correcta: el autómata no jugaba solo.

Dentro del gabinete se escondía un operador humano que controlaba todos los movimientos.

Sin embargo, algunos detalles técnicos de su explicación no eran exactos.

El escritor imaginó un sistema ligeramente diferente del que realmente utilizaba el aparato y no reconstruyó correctamente la posición del operador dentro del gabinete.

Aun así, el aspecto verdaderamente importante no era ese.

Lo extraordinario fue el método utilizado para llegar a la conclusión.

Poe demostró que una observación paciente y rigurosa podía desmontar incluso los engaños más sofisticados.

"El mérito de Poe no consiste en haber descubierto completamente el mecanismo del Turco Mecánico, sino en haber demostrado que detrás de todo misterio existe una explicación accesible para quien sabe observar."

La máquina que anticipó al detective moderno

Cinco años después de publicar El jugador de ajedrez de Maelzel, Edgar Allan Poe escribió Los crímenes de la calle Morgue, considerado por numerosos especialistas como el primer cuento policial moderno.

En él apareció C. Auguste Dupin, un investigador que resolvía enigmas utilizando exclusivamente la observación, la lógica y el razonamiento.

Al leer ambos textos resulta imposible no advertir ciertas semejanzas.

En el ensayo sobre el Turco Mecánico, Poe observa un fenómeno aparentemente inexplicable, reúne indicios, elimina hipótesis improbables y reconstruye una explicación racional.

Eso es exactamente lo que hará Dupin en sus investigaciones.

Por esta razón muchos estudiosos consideran que El jugador de ajedrez de Maelzel representa un importante antecedente del método detectivesco que Poe desarrollaría posteriormente en su ficción.

No puede afirmarse con certeza que la máquina inspirara directamente al personaje, pero sí resulta evidente que ambos textos comparten la misma forma de pensar.

Primero observar.

Después analizar.

Finalmente descubrir aquello que permanecía oculto ante los ojos de todos.

Esa manera de entender los misterios sería heredada años más tarde por Sherlock Holmes, Hércules Poirot y prácticamente todos los detectives de la literatura contemporánea.

Sin proponérselo, una falsa máquina de ajedrez terminó ocupando un lugar inesperado dentro de la historia del género policial.

La máquina como símbolo en el universo de Edgar Allan Poe

Aunque El Turco Mecánico fue simplemente un espectáculo para miles de personas, para Edgar Allan Poe representó algo mucho más profundo. La máquina simbolizaba el conflicto permanente entre la apariencia y la realidad, uno de los temas que atraviesan gran parte de su obra.

En muchos de sus cuentos, aquello que parece evidente termina ocultando una verdad completamente distinta. Los narradores creen dominar la situación, pero son víctimas de sus propias obsesiones. Los asesinos intentan ocultar un crimen perfecto y terminan delatándose a sí mismos. Los espacios aparentemente seguros esconden secretos imposibles de imaginar.

El Turco Mecánico funcionaba exactamente del mismo modo.

Por fuera parecía una máquina perfecta.

Por dentro había una persona.

Esa dualidad entre la ilusión y la verdad probablemente explica por qué el autómata despertó tanto interés en Poe. Su mente estaba entrenada para desconfiar de las primeras impresiones y buscar siempre aquello que permanecía oculto.

En ese sentido, el ensayo sobre Maelzel no constituye una rareza dentro de su producción literaria. Es una extensión natural de la misma curiosidad intelectual que alimentó relatos como El corazón delator, La carta robada, El entierro prematuro o Los crímenes de la calle Morgue.

Edgar Allan Poe y la inteligencia artificial: un debate adelantado a su tiempo

Resulta sorprendente comprobar que una historia ocurrida hace más de dos siglos continúe siendo tan actual.

Hoy convivimos con asistentes virtuales, algoritmos capaces de generar textos, imágenes y música, vehículos autónomos y sistemas de inteligencia artificial que pueden vencer a los mejores jugadores de ajedrez del mundo.

