Así fueron los últimos días de Julio Ramón Ribeyro

La agonía de Ribeyro

Sabemos por cultura general que Julio Ramón Ribeyro dejó de existir un 4 de diciembre de 1994 poco después de ganar el premio de Literatura Latinoamericana Juan Rulfo al mejor cuentista. Sin embargo, poco es lo que sabemos de cómo fueron sus últimas días, marcados por esa triste agonía a la que lo llevó esa enfermedad del "cangrejo" como él solía llamarla. 

muerte de Julio Ramón Ribeyro
Imagen: Wikipedia.org.

Solo el año pasado, gracias al libro "Ribeyro, una vida" de Jorge Coaguila, es que pude hurgar en los detalles que hoy quiero compartir con ustedes. 

Los últimos años de Julio Ramón Ribeyro

Recordemos que la salud de Ribeyro fue muy frágil, esta se agravó (y lo podemos leer en su diario "La tentación del fracaso") en París al punto que se tuvo que recibir ayuda del gobierno peruano en ese entonces a cargo de Velasco Alvarado, para salvarle la vida (de eso hablaré en otro post). La enfermedad acompañaba al flaco, quien por temporadas se sentía bien y hacia incluso los desarreglos más osados; sin embargo, había momentos en que lo tumbaba en cama y los dolores y afecciones como vómitos le jugaban una mala temporada.

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Una vez instalado en Lima, Julio Ramón Ribeyro vivió sus últimos años de la manera más tranquila, estaba más cerca de sus lectores, vivía frente al mar que tanto amaba y que plasmó en cuentos; montaba bicicleta y burlaba a la muerte en varias ocasiones. 

Los últimos días de Ribeyro

Sucedió que Ribeyro ya se encontraba viviendo en la capital, ya había ganado el "Juan Rulfo" y debía cobrar los 100 mil dólares de dicho concurso. Sin embargo, decidió hacer un viaje a los Estados Unidos, a Miami y Nueva York. En Miami el 'flaco' comenzó a sentirse mal, aquejado nuevamente por ese cáncer que había convivido con él por mucho tiempo. Tuvo que interrumpir su viaje para regresar a Lima. Los médicos determinaron que el cáncer había regresado. 

No bien llegado a Lima se internó de inmediato en la Clínica Angloamericana (narra el editor Jaime Campodónico al biógrafo de Ribeyro, Jorge Coaguila). En ese lugar le dijeron que habían descubierto un tumor en la uretra y que era necesario intervenirlo. Le terminaron sacando un riñón, que para Álida Cordero, la viuda de Ribeyro, fue una total negligencia e incluso llegó a enfrentar al médico acusándolo directamente de venderlo. 

Ella quería que se atendiera en Francia, todavía sigue creyendo que hubiera vivido un poco más si le hubiera hecho caso. Las cosas no mejorarían para Julio Ramón; después de la extracción no pudo volver a caminar solo. Al genio del cuento peruano le quedaba menos de un mes de vida. 

El miércoles 9 de noviembre fue trasladado al Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN) debido a que tenerlo en una clínica era un gasto elevado. Allí Ribeyro pasaría sus últimos días y se iría apagando poco a poco. Era imposible prolongarle más la vida. A la habitación 339 del quinto piso llegaban sus familiares y más cercanas amistades. 

La enfermera de Ribeyro

Julio Ramón tenía una enfermera en el Hospital de Neoplásicas, Cristela Valdivia a quien todos llamaban "blanca", con quien entablo un vínculo importante. Ella le aplicaba la morfina cada cuatro horas y se encargaba de suministrarle algunas dosis de optimismo. Él no quería morir en un hospital, ya para aquel entonces pesaba 49 kilos y prácticamente no tenía órganos y vivía con dolores era insoportables. 

-Me duelen los huesos, Blanca, dame fuerzas. Dame energías. Yo siento que ya me voy a ir -le decía- Tú no sabes como duele esta maldita enfermedad. 

La enfermera de Ribeyro trato de hacer que rece con ella, pero el flaco y escepticismo le decían: "Reza tú por mí. Porque él (Dios) te escucha". El escritor sentía cerca su final y lamentaba el no poder disfrutar del Premio Juan Rulfo: "nadie sabe para quién trabaja", dijo. 

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Los días pasaban y la vida de Ribeyro se apagaba, entonces Blanca le propuso confesarse, él aceptó pues los paradigmas se derrumban cuando se está cerca de la muerte. Pidió que viniese un sacerdote, pero había cerca una monja que aceptó confesar al escritor. Una vez preparado hizo que pase la religiosa y habló media hora con ella. 

Al terminar Ribeyro se sentía más aliviado "gracias Blanca, ya tengo paz interior. He conversado con la madre. Ya me puedo ir". 

La mañana del domingo 4 de diciembre Julio Ramón Ribeyro apenas respiraba con los ojos cerrados y conectado a un respirador artificial. No pudo cumplir su última voluntad de esperar sus últimas horas en casa. Su esposa Álida llegó al hospital y lo encontró agonizando.

-Me estoy muriendo Álida - dijo. 

-No te mueres, Julio, vas a ir a un mundo más feliz- le respondió. 

El 'flaco' llevaba cuatro días en cuidados intensivos. De pronto dejó de respirar y la maquina no registró más sus pulsaciones. El flaco había dejado de existir físicamente, pero pasado a la eternidad. 


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