Es que somos muy pobres, cuento completo de Juan Rulfo y análisis

“Es que somos muy pobres” de Juan Rulfo: análisis literario, contexto y temas sociales del clásico mexicano.

Ilustración evocadora de Tacha observando el río crecido en el cuento Es que somos muy pobres de Juan Rulfo
Es que somos muy pobres - Juan Rulfo

¡Hola, lectores!😀 Hablar de Juan Rulfo es acercarse a una de las voces más poderosas de la literatura latinoamericana. El escritor mexicano, autor de Pedro Páramo y del mítico libro de cuentos El llano en llamas, transformó la narrativa en español gracias a una prosa aparentemente sencilla, pero cargada de profundidad emocional, silencios y tragedia humana.

En el cuento “Es que somos muy pobres”, Rulfo retrata la pobreza rural, el miedo al destino y la fragilidad de una familia golpeada por la desgracia. A través de la pérdida de una vaca arrastrada por el río, el autor construye una historia devastadora sobre el futuro incierto de una niña y las limitaciones sociales de su entorno.

Leer este relato como otros cuentos de Rulfo,  hoy siguen siendo necesario porque sus temas continúan vigentes: la desigualdad, la precariedad económica, el peso de las tradiciones y la desesperanza. Además, el estilo narrativo de Rulfo convierte cada escena en una experiencia profundamente humana y conmovedora.

¿De qué trata “Es que somos muy pobres” de Juan Rulfo?

“Es que somos muy pobres” cuenta la historia de una familia campesina que atraviesa una serie de desgracias provocadas por la lluvia y la creciente del río. La tragedia principal ocurre cuando la vaca de Tacha —la hermana menor del narrador— es arrastrada por la corriente.

La pérdida del animal no es solo económica. Para el padre de la familia, la vaca representaba el futuro y la posibilidad de que Tacha pudiera casarse “bien” y no terminar como sus hermanas mayores, quienes, según la moral familiar, “se echaron a perder”.

Con una narración sencilla y profundamente simbólica, Rulfo convierte la creciente del río en una metáfora de la fatalidad, mostrando cómo la pobreza parece condenar incluso la inocencia. Te puede interesar también el cuento "Acuérdate". 

Lectura completa del cuento

ES QUE SOMOS MUY POBRES

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y solo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

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No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.

Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como solo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Solo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, solo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Esa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

FIN

Análisis literario de “Es que somos muy pobres”

Este cuento de Juan Rulfo es una de las piezas más representativas de la literatura rural latinoamericana del siglo XX. A través de un lenguaje austero y profundamente oral, el autor retrata la desesperanza de las comunidades campesinas y la sensación de fatalidad que atraviesa sus vidas.

La pérdida de la vaca funciona como un símbolo de la pérdida del futuro. En el universo del cuento, la pobreza no es solo material: también es moral, emocional y social. La tragedia parece inevitable y el río actúa como una fuerza destructora que arrasa con cualquier posibilidad de esperanza.

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Temas principales

  • La pobreza rural y sus consecuencias sociales.
  • La fatalidad como fuerza inevitable.
  • La pérdida de la inocencia en la adolescencia.
  • El miedo al destino y a la marginación.
  • La desigualdad de género y la moral conservadora.
  • La naturaleza como elemento destructivo.

Personajes (función simbólica)

Tacha: representa la inocencia amenazada por la pobreza y las expectativas sociales.

El narrador: observa los hechos desde una mirada infantil, lo que aumenta el impacto emocional del relato.

El padre: simboliza la impotencia y la obsesión por preservar el honor familiar en medio de la miseria.

La Serpentina: la vaca funciona como símbolo de esperanza, estabilidad y futuro.

El río: encarna la fatalidad, el caos y la destrucción inevitable.

Estilo y contexto

Juan Rulfo utiliza un lenguaje coloquial que reproduce el habla campesina mexicana sin artificios. La oralidad del narrador crea cercanía y autenticidad, mientras que las descripciones del paisaje transmiten una sensación constante de desolación.

El cuento forma parte de El llano en llamas, publicado en 1953, obra fundamental del llamado realismo rural latinoamericano. En ella, Rulfo retrata un México marcado por la pobreza, la violencia y el abandono posterior a la Revolución Mexicana.

¿Por qué leerlo hoy?

Porque “Es que somos muy pobres” sigue siendo un retrato brutal de las desigualdades sociales y del miedo a no tener oportunidades. El cuento nos recuerda cómo la pobreza condiciona el destino de las personas y cómo las tragedias más pequeñas pueden convertirse en catástrofes irreparables.

Además, leer a Juan Rulfo es acercarse a una de las prosas más influyentes de la literatura en español. Su estilo marcó a autores como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

Recomendaciones

Y tú, lector, ¿qué impresión te dejó este cuento de Juan Rulfo? ¿Crees que el destino de Tacha estaba marcado desde el inicio? Te leo en los comentarios.


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Mar de fondo

𝐵𝑟𝑦𝑎𝑛 𝑉𝑖𝑙𝑙𝑎𝑐𝑟𝑒𝑧 (Lima, 1990) Director del Blog de Mar de fondo. Estudié Comunicaciones, Sociología y soy autor del libro "Las vidas que tomé prestadas". Amante de los cuentos, cartas, diarios y novelas. Convencido de que "𝑈𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑙𝑒𝑖́𝑑𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑜."

1 Comentarios

  1. Desgarrador cuento de Juan Rulfo, los pobres, los ignorados, los nadie los culpables de todo, los inocentes de nada, Pobres Víctimas!! 😥Cuanto Dolor Dolor!!!!!!

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