Sin embargo, la pregunta fundamental sigue siendo muy parecida a la que Edgar Allan Poe formuló frente al Turco Mecánico:

¿Qué ocurre realmente detrás de aquello que vemos?

El escritor comprendió que no bastaba con admirar el resultado final. Era necesario analizar el proceso que permitía producirlo.

Ese mismo principio continúa siendo válido cuando hablamos de inteligencia artificial.

Las tecnologías actuales son infinitamente más avanzadas que el viejo autómata de Maelzel, pero siguen invitándonos a reflexionar sobre cuestiones similares: ¿qué significa pensar?, ¿hasta qué punto una máquina puede parecer inteligente?, ¿qué papel desempeña el ser humano detrás de la tecnología?

Naturalmente, sería incorrecto afirmar que Poe anticipó la inteligencia artificial moderna. Sin embargo, su ensayo demuestra una actitud intelectual extraordinariamente vigente: analizar con espíritu crítico los avances tecnológicos y no dejarse impresionar únicamente por las apariencias.

Quizá esa sea una de las razones por las que este texto continúa despertando interés casi doscientos años después de haber sido publicado.

Curiosidades sobre el Turco Mecánico y Edgar Allan Poe

  • El Turco Mecánico fue presentado por primera vez alrededor de 1770, casi cuarenta años antes del nacimiento de Edgar Allan Poe.
  • Durante décadas fue considerado el invento mecánico más sorprendente de Europa.
  • Benjamin Franklin disputó una partida contra el autómata durante una de sus exhibiciones.
  • Napoleón Bonaparte también jugó contra la máquina y protagonizó una de las anécdotas más famosas relacionadas con ella.
  • El ensayo El jugador de ajedrez de Maelzel apareció en 1836.
  • Cinco años después Poe publicaría Los crímenes de la calle Morgue, considerado el primer cuento policial moderno.
  • El Turco Mecánico fue destruido en un incendio ocurrido en Filadelfia en 1854.
  • Actualmente existen numerosas réplicas del autómata en museos y exposiciones dedicadas a la historia de la tecnología.
  • El nombre "Mechanical Turk" continúa utilizándose como referencia cultural para describir sistemas que aparentan funcionar automáticamente, pero dependen de la intervención humana.

El legado de Edgar Allan Poe en la literatura universal

Edgar Allan Poe nació el 19 de enero de 1809 en Boston, Massachusetts. Quedó huérfano siendo muy pequeño y fue acogido por la familia Allan, aunque nunca llegó a ser adoptado legalmente.

Su vida estuvo marcada por las dificultades económicas, la muerte de personas cercanas y una lucha constante por vivir de la literatura. Trabajó como periodista, editor y crítico literario, actividades que contribuyeron a desarrollar el extraordinario rigor con el que analizaba los textos.

Su producción literaria revolucionó varios géneros al mismo tiempo.

En el terror psicológico creó obras inmortales como El gato negro, El corazón delator, La caída de la Casa Usher y El pozo y el péndulo.

En la poesía alcanzó fama universal gracias a composiciones como El cuervo, Annabel Lee y Las campanas.

En la narrativa detectivesca dio origen a un nuevo género mediante la creación de Auguste Dupin, personaje que serviría de inspiración para Sherlock Holmes, Hércules Poirot y prácticamente todos los grandes detectives de la literatura posterior.

Su influencia alcanzó escritores como Charles Baudelaire, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Arthur Conan Doyle y H. P. Lovecraft, entre muchos otros.

La muerte de Poe continúa rodeada de misterio. Falleció el 7 de octubre de 1849, en Baltimore, después de haber sido encontrado desorientado y gravemente enfermo. Nunca llegó a explicar qué había ocurrido durante sus últimas horas, circunstancia que alimentó aún más la leyenda que rodea su figura.

¿Por qué leer hoy El jugador de ajedrez de Maelzel?

