La promesa inquebrantable, por Mar de fondo

El cuento de la semana en el blog de Mar de fondo

"¿A dónde vas, Eulogio?" le preguntó su esposa cuando escuchó sus pasos a las seis de la mañana. Era demasiado temprano y el inverno no quería irse, así que tomar una bocanada de aire a esa hora era una invitación a una amigdalitis. "Ya regreso, duérmete". Eulogio no había pegado el ojo en toda la noche maquinando que aquella mañana tendría que saldar cuentas con el destino. 

Narrativa
Imagen editada por MF, tomada de: https://pin.it/7eqqNaQ

Hace cincuenta años Eulogio había salido de su pueblo natal y ya había olvidado el sonar del viento y los caminos que recorrió cuando niño. Pero lo que no pudo olvidar es que ese día era 2 de junio de 1970 fecha en la cual había pactado un encuentro con Narciso Arteaga, su amigo. "Si llegando a los setenta años, no tenemos una familia, una casa y 100 mil reales para cuando nos veamos, jugaremos a la ruleta rusa". Se habían prometido. 

El destino había sido generoso con Eulogio, pero no con Narciso. El primero había incursionado en el negocio de la zapatería y luego en la panadería, lo que cada mes le dejaba jugosas ganancias y así pudo levantar una casa de tres pisos, casarse, invertir en bonos y hasta criar dos hijos y tres generaciones de perros Golden retriever en su amplio patio trasero. Las cenas se lucían en manjares, postres y bebidas de todo tipo. Cada noche era un motivo para celebrar. 

En cambio Narciso que se había quedado en el pueblo había apostado sus ahorros en una cooperativa, con los años esta cerró y junto a mil aportantes quedó hundido en la miseria y deseando que el 2 de junio de 1970 llegase pronto, pero faltaban muchos años. Había que probar suerte, pero nada salió bien. Terminó heredando una chacra estéril de sus padres que por más que intentó cultivar no arrojó nunca una cosecha buena. Abatido y rendido se entregó a los placeres de la bebida y las mujeres, de modo que tampoco pudo echar ancla en ningún puerto. Así, cansado y agobiado iba renegando de su suerte y viviendo el día a día, hasta que llegó "el gran día". 

Desde aquella vez de la promesa Eulogio y Narciso no se habían visto las caras, pero habían asumido un compromiso de ley, una promesa inquebrantable, de esas en las que la palabra equivalía al honor y ahora tocaba cumplirla. Ambos desconocían la suerte del otro y era mejor así. Cuando se vieron las caras apenas se reconocieron: "¡cómo has cambiado!", se dijeron casi al mismo tiempo: "¿y? ¿cómo te ha ido?" preguntó Narciso, "¿cómo te ha tratado la vida?" le respondió Eulogio. 

-¡Qué te puedo decir hermano! me ha ido más qué bien, invertí en bienes raíces, se podría decir que era dueño de casi medio pueblo. Tenía una esposa diez años menor que yo y tres hijos a los que no veo porque ya se fueron a hacer su vida lejos. Y digo tenía por que de pronto lo perdí todo y ¿sabes qué? ahora no tengo ni 10 reales en el bolsillo. Lo siento compadre, pero así es la vida ¿y tú? 

Eulogio se quedó pensando. 

-Qué te puedo decir, estoy más que arrancado. Vivo solo en este momento en una habitación por el centro y eso sí, tengo un trabajo eventual como repartidor de cartas. Quise invertir en muchas cosas, pero no resultaron, tengo un perro viejo y un sueldo mínimo cada mes pero que se va todo en gastos básicos. Ese es mi patrimonio emocional y monetario. 

-Bueno pues, por qué darle más vueltas al asunto. Aquí está el arma.

Narciso sacó un viejo revolver que era de su padre y que usaba para espantar a los ladrones de gallinas. 

"Yo comienzo", dijo Eulogio y el primer gatillo se fue al aire. Narciso hizo lo propio y el segundo también salió en falso. Era en el tercero cuando los nervios comienzan a cundir y las rodillas se doblan, Eulogio respiró hondo, cerró los ojos y la bala no salió del tambor. No estaba allí. Seguía el cuarto intento y era para Narciso, tomó el arma y miró fijamente a su amigo con una mirada de profundo agradecimiento, un estruendoso sonido y un hediondo olor a pólvora invadió el aire. Todo estaba consumado. 

La noticia corrió por todos lados, los peritos determinaron que todo fue de mutuo acuerdo, "un duelo entre caballeros" decían algunos "una locura", decían otros, "par de soquetes", acotaban varios. 

Pero en la intimidad, cuando Eulogio le contó a su mujer lo que había sucedido con detalles, esta estalló en llanto más que en cólera. "¡Cómo pudiste hacernos una cosa así! casi pierdes la vida ¿no pensaste ni un momento en nosotros? eres un tonto", decía entre sollozos. Eulogio se levantó de la cama y se quedó mirando por la ventana hacia la calle.

-Algo en su mirada me decía que estaba mintiendo. Yo no hubiese podido acabar con la vida de mi amigo. De todos modos, él habría tomado una decisión tras aquel encuentro, pero no a costa de mi suerte. 


Mar de fondo, octubre de 2022 


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