Quienes conocen únicamente al Poe de los cuentos de terror suelen sorprenderse al descubrir este ensayo.

En sus páginas aparece un escritor diferente: curioso, metódico y profundamente interesado por el funcionamiento de la mente humana.

Más allá de explicar el secreto de una máquina, el texto enseña una valiosa lección sobre el pensamiento crítico. Nos recuerda que detrás de los grandes espectáculos suele existir una explicación racional y que la mejor herramienta para descubrirla continúa siendo la observación cuidadosa.

Precisamente por eso sigue siendo una lectura recomendable para cualquier amante de la literatura, la historia de la ciencia, la tecnología o el género policial.

Preguntas frecuentes sobre la máquina de Poe

¿Qué era la máquina de Edgar Allan Poe?

La llamada máquina de Poe era el Turco Mecánico, un famoso autómata de ajedrez analizado por Edgar Allan Poe en su ensayo El jugador de ajedrez de Maelzel.

¿Edgar Allan Poe construyó el Turco Mecánico?

No. La máquina fue creada por Wolfgang von Kempelen alrededor de 1770. Poe únicamente la estudió y escribió un ensayo sobre su funcionamiento.

¿Cómo funcionaba realmente el Turco Mecánico?

Dentro del gabinete se escondía un excelente jugador de ajedrez que controlaba todos los movimientos mediante un complejo sistema de mecanismos.

¿Quién era Johann Maelzel?

Fue el empresario e inventor que adquirió el Turco Mecánico y lo convirtió en uno de los espectáculos científicos más populares del siglo XIX.

¿Qué descubrió Edgar Allan Poe?

Poe concluyó correctamente que el autómata no actuaba de forma autónoma y que existía una persona escondida dentro del mecanismo.

¿La máquina inspiró al detective Auguste Dupin?

No existe una prueba definitiva que permita afirmarlo, aunque numerosos estudios consideran que el ensayo anticipa claramente el método deductivo desarrollado posteriormente por Dupin.

¿Por qué sigue siendo importante este ensayo?

Porque demuestra el extraordinario pensamiento analítico de Poe y constituye uno de los antecedentes intelectuales más interesantes del cuento policial moderno.

¿Dónde puede leerse El jugador de ajedrez de Maelzel?

El ensayo se encuentra disponible en inglés dentro de los archivos de la Edgar Allan Poe Society y también existen diversas traducciones al español publicadas en recopilaciones de sus ensayos.

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Conclusión de Mar de fondo

Cuando Edgar Allan Poe observó al Turco Mecánico no vio únicamente una curiosidad tecnológica. Vio un enigma.

Mientras miles de personas admiraban la supuesta inteligencia de la máquina, él comenzó a preguntarse qué ocurría detrás de los engranajes, qué detalles pasaban inadvertidos y qué explicación podía reunir todas las piezas del rompecabezas.

Ese mismo modo de pensar terminaría convirtiéndose en una de las mayores contribuciones de Poe a la literatura universal.

Antes de crear detectives, resolvió un misterio.

Antes de escribir crímenes imposibles, aprendió a mirar donde nadie más miraba.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza que nos dejó la historia del Turco Mecánico: detrás de toda ilusión existe una verdad esperando ser descubierta por quien tenga la paciencia de observar.

Y en eso, pocos escritores fueron tan brillantes como Edgar Allan Poe.

¡Nos leemos en el próximo artículo de Mar de fondo!

Fuentes consultadas

  • Poe, Edgar Allan. Maelzel's Chess-Player (1836).
  • Edgar Allan Poe Society of Baltimore.
  • Tom Standage. The Turk: The Life and Times of the Famous Eighteenth-Century Chess-Playing Machine.
  • Smithsonian Magazine. Artículos sobre la historia del Turco Mecánico.
Mar de fondo

𝐵𝑟𝑦𝑎𝑛 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudié Comunicaciones, Sociología y soy autor del libro "Las vidas que tomé prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

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